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Georges Perec

>> lunes, 21 de octubre de 2013

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"Pasacalle" (dibujado antes de irme a dormir)

>> domingo, 20 de octubre de 2013

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DOS OJOS QUE MIRAN

>> sábado, 19 de octubre de 2013



Cansada por el trabajo de toda una mañana

la joven entra en el que será su nuevo cuarto

y se despoja de sus nuevas vestimentas

cofia, delantal, vestido oscuro que parece seda

pero es áspero y araña, como el esparto.



Es de noche en el viejo palacio

y los relojes dan su hora cansados

sin puntualidad, olvidando lo que son,

la aguja avanza por el círculo, despacio,

las campanas desafinando en su gong.



La anciana señora hace tiempo que duerme

al final de la escalera del último piso.

Es la joven la que no puede conciliar el sueño.

Teme no poder quedarse mucho en aquel sitio.

Por primera vez, desde que era niña, siente miedo.



Su cuerpo, de piel suave y tersa, siente frío,

esperando un calor que nunca llegará,

no existiendo abrigo que lo represente,

oculta bajo capas y capas de sábanas

apagada la luz, siente aquella hostilidad.



¿Quién la mira? ¿Quién ocupa su tiempo en vigilarla?

“Aquellos antepasados que no descansan y que allí durmieron”

piensa ella, con su mente literaria, invocando al miedo

masoquistamente, con los sentidos atentos,

cabeza nunca en horizontal, esperando sugestionada.



Con la mirada acostumbrada a la negrura,

Descubre, perdida la ceguera, dos ojos abiertos,

dos manchas blancas que la escrutan.

y que acaban de ser descubiertos.

Es consciente de no poder evitar mirar a lo que teme.



Por fin, se levanta, descalza, lentamente,

hacia esos ojos que la invocan,

y que siguen sin moverse, fijos, latentes.

Por fin se acerca, casi los toca.

Descubre que son planos, pintados.



Un gran óleo de un hombre inquietante,

parece representar el espíritu de éste, vivo,

acusador, celoso, inquieto e intimidante.

Allá donde se mueva ella, él la mira.

desnudándola con su amenazadora líbido.



Se apresura a agarrar el marco con sus manos frías,

temiendo que la pintura hable, pegando un grito.

Hay que hacer desaparecer aquella amenaza...

Dándole la vuelta podrá descansar, llegará el alivio.

Por fin se decide y lo desclava, moviéndolo de su sitio.



El cordel gira y se pone del revés, de él cuelga el cuadro.

La tranquilidad que la doncella ansía está más cerca,

ya casi puede sentirla... No obstante, nuevamente sucede algo:

En la parte de atrás, en la cara oculta del lienzo, la más vieja,

un nuevo rostro surge, pintado quizá más terriblemente.



Una dama sobre fondo negro, quizá la mujer del hombre anterior

observa con odio a quien ahora la mira, celosa de la joven,

sabiendo que ella ha estado mirando a su marido...

La doncella grita terriblemente, pero nadie la escucha.

Nadie en aquella noche la calmará ya, en su pesadilla.

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INSOMNE

>> jueves, 17 de octubre de 2013

Vosotros, fantasmas de otros reinos
a vosotros os digo desde la Tierra
que es todavía pronto, todavía queda
tiempo para que volvamos a vernos.

Me estáis esperando, lo sé.
vosotros ahora queréis despertar,
Pero yo no me puedo dormir.

Queréis reinar sobre mí,
existir en mis sueños, en ellos habitar.
Mis decisiones, mi imaginación poseer.

Mas yo no puedo dejaros entrar
porque permanezco insomne.
¿Qué es lo que será?
Tal vez no puedo descansar
porque estoy existiendo, ahora,
en los sueños de otros hombres.

