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"RECUERDO Nº 1"

>> miércoles, 2 de octubre de 2013


Sobre el plato de un tocadiscos se encontraban dispuestos toda una serie de rostros populares infantiles: ahí estaban los seis enanitos (faltaba Gruñón porque nunca cayó bien del todo a quien los coleccionaba), el gato Félix, Tom y Jerry, Obélix (Astérix se debió perder durante alguna aventura)… Luego estaban los otros, figuras anónimas a las que su ausencia de identidad no les impidió ser admiradas por los niños: vaqueros del Far West montados (o no) en sus caballos, coches sin marca pero igualmente estilosos, algún futbolista que anhelaba un balón con el que jugar, animales varios como jirafas u osos… Todos minuciosamente colocados, conformando una especie de tiovivo dispuesto a comenzar a girar.


¿Qué es lo que faltaba? La música, por supuesto. Aquello no podía comenzar a funcionar sin música. El niño esperaba a su abuelo, que se encontraba afeitándose en el baño como cada mañana. Era domingo, el último día que pasaría en aquella casa antes de que sus padres pasaran a recogerle para comenzar una nueva semana de colegio. El fin de semana era un momento mágico para él. Pasarlo con su abuelo hacía que mereciese la pena esperar los cinco días previos madrugando para asistir a las aburridas clases hasta el final de la tarde.

La puerta no tardó en abrirse. Allí estaba él, con la camiseta interior ya puesta, la toalla del baño colgada en el hombro y el pantalón de pana ajustado con el cinturón. Abrió un armario y sacó una camisa de seda y una chaqueta de lana.

Al nieto siempre le llamó la atención que su abuelo vistiera así de elegante incluidos aquellos días en que no salía a la calle. Parecía como si siempre estuviera esperando recibir una visita importante. Hubo algún día en que incluso se puso corbata.

El olor a colonia le llegó hasta su nariz. El niño nunca supo la marca que usaba su abuelo, pues el frasco que tenía en el baño lo había comprado aparte hace muchos años, con la intención de verter en él la colonia de los frascos originales de los que provenía. Un bote cuya antigüedad resultaba imposible de calcular. Siempre había estado allí, en el estante que había encima del lavabo. De plástico color verde.

“¿Estás preparado?” le preguntó el anciano al niño. Éste, asintió con la cabeza.

La habitación en la que se encontraban la llamaban “de la música”, porque en ella se encontraban las partituras y los instrumentos con los que el abuelo daba rienda suelta a su afición melómana.

En la esquina se encontraba el atril-lámpara sobre el cual el niño había depositado sus manuales musicales procedentes de la escuela de música para que su abuelo, año tras año, le enseñase, le ayudara a repasar y practicar los deberes que le mandaban los maestros oficiales de solfeo y de violín los días en los que tenía clase. Ahora todavía era pronto para la lección del domingo. No obstante, siempre era buen momento para hacer música. El abuelo se sentó frente al atril en una butaca de mimbre, abrió un cajón y sacó de él una partitura que él mismo había escrito, copiada de otra original. La colocó sobre el atril y, después, abrió el estuche en el que guardaba su flauta travesera. La montó pieza a pieza, hizo unas escalas rápidas para probarla y le dijo al nieto: “Vamos allá”.

Comenzó a interpretar una marcha militar que el niño no identificaba por entonces pero que, años después y con una cultura musical ya formada, identificó con la archiconocida de Schubert.

El niño accionó un botón del tocadiscos portátil y el plato comenzó a girar, poniendo en movimiento al grupo de figuras. Un desfile hipnótico al son de la flauta que quedó, sin que él lo supiera, grabado en su retina. Un momento que recordaría años después, siempre volviendo a él en momentos complicados, como si se tratase de un escudo tras el que protegerse. Una imagen que seguramente habría perdido parte de su verdad al haber pasado tanto tiempo, reconstruida por la imaginación, repintada con nuevos colores quizá.

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