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EL FASCINANTE MUNDO DE LOS AUTÓMATAS

>> martes, 31 de diciembre de 2013


En Conde Duque, ante el Teatro de Autómatas

Debido al doctorado que me encuentro realizando en torno a la musicología en relación a las otras artes, tuve que acudir a la biblioteca musical histórica del edificio Conde Duque para buscar una tonadilla manuscrita del siglo XVII. El objetivo era transcribirla y ordenarla en una partitura orquestal, colocando ordenadamente la voz con el acompañamiento a piano y el resto de instrumentos para hacerla legible. Esta labor de recuperación conllevaba horas y horas de estudio de los materiales conservados, por lo que había decidido dedicar toda la navidad a esta labor.
Una vez atravesé el portalón del emblemático edificio, llegue hasta un primer patio vacío que me conducía a lo que era el acceso a la biblioteca histórica. A través de los cristales que daban al segundo patio, llamó mi atención lo engalanado que estaba con toda suerte de atracciones infantiles. La curiosidad hizo que demorara mi visita como investigador para disfrutar de aquel espectáculo.
Una pista de hielo de dimensiones considerables dominaba gran parte del espacio. Al fondo divisé una especie de barracón de feria que me resultó extrañamente familiar. Me dirigí hacia él, mientras trataba de asociar mis recuerdos con la imagen de aquella realidad presente. Un gran letrero rezaba: “Teatro de autómatas”. ¡Claro! Hacía más de quince años de aquello: Yo era un niño que se encontraba también disfrutando de unas fiestas navideñas. Mi abuelo paterno me llevó a la plaza de Felipe II una mañana en que pudo escaparse de las tareas del negocio familar. Allí me encontré por primera y, hasta entonces, única vez con aquel mismo teatro mágico. Se trataba de un espectáculo rutilante que había recalado en Madrid y ofrecía sus maravillas durante unos días a todo el que por allí pasara. Pronto reconocí al hombre que lo regentaba: Se hacía llamar “Luna” y todos los domingos instalaba su teatro de títeres en el Parque del Retiro. Contaba la historia de un ratón que quería ser torero, todavía aún lo recuerdo. Pero no solo le conocía como espectador de sus marionetas. También, un verano en Santander, lo encontré formando parte de un cortejo festivo de personajes variopintos: Él andaba sobre unos zancos e iba vestido de arlequín.
Aquel teatro representaba la resurrección de lo que durante toda una época fue un gran éxito comercial: los espectáculos de autómatas. Éstos se presentaban dentro de las ferias y ofrecían un tipo de fantástica atracción con la que el público, aún capaz de sorprenderse con bellas ingenuidades (aún el cine no había hecho su aparición), disfrutaba maravillándose con la ilusión de unos muñecos dotados de vida mecánica. Recuerdo la imagen del famoso pabellón romántico aparecido en el film de los años treinta narrado por Ramón Gómez de la Serna titulado “Esencia de verbena”. También recuerdo el muñeco de Beethoven del film “L´Atalante” de Jean Vigo, y los autómatas coleccionados por el protagonista de “La regla del juego” de Jean Renoir.
Para un niño, que aún conservaba esa ingenuidad perdida por la civilización adulta actual, aquel hallazgo fue tan sorprendente que aún hoy lo recuerdo como una de las imágenes más potentes de mi biografía. Tanto es así que este reencuentro fue una experiencia extraña y misteriosa, positivamente hablando. A diferencia de otros recuerdos, que tienden a deformarse con el paso del tiempo, este había permanecido inalterable y todo seguía siendo tal y como lo imaginaba. Siempre había detalles que van borrándose, pero los que sobrevivían eran idénticos a aquello que tenía delante. Con el fin de recuperar los perdidos, compré una entrada (como mi abuelo compró dos hace tantos años) y penetré en el interior del barracón. Antes de continuar no me queda otro remedio que describir la portada del teatro, verdadero reclamo publicitario del pasado siglo: Una mujer de madera ataviada como Carmen Miranda movía su cuerpo al son de la música de cuatro negros cubanos también tallados en el mismo material, dos en cada lado. Los de la izquierda tocaban trompeta y maracas, mientras que los otros dos tocaban el tambor y la guitarra.


Ya en la oscuridad del verdadero espectáculo (el que ocultaban las cortinas negras) comencé a reencontrarme con una parte de mi pasado: ante mí se desplegaban una serie de escenas en miniatura de la vida cotidiana. Los personajes eran en sí mismos caricaturas de los ya de por sí tópicos arquetipos de determinados individuos de la sociedad española. Lo grotesco de sus rostros recordaba de algún modo a las fallas valencianas. Éste era, definitivamente, un teatro de autómatas genuínamente español y más reciente que otros que recorrieron una Europa aún más antigua que aquella España de mil novecientos cincuenta (año de la construcción de este teatro). No olvidemos que este tipo de creaciones comenzaron a surgir en el siglo diecinueve.
La primera historia, sucedida tras una vitrina, nos presentaba a una gitanilla cantando en una plazoleta andaluza, acompañada de un guitarrista. Un cartel decía: “Sevilla y olé. La gangosa Maravillas y el tocaor del tupé “trabajan” por seguidillas para ganarse el parné.”