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Fotografía tomada durante la masterclass de David Lynch en la Escuela TAI





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En la Catedral de Justo Gallego (Mejorada del Campo)

>> domingo, 13 de octubre de 2013



 
 
 





 
 











 

Con don justo Gallego y Antonio, mi compañero de andanzas

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"Noches en los jardines de España" (Manuel de Falla) Daniel Baremboin, piano. Chicago Symphony Orchestra. Plácido Domingo, director

>> viernes, 11 de octubre de 2013

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"Tiento de primer tono y batalla imperial" (Cristóbal Halffter)

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MIEDO A LA BELLEZA


Adolf Meyer siempre contaba esta anécdota a sus amigos de tertulia de la cervecería Aschinger, en Berlín, durante los años previos a la gran guerra.

“Un día, paseando cerca del río Havel, encontré a un hombre de aspecto desaliñado, sentado a la orilla, con un papel de pentagrama en sus manos y una plumilla. Su rostro me era conocido. A pesar de que su físico había experimentado un cambio sustancial en general (había empeorado, no cabía duda) pude adivinar tras esa máscara casi mortuoria unos rasgos inconfundibles. Me acerqué hasta él con cautela, pues no quería interrumpir su labor, tan concentrado como lo veía. Hubiera sido casi como despertar a un sonámbulo, con las nefastas consecuencias que aquellos podía acarrear. Cuando estuve junto a él, con mi sombra oscureciéndole para que se percatara de mi presencia, se mantuvo unos segundos más terminando lo que se encontraba realizando. Después, con una transición muy sutil, como si no le hubiese llamado la atención mi entrada en escena, giró su cabeza como si fuera a buscar una herramienta que necesitaba para su labor y me miró con una serenidad que quedó impresionada en mi retina para no olvidarla nunca. Yo entonces le dije: “¿Me recuerda, maestro? Soy Adolf, su alumno de composición en el conservatorio…” Él me escudriñó tratando de encontrar un punto en su memoria al que asirse. Por fin, pareció recordar. “Ah, ya… Me traías de cabeza, Adolf… Eras un alumno indomable en todos los sentidos… Tenías un gran talento, pero tu actitud dispersa lo estropeaba todo…” “Maestro, ¿puedo preguntarle qué es lo que está haciendo?” “Espero a la inspiración… Busco en la Naturaleza la luz que guíe el camino de mi nueva composición… El sonido del agua pasar, un pez que salga a flote y un pájaro que acuda a capturarlo velozmente, unos árboles meciéndose al viento ” Me resultó enternecedora su ingenuidad. “Pero maestro, ahora los músicos ya no trabajan con la inspiración ni con la mímesis con la Naturaleza… Ahora hay otras normas… está el dodecafonismo, el serialismo… Además, este lugar ha perdido el encanto pasado. Parece más una tarjeta postal que un paisaje digno de inspiración romántica… Permítame decirle que Beethoven ha muerto. ” Entonces el viejo músico me miró con cierta indignación: “¡Eso es encaje de bolillos! No entiendo adónde vamos, estamos despreciando la belleza… El mundo se encamina hacia su ocaso, lo noto…” Reconozco que aquellas palabras llegaron a lo más profundo de mi ser. Sentí un poso de verdad y, con ello, de temor. “Adolf, hazme caso, no te dejes llevar por la corriente del momento… Sé fiel a ti mismo, no dejes de creer en aquello que te hace sentir vivo, en aquello que ha sido hasta ahora tu razón de ser… No lo hagas, Adolf..” Como bien sabéis, por aquel entonces yo me encontraba influido por las nuevas teorías de Schoenberg, Webern, Berg… La música, al menos eso creía yo, estaba siguiendo su curso natural, encaminándose a una evolución cuasi perfecta. Había comenzado a flirtear con otros jóvenes que pensaban como yo y juntos habíamos creado un cuarteto de cuerda... Había comenzado incluso a componer algunas cosas que podrían considerarse plagios de otras obras como “Pierrot lunaire” o “Concierto para un ángel”… Pero cuando me encontré con mi viejo maestro y tuve aquella conversación, todo pareció tambalearse en torno a mí. Me sentí un traidor, alguien indigno de aquellos que me habían precedido en el mundo de la música. Sabía perfectamente que aquel anciano había perdido la cordura, pero no por ello rechacé su visión de las cosas. Todo lo contrario. Encontré en su locura una cordura como nunca había escuchado en boca de otros. Ahora que el mundo se prepara para esta gran guerra que de algún modo supo anticipar mi maestro, creo que es cuando más falta hace renovar aquello que nos hemos empeñado en perder de nuestra cultura. La verdad de la belleza… Porque, queridos amigos, la gente tiene miedo a la belleza…”    

