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ESPÍRITU DE GODARD

>> martes, 31 de diciembre de 2013


De pie en la estación, siempre a camino entre Alicante y Madrid, el bueno de Zoilo esperaba una mañana de enero a que llegara el tren que le conduciría de nuevo a la capital. Tras unos días de descanso con la familia en su tierra natal, ahora tocaba enfrentarse de nuevo a la cruda realidad del creador incomprendido. Su espíritu sensible no conseguía encontrar hueco en una sociedad deshumanizada, carente de cualquier espíritu estético (es decir, carente de buen gusto) o artístico (la gente ya no sabe qué es eso de que se ericen los pelos del cuerpo ante un beso). Él era un profeta en tierra de nadie, una voz que resonaba en los palacios profanados donde ya no viven los genios (los bufones, al quedarse sin monarcas, hace tiempo que abandonaron el barco... ya nadie canta las cuarenta porque ya no hay Rey Lear que valga). Él solo quería ser escuchado, ya fuera en una sala de cine con la proyección de una película prometedora, de SU pelicula (de la que tendrían que tomar nota los de Cahiers du cinema) o bien en el banco de un parque, hablando con una mujer (a ser posible, de vida interior compleja) acerca de lo que su querido Coetzee quería transmitir al mundo con su última novela.
Cada vez había más gentío en el anden. Y es que hacía tiempo que el tren debía de haber llegado. Algo debía de haber sucedido, sin duda, para que se produjese aquella tardanza.
Un murmullo comenzó a dejarse escuchar, cada vez más insistente, hasta que su mensaje fue escuchado por Zoilo: “¡Mirad el reloj, está parado!”
Zoilo, aunque solo fuera por pasar el rato, miró su reloj de pulsera: Ponía las siete de la tarde... Fue algo extraño. Pensó: “Demasiada casualidad que mi reloj se haya parado también). Como si se tratase de un juego infantil, alzó la cabeza para observar el reloj de la estación y constatar que, tal como su cabeza se había imaginado, marcaba la misma hora que el de su reloj averiado de pulsera. ¡Qué cosa más siniestra!... Tanto en uno como en otro la hora se había parado en las siete de la tarde.
Una leyenda urbana dice que cuando un hombre muere, su reloj de pulsera se detiene, como si éste fuese sincronizado con el otro “reloj”, en este caso biológico.
¡Claro! ¡El tren no llega porque el reloj se ha parado! ¡El mundo entero ha dejado de funcionar! Ya no existe el tiempo...
Un hombrecillo recorría el andén. Zoilo se quedó mirándolo. Pronto se dio cuenta de que se trataba de su amigo Javier. Pero ¿qué hacía aquí? Se supone que debería de estar en Madrid...
Javier se dirigía hacia Zoilo. Era como si supiese que él iba a estar allí en aquel momento. A diferencia de Zoilo, él no llevaba maleta.
Cuando se hubo colocado frente a él, Javier se le quedó mirando, con la mirada perdida, como si no fuera él. Como si se tratase de una máquina. Zoilo le dijo “¡Qué haces tú aquí!” a lo que Javier no contestó. Zoilo entonces se quedó en silencio, esperando a una especie de milagro cotidiano: comenzó a sospechar que el reloj parado tenía que ver en todo esto. Por fin, el autómata habló: “Hola Zoilo. Soy el espíritu no muerto de Juan Lucas Godard y me manifiesto a través de tu amigo Javier para decirte que no debes desfallecer. Yo siempre he creído en ti...”

El tren hizo por fin su entrada en la estación. Zoilo miró su reloj: por fin volvía a funcionar, marcando las nueve. Cuando levantó la mirada, Javier ya no estaba.

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