La segunda, recreaba el interior de un hogar, dividido en dos partes: un salón, decorado con reproducciones de cuadros de Picasso y Mondrian, en el que tres amigas conversaban, y una cocina, en el que el “hombre” de la casa trabajaba en la cocina y atendía a un bebé. La leyenda lo describía de esta manera: “Dulce hogar. Esta es la modernidad que anda en boca e las gentes. Ellas habla de igualdad y el hombre de detergentes”.


Un tercero escenario representaba un número de magia: un mago ataviado con toda la parafernalia (turbante, capa, túnica, larga barba) movía su varita para provocar que una gran caja se abriera para mostrar en su interior a su “bella” ayudante: “Merlín el encantador. Ni la magia de un gran mago puede este mundo cambiar. Lo que es verdad, es mentira, lo que es mentira, verdad.”


Una cuarta vitrina mostraba a un dios hindú que tañía un instrumento de cuerda: “Kaly musical. Esta diosa de seis brazos, vedete del gran Oriente, te da si toca la vida y si no toca, la muerte”.


El humor políticamente incorrecto presentado tanto en imágenes como en texto hacía las delicias de mi viaje al pasado. Antes todo era más evidente, más grueso, la gente no era tan retorcida como ahora. La gente parecía vivir más feliz...
En la quinta recreación, se observaba el salón de una casa, y e su interior una madre leyendo libros frívolos mientras sus dos horribles niños se divertían a expensas de ésta, tan ajena como se encontraba al mundo real. Un loro observaba la escena posado sobre su palo. Al fondo, fotografías enmarcadas de retratos en blanco y negro en los que se podían advertir, fijando la atención en ellos, a personajes como Buster Keaton o Stan Laurel y Oliver Hardy. “La romántica. La madama del sofá sueña amores sin decoro olvidando que es mamá, ¡libertina!, grita el loro.”


Una sexta imagen nos presentaba un espectáculo teatral frívolo: Cinco mujeres embutidas en plumas y trajes cortos se mostraban ante un imaginario público (tal vez fuésemos nosotros) en una especie de Can-Can españolizado. Por el texto se deducía que nos encontrábamos en Barcelona (he de decir que además de los rótulos había pintados sobre cada una de las escenas distintos paisajes de España: Andalucía para la primera escena, Cuenca para la segunda, etcétera) : “El molino rojo. Desde el cura de tapado al ligón del magistrado, con las chicas de revista, todos tienen buena vista”.


En el séptimo cuadro viviente se reconstruía una escena en una peluquería: un peluquero afeminado le echaba a su cliente femenina en el pelo un perfume, mientras que el ayudante negro le limpiaba los zapatos de tacón a la vez que no podía perder de vista las piernas: “Peluquería moderna. Más que peinar le apetecen manzanas al peluquero, y al morenito enloquecen enaguas, media y liguero.”  


Con el octavo cuadro vemos un baño burgués con la “mami” negra atendiendo a un niño pequeño que, con cara de pillo, enseña el trasero dentro de la bañera. Otro niño, con el orinal en la cabeza, hace de vientre en el suelo de azulejos: “Nuevos ricos. Es un baño original sin lavabo ni retrete, donde no usan ni orinal para dejar el “paquete”.


La novena estampa presentaba el interior de un circo. Una señora de generosas carnes baila el hila-hop acompañada de una simia que la imita: “Tiene la mona el capricho de parecerse a la gente, sin saber que ella es un bicho mucho más inteligente”,
Antes de salir de la oscuridad, un último fresco: Una señora de las de moño se encuentra subida en la cama con gesto aterrado, mirando hacia abajo mientras en su mano empuñan una escoba. Cada cierto tiempo, aparece el ratón culpable de su histerismo: “La solterona Doña Socorro padece un tremendo sofocón, pues su príncipe encantado es un travieso ratón.”
Bajo cada una de las escenas, puede verse los mecanismos de ruedas y engranajes, que hacían posible el movimiento.


“El teatro de autómatas es el único de su género que aún continúa funcionando actualmente en todo el mundo. Todos sus personajes, 37 ingenios mecánicos, están tallados en madera policromada, ejecutando cada uno de ellos una media de cinco series de movimientos distintos y actuado, a lo largo de su milagrosa vida, más de 50.000 horas”.

