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VISIÓN

>> lunes, 16 de diciembre de 2013


Si alguna vez hago un trabajo de doctorado, tendría clara mi hipótesis: Poe era gallego, y el cuervo en realidad una paloma manchada en chapapote que graznaría: “¡Nunca mais, nunca mais”!”

                      Antonio Ruiz Romero. Conversaciones esperando el tren. En: “Obras incompletas”.



Cuando el cura llegó hasta el púlpito, se respiraba un frio ambiente en la iglesia. Era una noche de invierno como no se había visto en muchos años y, quizá por eso, el edificio se encontraba más habitado que de costumbre. Nunca había visto tantos feligreses juntos, observando con sus ojos solemnes y vibrantes, como las velas encendidas en el altar.
No había pasado un mes desde que el joven sacerdote había comenzado a oficiar misa en aquella parroquia. Aún con las dudas normales de quien ha abrazado la fe aún a pesar de los recuerdos de un pasado profano reciente, supo ganarse a sus feligreses con la seriedad y disciplina que su cargo requería. Hacía falta sangre nueva en aquel lugar, incluso los cristianos viejos lo pedían.
Era el momento de la parábola. La lectura de un relato ejemplar promulgado por Jesucristo. Quizá el de los talentos resultara adecuado para aquel momento en el que la navidad se encontraba cerca. Abrió el libro Sagrado, buscó en el índice para posar aquel mismo dedo en él. De repente pensó que no haría falta leerlo, pues lo recordaba a la perfección. Levantó pues la cabeza para dirigirse al público congregado y alzó las manos para que este se levantase de los bancos. Comenzó:

Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos...”

¿Y él? ¿Qué había hecho con los talentos que se le habían entregado? ¿Los estaba aprovechando realmente como debía? ¿Este era el fin de los mismos?

“ … pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor...”

Había comenzado a sudar. Pensó que no hacía en absoluto calor, que de hecho el frío de la calle se colaba por la rendija de la puerta, por entre las piedras de aquellos muros... Sus vestimentas apenas le hacían olvidar el mes de diciembre.

Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo...”

Alguien había entrado. Alguien imposible de distinguir de entre toda aquella marea de hombres y mujeres vestidos con abrigos negros. Sus pasos, sin embargo, se distinguían perfectamente. Él quiso escucharlos y, por ello, empezó a dejar espacio entre sus palabras, para poder percibir en aquellos breves silencios de descanso aquellos pies avanzando.

... Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos”.

Los silencios cada vez se hicieron más prolongados hasta que el público comenzó a impacientarse. Pero ya aquella persona que andaba se había detenido. Había avanzado a través del pasillo entre las dos columnas de bancos hasta llegar a la primera fila. Se había quedado de pie, mirándole. Era Sofía. ¿Qué hacía allí? ¿No había muerto?

... Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes”.
Sofía... Tú estás aquí y no deberías de estar... Y, si estas... bueno, si estás yo entonces soy el que no debería de estar aquí... Yo estoy aquí por ti, o, mejor dicho, por no poder haberte tenido... porque tú no estás viva.

Así os digo, hermanos, que para que no os suceda como al protagonista de esta historia, debéis de cuidar los talentos que se os otorgan... No malgastarlos sino hacer que se multipliquen...”


¡Vete de aquí! ¿Por qué has dejado la puerta abierta? ¡Cuánto frío hace aquí! ¿Y ese órgano? ¿Por qué suena ahora? Su música no es música sagrada... Suena como a jazz...


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