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Cartel Concierto "Otra Cosa" en "Honkey Tonk" (1-11-14)

>> lunes, 20 de octubre de 2014


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Está escondido, como corresponde a los objetos de su categoría. Porque se escapan de lo ordinario, por eso es un objeto extraordinario. Pero... ¿Es un objeto? Quizá sea más que eso. Tal vez se trate de un compendio de cosas que conforman algo intangible. Es una caja de zapatos y también es a su vez algo contenido en esa caja de zapatos. Tampoco pertenece a mi infancia, sino que a su vez es un derivado de otra infancia anterior sin la cual yo no existiría. Aquel objeto perteneció antes a mi padre, aunque desconozco si lo atesoró como yo, si le dio ese valor. Yo he tenido siempre esa manía de rodear de un aura especial a ciertas cosas, a dotarlas de un matiz que solo está en mí y que, cuando yo muera, dejará de existir.
Hay quien todavía cree que cuando un poeta se mantiene en silencio no está creando. Lo que yo creo es que simplemente se mantiene en silencio para los demás. Tal vez sea egoísta, porque no manifiesta ese talento exteriormente, guardándoselo para sí. No obstante, la poesía no está solo en los hombres sino en las cosas. Simplemente es necesario saber ver esa poesía, no resultando necesario saber escribir en alejandrinos o endecasílabos. Un niño puede no tener conciencia de la poesía pero a veces observa las cosas desde ese punto de vista.
Ese objeto poético es una caja de zapatos que, a su vez, contiene un aparato a través del cual se observan escenarios imaginarios. Solo tiene que introducirse un pequeño disco en una ranura y observar por dos lentes que ayudan a crear esa ilusión de fantasía tridimensional. Allí está Aladino en una cueva encontrando la lámpara maravillosa, o sobrevolando las cúpulas de una ciudad oriental sobre una alfombra mágica, en compañía de una exótica mujer. Allí una aurora boreal contemplada por unos esquimales, o una niña a la que identificamos como la Alicia de Carroll, persiguiendo un conejo blanco que corre en pos del tiempo, contenido en un reloj de cadena.

El aparato es de construcción alemana, pero la caja que lo contiene tiene inscritos unos graffitis que hablan de un equipo de fútbol perteneciente al país en el que el niño nació. Los ojos de aquel niño de los años cincuenta miraron todas esas maravillas que después miró, con sus ojos, ese otro niño de los años noventa. La mirada cambia, obviamente, a pesar de que se observen idénticas imágenes en uno o en otro caso. Así como José Ortega y Gasset decía en la novela de Tiempo de silencio: Ustedes observan esta misma manzana que yo sostengo en mi mano, pero hay tantas manzanas como personas que en ese momento miran esta pieza de fruta. Así es, siendo visión filosófica o no, lo diga quien lo diga, da lo mismo. Hay tantas realidades como personas. Solo hace falta darse un paseo por una clase de dibujo. Hay un solo cuerpo desnudo posando, pero en cada caballete hay un dibujo, y cada dibujo representa un  cuerpo diferente. Mi mirada es la que aquí describo, siendo este objeto descrito mi propio objeto. Si los lectores tuviesen acceso a él, seguramente lo analizarían de otro modo. Ellos tendrán otros objetos a recordar si han de pensar en uno que marcó su infancia. Y todos son igualmente válidos.

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Principita

>> domingo, 19 de octubre de 2014


Aquí está Mari, tumbada en el sofá de su salón, y yo estoy detrás de esta imagen, mirándola y escuchándola, descubriendo que viste una camiseta donde puede leerse Princess, mientras ella lee El Principito. Este mágico hecho constituye uno más de tantos que nos han sucedido desde que nos conocemos. Otro, podría ser el de que, en un momento de esta tarde de domingo, se haya levantado, haya cogido este libro de uno de sus estantes y se haya decidido a leérmelo de cabo a rabo. Así pues, hemos decidido así, de repente, dedicar la tarde a recordar uno de esos libros que nunca se terminan de leer, a pesar de su brevedad. Un libro que contiene, como aquellos de la Antigüedad, toda la sabiduría del mundo. O, al menos, aquellas cosas más importantes. Está contado de una forma sencilla y compleja a la vez, por lo que tanto los niños como los adultos pueden leerlo, extrayendo significados distintos. Es maravilloso poder detener el mundo para dedicar este fragmento de una vida a reencontrarse con este pequeño pedazo de sabiduría. Algo que seguramente buscaba su autor: olvidar lo absurdo cotidiano que nos impide disfrutar de las cosas bellas.
Yo muchas veces me pregunté: ¿Y si Exupèry siguiera vivo? ¿Y si hubiese seguido escribiendo? Pensaba esto de una forma ilógica, pues así somos los humanos. En lugar de valorar lo que tenemos, nos preguntamos por otras cosas a las que nos es imposible encontrar respuesta. Ahora, redescubriendo las páginas que Mari vuelve a poner en valor, es como si un nuevo mundo se abriese ante mí, uno de aquellos tan difíciles de encontrar, como ese puntito de luz en el cielo en el que debe vivir el personaje de la historia, tan tierno, tan bondadoso. tan puro.

Gracias, Mari. Gracias por mostrarme de nuevo el color. Quisiera vivir para siempre en este libro, no encontrar nunca la palabra FIN.

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EVOCACIÓN E INVOCACIÓN

>> viernes, 17 de octubre de 2014



Hoy me ha vuelto a  suceder. He tenido uno de esos déjà vu que día tras día trato de atesorar, como quien se empeña en atesorar el aire en un tarro conserva. A través del cristal, trato de adivinar aquello, pero es invisible. Como quien intenta descifrar de dónde viene aquella sensación, que enlaza con algún momento no vivido, como perteneciente a otra vida, como si otras vidas pudiesen haber sido vividas y estuviesen contenidas en uno mismo, recordándoselo.
Muchas veces, tendemos a recordar momentos en los que fuimos felices en esta vida sí vivida, en este cuerpo existente. Como aquella vez (lo recuerdo perfectamente) en la que, estando en el colegio siendo yo niño, durante una mañana, atravesé la clase desde mi pupitre hasta una de las librerías de madera marrón oscuro las cuales contenían nuestra biblioteca particular de libros de texto. Aquel día era un día aburrido y pesado. En una palabra: no deseaba estar allí en aquel momento. Entonces, vino a mi memoria un recuerdo de uno de los veraneos pasados en Pirineos. A través de la ventanilla del coche veía cómo atravesábamos un valle. Sonaba el Peer Gynt de Grieg y hacía una luz de mañana de agosto. Entonces, fue como si saliese de aquella habitación con olor a pupitre lavado con lejía y a suelo de goma y llegase a un campo abierto rodeado de bosque. Me encontraba protegido por la Naturaleza, escondido para la civilización.
No obstante, esta imagen existió, como ya dije. Era como algo sobre lo que volver como una forma de ensayo preparatoria para lo que podía venir. Lo incontenible, el déjà vu que viene sin desearlo, te ataca por el flanco derecho y se marcha, así sin más.
Hay instantes que no son míos pero que me inspiran algo, como esas escenas de la película Lucía y el sexo. Justamente aquellos que no se encuentran en la memoria de los cinéfilos: las escenas de un Madrid nocturno y casi vacío, en verano. También están esas casas de las películas españolas de hace diez, veinte e incluso treinta años. Azoteas señoriales e incluso irreales, como aquella diseñada por Pedro Almodóvar para Mujeres al borde de un ataque de nervios, a través de la cual podían verse diversos lugares emblemáticos imposibles de reunir de un solo vistazo, pero que estaban allí. Esas casas palaciegas rediseñadas con colores vivos y con pinturas de Úrculo o del Equipo Crónica. Es como si hubiese vivido La movida madrileña a pesar de haber nacido en 1988. Allí donde no existía tabú y todo parecía posible. Donde hasta yo podía haberme hecho famoso con mis excentricidades, aquellas en las que cada vez me cuesta creer más.
Cuando recorro zonas de Madrid como Usera, Alcorcón o Aluche, allí donde podría decirse que la urbe convive con los espacios verdes, donde aún perviven pequeños chalets y donde apenas transitan coches (pequeñas zonas que parecen pueblos, como si uno hubiese atravesado la puerta a otro universo) siento sensaciones extrañas que me remiten a otras épocas.
Como el olor a las sábanas de una azotea en Estella, Navarra. Y yo estoy vestido de Supermán, y me han fotografiado. ¿Por qué Estella si hablo de Madrid? Son espacios distintos en una misma evocación. Otro día, en el que vamos a visitar a una tía de mi madre a su casa, y atravesamos un Madrid que para mí es otro, como de hace cincuenta años antes. Todo parece decadente, como de los años setenta. ¿Y quién me dice que yo no he vivido esa época y la de los ochenta?

