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NUBOSIDAD VARIABLE

>> miércoles, 27 de noviembre de 2013


Lejos están los campos que otrora fueron verdes
otros vendrán que remplazarán los existentes
nunca iguales, otros colores, siempre diferentes.
gama de matices infinita aunque no visible
por ojos que no saben que ya no son aquellos.

¿Aceptará el joven que ya no es un niño?
Coronada cabeza de otras ideas
suplantando otras anteriores ya viejas...
aún cree en una inmutable materia.

Desconfíanza hacia toda novedad
resistencia a una nueva vida
aferrado a los buenos recuerdos
tratándolos aún de resucitar.

No desdeñes la vida que te espera
No eres náufrago, pues posees tu balsa.
No añores la calma ahora en tu tormenta
Al contrario de lo que tú imaginas,
Será, si, la muerte, el llegar a tierra.

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AGUSTINA Y LA PIANOLA

>> lunes, 25 de noviembre de 2013


Gustavo llegó a casa de los Fernández de Iriarte con el temor de quien sospecha que se le ha preparado una encerrona. Don Félix, el pater familias, llevaba algunas semanas un tanto extraño. En cada una de las reuniones que tenían en el café de la Plaza Mayor, dejaba siempre caer en determinado momento el asunto de su hija.

Usted ya sabe, don Gustavo, que la música está de capa caída en este país. Usted y yo podemos presumir de no encontrarnos dentro de este selecto club de ignorantes españoles. Por cierto ¿sabe que mi hija está aprendiendo a tocar el piano?”

Resulta indignante que las mujeres no hayan recibido en occidente una educación en condiciones... Siempre relegadas a sus labores, como si no tuvieran tanto o más que decir que los hombres... Hablando de este asunto ¿le he dicho ya que mi hija es una devota de la música romántica?”

¡Da gusto poder tomarse una tazón de chocolate tan bueno como el que sirven en este establecimiento! Y ahora, en invierno, sienta doblemente mejor... No obstante, el que hace mi hija no tiene nada que envidiarle!”