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ESPÍRITU DE GODARD


De pie en la estación, siempre a camino entre Alicante y Madrid, el bueno de Zoilo esperaba una mañana de enero a que llegara el tren que le conduciría de nuevo a la capital. Tras unos días de descanso con la familia en su tierra natal, ahora tocaba enfrentarse de nuevo a la cruda realidad del creador incomprendido. Su espíritu sensible no conseguía encontrar hueco en una sociedad deshumanizada, carente de cualquier espíritu estético (es decir, carente de buen gusto) o artístico (la gente ya no sabe qué es eso de que se ericen los pelos del cuerpo ante un beso). Él era un profeta en tierra de nadie, una voz que resonaba en los palacios profanados donde ya no viven los genios (los bufones, al quedarse sin monarcas, hace tiempo que abandonaron el barco... ya nadie canta las cuarenta porque ya no hay Rey Lear que valga). Él solo quería ser escuchado, ya fuera en una sala de cine con la proyección de una película prometedora, de SU pelicula (de la que tendrían que tomar nota los de Cahiers du cinema) o bien en el banco de un parque, hablando con una mujer (a ser posible, de vida interior compleja) acerca de lo que su querido Coetzee quería transmitir al mundo con su última novela.
Cada vez había más gentío en el anden. Y es que hacía tiempo que el tren debía de haber llegado. Algo debía de haber sucedido, sin duda, para que se produjese aquella tardanza.
Un murmullo comenzó a dejarse escuchar, cada vez más insistente, hasta que su mensaje fue escuchado por Zoilo: “¡Mirad el reloj, está parado!”
Zoilo, aunque solo fuera por pasar el rato, miró su reloj de pulsera: Ponía las siete de la tarde... Fue algo extraño. Pensó: “Demasiada casualidad que mi reloj se haya parado también). Como si se tratase de un juego infantil, alzó la cabeza para observar el reloj de la estación y constatar que, tal como su cabeza se había imaginado, marcaba la misma hora que el de su reloj averiado de pulsera. ¡Qué cosa más siniestra!... Tanto en uno como en otro la hora se había parado en las siete de la tarde.
Una leyenda urbana dice que cuando un hombre muere, su reloj de pulsera se detiene, como si éste fuese sincronizado con el otro “reloj”, en este caso biológico.
¡Claro! ¡El tren no llega porque el reloj se ha parado! ¡El mundo entero ha dejado de funcionar! Ya no existe el tiempo...
Un hombrecillo recorría el andén. Zoilo se quedó mirándolo. Pronto se dio cuenta de que se trataba de su amigo Javier. Pero ¿qué hacía aquí? Se supone que debería de estar en Madrid...
Javier se dirigía hacia Zoilo. Era como si supiese que él iba a estar allí en aquel momento. A diferencia de Zoilo, él no llevaba maleta.
Cuando se hubo colocado frente a él, Javier se le quedó mirando, con la mirada perdida, como si no fuera él. Como si se tratase de una máquina. Zoilo le dijo “¡Qué haces tú aquí!” a lo que Javier no contestó. Zoilo entonces se quedó en silencio, esperando a una especie de milagro cotidiano: comenzó a sospechar que el reloj parado tenía que ver en todo esto. Por fin, el autómata habló: “Hola Zoilo. Soy el espíritu no muerto de Juan Lucas Godard y me manifiesto a través de tu amigo Javier para decirte que no debes desfallecer. Yo siempre he creído en ti...”

El tren hizo por fin su entrada en la estación. Zoilo miró su reloj: por fin volvía a funcionar, marcando las nueve. Cuando levantó la mirada, Javier ya no estaba.

