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DOS OJOS QUE MIRAN

>> sábado, 19 de octubre de 2013



Cansada por el trabajo de toda una mañana

la joven entra en el que será su nuevo cuarto

y se despoja de sus nuevas vestimentas

cofia, delantal, vestido oscuro que parece seda

pero es áspero y araña, como el esparto.



Es de noche en el viejo palacio

y los relojes dan su hora cansados

sin puntualidad, olvidando lo que son,

la aguja avanza por el círculo, despacio,

las campanas desafinando en su gong.



La anciana señora hace tiempo que duerme

al final de la escalera del último piso.

Es la joven la que no puede conciliar el sueño.

Teme no poder quedarse mucho en aquel sitio.

Por primera vez, desde que era niña, siente miedo.



Su cuerpo, de piel suave y tersa, siente frío,

esperando un calor que nunca llegará,

no existiendo abrigo que lo represente,

oculta bajo capas y capas de sábanas

apagada la luz, siente aquella hostilidad.



¿Quién la mira? ¿Quién ocupa su tiempo en vigilarla?

“Aquellos antepasados que no descansan y que allí durmieron”

piensa ella, con su mente literaria, invocando al miedo

masoquistamente, con los sentidos atentos,

cabeza nunca en horizontal, esperando sugestionada.



Con la mirada acostumbrada a la negrura,

Descubre, perdida la ceguera, dos ojos abiertos,

dos manchas blancas que la escrutan.

y que acaban de ser descubiertos.

Es consciente de no poder evitar mirar a lo que teme.



Por fin, se levanta, descalza, lentamente,

hacia esos ojos que la invocan,

y que siguen sin moverse, fijos, latentes.

Por fin se acerca, casi los toca.

Descubre que son planos, pintados.



Un gran óleo de un hombre inquietante,

parece representar el espíritu de éste, vivo,

acusador, celoso, inquieto e intimidante.

Allá donde se mueva ella, él la mira.

desnudándola con su amenazadora líbido.



Se apresura a agarrar el marco con sus manos frías,

temiendo que la pintura hable, pegando un grito.

Hay que hacer desaparecer aquella amenaza...

Dándole la vuelta podrá descansar, llegará el alivio.

Por fin se decide y lo desclava, moviéndolo de su sitio.



El cordel gira y se pone del revés, de él cuelga el cuadro.

La tranquilidad que la doncella ansía está más cerca,

ya casi puede sentirla... No obstante, nuevamente sucede algo:

En la parte de atrás, en la cara oculta del lienzo, la más vieja,

un nuevo rostro surge, pintado quizá más terriblemente.



Una dama sobre fondo negro, quizá la mujer del hombre anterior

observa con odio a quien ahora la mira, celosa de la joven,

sabiendo que ella ha estado mirando a su marido...

La doncella grita terriblemente, pero nadie la escucha.

Nadie en aquella noche la calmará ya, en su pesadilla.

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