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AGUSTINA Y LA PIANOLA

>> lunes, 25 de noviembre de 2013


Gustavo llegó a casa de los Fernández de Iriarte con el temor de quien sospecha que se le ha preparado una encerrona. Don Félix, el pater familias, llevaba algunas semanas un tanto extraño. En cada una de las reuniones que tenían en el café de la Plaza Mayor, dejaba siempre caer en determinado momento el asunto de su hija.

Usted ya sabe, don Gustavo, que la música está de capa caída en este país. Usted y yo podemos presumir de no encontrarnos dentro de este selecto club de ignorantes españoles. Por cierto ¿sabe que mi hija está aprendiendo a tocar el piano?”

Resulta indignante que las mujeres no hayan recibido en occidente una educación en condiciones... Siempre relegadas a sus labores, como si no tuvieran tanto o más que decir que los hombres... Hablando de este asunto ¿le he dicho ya que mi hija es una devota de la música romántica?”

¡Da gusto poder tomarse una tazón de chocolate tan bueno como el que sirven en este establecimiento! Y ahora, en invierno, sienta doblemente mejor... No obstante, el que hace mi hija no tiene nada que envidiarle!”

Algo le hacía sospechar al joven que esa costumbre de sacar tan a menudo el asunto de aquella niña por parte de don Félix no podía tener otra función que la de intentar de presentársela. Gustavo sabía que tarde o temprano aquel momento iba a llegar. ¿Y por qué no iba a ser este?
Con la mano temblorosa, tocó el timbre de la casa. Rápidamente acudió a abrir una criada que, solícita, se empeño en cogerle el abrigo, la chistera, los guantes y la bufanda. De haber podido, le habría cogido también el bigote. A Gustavo le resultó tan simpática que, de habérselo pedido, seguramente le habría dejado que le cogiese hasta los calzones.
Pero pronto llegó don Félix con una voz cantarina que se hizo escuchar a todo lo ancho del pasillo. “Déjanos solos, Juanita... ¿Qué tal, joven? Pase, pase. Tengo ya preparado el álbum de sellos del que le hablé en mi despacho pero, si quiere, antes de esto, podemos tomar algo en la salita. Pase, pase...”
Tal y como lo había imaginado, se encontró con esta escena: Sentadas en dos sillas, estaban la mujer de don Félix, Mariana, y la hija de éstos, Agustina. La zagala no tenía mal porte, pero Gustavo no estaba en aquellos momentos tanto para Agustinas como para Juanitas. ¡Qué idea aquella de don Félix de buscarle a su joven amigo una acompañante!
Agustina ha preparado unas pastas que seguro que serán de su agrado...”
Gustavo era un chico de familia adinerada con veinticinco añitos cumplidos y una herencia que compartir en un futuro. Lo único que chirriaba en todo esto es que Gustavo no tenía pensado casarse, ni tan siquiera enamorarse. Era un hombre de ideas avanzadas y solo creía en todo lo que significara alegrarse el cuerpo y no ponérselo de luto.
Aquellas pastas que Agustina trajo en una bandejita bañada en algo parecido a la plata las conocía Gustavo de sobra. Habían sido compradas en una pastelería que se encontraba en mitad de la Calle Mayor. A no ser que en ella trabajara de pastelera Agustina, no imaginaba cómo habían podido salir de sus manos aquellos dulces tan perfectos. No obstante, los probó educadamente y felicitó a la “cocinera”.
Y ahora, toca un poco de música. Agustina nos deleitará al piano con una mazurca.”
Los allí congregados levantaron sus traseros de los asientos para dirigirse al otro ala del salón, en la cual había sido instalada una pianola. Ahora la niña se encargaría de hacer como que tocaba mientras un rollo iba accionando mecánicamente las teclas del piano. ¡Menudo espectáculo!
Y así fue, nuevamente como Gustavo había imaginado. Agustina, al parecer, había estudiado concienzudamente donde poner los dedos en cada momento... Seguramente le hubiera sido más rentable cambiar aquellas horas dedicadas a tal absurdo cometido por unas clases de piano en condiciones.
No obstante, resultaba digno de admiración el esfuerzo notable de aquella muchacha por hacer como que hacía, interpretando que interpretaba. Esto no lo pasó por alto Gustavo. A pesar de ello, tuvo la malicia de pedir, una vez concluída la pieza, que la “pianista” ejecutara una nueva obra, a sabiendas que el espectáculo se había acabado.
Y algo inesperado sucedió. Agustina empezó a teclear de nuevo, siendo ella indudablemente la que en este momento estaba tocando. La pieza resultó cuanto menos novedosa a los oídos de sus oyentes. Parecía que Agustina había aprendido algo del oficio a fuerza de imitarlo mímicamente y ahora deleitaba a su público con una pieza personal que se escapaba de los cánones musicales imperantes. Sonaba como a dodecafónico y esto era algo único, puesto que ninguno de aquellos melómanos sabía quien era Schoenberg ni había oído hablar de la escuela de Viena (como mucho, aquel lugar les sonaba por los viejos valses de Strauss).
Gustavo fue dejándose convencer poco a poco de la valía de Agustina. La admiró cada vez más, hasta que la criada desapareció de sus pensamientos.


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