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FUENTEOVEJUNA EN CALDERÓN. JUSTIFICACIÓN DE UN ACTO JUSTO

>> domingo, 29 de diciembre de 2013


No podía dar crédito a lo que veía. Ante mí se desplegaba el cartel anunciador de nuestra obra de teatro, “Segismun2000”, una adaptación de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca. Colgaba de uno de los balcones del Círculo de bellas Artes, el pendón de la patria de los artistas. Era una noche de Diciembre, de las de bufanda de lana. La llamada telefónica de una buena amiga me había avisado de la instalación del letrero. Fue casualidad que me encontrara en el centro de Madrid, de compras navideñas. Rápidamente bajé de Callao hasta Alcalá, deseoso de ver nuestro trabajo reflejado para goce de los viandantes. Cuando comenzamos los ensayos de la obra nuevamente, tras un año de representaciones, recuerdo que le dije al director: “Ahora que vamos a estrenar en el Círculo de Bellas Artes, no estaría mal que nuestros nombres figurasen en el cartel”. Hasta ahora, en todas las representaciones que habíamos llevado a cabo, ningún cartel anunciador nos había anunciado, paradójicamente. Tan solo había aparecido él, el alma máter de todo esto, el director, escritor y actor. Él, sin el cuál nosotros no éramos nadie... Él me contestó entonces: “Yo creo que el cartel será lo suficientemente grande como para que quepan nuestros nombres”. Un cartel que ocupaba toda la inmensidad de uno de los balcones de aquel emblemático edificio. Y... ¡et voilà! Nuevamente nuestra labor no había quedado reflejada. Desde la acera, de pie, torciendo cuanto pude la cabeza haca arriba, traté en vano de distinguir, entre el texto, nuestros nombres. Solamente figuraba el suyo, en letras grandes y en negrita, casi de un tamaño mayor que el de Calderón de la Barca, auténtico autor de la obra que representaríamos. De hecho, creo que precisamente por eso nuestros nombres no cupieron... porque el suyo estaba puesto demasiado grande.
Con el enfado poseyéndome, telefoneé a Gonzalo (o mejor dicho Basilio, mi padre en la obra) para relatarle lo acontecido. Éste no pudo por menos que reírse. ¿Y qué iba a hacer si no? Ya estábamos acostumbrados a esta falta de generosidad. Pero esto había sido la gota que colmó el vaso.
Al llegar a casa redacté un correo para nuestro querido director diciendo lo siguiente: “He visto el cartel puesto ya en la fachada del Círculo. Una pena que no hayan cabido nuestros nombres...” Este mensaje cifrado a modo de amenaza siciliana no surtió el efecto necesario, al parecer. Eso si: Al día siguiente, en los ensayos, él estuvo simpático como nunca.
Por si esto fuera poco, en el anuncio que figuraba en la página web del círculo, la descripción del evento decía así: “Obra interpretada por el grupo “T.u.b.a.” Es decir, por el grupo de “Teatro universitario de bellas artes”, grupo que al parecer existía ypero del que ninguno teníamos constancia (ni siquiera los que formábamos parte de él- hasta ahora habíamos sido algo informe y abstracto). El nombre, desde luego, más que feo, era de “belleza distraída”. Quizá hubiese sido mejor poner “T.a.b.u” (“Teatro de artistas bellos universitarios”). Ésto nos habría consolado al menos de lo de no figurar ni siquiera en internet, donde aquí la excusa de la falta de espacio resultaba más que imposible. Uno de los compañeros, Jose, que hacía de uno de los soldados, ni siquiera había estudiado nuestra carrera y hacía ya más de veinte años que había dejado de ser universitario. Él fue quien peor encajó aquello de no figurar en el cartel, puesto que su intención era ir poco a poco haciéndose un nombre dentro del mundo del teatro (y, para ello, resultaba necesario que la gente supiese quién era viendo su nombre en las obras en las que participaba... Vaya capricho más tonto ¿no?)
A medida que los otros compañeros se fueron enterando, la tensión fue in crescendo. Tratamos de solucionar las cosas civilizadamente. No obstante, él no atendió a razones y volvió a justificarse con aquello de que no había más espacio en el cartel. Tras el fracaso negociador, decidimos pasar a la acción. Nos reunimos urgentemente en gabinete para determinar una solución honrosa a nuestra situación. Decidimos solicitar a los encargados de mantenimiento del edificio y a espaldas de “X” (llamémosle así) que se nos descolgase el cartel para añadir los nombres a mano. Y así fue. Durante el último ensayo general, nos las fuimos ingeniando para ir turnándonos y salir fuera del teatro mientras concluía la instalación de luces y las pruebas de sonido. Fuera, en el Salón de Columnas (antesala del teatro), arriesgándonos a ser descubiertos, depositamos el gigantesco cartelón en el suelo y, con la ayuda de tres rotuladores negros de punta gorda, fuimos añadiendo el reparto tratando de imitar el estilo de las letras utilizado en el diseño. No solo nos registramos nosotros como actores, sino que tratamos de que también el equipo técnico se viese reflejado.

Así, a dos horas del estreno, el cartel volvió a colgar, esta vez de una forma más justa. Vimos cómo volvía a ser izado, asomados al balcón de la fachada. Fue un momento emocionante... y más de uno seguro que pensó: “Si algún día salen a la luz nuestras biografías, este episodio figurará en letras doradas... Y si alguien pregunta quién lo hizo, todos diremos a una: “¡Fuenteovejuna!”

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Luis Mariano canta "C´est magnifique"

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Estreno de "La vida es sueño" en el Círculo de Bellas Artes

Rodeado de amigos a la salida de la función (escalera del hall del Círculo)




Dos vistas del cartel 


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A la batuta

>> sábado, 28 de diciembre de 2013


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Descanso en los ensayos generales de "La vida es sueño" (Teatro Fernando de Rojas)


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En el Teatro de la Zarzuela

>> viernes, 27 de diciembre de 2013


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"El barón rampante"

>> lunes, 23 de diciembre de 2013


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"Desintegración morfológica de una chacona de Bach" (Xavier Montsalvatge)

>> jueves, 19 de diciembre de 2013

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"¡Qué bella es la navidad!" Artículo escrito por David Rezska para la revista BFace Magazine

¡Qué bella es la Navidad!