Me he visto recorrer las calles de Madrid en verano, sin ningún tipo de preocupación, olvidando este contexto político-social actual tan opresivo, me he creído un protagonista cinematográfico, atemporal, eternamente joven en los fotogramas de un rollo de celuloide...El mundo era mío y yo no era del mundo, precisamente por experimentar esa extraña sensación de pertenecer a otras vidas no vividas, o tal vez sí.

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>> martes, 14 de octubre de 2014

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"CURRO VARGAS" EN EL TEATRO DE LA ZARZUELA

Un momento de la representación de Curro Vargas en el Teatro de la Zarzuela


Hace ya ocho meses que tuvo lugar aquel acontecimiento lírico único: La reposición de la zarzuela grande de Ruperto Chapí Curro Vargas. Desde aquella tarde de febrero, todavía no había tenido fuerzas para ponerme a escribir, hasta que hará cosa de una semana, una lucecita dentro de mí se encendió y me impuse comenzar de una vez por todas dicha tarea. 
Para hacernos una idea, podemos decir que la música y el argumento fue lo único que se respetó en aquella adaptación de la zarzuela. El director artístico se pasó por el forro toda la ambientación histórica, pero no contento con eso decidió incluir elementos que no hicieron sino ridiculizar la obra en un intento por llamar la atención, ya sea faltando al respeto de lo que se representaba y, cómo no, faltándoselo también a gran parte del público. Pero, podemos ir más allá incluso: hubo también elementos que podrían considerarse como crítica política, pero que en realidad atacaban de alguna forma a sentimientos que podían ir más allá de las instituciones establecidas. Me estoy refiriendo a la espiritualidad, a las creencias, algo de lo que se adolece en esta sociedad actual. Ahora, parece existir una barra libre en este sentido para atacar a todo cuanto representa a las personas, por el simple hecho de que este mundo camina hacia su clara deshumanización.
Podemos comprender, de algún modo, que en esta época ya no se lleven las escenografías de cartón piedra correspondientes al momento en que Chapí concibió su teatro musical. Ahora prima un minimalismo que incluso en algunos casos resulta efectivo y llega a aportar nuevos elementos a obras ya de por sí legendarias. Lo que no se puede comprender e incluso tolerar, es el cambio por el cambio, la denigración de una obra con el solo fin de salir en los periódicos y de ser recordado, aunque no para bien precisamente. A mi juicio, hay algo que puede estar todavía por encima de lo ya citado: Al dar mayor relevancia a esa puesta en escena polémica, al espectador puede costarle empatizar con la historia original que se está contando e incluso con la música, que es pura sensibilidad. Si la sensibilidad queda corrompida o atacada de este modo, Chapí es olvidado y en su lugar prevalece un engendro visual indigno de nuestro legado cultural.

Caricatura de época de Ruperto Chapí

Si la acción se desarrolla a finales del siglo XIX y aparecen personajes embutidos en camisetas futbolísticas del Barça, por ejemplo... Si, en mitad de una procesión presidida por un arco con los colores del orgullo gay, aparece un personaje que interpreta a Jesucristo (o mejor dicho, da a entender que una talla de la procesión ha cobrado vida) y al poco es agredido por policías antidisturbios y por prostitutas que se insinúan ante él... Si la protagonista es un personaje ordinario y hortera que se tumba en chaise longue y teclea en ordenadores... ¿Podríamos decir que con toda la razón hubiera gente que se levantara en mitad de la obra y se marchase a la taquilla para pedir que se le devolviera el dinero de su entrada? No siendo partidario de este tipo de actitudes por respeto a la ceremonia en sí y al lugar donde se representa, puedo afirmar que cuando la obra acaba resultando un despropósito e insulta a quien paga su dinero esperando ver otra cosa bien distinta, quien así actúa se encuentra de algún modo justificado.
El Teatro de la Zarzuela, así como el Teatro Real y otros ámbitos bien representativos de la cultura musical en España, se encuentran dirigidos en parte por personas que, debido a su prestigio en el extranjero, parecen dignificar los lugares en los que trabajan. No obstante, no todo debe de ser imagen superficial de cara a la galería. En este caso, quien ha perpetrado tamaño dislate es alguien que desconoce nuestra cultura o, lo que es peor, la agrede de este modo gratuito.  ¿Nos conviene, por tanto, tener a este tipo de personas irresponsables en nuestras instituciones culturales? A mi juicio, nuestro legado debe transmitirse generación a generación para que éstas continúe apreciando su valor, permaneciendo intacta esta sensibilidad. Es obvio que os tiempos cambian y la sobras pueden ir adecuándose para no quedar anticuadas, pero este proceso deber realizarse con tacto y sutileza. Aún así, yo soy partidario de mantener esta imagen de otro tiempo, porque en cierto modo es también bella.

Fotograma de Curro Vargas de José Buchs (1923)

Es cierto que en la misma época en que Curro Vargas se estrenó, surgió una versión de la obra realizada por otros autores, con el fin de parodiar a la original, comenzando por el título: Churro bragas.  No obstante, la adaptación provenía de fuera y no de dentro. Así, había dos públicos bien diferenciados que decidían ir a ver la obra seria o la cómica, no como en el Curro Vargas del año pasado, donde solo había una opción y estaba viciada de aquel modo tan grotesco.
José Buchs realizó a finales de los años veinte una versión fílmica de la zarzuela, la cual sufrió una adaptación drástica en lo que se refiere a la propia historia y a los personajes. Para empezar, se incluyeron nuevos escenarios y se amplió el argumento con el fin de dar preferencia a la trama y no tanto a la música, que resultaba imposible de reproducir debido a que el cine era mudo por aquella época. Además, se trataba de un cine mímico, ya que se intentaba transmitir excesivamente con la imagen al carecer de sonido. Los intertítulos incluidos en el filme, con texto adicional informativo, resultaban a todas luces insuficientes. Esto provocaba que los actores tuviesen que exagerar sus interpretaciones, lo que acababa por resultar cómico e iba en detrimento de la obra original. Tuve oportunidad de ver esta película en el mismo teatro, proyectada sobre un telón añadido al escenario y con música interpretada en directo por Javier Pérez Azpeitia, quien se había encargado de crear la banda sonora para el filme (la partitura original que se realizó como acompañamiento se encuentra actualmente perdida).
Curro Vargas quizá posea un libreto un tanto anticuado con elementos que hoy en día nos pueden resultar políticamente incorrectos. No obstante, la música de Chapí es magnífica y merece ser recordada en un futuro, a pesar de ser una de las zarzuelas actualmente menos representadas dentro de nuestro repertorio lírico. De cómo sea llevada al público depende del respeto que le tengamos a nuestro patrimonio, que es mucho y muy rico.  
       

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Retrato de Antonio Sanz


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RELATO A PROPÓSITO DE UNA FOTOGRAFÍA DE JOAN COLOM



Sus ojos están abiertos pero ve sin mirar. Para él la realidad no es lo que acontece a su alrededor sino lo que sucede en su interior, que no es sino reflejo de esa realidad a la que se enfrenta día a día: Toda esa urbe gris por industriosa; un mundo pequeño para un ser grande a la par que diminuto. Estos bajos fondos por los que camina en dirección al colegio diariamente son en realidad para él el mejor de los escenarios. Aunque es un niño inquieto, su talento se encuentra desaprovechado, pues vive rodeado de necios que constantemente le hacen olvidar ese diamante que atesora dentro. Su madre ya no está y su padre mejor sería que tampoco estuviera. Prefiere pasar el mayor tiempo posible fuera de casa. Se contenta con las distracciones que le ofrecen las clases en la escuela pública, a la que acude cuando puede (siempre y cuando la tienda que su progenitor regenta se lo permite, pues trabaja en ella como dependiente). Este mundo no le convence, por eso vive de las pocas fantasías que le quedan, aunque la mayoría del tiempo está pensando en sus obligaciones. A veces tiene miedo de no cumplir con lo que se le exige y perder ese plato de comida que, en la fonda que tiene por casa, se le ofrece por el trabajo bien hecho. Hasta los otros compañeros de pupitre que tiene le miran con aires de superioridad, viviendo como ellos viven también en la miseria. Hay que saber tener humildad  , esta es la frase que quizá sepa este niño, sin ser de ello consciente, cuando sus congéneres le tratan como a un apestado. Tarde o temprano, esa justicia de la que hablan en misa (o quizá eso que hace que el mundo se reequilibre cada cierto tiempo) compensa a quien hace bien las cosas, del mismo modo que quien vive en la necedad, el orgullo y el egoísmo con el paso del tiempo va siendo consciente de su error, o la sociedad se lo pone delante, como cuando San Pablo sufrió aquella conversión cayendo de su caballo. ¿Pero entonces por qué este niño, siendo cómo es de admirable, lleva esta vida tan poco acorde a su forma de ser? El mundo es puro desorden y siempre hay quien carga con ese fardo del que otros se desprenden.                 

