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APUESTA

>> domingo, 8 de diciembre de 2013



Durante una imaginaria, dos soldados con inquietudes artísticas apostáronse una semana de vino gratis en la cantina del cuartel para el que escribiera el relato más cursi aquella noche. Los reclutas Monteagudo e Iriarte se pusieron rápidamente manos a la obra.

Florinda revoloteaba por encima del puentecito allá en la campiña. Estaban sus trenzas decoradas con lazos que parecían mariposas multicolores. Su vestido, ribeteado de mil bonitos colores, era como una manifestación externa de su carácter interior, siempre alegre, como un arco iris capaz de alegrar con su aparición los días tristes de lluvia...

Así comenzaba el relato de Monteagudo que, vencido por su talento innato, acabó por echarlo todo a perder, convirtiendo aquel grotesco inicio en un bello poema modernista digno de Darío.
Sin embargo, Iriarte, que carecía de ese conocimiento literario, lo tuvo más fácil para ganar. Él, como tantos otros, sintió el gusanillo de la escritura, pero su destino se encaminaba hacia otro tipo de arte: el dibujo de tornillos y todo tipo de piezas de construcción para manuales de mecánica. Así comenzaba su texto:

El pastor recogió al corderito que habíase dañado la pata trasera izquierda al pasar por unas zarzas. Durante parte del viaje, lo llevó sujeto bajo el brazo, mientras la madre de la criatura chupaba con la lengua rosácea la patita dañada. Ningún artista (ni un pintor, ni un músico, ni un escritor...) pudo hacerse eco de aquella bella estampa, quedando así perdida en el limbo del olvido universal...

Monteagudo tuvo que reconocer que su amigo era infinitamente más cursi que él escribiendo (Iriarte sabía que los animales y los niños inspiraban infinitamente más sentimentalidad que una dama del siglo diecinueve).


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