Posted by David Reszka
09/12/2013  
2014 se acerca… y con él la Navidad. Este año no hay cataclismos mundiales ni planetas marcianos que vayan a chocar contra La Tierra, así que todos esos plañideros paranoicos y conspiradores que me lean (los cuales, imagino, son pocos), sabrán que tienen poco material para meter miedo a la población. Reconozco que el año pasado la película más apropiada para esta sección navideña habría sido alguna de Roland Emmerich… pero ya que estamos fuera de la “zona de peligro mundial”, prefiero irme a mi terreno: el cine clásico, independiente y de autor. Así aprovecho y le doy cancha a uno de los directores de cine más importantes de la primera mitad de siglo XX, Frank Capra. Y ya, de paso, les vendo un clasicazo que me enamoró al instante.
Pongámonos en antecedentes; Frank Capra y James Stewart. Mi pareja director-actor favorita de esta etapa del cine americano (o, al menos, una de las más interesantes de por aquel entonces). Después de títulos como Vive como quieras (1938) y Caballero sin espada (1939) (ambas, por cierto, muy recomendables), la pareja se metió de lleno en su tercera y última colaboración cinematográfica; ¡Qué bello es vivir! (1946), una historia navideña de corte social sobre un filántropo a cargo de una empresa de seguros al que la vida no le sonríe. Después de perder 8.000 dólares, su empresa está lista para entrar en quiebra, por lo que decide suicidarse para que su familia cobre el seguro de vida. Antes de lanzarse por un puente al frío agua invernal, un ángel se le aparece y le muestra cómo sería la vida de toda la gente a la que conoce si él no hubiera existido.its_a_wonderful_life_11
He leído comentarios que echaban en cara a la cinta que fuese “excesivamente optimista y poco realista”. Esta clase de textos me chocan bastante, especialmente porque mientras veía la película, aunque es cierto que es un canto a la buena voluntad que remarca la importancia de seguir una clase de ideales muy tópicos, la interpreté como una acérrima crítica social, pues arremete contra la alta burguesía conservadora y el materialismoimpuesto por un pensamiento consumista. Puede que su punto de vista sea muy “positivista” y fantasioso, pero creo que hay que indagar más en la psicología de la historia, en su mensaje interior: toda la maldad seguirá existiendo en el mundo por mucho que haya gente buena.
 ¡Qué bello es vivir! es emitida en más de una docena de canales de televisión en estas fechas, y constituye uno de los hitos cinematográficos más importantes de la historia del cine. Es una pieza clave para entender esta etapa del Séptimo Arte, así que les invito a todos a que la vean o, más probablemente, que la vuelvan a ver. Es cine familiar de calidad, con un triste mensaje implícito (el ya mencionado) y un hermoso mensaje explícito: el que más tiene es el que más da. La película fue nominada a cinco Oscar, entre los que se incluían mejor obra, mejor director y mejor actor principal. Una vez la película acaba, y citando a mi compañero Javier Mateo Hidalgo, “todos nos sentimos James Stewart”. Una excelente opción para acabar bien el año 2013.

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SER ES SER PERCIBIDO

>> miércoles, 18 de diciembre de 2013

Borges durante la entrevista con Soler Serrano

La entrevista que Borges concedió a Joaquín Soler Serrano en el año 1976 para el programa de TVE “A fondo”, concluía de una forma abrupta y sorprendente: el escritor argentino, maestro de maestros, interrumpía a su entrevistador cuando éste le despedía con unas palabras de agradecimiento, diciendo lo siguiente: “Pues yo soñé esta mañana que me moría, que sentía una gran sensación de alivio. Desperté de ese sueño, sintiéndome francamente feliz.” Ante esta salida de pata de banco, Serrano le preguntaba: “Bueno, pero porque había sido un sueño...” a lo que el autor de “El aleph” le corregía de este modo: “No, no. Porque sentí que me moría y eso era una evasión, una libertad.” El periodista, ante aquellas palabras, solo se le ocurrió concluír la filmación pidiéndole un último mensaje a modo de testamento funerario para sus admiradores. La respuesta fue todavía más sorprendente: “Les aconsejo que lean a otros autores. Olvídense de Borges, hay tantos otros tantos muy superiores...”
Ante tal diálogo de corte existencialista, no tuve por menos que recordar a los personajes beckettianos de “Fin de partida” o “Esperando a Godot”. Borges se me antojaba como una representación física de lo que el dramaturgo irlandés había pretendido transmitir en sus obras teatrales mediante sus personajes: el hastío del vivir, el sinsentido de una vida que no conducía a ninguna parte, de un presente sin alicientes. La necesidad de dejar de ser una realidad.

Fotograma de "Film" de Beckett


A mi mente acudieron también las imágenes del único proyecto cinematográfico de Beckett: “Film”. En él, el aspirante a cineasta recurría a unas palabras de “George Berkeley pertenecientes al libro “Tratado sobre conocimientos del conocimiento humano” publicado en 1710:

Quien preste atención a lo que quiere decirse con el término existir cuando este se aplica a cosas sensibles, creo que podrá obtener un conocimiento intuitivo de esto. La mesa en la que escribo –digo- existe; esto es, la veo y la siento. Y si estando yo fuera de mi estudio dijera que la mesa existe, lo que yo estaría diciendo es que, si yo entrara de Nuevo en mi estudio, podría percibirla, o que algún otro espíritu está de hecho percibiéndola. “Había un olor”, esto es, fue olido; “había un sonido”, es decir, fue oído; “había un color, una figura”: es que fueron percibidos por la vista o por el tacto. Esto es todo lo que yo puedo entender cuando se emplean éstas y otras expresiones semejantes. Pues lo que se dice de la existencia absoluta de cosas impensadas, sin relación alguna con el hecho de ser percibidas, me resulta completamente ininteligible. Su esse es su percipi; y no es posible que posean existencia alguna fuera de las mentes o cosas pensantes que las perciben.”

En el guión de “Film”, Beckett escribe lo siguiente:

Esse est percipi (Ser es ser percibido). Suprimida toda percepción extraña, animal, humana, divina, siendo mantenida la autopercepción (…) Hasta el final del film no quedará claro que el percibidor que persigue no es algo extraño, sino el yo”.