Algo le hacía sospechar al joven que esa costumbre de sacar tan a menudo el asunto de aquella niña por parte de don Félix no podía tener otra función que la de intentar de presentársela. Gustavo sabía que tarde o temprano aquel momento iba a llegar. ¿Y por qué no iba a ser este?
Con la mano temblorosa, tocó el timbre de la casa. Rápidamente acudió a abrir una criada que, solícita, se empeño en cogerle el abrigo, la chistera, los guantes y la bufanda. De haber podido, le habría cogido también el bigote. A Gustavo le resultó tan simpática que, de habérselo pedido, seguramente le habría dejado que le cogiese hasta los calzones.
Pero pronto llegó don Félix con una voz cantarina que se hizo escuchar a todo lo ancho del pasillo. “Déjanos solos, Juanita... ¿Qué tal, joven? Pase, pase. Tengo ya preparado el álbum de sellos del que le hablé en mi despacho pero, si quiere, antes de esto, podemos tomar algo en la salita. Pase, pase...”
Tal y como lo había imaginado, se encontró con esta escena: Sentadas en dos sillas, estaban la mujer de don Félix, Mariana, y la hija de éstos, Agustina. La zagala no tenía mal porte, pero Gustavo no estaba en aquellos momentos tanto para Agustinas como para Juanitas. ¡Qué idea aquella de don Félix de buscarle a su joven amigo una acompañante!
Agustina ha preparado unas pastas que seguro que serán de su agrado...”
Gustavo era un chico de familia adinerada con veinticinco añitos cumplidos y una herencia que compartir en un futuro. Lo único que chirriaba en todo esto es que Gustavo no tenía pensado casarse, ni tan siquiera enamorarse. Era un hombre de ideas avanzadas y solo creía en todo lo que significara alegrarse el cuerpo y no ponérselo de luto.
Aquellas pastas que Agustina trajo en una bandejita bañada en algo parecido a la plata las conocía Gustavo de sobra. Habían sido compradas en una pastelería que se encontraba en mitad de la Calle Mayor. A no ser que en ella trabajara de pastelera Agustina, no imaginaba cómo habían podido salir de sus manos aquellos dulces tan perfectos. No obstante, los probó educadamente y felicitó a la “cocinera”.
Y ahora, toca un poco de música. Agustina nos deleitará al piano con una mazurca.”
Los allí congregados levantaron sus traseros de los asientos para dirigirse al otro ala del salón, en la cual había sido instalada una pianola. Ahora la niña se encargaría de hacer como que tocaba mientras un rollo iba accionando mecánicamente las teclas del piano. ¡Menudo espectáculo!
Y así fue, nuevamente como Gustavo había imaginado. Agustina, al parecer, había estudiado concienzudamente donde poner los dedos en cada momento... Seguramente le hubiera sido más rentable cambiar aquellas horas dedicadas a tal absurdo cometido por unas clases de piano en condiciones.
No obstante, resultaba digno de admiración el esfuerzo notable de aquella muchacha por hacer como que hacía, interpretando que interpretaba. Esto no lo pasó por alto Gustavo. A pesar de ello, tuvo la malicia de pedir, una vez concluída la pieza, que la “pianista” ejecutara una nueva obra, a sabiendas que el espectáculo se había acabado.
Y algo inesperado sucedió. Agustina empezó a teclear de nuevo, siendo ella indudablemente la que en este momento estaba tocando. La pieza resultó cuanto menos novedosa a los oídos de sus oyentes. Parecía que Agustina había aprendido algo del oficio a fuerza de imitarlo mímicamente y ahora deleitaba a su público con una pieza personal que se escapaba de los cánones musicales imperantes. Sonaba como a dodecafónico y esto era algo único, puesto que ninguno de aquellos melómanos sabía quien era Schoenberg ni había oído hablar de la escuela de Viena (como mucho, aquel lugar les sonaba por los viejos valses de Strauss).
Gustavo fue dejándose convencer poco a poco de la valía de Agustina. La admiró cada vez más, hasta que la criada desapareció de sus pensamientos.


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"El joven Apolo" (Benjamin Britten)

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DESTIERRO

>> miércoles, 20 de noviembre de 2013


Todo
parece
haberse
vaciado
de sentido.

Las cosas se muestran muertas
aquí donde me encuentro.
¿(Re)Surgirán nuevamente
habitadas de nuevos espíritus?




Mi destierro comenzó
siendo exilio interior,
allí donde nadie podía encontrarme.
Escondido por mí mismo, enmascarado
por un rostro de rasgos perdidos.

Partí de cero buscando una identidad.
Era invisible por estar desestructurado,
y ello me impedía construir mi camino.
Vagaba, deambulaba, tropezaba,
peleando por un pedazo de certeza.

No todo parecía perdido.
El el fondo de mi ser
algo me decía
que no había que dejar de creer,
que seguía
siendo un ser con sentido.

Pero ya había llegado el destierro
y para entonces todos se habían ido.
Quedando yo solo, fue cuando me marché.
Dejaba la tierra sabiéndome con una patria
común a los demás: la de la ausencia.

La patria espiritual
de los que creen que ya no saben lo que creen.

Alguien me dijo
que vivíamos en una constante espera
cuya culpable no era sino nuestra ignorancia.
Que siendo nosotros constante cambio
no podíamos creer en la duración de las cosas.

Mas entonces pensé...
… lo que permanece inalterable
es precisamente esa energía...

... no bastando con el abrigo de la carne,
en la noche de la duda, siempre fría,
volvemos a esa extraña fuerza
que nos alienta, inspirándonos
en cada resurrección, en cada nueva vida.

Es ella la que nos hace inmortales
y por ella sí se podía todavía luchar.