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"La hora de la cena"

Rotulador de punta fina negro y azul sobre papel

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Obertura de "Los esclavos felices" (Juan Crisóstomo Arriaga)

>> jueves, 10 de octubre de 2013

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LECCIÓN EN LHARDY



Era una mañana de invierno en la Puerta del Sol. El padre iba con el niño en dirección a la Plaza de Canalejas, subiendo por la Carrera de San Jerónimo.

-       Antes de volver a casa, podríamos tomar un caldo en Lhardy…
-       ¿Qué es eso?
-       Uno de los establecimientos más antiguos de Madrid. Ya verás, te va a gustar…

Cruzaron a la acera de la derecha y entraron por la puerta de un escaparate de madera.  Dentro del establecimiento, había mostradores tras los que una serie de dependientes atendían a los clientes que iban entrando. En algunas vitrinas se mostraban productos artesanales típicos de Madrid que resultaban difíciles de encontrar en lugares habituales. Tras aquellos cristales y de tal forma presentados, parecían auténticas reliquias del pasado, aún más atractivas precisamente por su rareza (y por su peligro de extinción, como si se tratasen de huevos de Dodo).
El padre condujo al niño hacia el fondo, donde se encontraban las mesas en las que podían degustarse los productos del local sin necesidad de llevárselos empaquetados. En una esquina había una especie de autoservicio compuesto por un grifo rodeado de tazas. De ahí salía el famoso caldo de cocido de Lhardy. El niño, emocionado, pidió servirlo. ¡Con qué poco se contentaba! Resultaba un muchacho fácil de sorprender y contentar.

-       Tómatelo con calma, porque esto llena…
-       ¿Ah, sí?
-       ¡Claro! Posee la esencia de un cocido pero sin ser cocido… El jugo del morcillo, de los garbanzos, del chorizo, del tocino… En realidad es como si comieras bebiendo…

Al padre le encantaba llenar de fantasías la cabeza de su hijo. Las invenciones del padre iban encadenadas y en progreso, por lo que el caldo del cocido le llevó a otro cuento chino todavía más increíble:

-       ¿Tú sabes de dónde viene lo de “sopa de letras”? Pues de una costumbre que se tenía antes de beberse los libros… Lo de “beberse un libro” también lo has oído ¿no? Pues viene de lo mismo… Antes la gente se nutría de la esencia de las cosas de forma más natural… Cuando a alguien le costaba estudiarse el contenido de un libro, a veces lo que hacía era ponerlo a cocer con un poco de agua, hasta que la tinta se desprendía de las hojas y caía en el caldo… luego se lo bebía y todo el saber del texto quedaba ya interiorizado dentro del cuerpo…

En aquel momento, un famoso arquitecto había hecho acto de presencia en el local.

-       Mira hijo, ese señor es famoso por los edificios que ha construido… Tiene fama de ser uno de los mejores diseñadores de casas del lugar… ¿Y sabes cómo ha llegado a saber tanto? Pues bebiéndose todos los días dos tazas de compendios de arquitectura… Es un sabio porque bebe…
-       Oye papá… ¿Y tú crees que yo podré llegar a ser un gran dibujante bebiendo…?
-       No, hijo. Tu mano no va a aprender a hacer trazos como debe bebiendo caldos… ¿Es que no lo entiendes?

Su padre tenía toda la razón. Ningún caldo podría contener el contenido de un texto práctico, pues era evidente que todo libro se quedaba siempre en lo teórico y era el individuo quien debía aplicar sus conocimientos haciendo cosas físicas.
    