Keaton y Beckett

En el film de “Film”, el espectador encuentra con un Buster Keaton ya anciano, comportándose con la mímica que le hizo célebre, luciendo su inconfundile sombrero. Es decir, con un Keaton reconocible incluso dándonos la espalda, puesto que a lo largo del cortometraje el actor teme encontrarnos a nosotros, espectadores, por lo que procura en todo momentos negarnos su mirada, ocultarnos su rostro. Pero no solo teme ser visto o reconocido por el público del cine o, mejor dicho, por el ojo de la cámara que hace llegar hasta nosotros las imágenes: Keaton rechaza también que los transeúntes le identifiquen como persona que existe y que vive en el mismo mundo que ellos. Su obsesión llega a tal extremo que utiliza la misma vara de medir para humanos, animales (un perro, un gato y un pájaro) o fotografías (la instantánea de un ídolo primitivo representado con grandes pupilas). Todo aquello que contenga dos ojos o incluso dos círculos que puedan representar esto mismo (los orificios decorativos del respaldo de una mecedora, los dos botones que sirven de cierre a una carpeta, que Keaton coloca en vertical para que se pierda esa horizontalidad que recuerda la disposición de los globos oculares). El personaje de Beckett (siempre en un blanco y negro que puja por ser de una tonalidad gris) se toma cada cierto tiempo el pulso, comprobando si aún sigue latiendo su corazón. Piensa que, al no poder ser visto por nadie, tiene que dejar de ser una realidad (pues para el mundo no existe). Pero sus intentos son en vano. En esta inútil huida hacia delante, ha dejado atrás a otra serie de personajes que, al ser reconocidos por el ojo de la cámara (el ojo todopoderoso, ese “gran hermano” que todo lo ve) muestran una mueca de horror, de terrible descubrimiento.


Fotogramas de "Ditirambo vela por nosotros"

De una forma parecida, el personaje del film de Gonzalo Suárez “Ditirambo vela por nosotros”, experimenta un descubrimiento parecido. Como detective, inicia una serie de pesquisas que le conducen a reconocer que él es un personaje de ficción que se encuentra sustentado por todo un despliegue cinematográfico. A través del espejo de su cuarto de baño, localiza la cámara cinematográfica y a todo el equipo de rodaje que se encuentra tras ella. Su existencia es por tanto parte de una ficción. De la misma forma que Beckett introduce el ojo de Keaton como inicio y final de su película a modo de pista para comprender el mensaje implícito, Suárez recurre a una cita de Antonio Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”.

Ese ojo cinematográfico en otras ocasiones adopta la forma de ojo realista cuando lo que busca es documentar una realidad. Es el caso de “Svyato”, del artista Victor Kossakovsky. Este creador ruso decidió erigirse no solo en un gran ojo observador de la realidad, sino que decidió actuar además como una especie de semidiós capaz de alterar la vida de una de sus personas más allegadas: su hijo. Utilizando el arte como justificación para sus acciones, tras el nacimiento de su vástago decidió eliminar del hogar familiar todo espejo o elemento brillante susceptible de generar reflejo. Así pues, privó al niño de su propia imagen hasta que éste cumplió los dos años. Recordando a Lacan, el cuál afirmaba que la fase del espejo era primordial para el individuo a la hora de construir su propia identidad (sobre todo en su primera fase de desarrollo), podemos decir que Kossakovsky decidió asistir en directo al reconocimiento de un individuo consigo mismo obrando de esta manera, situándole por primera vez ante su propia imagen reflejada. Tras la cámara, el artista debió de sentirse como una especie de científico que analiza los comportamientos de un ser vivo a través de un microscopio para descubrir algo inédito o confirmar una sospecha.

Fotograma de "Svyato" de Kossakovsky

Sea como fuere, el ser humano precisa de un reconocerse y de un ser reconocido. Hablar uno mismo es hablar de los demás, de “lo otro”, lo que está más allá, que nos confirma y devuelve nuestra propia imagen, nuestra propia existencia.    

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Henryk Szeryng interpreta el "Zapateado" de Pablo Sarasate

>> martes, 17 de diciembre de 2013

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VISIÓN

>> lunes, 16 de diciembre de 2013


Si alguna vez hago un trabajo de doctorado, tendría clara mi hipótesis: Poe era gallego, y el cuervo en realidad una paloma manchada en chapapote que graznaría: “¡Nunca mais, nunca mais”!”

                      Antonio Ruiz Romero. Conversaciones esperando el tren. En: “Obras incompletas”.



Cuando el cura llegó hasta el púlpito, se respiraba un frio ambiente en la iglesia. Era una noche de invierno como no se había visto en muchos años y, quizá por eso, el edificio se encontraba más habitado que de costumbre. Nunca había visto tantos feligreses juntos, observando con sus ojos solemnes y vibrantes, como las velas encendidas en el altar.
No había pasado un mes desde que el joven sacerdote había comenzado a oficiar misa en aquella parroquia. Aún con las dudas normales de quien ha abrazado la fe aún a pesar de los recuerdos de un pasado profano reciente, supo ganarse a sus feligreses con la seriedad y disciplina que su cargo requería. Hacía falta sangre nueva en aquel lugar, incluso los cristianos viejos lo pedían.
Era el momento de la parábola. La lectura de un relato ejemplar promulgado por Jesucristo. Quizá el de los talentos resultara adecuado para aquel momento en el que la navidad se encontraba cerca. Abrió el libro Sagrado, buscó en el índice para posar aquel mismo dedo en él. De repente pensó que no haría falta leerlo, pues lo recordaba a la perfección. Levantó pues la cabeza para dirigirse al público congregado y alzó las manos para que este se levantase de los bancos. Comenzó:

Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos...”

