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EL CONTRATO DEL DIBUJANTE (PETER GREENOWAY, 1982)

>> martes, 8 de octubre de 2013



Cuando se habla acerca del cine, muchas veces se olvida a quien lo hace posible, esto es, al espectador. Es decir, se analiza lo que sucede en la pantalla olvidando lo que sucede al otro lado, en el patio de butacas. Aunque resulte algo evidente, si no existe un espectador no existirá una obra, pues el objeto del creador es realizar su trabajo con el fin de que otros lo puedan disfrutar. Más allá de la propia recreación del acto artístico, existe una funcionalidad práctica, y es ésta. El creador inteligente será por tanto el que rompa con las barreras narcisistas y monológicas de su propia individualidad y establezca un diálogo con los demás. “Conversar” con la obra, que ésta hable hacia fuera y sepa escuchar a este universo externo, atendiendo a las posibles interpretaciones del público en cuestión que decida paladearla.


Tener en cuenta al público significa tratarlo como merece, a la altura de su dignidad. Crearle interés, preguntas, hacerlo participar activamente para que no se duerma en su butaca. Podríamos mencionar muchos casos concretos dentro del séptimo arte.

Los filmes que trabajan acerca del psicoanálisis conocen muy bien la importancia de un espectador con una necesidad de interpretar aquello que ve. Desde “Misterios de un alma” de Pabst, pasando por “Recuerda” de Hitchcock o Fresas salvajes” de Bergman. A su vez, los creadores deberían contar con que su público poseyese un cierto nivel cultural para jugar en las mismas condiciones. El espectador debe de tener la obligación de formarse. Esta es su obligación, su deber. A su vez, su derecho es el deber del cineasta (como ya hemos dicho antes, tratar con respeto al espectador).

Por otro lado, tenemos ese cine que, como en los cuadros de Brueguel o El Bosco, se encuentran plagados de detalles que el espectador debe de encontrar, haciendo valer su inteligencia. Esto sería algo así como alfabetizar la mirada, educarla en su observación. Citaremos algunos casos como “La ventana indiscreta”, “Blow up” o el film del que vamos a hablar a continuación: “El contrato del dibujante”.

Peter Greenoway

Su director, Peter Greenoway, es un cineasta eminentemente pictórico. Esto le ha generado tantos admiradores como detractores. Visionar uno de sus filmes es como penetrar en la sala de un museo para asistir a una serie de escenas separadas en cuadros que, en conjunto, conforman una atmósfera homogénea. “El contrato del dibujante” no es solo un filme de época: representa toda una lección de arte, una clase magistral sobre las formas de mirar la realidad.


Su protagonista es Mister Neville, un artista orgulloso y arrogante que aspira a llegar a lo más alto valiéndose de su posición. Su aparente seguridad proviene de su mirada infalible de dibujante, su capacidad por captar lo que le rodea con total precisión. Esta creencia le mantiene paradójicamente apartado de lo que en la realidad sucede.

En el verano de 1694, en pleno barroco tardío, Mr Neville es invitado a la finca de Mr Herbert por parte de la mujer y de la hija de éste. La señora de Herbert le propone al artista realizar una serie de dibujos que reflejen diferentes vistas de la casa y de los jardines de la finca, aprovechando que su marido se encuentra de viaje. Desea hacerle este regalo. Neville acepta pero pone una condición dentro del contrato: poder disponer de la señora Herbert cuando lo desee para satisfacer sus perentorias necesidades volitivas.








Así, Neville comienza a trabajar en el proyecto. Una vez se instala en el terreno, pide que nadie interfiera dentro del espacio visual con el fin de que este no quede alterado. Para dibujar, precisa de un aparato a través del cual observa los paisajes que tiene delante, una especie de marco transparente dividido en su interior en cuadrículas con el fin de poder encajar la imagen a la perfección. Nosotros, como espectadores, miramos a través de los ojos del artista y, con ello, obtenemos una visión parcial de las cosas. Todo lo que escapa a este marco queda también fuera de nuestra mirada. A pesar de que, a medida que transcurre el filme, vamos teniendo acceso a una serie de pistas que puedan explicar lo que más allá de nuestro foco de visión sucede, continuamos ciegos, incapaces de resolver el enigma (enigma que ni siquiera nos planteamos, tan concentrados como estamos en la labor pictórica).

Dentro del filme hay una escena bastante significativa: el momento en el que Neville le plantea a la señora Herbert el análisis de una obra de arte. Coloca ante ella un cuadro y le pregunta qué es lo que ve, qué historias cree que pueden estar sucediendo dentro de él. Un cuadro que contiene toda una serie de detalles. He aquí la clave de la película.



"¿Véis algún argumento en estos episodios aparentemente relacionados? ¿Pensáis que los personajes nos dicen algo?"


"Quizá os interese la teoría óptica..."

"...o el ruego de los amantes..."

"... o el paso del tiempo..."

"...¿Qué intriga es esta?..."

"...¿Qué infidelidades están representadas aquí...?

La atmósfera de “El contrato del dibujante” se nos presenta con un halo de irrealidad: la música minimalista del genial Nyman, los personajes que resultan casi caricaturas, las conversaciones excesivamente literarias que entre ellos mantienen, los planos casi siempre fijos a excepción de algunos movimientos de cámara recorriendo los rostros de los comensales en los banquetes… El cine muestra su dispositivo, reconociendo ser ante todo ficción, representación: una mentira que hemos asumido como verdadera en una especie de trato invisible.

Neville comienza a comprender lo que está pasando fuera de su mundo gracias a la hija de Mr Herbert, y gracias a ello nosotros también comenzamos a ser conscientes de que existen otros puntos de vista ajenos al del protagonista:




“Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que el hombre inteligente jamás será un gran pintor, pues la pintura requiere de gran ceguera. Una negativa parcial a recibir todas las opciones. Un hombre inteligente sabrá más sobre lo que está pintando que sobre lo que ve. En el espacio entre saber y ver, se sentirá atrapado, incapaz de concentrarse en una sola idea. Temerá que aquellos a los que quiere complacer le encuentren deficiente si no incluye en la obra no lo que sabe, sino lo que saben los demás.”

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