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EL FASCINANTE MUNDO DE LOS AUTÓMATAS

>> martes, 31 de diciembre de 2013


En Conde Duque, ante el Teatro de Autómatas

Debido al doctorado que me encuentro realizando en torno a la musicología en relación a las otras artes, tuve que acudir a la biblioteca musical histórica del edificio Conde Duque para buscar una tonadilla manuscrita del siglo XVII. El objetivo era transcribirla y ordenarla en una partitura orquestal, colocando ordenadamente la voz con el acompañamiento a piano y el resto de instrumentos para hacerla legible. Esta labor de recuperación conllevaba horas y horas de estudio de los materiales conservados, por lo que había decidido dedicar toda la navidad a esta labor.
Una vez atravesé el portalón del emblemático edificio, llegue hasta un primer patio vacío que me conducía a lo que era el acceso a la biblioteca histórica. A través de los cristales que daban al segundo patio, llamó mi atención lo engalanado que estaba con toda suerte de atracciones infantiles. La curiosidad hizo que demorara mi visita como investigador para disfrutar de aquel espectáculo.
Una pista de hielo de dimensiones considerables dominaba gran parte del espacio. Al fondo divisé una especie de barracón de feria que me resultó extrañamente familiar. Me dirigí hacia él, mientras trataba de asociar mis recuerdos con la imagen de aquella realidad presente. Un gran letrero rezaba: “Teatro de autómatas”. ¡Claro! Hacía más de quince años de aquello: Yo era un niño que se encontraba también disfrutando de unas fiestas navideñas. Mi abuelo paterno me llevó a la plaza de Felipe II una mañana en que pudo escaparse de las tareas del negocio familar. Allí me encontré por primera y, hasta entonces, única vez con aquel mismo teatro mágico. Se trataba de un espectáculo rutilante que había recalado en Madrid y ofrecía sus maravillas durante unos días a todo el que por allí pasara. Pronto reconocí al hombre que lo regentaba: Se hacía llamar “Luna” y todos los domingos instalaba su teatro de títeres en el Parque del Retiro. Contaba la historia de un ratón que quería ser torero, todavía aún lo recuerdo. Pero no solo le conocía como espectador de sus marionetas. También, un verano en Santander, lo encontré formando parte de un cortejo festivo de personajes variopintos: Él andaba sobre unos zancos e iba vestido de arlequín.
Aquel teatro representaba la resurrección de lo que durante toda una época fue un gran éxito comercial: los espectáculos de autómatas. Éstos se presentaban dentro de las ferias y ofrecían un tipo de fantástica atracción con la que el público, aún capaz de sorprenderse con bellas ingenuidades (aún el cine no había hecho su aparición), disfrutaba maravillándose con la ilusión de unos muñecos dotados de vida mecánica. Recuerdo la imagen del famoso pabellón romántico aparecido en el film de los años treinta narrado por Ramón Gómez de la Serna titulado “Esencia de verbena”. También recuerdo el muñeco de Beethoven del film “L´Atalante” de Jean Vigo, y los autómatas coleccionados por el protagonista de “La regla del juego” de Jean Renoir.
Para un niño, que aún conservaba esa ingenuidad perdida por la civilización adulta actual, aquel hallazgo fue tan sorprendente que aún hoy lo recuerdo como una de las imágenes más potentes de mi biografía. Tanto es así que este reencuentro fue una experiencia extraña y misteriosa, positivamente hablando. A diferencia de otros recuerdos, que tienden a deformarse con el paso del tiempo, este había permanecido inalterable y todo seguía siendo tal y como lo imaginaba. Siempre había detalles que van borrándose, pero los que sobrevivían eran idénticos a aquello que tenía delante. Con el fin de recuperar los perdidos, compré una entrada (como mi abuelo compró dos hace tantos años) y penetré en el interior del barracón. Antes de continuar no me queda otro remedio que describir la portada del teatro, verdadero reclamo publicitario del pasado siglo: Una mujer de madera ataviada como Carmen Miranda movía su cuerpo al son de la música de cuatro negros cubanos también tallados en el mismo material, dos en cada lado. Los de la izquierda tocaban trompeta y maracas, mientras que los otros dos tocaban el tambor y la guitarra.


Ya en la oscuridad del verdadero espectáculo (el que ocultaban las cortinas negras) comencé a reencontrarme con una parte de mi pasado: ante mí se desplegaban una serie de escenas en miniatura de la vida cotidiana. Los personajes eran en sí mismos caricaturas de los ya de por sí tópicos arquetipos de determinados individuos de la sociedad española. Lo grotesco de sus rostros recordaba de algún modo a las fallas valencianas. Éste era, definitivamente, un teatro de autómatas genuínamente español y más reciente que otros que recorrieron una Europa aún más antigua que aquella España de mil novecientos cincuenta (año de la construcción de este teatro). No olvidemos que este tipo de creaciones comenzaron a surgir en el siglo diecinueve.
La primera historia, sucedida tras una vitrina, nos presentaba a una gitanilla cantando en una plazoleta andaluza, acompañada de un guitarrista. Un cartel decía: “Sevilla y olé. La gangosa Maravillas y el tocaor del tupé “trabajan” por seguidillas para ganarse el parné.”