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"COSTA DA MORTE". LOIS PATIÑO (2013)

>> lunes, 13 de octubre de 2014



De aquí a unos años atrás, he ido notando poco a poco que el salir del cine se me hacía cada vez más indigesto. Quizá el que durante tantos años haya estado habitando en la parcela de ese cine anterior, aquel que podemos considerar clásico (no así comercial, puesto que una cosa no tiene que llevar a la otra) ha podido ser un factor determinante en mi visión contemporánea del cine. Un cine que poco a poco se ha ido vaciando de contenido hasta convertirse en un paradigma de simplificación y de carencias. La modernidad así lo exige, puesto que nuestra concepción del mundo ni siquiera es ya existencialista (ha llegado a un punto en que hemos dejado de lamentarnos por esa ausencia de sentido que progresivamente va afectando a todas las cosas). La vacuidad más absoluta es la perfecta definición de este mundo actual. El cine no ha escapado tampoco de esto. Uno termina de ver una película de estreno considerada de calidad y se pregunta: "¿Qué me llevo a casa?" Antes, las películas dejaban un poso, enriquecían al espectador, que llegaba a casa un poco más humano, un poco más culto si cabe. Ahora, en el cine abundan las historias insignificantes, ya que cada vez son más reflejo de lo que la vida real nos depara. El cine ha pasado de ser una fábrica de sueños para acabar siendo un objeto tan cotidiano como una silla. Quien antes buscaba la evasión en la sala oscura ahora solo puede esperar una continuación de lo que el mundo exterior le depara. Eminencias como Truffaut o Bergman, esto es, cineastas en su momento considerados rompedores e incluso revolucionarios, han pasado a ser considerados tan clásicos como Hitchcock o John Ford. Ahora pertenecen a ese grupo de narradores cuyo estilo ha quedado anticuado para esta época. Anticuado, por fortuna. Ahora son ellos a los que recurrimos para recordar lo que en un tiempo atrás representaba el séptimo arte. Ahora, podemos encontrarnos con una buena fotografía, con unos buenos actores, pero falta ese rigor narrativo, esa promesa de relato complejo y completo.
Por eso, ante un cine que ha dejado de prometer y de sorprender, quedan géneros como el documental, que continúa siendo sincero para quien lo contempla.
Hace unas semanas, acudí con mi chica a ver un documental de Lois Patiño, un joven cineasta que está comenzando a dar que hablar en los ámbitos culturales. Su nueva pieza, Costa da Morte, proyectada en la Cinetea de Matadero, es ejemplo de un trabajo impecable en este último ámbito al que me he referido. Rodar un documental es siempre una tarea solitaria y paciente, donde a uno no le cabe más que esperar a que lo maravilloso acontezca entre lo cotidiano (aunque a veces sea eso cotidiano lo paradójicamente maravilloso). Ese rodaje de guerrilla en el que normalmente participa un equipo reducido, busca lugares que pueden ofrecer aquello que se busca y toma asiento con la cámara al lado, esperando captar una imagen digna del proyecto cinematográfico en el que se han embarcado. En este caso, el paisaje es Galicia, con su bruma misteriosa, pero también con sus habitantes diarios, que caminan por ella y conversan entre sí.


La mirada cinematográfica se detiene en algunos de estos enclaves con aquella mirada del romántico del diecinueve, contemplando extasiado aquel paisaje, buscando en ese plano fijo esos pequeños detalles, como en un cuadro flamenco de Brueguel o de El Bosco. Una voz nos informa de que alguien se encuentra en esta imagen, se le escucha nítidamente y a un volumen considerable, como si lo tuviésemos delante, cuando en realidad puede encontrarse bien distante. Una voz o un sonido, como el de la sierra que va poco a poco talando los árboles que inundan un escenario, los cuales van poco a poco cayendo. Esto nos preocupa de algún modo, pues esa belleza pictórica que la naturaleza nos transmite ha sido atacada y va poco a poco desapareciendo, y sufrimos por ello, porque somos devotos de ese canto a lo hermoso. Nos acordamos de Friedrich y parece que la Naturaleza todo lo puede sobre nosotros, seres diminutos, pero a veces esos seres diminutos pueden acabar con aquello que en otro tiempo les imponía respeto. Esta mirada es por tanto la del hombre decimonónico y la del hombre del siglo XXI y lucha por imponerse en uno de estos dos ámbitos, de estas dos épocas. Lo sublime se enfrenta con lo práctico, con esa necesidad de acabar con un árbol para convertirlo en madera para astilleros, pues un tronco de por sí no ayuda en nada al hombre, y más si está plantado.
Dos señoras conversan en la playa mientras intentan bañarse, a pesar de lo fría que está el agua.
Los percebeiros, cuando todavía las primeras luces del nuevo día no han aparecido en el cielo, ya se encuentran faenando, y parecen luciérnagas con aquellas luces de las que se valen para mirar en el agua y buscar el alimento codiciado.
El mar, embravecido, amenaza con acabar con ellos, que se ocultan tras algunas rocas para no ser arrollado por él.
El fuego va devorando con sus lenguas parcelas de campo y uno contempla absorto este espectáculo, por muy terrible que sea, porque también puede ser bello.
Las campanas del Santuario de Muxía, los cementerios a los que acuden algunos lugareños para visitar a esos seres queridos que ya no volverán a pisar la Tierra.
Todo conjuga a la perfección para actuar como masaje visual, haciendo que el espectador se relaje con esta visión estética, sumergiéndose en el espectáculo visual.

Uno, entonces, puede salir del cine al concluir el filme y pensar que le ha podido parecer más o menos acertado... Pero el formato documental es lo que tiene, que puede ser más o menos cinematográfico, más o menos ficcional o real, pero es eso. No podemos juzgarlo del mismo modo que ese otro género que más vale que revisemos y enderecemos, pues de lo contrario y muy a mi pesar, tendré que darle la razón a mi querido José Luis Garci o a mi querido Víctor Erice, afirmando que el séptimo arte no solo ha cambiado, sino que es otra cosa, cuando no que está ya muerto. Muerto para ese espectador que, aún perteneciendo a esta época, hubiese preferido vivir en otras.             

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Portfolio

>> domingo, 12 de octubre de 2014


 Portfolio Javier Mateo

Os presento mi nuevo Portfolio, diseñado por Mari.
Podéis verlo dando click al banner



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"Mari en la ventana"

>> viernes, 3 de octubre de 2014

Acrílico sobre lienzo. 81 x 60 cm

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Defensa ente el tribunal de "Flor de España en los orígenes del cine musical español", mi Trabajo de Iniciación a la Investigación

>> domingo, 28 de septiembre de 2014


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Así te conocí, en un otoño que caminaba hacia el frío de un nuevo año. Hoy hace un año que comenzamos a caminar juntos y ahora es cuando sé más que nunca que nunca más andaré solo. Sólo tú das sentido a mi camino.  


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Mari caleidoscópica

>> domingo, 21 de septiembre de 2014


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"Concierto barroco"

>> jueves, 18 de septiembre de 2014


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"CARMEN LA DE TRIANA". CUANDO EL CINE ESPAÑOL SE HACÍA EN ALEMANIA

>> domingo, 14 de septiembre de 2014

Carmen la de Triana" de Florián Rey (1938)


Cuando hablamos del patrimonio fílmico español hablamos de un flagrante caso de desatención por parte de las autoridades gubernamentales que ha venido prolongándose desde sus orígenes hasta nuestros días. Si bien es cierto que el cine no se consideró un arte hasta bien entrado el siglo veinte, en nuestro país no comenzaron a tomarse medidas de protección hasta bien entrados los años cincuenta. Con la Fundación de la Filmoteca Española, comenzó todo un periplo de catalogación, preservación y labor de difusión del séptimo arte. No obstante, toda labor positiva en este sentido llegaría tarde, puesto que para entonces gran parte de nuestro legado fílmico se había perdido irremediablemente. Para poder hacerse una idea en cifras, casi el noventa por ciento d nuestro cine mudo está perdido. Y es que el cine, en sus inicios, representaba más un fenómeno de feria que algo digno de ser considerado bello o estético. Por entonces no se tenía noción de que algo de ese tipo pudiese cobrar un valor con el paso de los años.
Si la historia del patrimonio de nuestro cine ha sido más bien atípica, no lo ha sido menos la historia de su producción. Los primeros realizadores fueron más bien aventureros que se embarcaron en empresas peliculeras por poseer tan solo el capital necesario para afrontarlas. En otros casos, se llegaron a realizar apuestas, como aquella de filmar la Pasión de Cristo en una noche a cambio de una paella. En otros casos, cineastas de la categoría de Buñuel pudieron realizar sus películas gracias a coincidencias del destino (su amigo Ramón Acín le prometió producir "Las Hurdes" si le tocaba la lotería, como acabó sucediendo- aunque en la actualidad dicha historia sea igual de sospechosa que la de Orson Welles y el hallazgo de la historia de "La dama de Shangai en el título de una novela en un kiosco).
Con el advenimiento del cine sonoro, en los años treinta, el cine español tenía puesta la mirada en los estudios alemanes, debido a que sus infraestructuras eran infinitamente mejores, además de que contaban con técnicos extraordinarios, por lo que el resultado de sus filmes era envidiable. Así, muchos de nuestros realizadores más sobresalientes, como Florián Rey o Benito Perojo, acudieron a filmar sus proyectos al país germano. Lo que no podían imaginar es que este lugar que les acogía acabaría convirtiéndose en lo que la Historia acabaría considerando como uno de sus capítulos más negros. La revolución nacionalsocialista ya estaba en marcha y el führer acogía a estos españolitos con los brazos abiertos, puesto que sin saberlo se encontraban colaborando con el funcionamiento de su maquinaria.