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"Personajes rembrandtianos"

>> martes, 19 de noviembre de 2013

Rotulador negro de punta fina sobre papel

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Dos poemas amorosos

 AL ALBA

Al alba,
cuando todavía no existe un nuevo día,
todavía,
cuando se confunden sueño y vigilia
creí encontrarte, tú fuiste mi mañana

Al alba
Fueron tus colores los del cielo
Tu blancura la pusieron las nubes
Tus ojos, ese eterno horizonte
Dorado de sol, refulgente de esperanza

Al alba,
Conseguiste que mi primer pensamiento,
Que el primer deseo, la primera sensación,
Fuese, en mi rostro una cálida sonrisa
Sin palabras, todo quedaba dicho…

Al alba
La tierra no produjo ningún sonido
Todo quedó callado, ni la sangre palpitar se oía
Solo una leve brisa, una respiración del viento
Y quise creer que eras tú quien lo decías

Al alba,
Quiero que nunca pase este momento
Que sea toda esta mi única vida
Que la noche nunca llegue, solo tu día
etéreo amanecer, solo tú,
tu nombre… una eterna melodía.





MORENA DE VERDE LUNA

Clepsidra que agotas el tiempo de mis palabras
No permitas que la última de tus gotas caiga
Antes de que hable de ella,
Pues debe de existir antes de mi silencio.

Ella, cuyo rostro de mil colores
Brilla mejor con aquel que le dedicó Lorca.
Morena tú, sí,
Pero morena de verde luna.

Eres tú una misteriosa canción
Que recorre las salas de mi pensamiento
Cuando el sueño no llega.
Tú no caminas sino danzas
Y la luna, que es tu sonrisa,
Permanece aún en el día.

Gitana de puro azabache,
espíritu que nunca descansas,
desconoce la tristeza
el brillo que siempre irradias.

Cruza la orilla del río y acércate,
Necesito olvidar con tu presencia
Aquellas cosas que me mantienen
Sonámbulo en mitad de la noche.
Quiero dormir en tu profundo sueño
Antes de que la última gota caiga.

Morena de verde luna,
No dejes que cese tu melodía.
Acompaña a estas mis palabras
Evitando que no terminen nunca.

Líneas, párrafos, páginas,
Manchas sobre blanco, silencio roto con voces,
Ríos de tinta y de música
Unidas para que siempre exista esta noche.

Solos tú y yo
Olvidada la palabra tiempo
Recuerda las palabras “aquí” y “ahora”
Para que siempre exista este misterio.

Para que este reloj del tiempo
Evite que yo desaparezca.
Contigo existo, contigo soy libre,

Sin ti no quiero ser eterno..

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"Oficio"Rotulador sobre papel

>> viernes, 15 de noviembre de 2013

Rotulador sobre papel

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MIEDO A LOS MENDIGOS


Cada día, realizando el doble camino que le llevaba de casa al trabajo y del trabajo a casa, Juan de Aguirrechea tenía que pasar por aquel pasaje. Por la mañana era distinto, pero por la noche... Por la noche, siempre estaba él. Solía ponerse al final del subterráneo, escondido en la oscuridad, donde todavía no llegaba la luz exterior de las farolas. Cuando parecía que uno iba a poder salir afuera sin encontrárselo, entonces su voz se escuchaba, como una barrera que cae delante para impedirte seguir caminando. Era sonora y profunda, como la voz de la conciencia.

- ¿Por qué parece que quieres rehuírme? ¿Es que acaso te doy miedo?
- ¿Miedo? Yo no tengo que darle ninguna explicación. No le conozco de nada. Es usted el que me está faltando al respeto.
- ¿Vas a seguir haciendo todos los días lo mismo? En algún momento te cansarás...
- ¿Se puede saber qué es lo que le da esa autoridad sobre mí para dirigirse en ese tono? No soporto a la gente de su calaña...

Sin inmutarse, el mendigo continuó hablando.

