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MIEDO A LA BELLEZA

>> viernes, 11 de octubre de 2013


Adolf Meyer siempre contaba esta anécdota a sus amigos de tertulia de la cervecería Aschinger, en Berlín, durante los años previos a la gran guerra.

“Un día, paseando cerca del río Havel, encontré a un hombre de aspecto desaliñado, sentado a la orilla, con un papel de pentagrama en sus manos y una plumilla. Su rostro me era conocido. A pesar de que su físico había experimentado un cambio sustancial en general (había empeorado, no cabía duda) pude adivinar tras esa máscara casi mortuoria unos rasgos inconfundibles. Me acerqué hasta él con cautela, pues no quería interrumpir su labor, tan concentrado como lo veía. Hubiera sido casi como despertar a un sonámbulo, con las nefastas consecuencias que aquellos podía acarrear. Cuando estuve junto a él, con mi sombra oscureciéndole para que se percatara de mi presencia, se mantuvo unos segundos más terminando lo que se encontraba realizando. Después, con una transición muy sutil, como si no le hubiese llamado la atención mi entrada en escena, giró su cabeza como si fuera a buscar una herramienta que necesitaba para su labor y me miró con una serenidad que quedó impresionada en mi retina para no olvidarla nunca. Yo entonces le dije: “¿Me recuerda, maestro? Soy Adolf, su alumno de composición en el conservatorio…” Él me escudriñó tratando de encontrar un punto en su memoria al que asirse. Por fin, pareció recordar. “Ah, ya… Me traías de cabeza, Adolf… Eras un alumno indomable en todos los sentidos… Tenías un gran talento, pero tu actitud dispersa lo estropeaba todo…” “Maestro, ¿puedo preguntarle qué es lo que está haciendo?” “Espero a la inspiración… Busco en la Naturaleza la luz que guíe el camino de mi nueva composición… El sonido del agua pasar, un pez que salga a flote y un pájaro que acuda a capturarlo velozmente, unos árboles meciéndose al viento ” Me resultó enternecedora su ingenuidad. “Pero maestro, ahora los músicos ya no trabajan con la inspiración ni con la mímesis con la Naturaleza… Ahora hay otras normas… está el dodecafonismo, el serialismo… Además, este lugar ha perdido el encanto pasado. Parece más una tarjeta postal que un paisaje digno de inspiración romántica… Permítame decirle que Beethoven ha muerto. ” Entonces el viejo músico me miró con cierta indignación: “¡Eso es encaje de bolillos! No entiendo adónde vamos, estamos despreciando la belleza… El mundo se encamina hacia su ocaso, lo noto…” Reconozco que aquellas palabras llegaron a lo más profundo de mi ser. Sentí un poso de verdad y, con ello, de temor. “Adolf, hazme caso, no te dejes llevar por la corriente del momento… Sé fiel a ti mismo, no dejes de creer en aquello que te hace sentir vivo, en aquello que ha sido hasta ahora tu razón de ser… No lo hagas, Adolf..” Como bien sabéis, por aquel entonces yo me encontraba influido por las nuevas teorías de Schoenberg, Webern, Berg… La música, al menos eso creía yo, estaba siguiendo su curso natural, encaminándose a una evolución cuasi perfecta. Había comenzado a flirtear con otros jóvenes que pensaban como yo y juntos habíamos creado un cuarteto de cuerda... Había comenzado incluso a componer algunas cosas que podrían considerarse plagios de otras obras como “Pierrot lunaire” o “Concierto para un ángel”… Pero cuando me encontré con mi viejo maestro y tuve aquella conversación, todo pareció tambalearse en torno a mí. Me sentí un traidor, alguien indigno de aquellos que me habían precedido en el mundo de la música. Sabía perfectamente que aquel anciano había perdido la cordura, pero no por ello rechacé su visión de las cosas. Todo lo contrario. Encontré en su locura una cordura como nunca había escuchado en boca de otros. Ahora que el mundo se prepara para esta gran guerra que de algún modo supo anticipar mi maestro, creo que es cuando más falta hace renovar aquello que nos hemos empeñado en perder de nuestra cultura. La verdad de la belleza… Porque, queridos amigos, la gente tiene miedo a la belleza…”    

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