Imperio Argentina interpreta "Los piconeros" en un fotograma de la película

De este estrafalario encuentro surgieron títulos como "Carmen la de Triana", película que tendría también su versión alemana, realizada al mismo tiempo, ésta por un cineasta alemán. Su intérprete femenina, Imperio Argentina, se encontraba en su máximo esplendor, tras haber triunfado en la España republicana con títulos como "Morena clara" o "Nobleza baturra", además de haber trabajado en los estudios Joinville y haber compartido cartel con Carlos Gardel en "Melodía del arrabal". Aunque en un principio la intención era rodar una película sobre el personaje de Lola Montes, finalmente se optó por realizar una adaptación de la "Carmen" de Prosper Mérimée. Este francés decimonónico tuvo a bien escribir la historia de una mujer que acabaría convirtiéndose en un mito español. Paradójicamente, la visión que el autor tenía de España y de las españolas se encontraba bastante tergiversado por su propio desconocimiento hacia el país, por lo que esta novela acaba presentando un lugar y unos personajes mágicos irreales e ideales, típicos y tópicos. Esta concepción de "lo español" ha continuado difundiéndose por otros autores extranjeros hasta nuestros días, por lo que la idea de nuestro país ha acabado convirtiéndose en algo falso y exótico.
Esta versión española de una novela francesa adaptada en Alemania dio lugar a una curiosa historia que hoy en día se observa con curiosidad arqueológica. esta Andalucía de cartón piedra ha sido referente de numerosos estudios en el campo de la Historia del cine y, como ya hemos dicho al principio, la desatención por parte de quienes deberían encargarse de salvaguardar la Historia del séptimo Arte provocó que llegara hasta nuestros días, sí, pero en pésimas condiciones. Ni siquiera se conservaba el original y la copia existente hasta hace poco tiempo se encontraba rayada por el número de veces que fue utilizada sin las debidas medidas de conservación.

Tres fotogramas de Penélope Cruz recreando una escena de "Carmen la de Triana" en "La niña de tus ojos" de Fernando Trueba (1998)


Afortunadamente, este año se produjo un pequeño milagro: Enrique Cerezo, productor cinematográfico y poseedor de buena parte de los derechos de las películas de nuestro cine, tuvo a bien restaurar gran parte de su colección para editarla posteriormente en DVD, para gozo de los amantes del séptimo arte patrio. Ahora sí puede verse esta maravilla casi impoluta, sin apenas presencia de todos aquellos defectos que se fueron acumulando de imagen y sonido. Ahora sí puede compararse en condiciones con aquella otra película de Fernando Trueba, "La niña de tus ojos", inspirada en el rodaje de esta película y en la historia de las producciones españolas en tierras berlinesas.
Sin duda, la recreación del rodaje de la escena en la que "Carmen" interpreta la canción "Los piconeros" a manos de Penélope Cruz sesenta años después, es una de las escenas más memorables de nuestro cine reciente. Un Penélope Cruz, eso sí, que no puede competir ni mucho menos con el talento de la Argentina.


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"LA VIDA POR DELANTE"





Porque las cosas están como están, todo se nos hace una cuesta empinada en la que parece no haber cima (porque nadie quiere premiar a los que llegan, pero ellos se ejercitan y van acumulando galardones invisibles), porque todo parece complicado y hemos olvidado la sencillez de las cosas... Ahora, más que nunca, debemos de mirar aquello que día a día nos desafía y reírnos de ello. Si estamos en Lavapiés y tenemos que subir hasta Antón Martín, pues enfilamos la Calle Ave María y sí, nos detenemos en el bar Melo´s y nos metemos entre pecho y espalda una "zapatilla" de tres pisos de lacón fundidos con queso de tetilla acompañados de una buena ración de croquetas (porque somos más gallegos que nadie y el primer platazo nos sabe a poco). Luego, vamos a la taquilla del Cine Doré y sacamos dos entradas para ver "La vida por delante" de Fernando Fernán Gómez. Así nos reconocemos seguidores de ese mundo cinematográfico en el que todo parecía sencillo e ingenuo pero en el que a la vez existía un humor fino e inteligente, deudor de maestros como Jardiel Poncela. De él supo extraer Fernán Gómez buenas dosis de filosofía general, pues tuvo tiempo de conocerlo y trabajar para él, representando ese mundo en escena que era absurdo y a la vez más verdadero que ninguno. El público era capaz de reírse sabiendo que tras aquellos chistes había un poso de reflexión, una moraleja que podía volver a aquella mueca divertida en otra más grave, como si fuese una mueca de equilibrista-contorsionista, capaz de las más insospechadas hazañas. En "La vida por delante" tenemos a un Fernán Gómez todoterreno (director, actor y autor) en su máximo momento de esplendor: Había logrado un nombre, los directores le habían obsequiado con grandes papeles y ahora él había decidido ser quien condujese su propio destino, como un héroe clásico. Pero lo cierto es que él prefería ser un anti-héroe, compararse con el ciudadano de a pie mostrando sus vergüenzas, como ese bufón shakesperiano que no dudaba en tocar con su bastón en las partes más vulnerables del rey-espectador (para que se riese y si sintiese a su vez abochornado). En ese largo viaje de maduración en el que había comenzado a embarcarse por entonces, tuvo a bien rodearse de buena compañía: actores de primera fila -aunque siempre fueron secundarios- como Rafaela Aparicio, Manuel Alexandre o Agustín González le acompañaron hasta el final de sus días y con ellos logró buena parte de sus éxitos. Además de estos grandes actores que por entonces estaban por descubrir, figuran otros de la talla de José Isbert (con quien Fernán Gómez jugaba al ajedrez esperando durante los rodajes), Félix de Pomés o la señora madre del artista, doña Carola Fernán Gómez.  
"La vida por delante" fue algo fresco en el panorama cinematográfico español: una comedia llena de acertados gags, ligera en su desarrollo y llena de incentivos para ese espectador quizá acostumbrado a historias más indigestas y soñolientas. La gente del público de aquel entonces (allá por 1958) debió de reírse tanto como los espectadores de aquella noche en el Cine Doré, con esa risa contagiosa y sana de la que Mari y yo hicimos acopio desde nuestras butacas.
Nos reíamos de esa triste vida que llevaban aquellos personajes conformistas, que estudiaban desganadamente, que conseguían un piso en el que vivir pequeño y ruinoso, que se compraban coches ridículos sin siquiera preocuparse de saber conducir. Una vida artificiosa por cinematográfica, llena de exageraciones increíbles dignas de las altas comedias de Cuckor o Capra. Si acaso pudo haber algún parecido con la realidad, lo encontramos en esa necesidad de subsistencia de sus protagonistas. Nosotros también hacíamos lo que podíamos por progresar aunque pareciese que todo seguía siempre en el mismo punto. Por eso, antes que el mundo nos engullera le poníamos antes un poquito de sirope de chocolate y nos lo tragábamos nosotros, como si se tratase de un creppe. había que endulzar las cosas y todo dependía del talante. Así veíamos en cierto modo a la vida, como una gran novela en la cual lo fantasioso era lo más creíble. Allí vivíamos, en el mundo ideal de nuestros sueños, en aquel realismo mágico, material con el que se forjaban los sueños de los hombres de buena voluntad.
Para la posteridad quedarán personajes como el de Manolo, vividor incapaz de valorar su suerte envidiando aquella otra de los pobres protagonistas, el de la criada utilizada como conejillo de indias por su señora para poner en práctica nefastos experimentos hipnóticos o el del testigo tartamudo del accidente de tráfico.

Tras el éxito de aquel filme, Fernán Gómez trató de realizar una segunda parte, "La vida alrededor", cuyos resultados fueron de menor calidad. En este caso, además de contar de nuevo con el escritor Manuel Pilares, colaboró también en el guión Florentino Soria, guionista, profesor y teórico que hoy día sigue vivo para nuestra fortuna. Al parecer, la causa de que este segundo intento fuese más una frustración que un éxito se debió a lo mucho que lucharon por construir la historia, lo cual se acaba apreciando en cierto encorsetamiento de los personajes y de los hechos en los que participan.  En esta secuela también participó Analía Gadé, su musa argentina. Una señora de rompe y rasga que debió encontrar en aquel pelirrojo de nariz prominente a un Bernard Shaw contemporáneo. Algo que se echa en falta ahora, puesto que, como decía mi amigo Zoilo, en la actualidad ya no existe el sex-appeal de los intelectuales. Por fortuna aún queda quien lo valore y nosotros, pobrecitos escritores, tenemos quien nos quiera y nos comprenda. En mi caso, es una suerte tener a alguien con quien poder compartir una noche en el cine Doré con reflexión sesuda posterior bajando Lavapiés hacia Atocha, línea uno, Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal.