- ¿Conoces la historia del dios Zeus que se disfrazó de mendigo para poner a prueba a un mortal? ¿Quién te dice que yo no soy Zeus?

Aguirrechea no pudo evitar soltar una carcajada.

- ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? Yo que tú estaría asustado...
- Lo siento, estoy cansado y me quiero ir a casa. Usted debería de dedicar su vida a cosas más útiles en lugar de malgastarla con estas bromas de mal gusto...
- ¿Por qué me tratas de usted? Yo a ti te he hablado todo el tiempo de tú...
- Bueno, a Zeus hay que rendirle honores...

Sin despedirse, don Juan continuó caminando hasta salir a la calle. En el fondo, había pasado miedo, como siempre.
Cuando llegó a casa, tuvo que hacer un gran esfuerzo para freir unas empanadillas congeladas. Apenas tenía fuerzas para poner a calentar el aceite en la sartén. Afortunadamente, el mantel nunca lo quitaba de la mesa, tan solo una vez a la semana para quitar las migas que se había ido acumulando a lo largo del tiempo.
Saliendo de la cocina con el plato en la mano rumbo a la mesa, se encontró con aquel mendigo. Ahora, estaba sentado a la mesa.

- ¿No me sirves a mí, Juanito?

 Las empanadillas acabaron en la alfombra del salón, poniendo una nota de color en su blancura.

- He venido a recuperar la casa que me arrebataste... ¡Debería de darte vergüenza, aprovecharte de un pobre contribuyente...! ¿Ahora quién es el que se cree superior? ¿Tú desde tu escaño en la política o yo, que te trato de tú cuando pasas por el túnel todos los días?

Juan de Aguirrechea, convencido ya de que aquel sujeto no era un ser sobrenatural, volvió a sentirse un hombre seguro y expuso su discurso como hombre curtido en mil ponencias:

- Esta casa está adquirida legalmente... Usted no pudo hacerse cargo de ella con su sueldo y yo...
- Tú la compraste aprovechando que había sido sacada a subasta a una décima parte de su precio... Primero me quitaste mi trabajo, aquel con el que podía pagar el alquiler de este piso... ¿No me recuerdas? Claro, yo solo era el que te llevaba el café todas las mañanas, ese al que nunca te dignaste a mirar a la cara... Y cuando apareció pidiendo trabajo esa chiquita de veinte años tan estupenda que, además, era la sobrina de un compañero tuyo de sillón en el Congreso, pues nada... ya ni café ni leches... Y luego vas y te quedas con mi casa... Lo que no podías saber es que yo era el del cafecito también... Bueno, pues aquí me tienes. ¡Ah, por cierto! Las llaves las he conseguido precisamente de tu nueva secretaria, que como además de guapa es tonta, me las dió sin ninguna complicación. Solo tuve que presentarme a una hora en que sabía que te bajabas “de reunión” a los billares en lugar de quedarte en tu puesto trabajando, para entrar en la oficina y hacerme pasar ante la chica como un compañero tuyo que tenía que ir a tu casa a recoger unas cosas. Y ella, tan solícita, me dió su copia, esa que seguro que le hiciste para que pudiese entrar aquí para meterse en tu camita a contarte cuentos por las noches... Porque seguro que te cuesta conciliar el sueño con todas estas cositas de político que haces... Pues bien, hoy he sido yo el que he venido para contarte ese cuento que no te sabes de Zeus...