¿Y él? ¿Qué había hecho con los talentos que se le habían entregado? ¿Los estaba aprovechando realmente como debía? ¿Este era el fin de los mismos?

“ … pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor...”

Había comenzado a sudar. Pensó que no hacía en absoluto calor, que de hecho el frío de la calle se colaba por la rendija de la puerta, por entre las piedras de aquellos muros... Sus vestimentas apenas le hacían olvidar el mes de diciembre.

Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo...”

Alguien había entrado. Alguien imposible de distinguir de entre toda aquella marea de hombres y mujeres vestidos con abrigos negros. Sus pasos, sin embargo, se distinguían perfectamente. Él quiso escucharlos y, por ello, empezó a dejar espacio entre sus palabras, para poder percibir en aquellos breves silencios de descanso aquellos pies avanzando.

... Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos”.

Los silencios cada vez se hicieron más prolongados hasta que el público comenzó a impacientarse. Pero ya aquella persona que andaba se había detenido. Había avanzado a través del pasillo entre las dos columnas de bancos hasta llegar a la primera fila. Se había quedado de pie, mirándole. Era Sofía. ¿Qué hacía allí? ¿No había muerto?

... Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes”.
Sofía... Tú estás aquí y no deberías de estar... Y, si estas... bueno, si estás yo entonces soy el que no debería de estar aquí... Yo estoy aquí por ti, o, mejor dicho, por no poder haberte tenido... porque tú no estás viva.

Así os digo, hermanos, que para que no os suceda como al protagonista de esta historia, debéis de cuidar los talentos que se os otorgan... No malgastarlos sino hacer que se multipliquen...”


¡Vete de aquí! ¿Por qué has dejado la puerta abierta? ¡Cuánto frío hace aquí! ¿Y ese órgano? ¿Por qué suena ahora? Su música no es música sagrada... Suena como a jazz...


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QUIERO CREER QUE CREO

>> domingo, 15 de diciembre de 2013


Un fantasma bondadoso habita el atormentado cuerpo
recordándole que está muerto porque él está vivo,
paradoja en la que es más carne el espíritu
y es más ceniza lo que parece nuevo...
mas no lo es...
Es el descreimiento una sólida tumba
de paz, para los creen alejar su miedo.
Pero el recuerdo de aquella forma
en como existieron, de aquello
que creyeron ser de niños y ahora
olvidaron de adultos, les ha deshumanizado,
porque no saben lo que son al no ser lo que fueron.

Creyó que el pasado había muerto...
y en realidad él desconocía el futuro.
En el fondo de su ser quería creer aquello
que temía que se hubiera extinguido.
Ahora son otros tiempos los que mandan
ahora teme traicionar lo que fue no siéndolo

extraño hombre sin raíces, deshumanizado.

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Francisco Asenjo Barbieri. "Bailete" de la zarzuela "Don Quijote"

>> viernes, 13 de diciembre de 2013

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OLE CATAPÚM


Sucedió algo realmente extraordinario. Pasando por el Arco de Cuchilleros, justo a la entrada de la Plaza Mayor, nos encontramos con dos policías pidiéndole la documentación al pobre diablo que figuraba como bandolero en la entrada de “Las cuevas de Luis Candelas”. Los tres amigos nos quedamos cerca del lugar donde estaba teniendo lugar el suceso, para no perder detalle:

POLICÍA Nº 1: (Al bandolero) ¿Tiene usted licencia para llevar este trabuco?
BANDOLERO: ¿Está usted de guasa, jefe? Esto forma parte de mi trabajo... Ni siquiera esta cargado...
POLICÍA Nº 2: le pido por favor que trate con respeto a mi compañero. Esto no es la tasca en la que usted trabaja... Aquí estamos trabajando, y el trabajo es una cosa muy seria...
BANDOLERO: Lo que ya no me parece tan serio es que me vengan ustedes con estas preguntitas... ¿De verdad creen que este trabuco puede funcionar?
POLICÍA Nº 1: Aquí nadie piensa nada... Usted limítese a responder a las preguntas...
BANDOLERO: Mire, yo estoy aquí desempeñando este trabajito tan simpático de “mono de feria” y ni siquiera sé cómo puede funcionar este cacharro ni si es de verdad un arma...
POLICÍA Nº 2: ¡Y encima dice que no sabe cómo se maneja el trabuco! ¿Usted es consciente de lo peligroso que puede ser un inútil con un arma?
BANDOLERO: ¡Eh, oiga, sin faltar! ¡De inútil nada! ¡Pero si esto es de juguete, hombre...! Yo solo estoy aquí para llamar la atención de los guiris, para que entren y se emborrachen y palmeen por seguidillas y griten “olé” y todas esas tonterías...
POLICÍA Nº 1: Usted está aquí en la calle, en un espacio público, y a cada minuto pasan cientos de vida por su lado...
BANDOLERO: Oiga miren, si esta noche se aburrían durante su turno y tenían ganas de pasárselo bien, les recomiendo que pasen al garito que yo les invito y...
POLICÍA Nº 2: ¡Y ahora trata de sobornarnos!
POLICÍA Nº 1: ¿Qué insinúa? ¿Que necesitamos multar a gente para sentirnos útiles?
BANDOLERO: No, no, no tergiversen mis palabras...
POLICÍA Nº 1: (A POLICÍA Nº 2) Éste se está ganando que le empapelemos...
BANDOLERO: Por favor, no vayan tan rápido... Yo admiro su trabajo, desempeñan una labor imprescindible en esta sociedad llena de tantos peligros y...

