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PAROLES

>> domingo, 10 de noviembre de 2013


Siguiendo el consejo de Georges Perec, desde hace algún tiempo he decidido preocuparme por esas pequeñas cosas que me rodean, situándolas a la misma altura que aquellas otras aparentemente más trascendentales. La materia de la escritura puede encontrarse en cualquier lugar. Sólo hace falta saber aplicar la perspectiva adecuada, tratando con respeto aquello que pasa por delante y sobre lo que no se suele poner atención en la mayoría de los casos. Así, algo que parece “ordinario” (esa es la palabra) acaba volviéndose visible e importante, casi mágico.
Si el autor de “Tentativa de agotar un lugar parisino” se puso como meta escribir un libro sentándose en la mesa de un café y apuntando todo lo que sucedía a su alrededor, con esa visión analítica y sociológica tan propia de los franceses, yo, un madrileño anónimo del siglo veintiuno puedo hacer lo mismo (solo que en vez de llamarse “Cafe Tabac”, el local podría llamarse “Café comercial”). Simplemente hay que detenerse, sacar la lupa y aprender de aquello que nos ofrece la vida gratuitamente. Un espía de la realidad, por así decirlo, trabajando a sueldo de ese público que todavía no sabe lo que el escritor le va a presentar (o representar). Como un acordeón que se despliega para hacer sonar sus notas, así algo aparentemente banal puede acabar extendiéndose hasta convertirse en un asunto abrumador. Sobre una colilla en el suelo pueden escribirse ríos de tinta. Sherlock Holmes deducía cosas aparentemente imposibles de descifrar mediante este método de ver mirando, deteniéndose en los pequeños detalles. El doctor Watson se asombraba de que, por una mancha en una gabardina, su compañero pudiese adivinar del hombre que la vestía hasta casi su edad. Pero no solo en criminología este método es necesario. Pensemos en la arqueología, en la investigación histórica en general... Hoy en día existen métodos de investigación que en otro tiempo hubiesen sido prohibidos y que, afortunadamente, hacen avanzar a los investigadores a pasos de gigante.
Para la poesía resulta igualmente válido. Existe un poema de Jacques Prevert, aquel poeta que puso tan de moda con su letra una canción titulada “Les feuilles mortes”, que habla de una separación entre dos amantes. Se titula “Desayuno”, y lo que describe precisamente es ese momento del día de forma minuciosa. Va enumerando las acciones que el personaje realiza (verter el café, echar el azúcar, remover la cucharilla) y, a través de ellas, llegamos a comprender lo que está sucediendo en realidad. La atmósfera acaba convirtiéndose casi en el personaje protagonista. Es a través de esta cotidianidad como llegamos a comprender el drama de una ruptura amorosa.

Prevert y Perec consiguieron ser pioneros en este tipo de literatura gracias a renegar de la ortodoxia, proponiendo contrariamente la transgresión como método de trabajo.  

2 comentarios:

Alexandra 15 de noviembre de 2013, 14:59  

Oh, eres un acmeista. Deducir o representar toda la riqueza emocional y espiritual a través de un detalle es, según algunos, la máxima expresión del arte ;) .

nosoydali 16 de noviembre de 2013, 12:01  

¡Muchas gracias Alexandra! Es el resultado de años y años de estudio sociológico...

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