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RECUERDO Nº 2. A TRAVÉS DE LA VENTANA

>> martes, 8 de octubre de 2013



Recuerda el joven el significado que para él tenían las ventanas cuando era niño.

De lunes a viernes, iba con su madre a casa de la abuela materna a comer, después del colegio. En la cocina, la ventana que daba al patio siempre estaba abierta. Un día, encontró colgados con pinzas en las cuerdas de tender una serie de muñecos de guiñol: una niña, un lobo, un cazador, un viejo… Todos le miraban desde su posición, boca abajo.

La abuela le dijo que había sido una cigüeña. Había venido volando y los había dejado ahí para él, para cuando viniera.

En el salón, un gran tablado de marionetas esperaba a los guiñoles. Su abuelo había sido quien lo había construido. Solo necesitó una gran tela, una serie de listones y unas cuantas palometas. Él había sido también quien había conseguido aquellos muñecos una mañana en la que anduvo de compras por los mercados de El Rastro.

El niño se enteraría de todo esto tiempo después. Ahora no quería creer otra cosa que aquella historia contada por su abuela.

Mientras su madre y su abuela preparaban la comida, el niño jugó a representar una serie de historias con aquellos muñecos y aquel teatro. Iba improvisando los argumentos dejándose llevar por la ilusión. Él era titiritero y público a la vez.

En aquel mismo salón en el que tuvo lugar aquella representación, había un balcón. Éste, daba a una calle estrecha, la calle Jorge Juan. La casa se encontraba entre Príncipe de Vergara y Alcalá, sobre los bajos de una librería anticuaria. Todo esto se podía comprobar asomándose a través de la baranda, pero el niño nunca pudo hacer esto. Su abuela, para prevenirle de accidentes, le atemorizaba con esta frase. “Como salgas ahí fuera, pasará el demonio volando y te llevará…”

Para el niño, tanto el bien como el mal llegaban volando hasta las ventanas. Hechos fantásticos podían tener lugar en el momento más inesperado. ¿Cómo podían saber aquellos seres de la existencia de él? Parecían estar esperándole para sorprenderle con sus extraños poderes.

El niño nunca tuvo miedo del vértigo que pudiera producir el asomarse desde determinada altura. El niño tenía miedo de que un espectro volador se lo pudiera llevar al reino de la oscuridad. El niño nunca creyó que los niños vinieran de parís, ni que los transportara una cigüeña. Sí creía en cambio que éste ave pudiera ser capaz de transportar marionetas hasta las cuerdas de tender de una ventana. ¡Qué niño más extraño!

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CONFIRMACIÓN DE UNA SOSPECHA


Todos los días, a la misma hora, “X” bajaba las escaleras, picaba su billete y se sentaba a esperar. Desde el andén, veía pasar los trenes, sin subirse a ninguno. Esperaba la llegada de “Y”. Él la miraba desde el otro lado, en la vía opuesta. Cada uno iba en una dirección distinta, a cada uno le gustaba coger el metro en un momento distinto del día. Él era hombre de mañana, ella mujer de noche. Tuvo que llegar tarde un día a casa para conocerla. Cuando él volvía, ella iba.


Un día, se atrevió a cruzar, a llegar al otro lado. Subió escaleras, cruzó pasillos y bajó nuevos peldaños. Cuando llegó al andén contrario, no la encontró. Tuvo que mirar al otro lado para verla, justo en el andén donde él siempre se ponía. Justo en el lugar que acababa de abandonar. ¿Cómo habría llegado allí? Sin duda ella invirtió el tiempo que él tardó en cambiarse de sitio para hacer lo mismo, pero a la inversa… Tal vez ella escapó de él inconscientemente, sin saberlo.

Definitivamente era cosa del destino. Nunca encontrarse, nunca hablar, nunca conocerse. “X” necesitó atreverse a hacer aquello para confirmar sus sospechas.