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Caricatura para un cómic

>> martes, 12 de noviembre de 2013

Caricatura de Javier Mateo Hidalgo realizada por Antoine Viril para un cómic

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"La foule". Edith Piaf

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Y ELLA SE VOLVIÓ A ENAMORAR


Este cuento puede parecer imposible, difícil de creer incluso sabiendo que se trata de pura ficción. No obstante, debemos a veces escuchar a las ideas, y esta se me apareció más de una vez pidiéndome existir. Así pues, le concedí la oportunidad de ser contada. He aquí su historia:

“Y ella se volvió a enamorar. Juró que nunca más volvería a verle, que ya una vez le amó y sufrió al perderle. Pero él era obstinado, y no le preocupó en absoluto someterse a su propia desfiguración con tal de volver a tenerla entre sus brazos. Dejó de ser quien era, no solo físicamente: adoptó una nueva personalidad, modificó el timbre de su voz... Todas estas cosas pueden ser posibles si existe una fuerza de voluntad poderosa. El rostro fue modelado, eso sí, por un hábil cirujano dispuesto a demostrar (eso sí, a cambio de un buen fajo de billetes) que sus manos podían ser autoras de auténticas obras de arte.

¿Qué fue lo que hizo que ella le reconociera finalmente? Tal vez ese cariño que él le entregó nuevamente, esa pureza libre de corrupción que ella no terminaba de aceptar en el fondo de su corazón. Tal vez porque ella no buscaba un amor feliz, tal vez porque ella huía de reconocer esto, tal vez porque él representaba para ella lo que ella no quería ver de sí misma. Sólo él había sabido ofrecerse de aquella manera tan particular de entre todos los hombres que ella había conocido. Y esto no pudo maquillarlo, esto salió a la luz y volvió a provocarle el fracaso tan temido. Era cruel admitir que el amor no podía ser posible sin su dosis de perversión, de crueldad, de incomprensivo dolor".   

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PAROLES

>> domingo, 10 de noviembre de 2013


Siguiendo el consejo de Georges Perec, desde hace algún tiempo he decidido preocuparme por esas pequeñas cosas que me rodean, situándolas a la misma altura que aquellas otras aparentemente más trascendentales. La materia de la escritura puede encontrarse en cualquier lugar. Sólo hace falta saber aplicar la perspectiva adecuada, tratando con respeto aquello que pasa por delante y sobre lo que no se suele poner atención en la mayoría de los casos. Así, algo que parece “ordinario” (esa es la palabra) acaba volviéndose visible e importante, casi mágico.
Si el autor de “Tentativa de agotar un lugar parisino” se puso como meta escribir un libro sentándose en la mesa de un café y apuntando todo lo que sucedía a su alrededor, con esa visión analítica y sociológica tan propia de los franceses, yo, un madrileño anónimo del siglo veintiuno puedo hacer lo mismo (solo que en vez de llamarse “Cafe Tabac”, el local podría llamarse “Café comercial”). Simplemente hay que detenerse, sacar la lupa y aprender de aquello que nos ofrece la vida gratuitamente. Un espía de la realidad, por así decirlo, trabajando a sueldo de ese público que todavía no sabe lo que el escritor le va a presentar (o representar). Como un acordeón que se despliega para hacer sonar sus notas, así algo aparentemente banal puede acabar extendiéndose hasta convertirse en un asunto abrumador. Sobre una colilla en el suelo pueden escribirse ríos de tinta. Sherlock Holmes deducía cosas aparentemente imposibles de descifrar mediante este método de ver mirando, deteniéndose en los pequeños detalles. El doctor Watson se asombraba de que, por una mancha en una gabardina, su compañero pudiese adivinar del hombre que la vestía hasta casi su edad. Pero no solo en criminología este método es necesario. Pensemos en la arqueología, en la investigación histórica en general... Hoy en día existen métodos de investigación que en otro tiempo hubiesen sido prohibidos y que, afortunadamente, hacen avanzar a los investigadores a pasos de gigante.
Para la poesía resulta igualmente válido. Existe un poema de Jacques Prevert, aquel poeta que puso tan de moda con su letra una canción titulada “Les feuilles mortes”, que habla de una separación entre dos amantes. Se titula “Desayuno”, y lo que describe precisamente es ese momento del día de forma minuciosa. Va enumerando las acciones que el personaje realiza (verter el café, echar el azúcar, remover la cucharilla) y, a través de ellas, llegamos a comprender lo que está sucediendo en realidad. La atmósfera acaba convirtiéndose casi en el personaje protagonista. Es a través de esta cotidianidad como llegamos a comprender el drama de una ruptura amorosa.

