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MADRUGÓN

>> sábado, 9 de noviembre de 2013

Un buen escritor es aquel al que le resulta más difícil escribir respecto de los demás”

Thomas Mann



El hombre se levantó a mitad de la noche. Quizá pensó que era ya hora de desayunar. Su reloj biológico parecía decirle que eran las ocho de la mañana, cuando en realidad eran las tres de la madrugada. Estaba nervioso porque tenía un examen (pongamos que de conducir). Además, no soportaba el sonido del despertador, por lo que cada día trataba de adelantarse a éste. No obstante,si no lo soportaba... ¿Por qué lo ponía a punto todas las noches antes de acostarse? ¿Tendría miedo tal vez a que sus reflejos le fallasen y que un día no pudiera levantarse antes de que este sonara? Puede ser, pero hasta el día de hoy siempre le había ganado la partida al aparato. Eso sí, su esfuerzo le costaba, porque durante la noche se despertaba varias veces para ir comprobando la hora (su despertador tenía un botón que, al apretarlo, iluminaba la pantalla para poder ver los dígitos en la oscuridad). Realizaba, por tanto, pequeños simulacros que le iban entrenando, poniéndole a punto.
A diferencia de las otras noches, aquella vez le falló su instinto y madrugó excesivamente. No necesitó ni mirar la hora. Algo le decía en su interior que era el momento de levantarse.
Se duchó, puso a calentar el bol de cerámica lleno de leche en el microondas, encendió la televisión de la cocina para ver el telediario... y, entonces, se encontró con una pitonisa que leía las cartas a desesperados insomnes. En ese momento, nuestro hombre llegó a la conclusión de que todavía no era el momento adecuado y tuvo que rendirse a la evidencia: Todavía faltaban cinco horas para que llegase el verdadero madrugón.
Lo malo es que ya no sería capaz de conciliar el sueño. Había comenzado a pensar y ya no habría manera de hacer callar a su loca cabecita.
Recordó que tenía la barba demasiado larga. En un principio, se la había dejado crecer por pereza. Tenía una piel muy irritable y en cuanto se pasaba la cuchilla se llenaba toda de granos. Luego alguien le dijo que le gustaba así, con ese aspecto. Evidentemente tuvo que ser una mujer (una mujer por la que se sentía atraído). ¡Que manía con no darle la razón a las mujeres que había conocido, pues todas le habían dicho lo mismo (“déjate barba, que ganarás en atractivo”). Después, esa mujer desapareció, y con ella la excusa de seguir dejándose la barba (los granos habían vuelto a surgir, esta vez- paradójicamente- debido a la propia barba, pues debían verla como un hecho insólito imposible de aceptar). Finalmente, llegó a la conclusión de que le daba igual, que por él la barba le podía llegar hasta los pies, que incluso su propio cuerpo podría ser escondido dentro de ella. Él, que siempre había gustado de ir afeitado, no solo porque era un hombre chapado a la antigua, sino porque al ser un barbilampiño aparentaba ser más joven, y él era un coqueto.
En la pared del cuarto de baño colgaba una reproducción de “El gran masturbador de Dalí”. ¡Qué idea tan ingeniosa, poner precisamente “El gran masturbador” sobre la taza del retrete! Le encantaba decirse cosas bonitas a sí mismo. Él, al que nunca le asustó la palabra “onanista”, precisamente porque idolatraba a Dalí y respetaba todo el léxico empleado por él.
El imbécil del profesor de la autoescuela sí que no tenía sentido del humor. ¡Para una broma que le gastó durante una de las clases prácticas, y el tipo se lo tomó como peloteo! Bueno, en parte él también tuvo la culpa del enfado del profesor. Sólo a él se le podía ocurrir contar un chiste en el que se parodiaba un defecto que el profesor tenía. Era un chiste sobre jorobados, y el profesor tenía una pequeña chepa. Eso sí, tan sutil que tuvo que reconocerla él mismo para darle a entender a su alumno por qué no le había hecho gracia el chiste.
¿Y qué hacía él tratando de sacarse el carnet de conducir? Siempre había renegado de los automóviles, siempre se había declarado un peatón convencido. Viviría y moriría andando, ese era su lema.

Una voz sonó tras la puerta del baño. “Vuelve a la cama, no son horas”. Sin duda se trataba de la madre. El hombre volvió a su cama como un hijo obediente.

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