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EL CONTRATO DEL DIBUJANTE (PETER GREENOWAY, 1982)



Cuando se habla acerca del cine, muchas veces se olvida a quien lo hace posible, esto es, al espectador. Es decir, se analiza lo que sucede en la pantalla olvidando lo que sucede al otro lado, en el patio de butacas. Aunque resulte algo evidente, si no existe un espectador no existirá una obra, pues el objeto del creador es realizar su trabajo con el fin de que otros lo puedan disfrutar. Más allá de la propia recreación del acto artístico, existe una funcionalidad práctica, y es ésta. El creador inteligente será por tanto el que rompa con las barreras narcisistas y monológicas de su propia individualidad y establezca un diálogo con los demás. “Conversar” con la obra, que ésta hable hacia fuera y sepa escuchar a este universo externo, atendiendo a las posibles interpretaciones del público en cuestión que decida paladearla.


Tener en cuenta al público significa tratarlo como merece, a la altura de su dignidad. Crearle interés, preguntas, hacerlo participar activamente para que no se duerma en su butaca. Podríamos mencionar muchos casos concretos dentro del séptimo arte.

Los filmes que trabajan acerca del psicoanálisis conocen muy bien la importancia de un espectador con una necesidad de interpretar aquello que ve. Desde “Misterios de un alma” de Pabst, pasando por “Recuerda” de Hitchcock o Fresas salvajes” de Bergman. A su vez, los creadores deberían contar con que su público poseyese un cierto nivel cultural para jugar en las mismas condiciones. El espectador debe de tener la obligación de formarse. Esta es su obligación, su deber. A su vez, su derecho es el deber del cineasta (como ya hemos dicho antes, tratar con respeto al espectador).

Por otro lado, tenemos ese cine que, como en los cuadros de Brueguel o El Bosco, se encuentran plagados de detalles que el espectador debe de encontrar, haciendo valer su inteligencia. Esto sería algo así como alfabetizar la mirada, educarla en su observación. Citaremos algunos casos como “La ventana indiscreta”, “Blow up” o el film del que vamos a hablar a continuación: “El contrato del dibujante”.

Peter Greenoway

Su director, Peter Greenoway, es un cineasta eminentemente pictórico. Esto le ha generado tantos admiradores como detractores. Visionar uno de sus filmes es como penetrar en la sala de un museo para asistir a una serie de escenas separadas en cuadros que, en conjunto, conforman una atmósfera homogénea. “El contrato del dibujante” no es solo un filme de época: representa toda una lección de arte, una clase magistral sobre las formas de mirar la realidad.


Su protagonista es Mister Neville, un artista orgulloso y arrogante que aspira a llegar a lo más alto valiéndose de su posición. Su aparente seguridad proviene de su mirada infalible de dibujante, su capacidad por captar lo que le rodea con total precisión. Esta creencia le mantiene paradójicamente apartado de lo que en la realidad sucede.

En el verano de 1694, en pleno barroco tardío, Mr Neville es invitado a la finca de Mr Herbert por parte de la mujer y de la hija de éste. La señora de Herbert le propone al artista realizar una serie de dibujos que reflejen diferentes vistas de la casa y de los jardines de la finca, aprovechando que su marido se encuentra de viaje. Desea hacerle este regalo. Neville acepta pero pone una condición dentro del contrato: poder disponer de la señora Herbert cuando lo desee para satisfacer sus perentorias necesidades volitivas.








Así, Neville comienza a trabajar en el proyecto. Una vez se instala en el terreno, pide que nadie interfiera dentro del espacio visual con el fin de que este no quede alterado. Para dibujar, precisa de un aparato a través del cual observa los paisajes que tiene delante, una especie de marco transparente dividido en su interior en cuadrículas con el fin de poder encajar la imagen a la perfección. Nosotros, como espectadores, miramos a través de los ojos del artista y, con ello, obtenemos una visión parcial de las cosas. Todo lo que escapa a este marco queda también fuera de nuestra mirada. A pesar de que, a medida que transcurre el filme, vamos teniendo acceso a una serie de pistas que puedan explicar lo que más allá de nuestro foco de visión sucede, continuamos ciegos, incapaces de resolver el enigma (enigma que ni siquiera nos planteamos, tan concentrados como estamos en la labor pictórica).