Prevert y Perec consiguieron ser pioneros en este tipo de literatura gracias a renegar de la ortodoxia, proponiendo contrariamente la transgresión como método de trabajo.  

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"Canción india" ("Sadko", de Rimsky Korsakov)

>> sábado, 9 de noviembre de 2013

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LECCIÓN

A Gabriel Celaya


Aún existen palabras que me inspiran confianza:
“Bosque”, “hogar”, “agua”, abrazo”, “colegio”...
Sin embargo, no han sido pocas
las que han quedado oscurecidas con la experiencia,
descubierto su auténtico significado.
En una sola hoja podría resumirse mi enciclopedia.

Desconfiad de aquellas más sutiles,
las que parecen más inofensivas
como “amor”, “reciprocidad”, “bondad”, “justicia” o “paz”.

Muchos serán los compañeros de viaje,
el vagón, en su longitud, se perderá en el horizonte,
siempre el mismo tren para siempre distintos paisajes.

La lección, cada vez más sencilla,
irá reduciendo los elementos a memorizar,
quedando solo los que conocemos de cerca,
rechazando los que nos resultan extraños,
aquellos que nunca aprendemos
por no poderlos comprender.

Son aquellos con los que vivo los siguientes:
“Incertidumbre”, “desconcierto”, “desengaño” y “supervivencia”.

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MADRUGÓN

Un buen escritor es aquel al que le resulta más difícil escribir respecto de los demás”

Thomas Mann



El hombre se levantó a mitad de la noche. Quizá pensó que era ya hora de desayunar. Su reloj biológico parecía decirle que eran las ocho de la mañana, cuando en realidad eran las tres de la madrugada. Estaba nervioso porque tenía un examen (pongamos que de conducir). Además, no soportaba el sonido del despertador, por lo que cada día trataba de adelantarse a éste. No obstante,si no lo soportaba... ¿Por qué lo ponía a punto todas las noches antes de acostarse? ¿Tendría miedo tal vez a que sus reflejos le fallasen y que un día no pudiera levantarse antes de que este sonara? Puede ser, pero hasta el día de hoy siempre le había ganado la partida al aparato. Eso sí, su esfuerzo le costaba, porque durante la noche se despertaba varias veces para ir comprobando la hora (su despertador tenía un botón que, al apretarlo, iluminaba la pantalla para poder ver los dígitos en la oscuridad). Realizaba, por tanto, pequeños simulacros que le iban entrenando, poniéndole a punto.
A diferencia de las otras noches, aquella vez le falló su instinto y madrugó excesivamente. No necesitó ni mirar la hora. Algo le decía en su interior que era el momento de levantarse.
Se duchó, puso a calentar el bol de cerámica lleno de leche en el microondas, encendió la televisión de la cocina para ver el telediario... y, entonces, se encontró con una pitonisa que leía las cartas a desesperados insomnes. En ese momento, nuestro hombre llegó a la conclusión de que todavía no era el momento adecuado y tuvo que rendirse a la evidencia: Todavía faltaban cinco horas para que llegase el verdadero madrugón.
Lo malo es que ya no sería capaz de conciliar el sueño. Había comenzado a pensar y ya no habría manera de hacer callar a su loca cabecita.
Recordó que tenía la barba demasiado larga. En un principio, se la había dejado crecer por pereza. Tenía una piel muy irritable y en cuanto se pasaba la cuchilla se llenaba toda de granos. Luego alguien le dijo que le gustaba así, con ese aspecto. Evidentemente tuvo que ser una mujer (una mujer por la que se sentía atraído). ¡Que manía con no darle la razón a las mujeres que había conocido, pues todas le habían dicho lo mismo (“déjate barba, que ganarás en atractivo”). Después, esa mujer desapareció, y con ella la excusa de seguir dejándose la barba (los granos habían vuelto a surgir, esta vez- paradójicamente- debido a la propia barba, pues debían verla como un hecho insólito imposible de aceptar). Finalmente, llegó a la conclusión de que le daba igual, que por él la barba le podía llegar hasta los pies, que incluso su propio cuerpo podría ser escondido dentro de ella. Él, que siempre había gustado de ir afeitado, no solo porque era un hombre chapado a la antigua, sino porque al ser un barbilampiño aparentaba ser más joven, y él era un coqueto.
En la pared del cuarto de baño colgaba una reproducción de “El gran masturbador de Dalí”. ¡Qué idea tan ingeniosa, poner precisamente “El gran masturbador” sobre la taza del retrete! Le encantaba decirse cosas bonitas a sí mismo. Él, al que nunca le asustó la palabra “onanista”, precisamente porque idolatraba a Dalí y respetaba todo el léxico empleado por él.
El imbécil del profesor de la autoescuela sí que no tenía sentido del humor. ¡Para una broma que le gastó durante una de las clases prácticas, y el tipo se lo tomó como peloteo! Bueno, en parte él también tuvo la culpa del enfado del profesor. Sólo a él se le podía ocurrir contar un chiste en el que se parodiaba un defecto que el profesor tenía. Era un chiste sobre jorobados, y el profesor tenía una pequeña chepa. Eso sí, tan sutil que tuvo que reconocerla él mismo para darle a entender a su alumno por qué no le había hecho gracia el chiste.
¿Y qué hacía él tratando de sacarse el carnet de conducir? Siempre había renegado de los automóviles, siempre se había declarado un peatón convencido. Viviría y moriría andando, ese era su lema.