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Domingo musical. Kiosco del Parque del retiro. Madrid. Boceto

>> lunes, 8 de septiembre de 2014

Dibujo realizado por Mari

Dibujo realizado por mí

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BREVE GUÍA SENTIMENTAL DE TOLEDO

>> domingo, 7 de septiembre de 2014


Jacinto Guerrero e Ignacio Luca de Tena, autores de "El huésped del sevillano" en Toledo

En 1926, Jacinto Guerrero compuso una de sus más notables obras zarzuelísticas: "El huésped del sevillano". El libreto, escrito por Juan Ignacio Luca de Tena, se desarrolla en el Toledo donde creció Guerrero, aunque la época en la que el argumento se sitúa sea anterior, concretamente principios del siglo XVII. Lo dramático no deja de mezclarse con lo histórico, pues se introducen datos concretos y constatables, como lo son la Posada del Sevillano, escenario concreto dentro de la ciudad manchega donde tiene lugar la narración. También se elige como uno de los personajes a Cervantes, que figura como el "huésped" (uno de los  que habitan dicho mesón), dando nombre al título de la obra. Se sabe que el autor del Quijote concibió allí "La ilustre fregona", una de sus famosas "Novelas ejemplares". Dicha anécdota es aprovechada para incluirla dentro de la zarzuela.
Como este lugar histórico, existieron en Toledo otros como "La Posada de la sangre", donde paradójicamente se creía que Cervantes había escrito la obra antes citada, pero también donde personajes como Dalí, Buñuel o Lorca se reunían durante su juventud e ideaban todo tipo de aventuras descabelladas con las que divertirse lejos de la Residencia de Estudiantes.
Volviendo al argumento de "El huésped del Sevillano", encontramos a dos personajes: un pintor de Corte, Juan Luis, que por la fecha elegida tenía que ser contemporáneo de "El Greco" y que tiene como fin realizar el retrato de una virgen por orden del rey Felipe IV, y una mujer, Raquel, de la que el pintor se enamora y en quien decide inspirarse para el retrato del lienzo.
De la obra, cabe destacar a mi juicio, además del "Canto a la espada toledana" (al estilo de "Il Trovatore" de Verdi, obra que también se desarrolla en España), la "Romanza" que Juan Luis dedica a Raquel, cuyos versos dicen así:

Mujer de los negros ojos,
la de la trenza morena.
Mujer de los labios rojos
como la flor del amor.

Mujer de perfil gitano,
que tiene sangre agarena.
Mujer de cuerpo pagano
eres llama, verso y flor

Esta música resuena en mí al acudir a Toledo, evocada por el sabor que la ciudad ha sabido conservar cuasi intacto a pesar del paso de los años y de las guerras (concretamente la guerra civil, que acabó con el Alcázar original erigido por Carlos V, que fue reconstruido a la postre bajo unos criterios históricos dudosos). Guerrero fue, como Dvořák o Bartók, un compositor comprometido con la tradición musical popular de su país, gracias a lo cual rescató buena parte de su tradición oral recorriendo los pueblos castellanos y transcribiendo estos pedazos de patrimonio directamente de la boca de aquellos que las cantaban. Esta música, utilizada en obras como "La rosa del azafrán", tiene obligada cabida en "El huésped del Sevillano" y ella forma parte de mi equipaje durante mis estancias, como ésta última que tuvo lugar a finales del pasado mes de agosto. Acompañado por Mari, imaginé que ella era Raquel, cobrando la canción todo su sentido.  
Existe una plaza llamada de San Román, escondida en el trazado laberíntico toledano en el que tanto les gustaba perderse a los surrealistas españoles (aquellos citados más arriba, quienes fundaron "La orden de Toledo") en la cual se erige la estatua del poeta soldado Garcilaso de la Vega, otro de los ilustres de la villa, y es aquí donde resuena, más que en ningún otro lugar, la Romanza de "El huésped del sevillano". En ella se encuentra la iglesia conservada que mejor representa el estilo mozárabe mudéjar toledano. Quien suba a su torre podrá disfrutar de unas vistas únicas de la ciudad. Vale la pena, a pesar de que resulta un camino un tanto tortuoso (sus techos oscilan de altura, así como los peldaños van variando de tamaño, separación y distancia). Una torre exenta de campanario, a pesar de lo cual no pude evitar rememorar la escena final de "Tristana" del cineasta de Calanda. En ella, la protagonista sueña que asciende por las escaleras de la torre de la catedral buscando una campana que finalmente tiene a la cabeza de Fernando Rey como su badajo. También vino a mi memoria el sepulcro del cardenal Tavera en el Hospital que lleva su nombre. En mi mente se conserva perfectamente la imagen de la efigie cadavérica del religioso observada por Catherine Deneuve, protagonista del filme de Buñuel.  

Catherine Deneuve, ante la efigie del cardenal Tavera, en un fotograma de "Tristana" de Luis Buñuel

Frente a este edificio, encontraremos una casa de estilo humilde donde Santa Teresa de Jesús escribió las páginas de su vida.
Bajando en busca del río Tajo, llegamos a la iglesia de Santo Tomé, donde está el lienzo de "El entierro del conde de Orgaz". Si continuamos descendiendo, llegaremos al antiguo barrio judío, marcado por algunas señales (como la lámpara menorá) que encontraremos en el pavimento y que nos anunciarán el lugar que pisamos.    
La catedral de Toledo es otro de los lugares toledanos de obligado paso. El estanque sito en la plaza llama casi del mismo modo la atención el estanque sobre el cual puede observarse reflejado el monumento, pareciendo este, más que una imagen especular, un cuadro impresionista realizado por Monet.
Si durante el día Toledo evoca su pasado histórico en su recorrido, la noche lo vuelve verdaderamente mágico. pasar por los arcos de sus puertas históricas resulta una experiencia, cuanto menos, sobrenatural. La luz que apenas ilumina el paseo y a sus monumentos no hace sino dotar de una veladura espectral todo lo que mancha con su luz. Las leyendas, que no son pocas, parecen escapar de los libros para erigirse de forma carnal en estos parajes, como aquella de "El beso" de Bécquer. Las viejas sinagogas observan con ese ladrillo marrón oscuro con el que está compuesto Toledo al viajero, que se detiene ante ellas y las contempla con respeto, recordando que hubo un día en que distintas culturas convivieron en la península.
El Museo de Santa Cruz, emplazado en un antiguo hospital renacentista diseñado por Alonso de Covarrubias, también permite evocar la vida de aquellos que originalmente lo poblaron. En el patio ajardinado del mismo estilo que el de los claustros, podemos imaginar a los enfermos que acudían a refrescarse con el aire cercano a la fuente central, o a pasear por el jardín, como bien pudieron hacer los pacientes del antiguo hospital madrileño donde hoy se afinca otro museo, el Reina Sofía. El Museo de Santa Cruz posee una importante colección de obras de El Greco que no tuvimos oportunidad de ver debido a que gran parte de ellas se encontraban formando parte de la retrospectiva dedicada a Domenico Theotocopoulos, ya que este año se cumple su IV centenario.


"Laocoonte" de El Greco

A riesgo de ser llamado excéntrico, puedo afirmar que a mí, personalmente, me habría interesado seguir otras huellas del pintor griego. Su legado pictórico ya tuve tiempo de disfrutarlo durante mis años de formación como estudiante de Bellas Artes. Ahora me interesaban otras cosas más nimias, como encontrar en el que el griego puso su caballete para realizar aquella panorámica del lugar que le acogió. Aquel excepcional punto de vista de la ciudad desde el otro lado del río, con o sin Laoconte, quedará pendiente de encontrar para posteriores visitas. En esta misma lista de tareas por realizar se encuentra también localizar la silla de piedra en la que se sentó Felipe II para contemplar las obras del monasterio de El Escorial que ordenó erigir su padre.