A continuación tuvieron lugar un par de intervenciones más por parte de los dos policías que se nos hicieron inaudibles, pero que debieron de alterar al bandolero lo suficiente como para que finalmente acabase amenazando con su trabuco a la autoridad presente.

BANDOLERO: ¡Por mis muertos que como no se vayan ahora mismo hago que este cacharro vuelva a funcionar!

Algunos turistas japoneses que se encontraban saliendo de “Las Cuevas” comenzaron a sacar fotografías con sus móviles.

POLICÍA Nº 1: (A los turistas) ¡Pero hagan algo, por favor!
TURISTA Nº 1: “¡Típico español! ¡Quijotesco!
BANDOLERO: ¡A ver señores, métanse dentro que aquí no se les ha perdido nada!
TURISTA Nº 2: Temperamento castellano profundo...
BANDOLERO: ¿No han oído? ¡Fuera! ¡Go out!

Finalmente, un coche policía que pasaba por allí acabó parando y de él salieron otros dos señores vestidos con el uniforme reglamentario que dieron por zanjada la aventura. Metieron al hombre disfrazado de bandolero en el asiento trasero del coche. A los dos lados, custodiándole, se pusieron los otros dos policías.

Uno de mis amigos me recomendó que escribiera esta historia para un ejercicio de escritura creativa que tenía que presentar mañana y para el que no se me había ocurrido qué hacer. Fin.

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"Susana y los viejos"


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"Suspiros por Dulcinea"


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Telemann. Suite de Don Quijote. "Suspiros por Dulcinea"

>> miércoles, 11 de diciembre de 2013

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APUESTA

>> domingo, 8 de diciembre de 2013



Durante una imaginaria, dos soldados con inquietudes artísticas apostáronse una semana de vino gratis en la cantina del cuartel para el que escribiera el relato más cursi aquella noche. Los reclutas Monteagudo e Iriarte se pusieron rápidamente manos a la obra.

Florinda revoloteaba por encima del puentecito allá en la campiña. Estaban sus trenzas decoradas con lazos que parecían mariposas multicolores. Su vestido, ribeteado de mil bonitos colores, era como una manifestación externa de su carácter interior, siempre alegre, como un arco iris capaz de alegrar con su aparición los días tristes de lluvia...

Así comenzaba el relato de Monteagudo que, vencido por su talento innato, acabó por echarlo todo a perder, convirtiendo aquel grotesco inicio en un bello poema modernista digno de Darío.
Sin embargo, Iriarte, que carecía de ese conocimiento literario, lo tuvo más fácil para ganar. Él, como tantos otros, sintió el gusanillo de la escritura, pero su destino se encaminaba hacia otro tipo de arte: el dibujo de tornillos y todo tipo de piezas de construcción para manuales de mecánica. Así comenzaba su texto:

El pastor recogió al corderito que habíase dañado la pata trasera izquierda al pasar por unas zarzas. Durante parte del viaje, lo llevó sujeto bajo el brazo, mientras la madre de la criatura chupaba con la lengua rosácea la patita dañada. Ningún artista (ni un pintor, ni un músico, ni un escritor...) pudo hacerse eco de aquella bella estampa, quedando así perdida en el limbo del olvido universal...

Monteagudo tuvo que reconocer que su amigo era infinitamente más cursi que él escribiendo (Iriarte sabía que los animales y los niños inspiraban infinitamente más sentimentalidad que una dama del siglo diecinueve).


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Concierto de "Otra Cosa" en Breaking Bar (06-12-13)

>> sábado, 7 de diciembre de 2013




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STANDBY

>> martes, 3 de diciembre de 2013


Algunos rostros del pasado han quedado suspendidos en su evolución, fijados eternamente por la memoria en una inmutable imagen hasta no ser más que el símbolo de una época personal, la llama de una vela apagada, algo que ya no sirve, artificial e inútil, pero a lo que nos aferramos para recordar de dónde venimos, para recordar lo que somos, para recrear momentos felices o revivir la hiel de otros que deberíamos olvidar pero que nos obstinamos en recordar (por una suerte de crueldad infligida contra nosotros mismos).

Esas caras muertas que ilusoriamente se nos presentan más vivas que nunca, son como “standbys” necesarios en nuestro camino. Cuando reposamos es cuando repasamos y reflexionamos, recordando, rememorando los tramos del camino que ya hemos recorrido, antes de tomar fuerzas para retomarlo, rumbo a un futuro en el que seguiremos recordando hasta que dejemos de existir.

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Karajan dirige el útimo movimiento de la Sinfonía Nº 5 de Tchaikovsky.

>> lunes, 2 de diciembre de 2013

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Diseño de cartel para el primer concierto del grupo musical "Otra cosa"

Dibujo original



Dibujo con diseño final

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Ernesto Halffter. "Pasodoble para la banda sonora de Carmen, de Jacques Feyder"

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