Dentro del filme hay una escena bastante significativa: el momento en el que Neville le plantea a la señora Herbert el análisis de una obra de arte. Coloca ante ella un cuadro y le pregunta qué es lo que ve, qué historias cree que pueden estar sucediendo dentro de él. Un cuadro que contiene toda una serie de detalles. He aquí la clave de la película.



"¿Véis algún argumento en estos episodios aparentemente relacionados? ¿Pensáis que los personajes nos dicen algo?"


"Quizá os interese la teoría óptica..."

"...o el ruego de los amantes..."

"... o el paso del tiempo..."

"...¿Qué intriga es esta?..."

"...¿Qué infidelidades están representadas aquí...?

La atmósfera de “El contrato del dibujante” se nos presenta con un halo de irrealidad: la música minimalista del genial Nyman, los personajes que resultan casi caricaturas, las conversaciones excesivamente literarias que entre ellos mantienen, los planos casi siempre fijos a excepción de algunos movimientos de cámara recorriendo los rostros de los comensales en los banquetes… El cine muestra su dispositivo, reconociendo ser ante todo ficción, representación: una mentira que hemos asumido como verdadera en una especie de trato invisible.

Neville comienza a comprender lo que está pasando fuera de su mundo gracias a la hija de Mr Herbert, y gracias a ello nosotros también comenzamos a ser conscientes de que existen otros puntos de vista ajenos al del protagonista:




“Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que el hombre inteligente jamás será un gran pintor, pues la pintura requiere de gran ceguera. Una negativa parcial a recibir todas las opciones. Un hombre inteligente sabrá más sobre lo que está pintando que sobre lo que ve. En el espacio entre saber y ver, se sentirá atrapado, incapaz de concentrarse en una sola idea. Temerá que aquellos a los que quiere complacer le encuentren deficiente si no incluye en la obra no lo que sabe, sino lo que saben los demás.”

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"HOMENAJE A WALT DISNEY" (Concierto para piano y orquesta de Jesús Guridi)

>> viernes, 4 de octubre de 2013

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JESÚS GURIDI Y SU "HOMENAJE A WALT DISNEY"


El compositor Jesús Guridi, al piano

Dentro de los escritos que Prokofiev tiene sobre música, existe un apartado dedicado al sentido mismo de la obra compuesta y de su traducción por parte del espectador. Según el compositor ruso, la obra en cuestión debería de decir ya suficiente a quien la escuchase sin necesidad de tener que conocer la historia de su composición. La música debería de tener entidad por sí sola, por tanto. En muchos casos, la obra escapa de las intenciones de su propio autor y adquiere otros significados, evocando diferentes sensaciones en quienes la reciben. Cada individuo, al tener subjetividad propia, procesa de un modo diferente dicha experiencia.


Cuenta la leyenda que los ocelos que los pavos reales ostentan en sus colas son en realidad los mil ojos de Argos, aquel guardián de la mitología griega tan efectivo que no se perdía nada de lo que ocurría a su alrededor. Argos poseía esa mirada móvil de la que carecía Polifemo, otro gigante aunque tan solo cíclope.

Quien está acostumbrado a mirar hacia afuera y no hacia dentro, poseerá sin duda una menor riqueza, en tanto en cuanto no se conocerá realmente a sí mismo (y, por tanto, desconocerá también sus propios tesoros). Cuentan que los grandes narradores de historias eran casualmente ciegos, como Homero. Él imaginó al tener que prescindir de conocer la realidad tal y como era a través de los ojos. Él fue un gran memorizador, otra cualidad que, con la aparición de la escritura, comenzó a devaluarse. La gente ya no tenía necesidad de retener las cosas al tenerlas disponibles en los libros. Sócrates desconfió, no obstante, de esta palabra escrita. Cuentan que solo en una ocasión trató de trazar unas palabras. Se encontraba en una playa y decidió escribir sobre la arena, con un palo. Cuando el agua borró el texto inscrito en el suelo, dijo. “¿Y para esto es lo que sirve la escritura?”