La segunda, recreaba el interior de un hogar, dividido en dos partes: un salón, decorado con reproducciones de cuadros de Picasso y Mondrian, en el que tres amigas conversaban, y una cocina, en el que el “hombre” de la casa trabajaba en la cocina y atendía a un bebé. La leyenda lo describía de esta manera: “Dulce hogar. Esta es la modernidad que anda en boca e las gentes. Ellas habla de igualdad y el hombre de detergentes”.


Un tercero escenario representaba un número de magia: un mago ataviado con toda la parafernalia (turbante, capa, túnica, larga barba) movía su varita para provocar que una gran caja se abriera para mostrar en su interior a su “bella” ayudante: “Merlín el encantador. Ni la magia de un gran mago puede este mundo cambiar. Lo que es verdad, es mentira, lo que es mentira, verdad.”


Una cuarta vitrina mostraba a un dios hindú que tañía un instrumento de cuerda: “Kaly musical. Esta diosa de seis brazos, vedete del gran Oriente, te da si toca la vida y si no toca, la muerte”.


El humor políticamente incorrecto presentado tanto en imágenes como en texto hacía las delicias de mi viaje al pasado. Antes todo era más evidente, más grueso, la gente no era tan retorcida como ahora. La gente parecía vivir más feliz...
En la quinta recreación, se observaba el salón de una casa, y e su interior una madre leyendo libros frívolos mientras sus dos horribles niños se divertían a expensas de ésta, tan ajena como se encontraba al mundo real. Un loro observaba la escena posado sobre su palo. Al fondo, fotografías enmarcadas de retratos en blanco y negro en los que se podían advertir, fijando la atención en ellos, a personajes como Buster Keaton o Stan Laurel y Oliver Hardy. “La romántica. La madama del sofá sueña amores sin decoro olvidando que es mamá, ¡libertina!, grita el loro.”


Una sexta imagen nos presentaba un espectáculo teatral frívolo: Cinco mujeres embutidas en plumas y trajes cortos se mostraban ante un imaginario público (tal vez fuésemos nosotros) en una especie de Can-Can españolizado. Por el texto se deducía que nos encontrábamos en Barcelona (he de decir que además de los rótulos había pintados sobre cada una de las escenas distintos paisajes de España: Andalucía para la primera escena, Cuenca para la segunda, etcétera) : “El molino rojo. Desde el cura de tapado al ligón del magistrado, con las chicas de revista, todos tienen buena vista”.


En el séptimo cuadro viviente se reconstruía una escena en una peluquería: un peluquero afeminado le echaba a su cliente femenina en el pelo un perfume, mientras que el ayudante negro le limpiaba los zapatos de tacón a la vez que no podía perder de vista las piernas: “Peluquería moderna. Más que peinar le apetecen manzanas al peluquero, y al morenito enloquecen enaguas, media y liguero.”  


Con el octavo cuadro vemos un baño burgués con la “mami” negra atendiendo a un niño pequeño que, con cara de pillo, enseña el trasero dentro de la bañera. Otro niño, con el orinal en la cabeza, hace de vientre en el suelo de azulejos: “Nuevos ricos. Es un baño original sin lavabo ni retrete, donde no usan ni orinal para dejar el “paquete”.


La novena estampa presentaba el interior de un circo. Una señora de generosas carnes baila el hila-hop acompañada de una simia que la imita: “Tiene la mona el capricho de parecerse a la gente, sin saber que ella es un bicho mucho más inteligente”,
Antes de salir de la oscuridad, un último fresco: Una señora de las de moño se encuentra subida en la cama con gesto aterrado, mirando hacia abajo mientras en su mano empuñan una escoba. Cada cierto tiempo, aparece el ratón culpable de su histerismo: “La solterona Doña Socorro padece un tremendo sofocón, pues su príncipe encantado es un travieso ratón.”
Bajo cada una de las escenas, puede verse los mecanismos de ruedas y engranajes, que hacían posible el movimiento.


“El teatro de autómatas es el único de su género que aún continúa funcionando actualmente en todo el mundo. Todos sus personajes, 37 ingenios mecánicos, están tallados en madera policromada, ejecutando cada uno de ellos una media de cinco series de movimientos distintos y actuado, a lo largo de su milagrosa vida, más de 50.000 horas”.

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