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EL ÁNGEL DE VALDEPEÑAS

>> miércoles, 3 de septiembre de 2014

"Ángel de la paz" de Juan de Ávalos

Aviso para navegantes sobre ruedas: a dos kilómetros al norte de Valdepeñas, no duden en girar sus cabezas hacia una de las dos ventanillas laterales de su coche (dependiendo de si van o vienen de visitar la turística ciudad). Habrá algo en el paisaje que sin duda llamará su atención. Sobre un cerro (concretamente denominado de "Aguzaderas") creerán ver una especie de extraña aparición ruinosa, un coloso de herrumbre y óxido que durará a la vista lo suficiente como para generar curiosidad en los conductores, los cuales no podrán ralentizar su marcha, pues la velocidad que la Nacional IV exigirá a sus vehículos será implacable.
Se trata de algo que ya no existe pero sigue ahí, como aquellas estrellas que se extinguieron pero que continúan visibles ante nuestros ojos. Podríamos denominarlo como armazón, ya que de la escultura tan solo quedan como testimonio algunas fotografías que se realizaron en el momento de la instalación e inauguración del monumento. El hombre diminuto que aparece al lado de la escultura en alguna de estas instantáneas es don Juan de Ávalos, uno de los escultores españoles más importantes del siglo XX, que habiendo sido republicano antes de la guerra acabó realizando paradójicamente las esculturas del Valle de los Caídos. Era Ávalos un hombre de trabajos monumentales (de no haber podido vivir de la venta de sus esculturas habría tenido que usar el campo como almacén y allí habrían acabado conviviendo con la naturaleza, que habría acabado imponiéndose, como en los jardines de Bomarzo o en aquellos otros surrealistas ideados por el mecenas de Dalí y Magritte, Edward James, en las Pozas de Xilitla) y este grandioso ángel está bautizado como "de la paz" en homenaje al ejército español. Cuando dicha obra fue dinamitada, todo lo corpóreo del ángel, todo su peso, se volatilizó, quedando su esencia, su mística, por encima de todo lo demás. Gregorio Prieto realizó una serie de dibujos en torno a esta obra, que se le antojó onírica como lo era su obra por otra parte. Sus trabajos comenzaron partiendo de un realismo del que poco a poco se fueron despojando, manteniendo ese referente de los inicios pero añadiendo aquellas notas fantásticas que tan bien le representaban. Quien acuda a la Fundación del pintor en el municipio español se encontrará con uno de los más completos museos dedicados a la obra de un artista español.

Autorretrato fotográfico de Gregorio Prieto

El edificio resulta ya de por sí singular, conservando la apariencia de un inmueble típico de la región. ¿Quién podría decir que una bodega podría funcionar como exótica galería fotográfíca? Y es que Prieto poseía además una interesante faceta como fotógrafo. Tanto en los lienzos como en las instantáneas se combian de igual modo la realidad con el universo personal, mezclando elementos pertenecientes a culturas y civilizaciones ancestrales con elementos inanimados que juegan a poseer vida propia (esculturas, maniquíes...) y paisajes de su tierra manchega. Valdepeñas posee lugares que han sobrevivido al paso del tiempo y a esta civilización bárbara en la que vivimos hoy, la cual se considera hipócritamente paradigma de lo civilizado. No obstante, ha perdido gran parte de su belleza por culpa de aquella especulación que confundió y sigue confundiendo lo "viejo" con lo "antiguo".

No olviden, cuando se dirijan o regresen de Valdepeñas (depende de si cuando leyeron esto ya estaban allí o todavía no se habían convencido de viajar a esta localidad) de saludar a mi viejo amigo el ángel (o a su espíritu, depende también de si el tiempo le fue todavía erosionando más).                    

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FICCIÓN Y MUÑECAS: UN OSCURO OBJETO DE DESEO

>> domingo, 31 de agosto de 2014


Cartel publicitario de "No es bueno que el hombre esté solo"


La otra noche, en el canal de televisión 8 Madrid (emisora que solo los más filmófilos- no, no es una enfermedad, como diría un personaje de Berlanga- conocen y que  programa películas de excelente calidad) emitieron una película que injustamente ha sido relegada al olvido. El asunto del que trata hace todavía más incomprensible su condena. Se trata de "No es bueno que el hombre esté solo", título que puede resultar a partes iguales interesante o inapropiado. Interesante por su factor inquietante con connotaciones bíblicas incluidas e inapropiado porque lo mismo puede remitirnos a un drama que a una comedia de tintes "landistas" ("No desearás al vecino del quinto").
El director, Pedro Olea, quiso aprovechar el momento de apertura en el que se encontraba el cine español de mil novecientos setenta para proponer a los espectadores una historia fuera de lo común. Para ello, se valió de un actor que comenzaba a demostrar que, además de ser un gran cómico, poseía también una nada desdeñable vertiente dramática: José Luis López Vázquez. Tras interpretar a un hombre que se creía mujer ("La prima angélica"), a un desmemoriado en silla de ruedas acosado por su propia familia ("El jardín de las delicias") y a un enamorado de la magdalena de Proust que no hacía sino revivir pasajes de su infancia ("La prima Angélica"), en este caso se ponía en la piel de Martin, un hombre solitario que pasa gran parte de su tiempo encerrado en su chalet, teniendo como única distracción la compañía de una muñeca a la que trata como si fuese su pareja. Un año después, nos sorprendería con su interpretación de un asesino que se cree licántropo en "El bosque del lobo", a las órdenes del mismo Olea. El cineasta bilbaíno volvería a contar con él para películas posteriores como su más que decente adaptación de la novela histórica de Arturo Pérez reverte "El maestro de esgrima", aunque en este caso el protagonismo recayó en Omero Antonutti. Este italiano, que pasará a la historia del cine por su papel en "El sur" de Víctor Erice, tenía la virtud de aparentar ser un híbrido de hombre común condenado a convertirse en Dios, debido a su fuerte presencia ante la pantalla.

José Luis López Vázquez en un fotograma de la película

En la elaboración de la historia de "No es bueno que el hombre esté solo", encontramos el nombre de José Luis Garci, que por entonces se encontraba dando sus primeros pasos como guionista. Resulta extraño que las únicas colaboraciones entre López Vázquez y Garci tuvieran lugar excepcionalmente durante este periodo. "La cabina", dos años posterior a este film que aquí analizamos, es otro ejemplo en el que el director de "El abuelo" participa en calidad de escritor y no de cineasta. Cuando posteriormente alcanza este estatus, se dedica a rescatar grandes nombres de la escena española como Alfredo Landa, Adolfo Marsillach, Antonio Ferrandis, Jesús Puente o Fernando Fernán Gómez. Quizá este peculiar carácter nostálgico de su cine provocó que el realizador buscase grandes glorias de ese pasado que en tantas ocasiones retrató para hablar de aquella época que tanto anhelaba. López Vázquez fue descartado de ese casting, siendo condenado a figurar en el propio pasado profesional de Garci, a través de lo que le hizo decir en papel.
Resulta peculiar cómo el currículum como guionista de Garci nada tiene que ver con su currículum como director. Las historias que concibió para que fuesen dirigidas por otros son oscuras y siniestras, una especie de homenaje a las "Historias para no dormir" de Ibáñez Serrador.
En el reparto del filme de Olea figura también una Carmen Sevilla que en nada se parecía ya a los personajes encarnados en su primera etapa de andaluza guapa y salerosa (recordemos "Pan, amor y Andalucía", en el que un Vittorio De Sica convertido en viejo verde se dedica a perseguirla por las calles de Sevilla). Otras películas interesantes de esta etapa posterior de la actriz son "La loba y la paloma" o "Beatriz", ambas de Gonzalo Suárez.   

Cartel del ballet "Coppelia"

La atracción por las muñecas en la construcción de relatos viene de lejos. Ya en "El hombre de arena" de E.T.A. Hofmann encontramos la historia de la muñeca creada por el doctor Coppelius, aquella que daría lugar al ballet de Delibes titulado precisamente "Coppelia". Sigmund Freud estudió la obra literaria en su ensayo sobre lo siniestro, deteniéndose en esta historia en la que su protagonista, Nathanael, se siente atraído por su vecina, que resulta ser una autómata. Recordemos que lo siniestro representa esa extrañeza hacia aquello que nos es aparentemente familiar. Ante esa necesidad de crear algo similar al ser humano, una criatura frankensteniana, con la que poder en este caso suplir otra ausencia y fantasear con una falsa compañía, diferentes creadores han forjado sus propias historias sorprendentes.
Las vanguardias ya se fijaron en estas presencias siniestras en los escaparates de moda y no dudaron en retratarlas en relatos, pinturas, fotografías o películas. Dziga Vertov y Water Ruttman reflejaron estos maniquíes en sus respectivas Rusia y Alemania. Ante los locos años veinte del siglo pasado, no faltó quien supo sabiamente comparar a aquellas bailarinas de piernas esbeltas que danzaban desenfrenadamente (para sufrimiento de los varones) con aquellas otras máquinas que se encontraban funcionando a todo vapor amenazando constantemente con sustituir toda presencia humana.
No podemos olvidar "El gabinete del doctor Caligari" del cineasta Robert Wiene (1920), que en la línea del relato romántico de Hoffmann continuó tratando los miedos que acechaban a la sociedad alemana, los que la acabarían conduciendo sin remedio al futuro al horror nazi. Esta película narra la historia de Cesare, un sonámbulo manipulado por Caligari, quien le ordena cometer crímenes durante la noche (podemos establecer una comparación con el gobierno alemán y la sociedad que gobernó tanto en la primera como en la segunda guerra mundial). 

