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FUENTEOVEJUNA EN CALDERÓN. JUSTIFICACIÓN DE UN ACTO JUSTO

>> domingo, 29 de diciembre de 2013


No podía dar crédito a lo que veía. Ante mí se desplegaba el cartel anunciador de nuestra obra de teatro, “Segismun2000”, una adaptación de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca. Colgaba de uno de los balcones del Círculo de bellas Artes, el pendón de la patria de los artistas. Era una noche de Diciembre, de las de bufanda de lana. La llamada telefónica de una buena amiga me había avisado de la instalación del letrero. Fue casualidad que me encontrara en el centro de Madrid, de compras navideñas. Rápidamente bajé de Callao hasta Alcalá, deseoso de ver nuestro trabajo reflejado para goce de los viandantes. Cuando comenzamos los ensayos de la obra nuevamente, tras un año de representaciones, recuerdo que le dije al director: “Ahora que vamos a estrenar en el Círculo de Bellas Artes, no estaría mal que nuestros nombres figurasen en el cartel”. Hasta ahora, en todas las representaciones que habíamos llevado a cabo, ningún cartel anunciador nos había anunciado, paradójicamente. Tan solo había aparecido él, el alma máter de todo esto, el director, escritor y actor. Él, sin el cuál nosotros no éramos nadie... Él me contestó entonces: “Yo creo que el cartel será lo suficientemente grande como para que quepan nuestros nombres”. Un cartel que ocupaba toda la inmensidad de uno de los balcones de aquel emblemático edificio. Y... ¡et voilà! Nuevamente nuestra labor no había quedado reflejada. Desde la acera, de pie, torciendo cuanto pude la cabeza haca arriba, traté en vano de distinguir, entre el texto, nuestros nombres. Solamente figuraba el suyo, en letras grandes y en negrita, casi de un tamaño mayor que el de Calderón de la Barca, auténtico autor de la obra que representaríamos. De hecho, creo que precisamente por eso nuestros nombres no cupieron... porque el suyo estaba puesto demasiado grande.
Con el enfado poseyéndome, telefoneé a Gonzalo (o mejor dicho Basilio, mi padre en la obra) para relatarle lo acontecido. Éste no pudo por menos que reírse. ¿Y qué iba a hacer si no? Ya estábamos acostumbrados a esta falta de generosidad. Pero esto había sido la gota que colmó el vaso.
Al llegar a casa redacté un correo para nuestro querido director diciendo lo siguiente: “He visto el cartel puesto ya en la fachada del Círculo. Una pena que no hayan cabido nuestros nombres...” Este mensaje cifrado a modo de amenaza siciliana no surtió el efecto necesario, al parecer. Eso si: Al día siguiente, en los ensayos, él estuvo simpático como nunca.
Por si esto fuera poco, en el anuncio que figuraba en la página web del círculo, la descripción del evento decía así: “Obra interpretada por el grupo “T.u.b.a.” Es decir, por el grupo de “Teatro universitario de bellas artes”, grupo que al parecer existía ypero del que ninguno teníamos constancia (ni siquiera los que formábamos parte de él- hasta ahora habíamos sido algo informe y abstracto). El nombre, desde luego, más que feo, era de “belleza distraída”. Quizá hubiese sido mejor poner “T.a.b.u” (“Teatro de artistas bellos universitarios”). Ésto nos habría consolado al menos de lo de no figurar ni siquiera en internet, donde aquí la excusa de la falta de espacio resultaba más que imposible. Uno de los compañeros, Jose, que hacía de uno de los soldados, ni siquiera había estudiado nuestra carrera y hacía ya más de veinte años que había dejado de ser universitario. Él fue quien peor encajó aquello de no figurar en el cartel, puesto que su intención era ir poco a poco haciéndose un nombre dentro del mundo del teatro (y, para ello, resultaba necesario que la gente supiese quién era viendo su nombre en las obras en las que participaba... Vaya capricho más tonto ¿no?)
A medida que los otros compañeros se fueron enterando, la tensión fue in crescendo. Tratamos de solucionar las cosas civilizadamente. No obstante, él no atendió a razones y volvió a justificarse con aquello de que no había más espacio en el cartel. Tras el fracaso negociador, decidimos pasar a la acción. Nos reunimos urgentemente en gabinete para determinar una solución honrosa a nuestra situación. Decidimos solicitar a los encargados de mantenimiento del edificio y a espaldas de “X” (llamémosle así) que se nos descolgase el cartel para añadir los nombres a mano. Y así fue. Durante el último ensayo general, nos las fuimos ingeniando para ir turnándonos y salir fuera del teatro mientras concluía la instalación de luces y las pruebas de sonido. Fuera, en el Salón de Columnas (antesala del teatro), arriesgándonos a ser descubiertos, depositamos el gigantesco cartelón en el suelo y, con la ayuda de tres rotuladores negros de punta gorda, fuimos añadiendo el reparto tratando de imitar el estilo de las letras utilizado en el diseño. No solo nos registramos nosotros como actores, sino que tratamos de que también el equipo técnico se viese reflejado.

Así, a dos horas del estreno, el cartel volvió a colgar, esta vez de una forma más justa. Vimos cómo volvía a ser izado, asomados al balcón de la fachada. Fue un momento emocionante... y más de uno seguro que pensó: “Si algún día salen a la luz nuestras biografías, este episodio figurará en letras doradas... Y si alguien pregunta quién lo hizo, todos diremos a una: “¡Fuenteovejuna!”

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