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MIEDO A LOS MENDIGOS

>> viernes, 15 de noviembre de 2013


Cada día, realizando el doble camino que le llevaba de casa al trabajo y del trabajo a casa, Juan de Aguirrechea tenía que pasar por aquel pasaje. Por la mañana era distinto, pero por la noche... Por la noche, siempre estaba él. Solía ponerse al final del subterráneo, escondido en la oscuridad, donde todavía no llegaba la luz exterior de las farolas. Cuando parecía que uno iba a poder salir afuera sin encontrárselo, entonces su voz se escuchaba, como una barrera que cae delante para impedirte seguir caminando. Era sonora y profunda, como la voz de la conciencia.

- ¿Por qué parece que quieres rehuírme? ¿Es que acaso te doy miedo?
- ¿Miedo? Yo no tengo que darle ninguna explicación. No le conozco de nada. Es usted el que me está faltando al respeto.
- ¿Vas a seguir haciendo todos los días lo mismo? En algún momento te cansarás...
- ¿Se puede saber qué es lo que le da esa autoridad sobre mí para dirigirse en ese tono? No soporto a la gente de su calaña...

Sin inmutarse, el mendigo continuó hablando.

- ¿Conoces la historia del dios Zeus que se disfrazó de mendigo para poner a prueba a un mortal? ¿Quién te dice que yo no soy Zeus?

Aguirrechea no pudo evitar soltar una carcajada.

- ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? Yo que tú estaría asustado...
- Lo siento, estoy cansado y me quiero ir a casa. Usted debería de dedicar su vida a cosas más útiles en lugar de malgastarla con estas bromas de mal gusto...
- ¿Por qué me tratas de usted? Yo a ti te he hablado todo el tiempo de tú...
- Bueno, a Zeus hay que rendirle honores...

Sin despedirse, don Juan continuó caminando hasta salir a la calle. En el fondo, había pasado miedo, como siempre.
Cuando llegó a casa, tuvo que hacer un gran esfuerzo para freir unas empanadillas congeladas. Apenas tenía fuerzas para poner a calentar el aceite en la sartén. Afortunadamente, el mantel nunca lo quitaba de la mesa, tan solo una vez a la semana para quitar las migas que se había ido acumulando a lo largo del tiempo.
Saliendo de la cocina con el plato en la mano rumbo a la mesa, se encontró con aquel mendigo. Ahora, estaba sentado a la mesa.

- ¿No me sirves a mí, Juanito?

 Las empanadillas acabaron en la alfombra del salón, poniendo una nota de color en su blancura.

- He venido a recuperar la casa que me arrebataste... ¡Debería de darte vergüenza, aprovecharte de un pobre contribuyente...! ¿Ahora quién es el que se cree superior? ¿Tú desde tu escaño en la política o yo, que te trato de tú cuando pasas por el túnel todos los días?

Juan de Aguirrechea, convencido ya de que aquel sujeto no era un ser sobrenatural, volvió a sentirse un hombre seguro y expuso su discurso como hombre curtido en mil ponencias:

- Esta casa está adquirida legalmente... Usted no pudo hacerse cargo de ella con su sueldo y yo...
- Tú la compraste aprovechando que había sido sacada a subasta a una décima parte de su precio... Primero me quitaste mi trabajo, aquel con el que podía pagar el alquiler de este piso... ¿No me recuerdas? Claro, yo solo era el que te llevaba el café todas las mañanas, ese al que nunca te dignaste a mirar a la cara... Y cuando apareció pidiendo trabajo esa chiquita de veinte años tan estupenda que, además, era la sobrina de un compañero tuyo de sillón en el Congreso, pues nada... ya ni café ni leches... Y luego vas y te quedas con mi casa... Lo que no podías saber es que yo era el del cafecito también... Bueno, pues aquí me tienes. ¡Ah, por cierto! Las llaves las he conseguido precisamente de tu nueva secretaria, que como además de guapa es tonta, me las dió sin ninguna complicación. Solo tuve que presentarme a una hora en que sabía que te bajabas “de reunión” a los billares en lugar de quedarte en tu puesto trabajando, para entrar en la oficina y hacerme pasar ante la chica como un compañero tuyo que tenía que ir a tu casa a recoger unas cosas. Y ella, tan solícita, me dió su copia, esa que seguro que le hiciste para que pudiese entrar aquí para meterse en tu camita a contarte cuentos por las noches... Porque seguro que te cuesta conciliar el sueño con todas estas cositas de político que haces... Pues bien, hoy he sido yo el que he venido para contarte ese cuento que no te sabes de Zeus...

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