Ramón Gómez de la Serna entrevistando a su muñeca

José Gutiérrez Solana y Ramón Gómez de la Serna se autorretrataron acompañados de sendas mujeres de cartón piedra, cada uno a su estilo, comprendiéndose en uno cierta atención hacia presencias que nos remiten a otras realidades en lo carnavalesco (máscaras de personajes caricaturescos), lo escultórico (los pasos procesionales) o lo fúnebre (esqueletos), y en otro ese humor surrealista del que tanto hizo gala en su vida poniéndose a él mismo de ejemplo (disfrazándose de hombre negro, de hombre circense o de hombre-orador).     
Luis Buñuel utiliza en "Ensayo de un crimen" al maniquí como objeto de deseo, capaz de suplir incluso una presencia humana real y viva con el fin de evitar un asesinato. Archibaldo de la Cruz prefiere arrojar a las llamas a una réplica de su enamorada antes que hacerlo con la mujer real.         
Berlanga en "Tamaño natural" realiza en 1973 una fábula parecida a la de "No es bueno que el hombre es solo", eliminando todo misterio o sordidez para construir, junto con Rafael Azcona, un relato despojado de todo elemento novelesco.

Y así, la idea de la muñeca o el maniquí ha ido surgiendo aquí y allá como fuente inagotable de historias surrealistas.

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EL ARTE COMO SALVACIÓN Y CONDENA

>> sábado, 30 de agosto de 2014

Obras de "arte degenerado" halladas en el piso de Cornelius Gurlitt

El comienzo de la historia parecía inspirada por el novelista John Le Carré:
Septiembre de 2010. Durante el control rutinario de un tren que viajaba de Múnich a Zurich, unos agentes de aduana sospecharon de uno de los viajeros, de nombre Cornelius Gurlitt, el cual se encontraba en posesión de una gran suma de dinero en metálico. Tras tomarse nota del sujeto, se pensó que éste podía haber cometido algún tipo de delito fiscal, por lo que tras una serie de pesquisas se procedió, dos años más tarde, a registrar la vivienda del sujeto, que vivía en Munich. Allí encontraron 1280 obras de arte identificadas como buena parte de ese "museo degenerado" que Hitler creó a su llegada al poder   
mediante el expolio a museos, galerías y coleccionistas. Estas piezas de valor incalculable fueron expuestas al público en el Múnich de Cornelius, como ejemplo de algo indigno que debía de ser borrado de la faz de la tierra. Como la Historia siempre la escriben los vencedores (vencedores temporales, pues el poder es algo con fecha de caducidad), el nazismo quiso escribir "desescribiendo" el denominado en alemán como Entartete Kunst, tratando de acabar con esta página de la Historia del Arte. Muchos de estos ejemplos artísticos fueron destruidos mientras que otros desaparecieron, continuando en paradero desconocido en gran medida. El arte moderno olía era para los propugnadores de la raza aria a arte enemigo de la perfecta raza aria, pues se encargaba de mostrar que el ser humano era precisamente lo contrario: un dechado de defectos. Este arte tachado de inmoral se encontraba representado en nombres de la talla de Otto Dix, Franz Marc e incluso Gustav Klimt y había sido promovido por el enemigo público número uno del gobierno alemán: los judíos.

Cartel original de la exposición organizada en Múnich sobre "arte degenerado" en 1937.

Hildebrand Gurlitt, padre de Cornelius, además de tener sangre semita, fue uno de los aliados del régimen nacionalsocialista desde su posición de historiador de arte, director de museo y marchante. Él supo valorar el expresionismo alemán a pesar de acabar trabajando para su enemigo, ofreciéndose para vender parte de este arte requisado. Su hijo acabó siendo coleccionista seguramente al ser consciente de la fortuna que su padre había amasado con el negocio del arte, recibiendo también como herencia parte de este patrimonio amasado durante aquella etapa tan oscura de la Historia de Alemania.  
El cineasta John Frankenheimer dirigió en 1964 un film titulado "El tren", en el cual intervinieron nombres como el de Burt Lancaster o el de Jeanne Moreau. En él se proponía el siguiente polémico asunto: ¿Un cuadro vale más que una vida humana? La trama se ambienta durante la Segunda Guerra Mundial y su protagonista trata por todos los medios de salvar una colección de obras "degeneradas" transportándolas fuera de Alemania por ferrocarril. Pero no solo este  personaje (encarnado por Burt Lancaster) participa en esta actividad, como resulta por otra parte lógico: en ella toman parte un buen número de individuos que no dudan en arriesgar su integridad física con tal de lograr este propósito general. El plano final resulta bien representativo: En un tramo de vía en mitad del campo, el tren parado. A los dos lados del mismo, multitud de cajas en las que se pueden leer nombres como Picasso, Renoir o Degas, rodeadas por cadáveres.

Fotograma de "El tren" de John Frankenheimer (1964)

Podemos entender que el arte ha sido en parte víctima y provocadora de ciertos hechos nefastos de la Historia: Así, encontramos a los futuristas italianos, que fueron en gran medida amigos del fascismo de Mussolini y ayudaron a que éste acabase sentándose en su trono. Anteriormente, durante la Primera Guerra Mundial, gran parte de la vanguardia acudió entusiasmada a las trincheras, ávida de esa adrenalina... la misma de la que se valió Hemingway para acudir de voluntario también a la guerra o para otras aficiones menores como la caza (de animales) o la asistencia en calidad pasiva a los sanfermines o las corridas de toros en España. Volviendo al asunto nazi, Leni Riefenstahl colaboró con sus películas de propaganda como "El triunfo de la voluntad" u Olimpia" para presentar las virtudes del régimen de su admirado Hitler, deslumbrando con sus imágenes, presentando, como diría Susan Sontag, un "fascinante fascismo".
La reflexión, como vemos, no es baladí. El arte ha sido atrayente para gobiernos y a su vez enemigo de los mismos, por la peligrosidad de la libertad de la que gozaba.          



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Paperblog

>> viernes, 29 de agosto de 2014

 Valido la inscripción de este blog al servicio Paperblog bajo el seudónimo nosoydali

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“LES PORTES DE LA NUIT”. EL REALISMO POÉTICO DE MARCEL CARNÉ

>> jueves, 28 de agosto de 2014



Hay películas que marcan una época, más allá de que los espectadores las recuerden con el paso de los años. En ellas, surgen elementos que acaban cobrando suficiente entidad como para escapar de aquel gran padre que las engendró (en este caso los filmes gracias a los cuales pudieron existir), volando fuera del nido como productos independientes. Es el caso del film de 1946 de Marcel carné titulado “Les portes de la nuit”. En él, pudo escucharse por primera vez aquella melodía que posteriormente fue interpretada en multitud de versiones por las voces más representativas del mundo musical del siglo pasado: “Les feuilles mortes” (o, lo que es lo mismo, “Las hojas muertas” aquí en España). Un título que ya forma parte del repertorio de la canción francesa y que, sin embargo, fue compuesto en un cincuenta por ciento por húngaro llamado Joseph Kosma, quien se encargó de componer su melodía. De la letra se ocupó el poeta, dramaturgo y guionista Jacques Prévert, uno de los escritores más relevantes del panorama de vanguardia literario de la primera mitad del siglo veinte. No solo formó parte del movimiento surrealista (a él se le atribuyen inventos como el del famoso “cadáver exquisito”, consistente en la creación de una obra grupal artística en la cual ninguno de los ejecutantes sabe lo que hacen los otros) sino que además fue miembro de la escuela patafísica y, para gloria del parnaso francés, responsable de un grupo de libros poéticos y de guiones cinematográficos legendarios, como el del filme que aquí nos vamos a encargar de analizar. No obstante, la universalidad de “Les feuilles mortes” ha acabado provocando que el público, en la mayoría de los casos, solo sea capaz de tararear la melodía, olvidándose injustamente de aquella letra tan maravillosa de Prévert (y, en muchos casos, mostrando una total ignorancia acerca de los nombres de los dos creadores de dicha canción).