Una voz sonó tras la puerta del baño. “Vuelve a la cama, no son horas”. Sin duda se trataba de la madre. El hombre volvió a su cama como un hijo obediente.

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Ama, ama, ama y ensancha el alma - Extremoduro (cover del grupo "Otra Cosa")

>> martes, 5 de noviembre de 2013

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Schönberg y Gershwin. Además de músicos, pintores


Pinturas de Arnold Schönberg












Gershwin retratando a Arnold Schoenberg



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PREGUNTAD AL POETA


Cuando vosotros,
esbirros de un capitán ignorante,
hayáis arramplado con todo vestigio
de humanidad en esta Tierra,
preguntaréis dónde está el poeta
(es decir, vuestra última posibilidad).

Para vuestra fortuna,
él nunca ha muerto,
pues espera el fin de los días
para reconstruirlo todo otra vez.

Como el sol y la luna,
cuando unos se van otro vuelve
y vosotros le observaréis trabajar
para después volver al ataque.

Lo que nunca sabrá este poeta
es quiénes sois vosotros
que tan bien os guardáis en esconderos

porque él no os busca.

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JINETES SIN CABALLO


Centrado en la plaza
el inquietante monumento,
frío bronce, color negro,
del caballo vacía mirada
detenido su movimiento,
una pata levantada
sintiendo el peso
de algo que le falta.

Su jinete está ausente,
quizá cayó en alguna batalla.
Su paradero no importa,
solo preocupa su falta.

Interrogante como una esfinge
cada vez que paso, me mira
el animal, ofreciéndome su grupa.

¿Seré yo ese anónimo jinete?

Atravieso el campo de la juventud
valiente, no precisando de armadura,
pero es el camino largo y estoy solo
y preciso de compañía en la travesía.


Así somos un gran ejército
de jinetes sin caballo todos,
que vagamos errabundos por esta vida
buscando quien nos ofrezca su caballo.
Nosotros, ahora en vanguardia, aún anónimos,
mocedad de un mundo poco hospitalario.


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