Pero volvamos a la fantasía de Homero. Quizá el universo musical podía llegarle como un mundo posible capaz de espolear su creatividad. Él podría imaginarse atmósferas y escenas gracias a una forminge bien tañida. La música tiene ese poder, de ello no cabe ninguna duda. Debería ser capaz de evocar cosas bien concretas, paisajes de la naturaleza definidos gracias a la maestría del músico, en este caso compositor. Un bosque en la sinfonía pastoral de Beethoven o en el ballet de Daphnis y Chloé de Ravel, por ejemplo. Músicas tan diferentes (romántica e impresionista) pero con un fin común: situar al espectador en una historia.

Hace tiempo, buscando en el repertorio del compositor vasco Jesús Guridi, encontré una obra que aún hoy sigo redescubriendo con cada audición. “Homenaje a Walt Disney” es una composición realizada en plena etapa de madurez, pocos años antes de su muerte. Fue presentada a concurso y ganó el premio que se ofertaba. Un compositor de la talla de Guridi, que ya había demostrado su valía con partituras como “El caserío”, “Diez melodías vascas” o “Una aventura de don Quijote”, se vió en la obligación de tener que continuar sobreviviendo presentándose a este tipo de certámenes que estaban por debajo de su altura. Quizá temiera acabar sus años injustamente como Meliès, el cual de ser el gran mago del cine pasó a ser un vendedor de juguetes en una estación de tren. En esta maravillosa obra que es en realidad un concierto para piano y orquesta, Guridi compagina la música más tradicional con aquella más vanguardista, como ya hicieron algunos de sus contemporáneos enclavados también en la tradición musical española. Por ejemplo, Manuel de Falla con su concierto para clave y cinco instrumentos, que cuentan que tuvo que volver a dirigir por segunda vez en el mismo día del estreno porque el público pareció no entenderlo a la primera.

Si Falla bebió de la música tradicional andaluza, Guridi tiró siempre para su Euskadi. Incluso en esta obra de título tan internacional, de tintes tan hollywoodiensemente americanos, podemos encontrar retazos de ritmos folclóricos eminentemente vascos.

A lo largo de toda la obra, se palpa una atmósfera misteriosa que nos evoca a una oscuridad de la que emerge la creación artística. En el caso de Disney, la concepción de sus dibujos animados. Como el aprendiz de brujo de "Fantasía", Guridi es ese mago que, jugando con la alquimia, logra conformar dibujos en el aire, pequeños extractos que pujan por adquirir una forma continuada pero que se van desvaneciendo para dejar paso a otros. Asistimos como oyentes a toda una serie de momentos evocadores como ya he dicho antes “maravillosos”. De alguna forma, parece decirnos que todo este universo infantil es en realidad una cosa muy seria, ya que los niños lo son también.

El compositor y director de orquesta Jesús Arámbarri


Con una duración de más de veinte minutos, el “Homenaje a Walt Disney” en versión de Jesús Arámbarri a la batuta dirigiendo a la orquesta nacional y con Pilar Bayona al piano, resulta una auténtica joya discográfica. En el mismo disco reeditado por Emi, se incluyen también otras obras del maestro: las Diez melodías vascas y un extracto de su magna obra “Amaya” (inspirada en el libro que trata de explicar los orígenes del país vasco), que sirvió también como banda sonora de un film de Luis Marquina que dejó mucho que desear (lo mismo sucedió con otras partituras cinematográficas como las de Pablo Sorozábal, tristemente, a excepción de algún caso como el de “Marcelino pan y vino”). Arámbarri fue discípulo de Guridi. Quién mejor que él para llevar a cabo la interpretación de sus obras. Arámbarri murió relativamente joven y con las botas puestas, en mitad de un concierto, con la batuta en alto. Recuerdo a mi abuelo decir que escuchó por primera vez “La consagración de la primavera” dirigida por él en el kiosco del Retiro. A Guridi también tuvo la oportunidad de escucharlo tocar el órgano en la iglesia de San Manuel y san Benito, enfrente también del Retiro.

