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RECUERDO Nº 2. A TRAVÉS DE LA VENTANA

>> martes, 8 de octubre de 2013



Recuerda el joven el significado que para él tenían las ventanas cuando era niño.

De lunes a viernes, iba con su madre a casa de la abuela materna a comer, después del colegio. En la cocina, la ventana que daba al patio siempre estaba abierta. Un día, encontró colgados con pinzas en las cuerdas de tender una serie de muñecos de guiñol: una niña, un lobo, un cazador, un viejo… Todos le miraban desde su posición, boca abajo.

La abuela le dijo que había sido una cigüeña. Había venido volando y los había dejado ahí para él, para cuando viniera.

En el salón, un gran tablado de marionetas esperaba a los guiñoles. Su abuelo había sido quien lo había construido. Solo necesitó una gran tela, una serie de listones y unas cuantas palometas. Él había sido también quien había conseguido aquellos muñecos una mañana en la que anduvo de compras por los mercados de El Rastro.

El niño se enteraría de todo esto tiempo después. Ahora no quería creer otra cosa que aquella historia contada por su abuela.

Mientras su madre y su abuela preparaban la comida, el niño jugó a representar una serie de historias con aquellos muñecos y aquel teatro. Iba improvisando los argumentos dejándose llevar por la ilusión. Él era titiritero y público a la vez.

En aquel mismo salón en el que tuvo lugar aquella representación, había un balcón. Éste, daba a una calle estrecha, la calle Jorge Juan. La casa se encontraba entre Príncipe de Vergara y Alcalá, sobre los bajos de una librería anticuaria. Todo esto se podía comprobar asomándose a través de la baranda, pero el niño nunca pudo hacer esto. Su abuela, para prevenirle de accidentes, le atemorizaba con esta frase. “Como salgas ahí fuera, pasará el demonio volando y te llevará…”

Para el niño, tanto el bien como el mal llegaban volando hasta las ventanas. Hechos fantásticos podían tener lugar en el momento más inesperado. ¿Cómo podían saber aquellos seres de la existencia de él? Parecían estar esperándole para sorprenderle con sus extraños poderes.

El niño nunca tuvo miedo del vértigo que pudiera producir el asomarse desde determinada altura. El niño tenía miedo de que un espectro volador se lo pudiera llevar al reino de la oscuridad. El niño nunca creyó que los niños vinieran de parís, ni que los transportara una cigüeña. Sí creía en cambio que éste ave pudiera ser capaz de transportar marionetas hasta las cuerdas de tender de una ventana. ¡Qué niño más extraño!

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