Merece la pena redescubrir a compositores españoles prácticamente olvidados y que tanto hicieron por conducir los derroteros musicales de este país hacia la digna actualidad en la que se encuentra.

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"RECUERDO Nº 1"

>> miércoles, 2 de octubre de 2013


Sobre el plato de un tocadiscos se encontraban dispuestos toda una serie de rostros populares infantiles: ahí estaban los seis enanitos (faltaba Gruñón porque nunca cayó bien del todo a quien los coleccionaba), el gato Félix, Tom y Jerry, Obélix (Astérix se debió perder durante alguna aventura)… Luego estaban los otros, figuras anónimas a las que su ausencia de identidad no les impidió ser admiradas por los niños: vaqueros del Far West montados (o no) en sus caballos, coches sin marca pero igualmente estilosos, algún futbolista que anhelaba un balón con el que jugar, animales varios como jirafas u osos… Todos minuciosamente colocados, conformando una especie de tiovivo dispuesto a comenzar a girar.


¿Qué es lo que faltaba? La música, por supuesto. Aquello no podía comenzar a funcionar sin música. El niño esperaba a su abuelo, que se encontraba afeitándose en el baño como cada mañana. Era domingo, el último día que pasaría en aquella casa antes de que sus padres pasaran a recogerle para comenzar una nueva semana de colegio. El fin de semana era un momento mágico para él. Pasarlo con su abuelo hacía que mereciese la pena esperar los cinco días previos madrugando para asistir a las aburridas clases hasta el final de la tarde.

La puerta no tardó en abrirse. Allí estaba él, con la camiseta interior ya puesta, la toalla del baño colgada en el hombro y el pantalón de pana ajustado con el cinturón. Abrió un armario y sacó una camisa de seda y una chaqueta de lana.

Al nieto siempre le llamó la atención que su abuelo vistiera así de elegante incluidos aquellos días en que no salía a la calle. Parecía como si siempre estuviera esperando recibir una visita importante. Hubo algún día en que incluso se puso corbata.

El olor a colonia le llegó hasta su nariz. El niño nunca supo la marca que usaba su abuelo, pues el frasco que tenía en el baño lo había comprado aparte hace muchos años, con la intención de verter en él la colonia de los frascos originales de los que provenía. Un bote cuya antigüedad resultaba imposible de calcular. Siempre había estado allí, en el estante que había encima del lavabo. De plástico color verde.

“¿Estás preparado?” le preguntó el anciano al niño. Éste, asintió con la cabeza.

La habitación en la que se encontraban la llamaban “de la música”, porque en ella se encontraban las partituras y los instrumentos con los que el abuelo daba rienda suelta a su afición melómana.

En la esquina se encontraba el atril-lámpara sobre el cual el niño había depositado sus manuales musicales procedentes de la escuela de música para que su abuelo, año tras año, le enseñase, le ayudara a repasar y practicar los deberes que le mandaban los maestros oficiales de solfeo y de violín los días en los que tenía clase. Ahora todavía era pronto para la lección del domingo. No obstante, siempre era buen momento para hacer música. El abuelo se sentó frente al atril en una butaca de mimbre, abrió un cajón y sacó de él una partitura que él mismo había escrito, copiada de otra original. La colocó sobre el atril y, después, abrió el estuche en el que guardaba su flauta travesera. La montó pieza a pieza, hizo unas escalas rápidas para probarla y le dijo al nieto: “Vamos allá”.

Comenzó a interpretar una marcha militar que el niño no identificaba por entonces pero que, años después y con una cultura musical ya formada, identificó con la archiconocida de Schubert.

El niño accionó un botón del tocadiscos portátil y el plato comenzó a girar, poniendo en movimiento al grupo de figuras. Un desfile hipnótico al son de la flauta que quedó, sin que él lo supiera, grabado en su retina. Un momento que recordaría años después, siempre volviendo a él en momentos complicados, como si se tratase de un escudo tras el que protegerse. Una imagen que seguramente habría perdido parte de su verdad al haber pasado tanto tiempo, reconstruida por la imaginación, repintada con nuevos colores quizá.

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