Marcel Carné, uno de los cineastas que mejor supo dotar de personalidad a un cine francés por aquel entonces en búsqueda de identidad, ya había sabido ganarse a la crítica con un puñado de títulos dignos de figurar en cualquier enciclopedia de cine que se precie: baste citar un par de títulos como “Hôtel du Nord” o “Les enfants du paradis” para corroborar sta afirmación. Gracias a René Clair (con el cual colaboró en sus orígenes) pudo construir unos cimientos firmes con los que llegar a ser un director independiente y apreciado por el público de la época. Además, supo rodearse de un grupo de creadores de gran calidad, como los ya citados Kosma o Prévert, o por ejemplo Alexander Trauner, uno de los directores de arte más prestigiosos (llegó a colaborar con Billy Wilder u Orson Welles). Los decorados de Trauner nos trasladan a atmósferas estéticas fácilmente reconocibles por los cinéfilos más veteranos. En ellas puede respirarse un aire de inverosímil verosimilitud o, para ser más correctos, de “realismo poético”, como así vino a definirse el estilo de los filmes de Carné. El cineasta decidió seguir la estela propuesta por Jean Vigo, aquel malogrado autor que supo consagrarse con una filmografía escasa pero contundente (la muerte le sorprendió siendo aún joven).
“Les portes de la nuit” es un film que apenas tuvo el éxito que merecía, aunque no por ello deja de sorprender a las nuevas generaciones que dan con él y lo disfrutan. Su estilo ha sido enclavado dentro del de “cine negro”, aunque a mi juicio debería de escaparse de cualquier clasificación. Su historia posee una fuerza nacida precisamente de la sencillez y de la ingenuidad, de la huida de toda posible complicación que solo conduciría al espectador a una innecesaria confusión o aturullamiento. Como todas las películas de aquella época, resulta deliciosamente naif, con unos personajes un tanto primitivos aunque cargados de razones. No necesitan de mayor definición porque de lo contrario serían incoherentes con la historia en la que participan. Todos ellos tienen su biografía y todos ellos acaban coincidiendo en un mismo lugar y en una misma época sin que la crítica pueda decir que todo encaja demasiado bien y puede resultar increíble. Es precisamente ese “destino”, personificado en la figura del mendigo, el que justifica todas estas coincidencias, construyéndose así un marco eminentemente ficticio e imaginativo dentro de unos parámetros realistas deudores del momento histórico que estaba teniendo lugar. Concretamente, la liberación de París y el final de la Segunda Guerra Mundial. Una Francia desolada que busca, con una fuerza imperiosa, su regeneración.


Prévert, perteneciente al partido comunista pero no sujeto a él (de hecho se le asocia más a las corrientes anarquistas), trazó un argumento de tintes políticos en el cual resultaba necesaria una reivindicación de corte progresista contra los excesos totalitarios de un régimen nacional socialista que había devastado la concepción de ese viejo Occidente.
“Les portes de la nuit” realiza una radiografía, no exenta de maniqueísmo, no solo de las diferentes formas de pensar políticas, sino de las formas de actuar respecto de la ética y de la moralidad. Cabría resaltar aquí la siguiente frase de Voltaire: "La estupidez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás." En el film en Carné, hay una reivindicación del sentido común por encima de esa estupidez que puede conducir a la raza humana a su propia extinción. Y, por si no fuera bastante, por encima de cualquier idealismo siempre acaba imperando la dura realidad de la vida, que se impone a todo intento de auto engaño por parte del individuo y le hace poner los pies en la tierra, haciéndole ver que ni siquiera en el cine son posibles los “finales felices”.



Entre el grupo nutrido de intérpretes, cabe destacar a Yves Montand, para el cual ésta fue su primera película y que, a pesar de ser recordado más como cantante que como actor (de hecho, fue quien en mayor medida popularizó "Les feuilles mortes"), se desenvuelve a las mil maravillas ante la cámara cinematográfica. Él acabó aceptando el papel que originalmente iba a interpretar Jean Gabin, pero del que acabó renegando debido a lo comprometido del mismo (un comunista que consigue escaparse de la ejecución tras la ocupación de Francia y vuelve, junto con otro compañero del partido que ha corrido la misma suerte, para ajustar cuentas con aquellos que cobardemente realizaron delaciones). Otros actores que el público reconocerá será el de “Carette”, popular cómico que será recordado ante todo por los personajes de los films de Jean Renoir.
A partir de los años cincuenta, el cine francés comenzó a tomar otros derroteros con el advenimiento de la Nouvelle Vague y toda una generación de nuevos creadores. El cine realizado por Carné comenzó a perder público, hasta que poco a poco se fue extinguiendo. No obstante, la histoire du cinéma le debe mucho a quien fue uno de sus padres fundacionales. 

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Antonio "El Bailarín" interpreta las Sonatas de Antonio Soler en El Escorial (de la película "Duende y misterio del flamenco" de Edgar Neville, 1952)

>> sábado, 23 de agosto de 2014

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Tarde de acuarela

"Mari"

"Estanque de la chopera"

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REFLEXIÓN INSPIRADA POR JUAN JOSÉ MILLÁS

>> jueves, 21 de agosto de 2014


El servicio de atención al cliente de aquella compañía telefónica había conseguido que aborreciese "La danza de los espíritus bienaventurados" de la ópera "Orfeo y Urídice" de Gluck. Cada vez que uno de aquellos telefonistas me pedía que esperase unos "breves" e interminables minutos, sonaba de fondo el fragmento de aquella obra, repetido hasta la extenuación de una forma inaceptable.
Y yo entonces imaginaba, desde aquella librería en la que me encontraba trabajaba de forma temporal, cómo debía de ser la calle que veía desde el fondo del escaparate, antes de la llegada de Telefónica a ella. Antes de que hubiese postes telefónicos con cables que nadie sabía de dónde venían ni hacia donde se dirigían, puntos de descanso en los que ingenuas palomas se posaban sin saber que podían morir electrocutadas, esperando que algún viandante - aún más ingenuo que ellas - pasase por abajo y entonces poder liberarse de sus excreciones, conformadas de un material más terrible que aquel que da nombre a la Coca-Cola, tan verdusco y corrosivo. Portadoras paradójicamente de la paz y de algunas enfermedades, su color blanco apenas lo vieron algunos afortunados como Picasso, ya que habitualmente visten su traje gris teñido de otros pigmentos ajenos a su propia constitución.
Como digo, trataba de imaginar cómo debía de ser aquella calle cuando la civilización aún no había prostituido a la música barroca gracias a sus cintas de contestador automático. Cuando todo aquello
era campo y tan solo algunas casitas convivían con aquella naturaleza castellana. Algún camino de tierra donde ahora hay una autopista, algún colegio donde ahora hay edificios de oficinas, algún campo de trigo donde ahora se erigen terribles colmenas de cemento en las que nadie cree que pueda vivir tanta gente hacinada (al menos las antiguas corralas tenían un aire galdosiano).
Todo esto fue así alguna vez, y yo envidio a quien lo vio de aquella manera y no de esta. Admiro a aquella humanidad que todavía no había perdido del todo el juicio. Como ella me dijo después de ver una película de Godard, en la antigüedad el ser humano no estaba enfermo e iba a favor de su naturaleza y no en su contra. Y los que tenemos aún ese pensamiento anacrónico aún a pesar de pertenecer a esta época nos preguntamos qué será de nosotros, si no somos realmente los verdaderamente enfermos por ir contra corriente y luchar por estos paraísos perdidos.
Y mientras, un locutor radiofónico destrozaba un fragmento de Umbral cuando era joven y poeta (ahora los locutores olvidan lo que es expresar mediante la voz, solo transmiten como transmiten los presentadores de televisión, leyendo lo que un rótulo les dice). El periodista y escritor hablaba en su juventud de calles leonesas y de un momento del día tan mágico como lo era el atardecer, justo aquel que transcurría a través del cristal del escaparate. Y la telefonista seguía pasándome con Orfeo o con Eurídice, y nadie entraba en la librería porque ya nadie conoce a los autores que hay colocados como reclamo en la portada de la tienda. Y si entran se equivocan, preguntan si sé dónde hay un locutorio o si acepto libros. La gente viene no a comprar sino a desprenderse de libros, porque las bibliotecas no están de moda, ni siquiera para colocar en ellas las Páginas Amarillas (ya se pueden consultar en Internet). Quizá pueden adornarse con figuras de porcelana que ya ni van a buscarse a Portugal porque ya existen tiendas de chinos que las reproducen, con pésima fidelidad, aunque más baratas. Esto es lo que impera: el precio de las cosas, su economía. Así ahorramos, como pequeños judíos extraídos de novelas de Charles Dickens o de Pío Baroja. Este último hacía hablar a su personaje Andrés Hurtado de "El árbol de la ciencia", haciéndole confesar que desearía poner una metralleta delante de la Plaza de Toros de Madrid para ponerse a disparara contra todo aquel que volviera de la "sangrienta fiesta". Deseos irracionales criminales nacían de la boca de las criaturas creadas por la pluma de este escritor vasco, quien tuvo la suerte de no tener a nadie nunca que le tapara la boca con la mano, pagando también el castigo de su propio exilio interior, que fue y sigue siendo el de muchos. Desde este silencio observo este escenario que tan bien conozco desde niño, este barrio del que nunca salí salvo temporadas cortas, y que se me antoja muchas veces ficticio, como el telón pintado del escenario de alguna película, como aquel puerto de cartón piedra (o, mejor dicho, de cartón y pintura) de "Marnie la ladrona" de Hitchcock.
Finalmente contacto con quien parece que va a solventar el problema de internet que llevo padeciendo en la tienda desde hace unos días. El amable personaje que me atiende (este sí real y bien educado, por la cuenta que le trae) finalmente me informa de que no va a poder solventar el conflicto, pidiéndome la misma paciencia que he tenido esperando a que me pusieran en contacto con él pero multiplicada hasta la extenuación... Como tres o cuatro días tardarán en tratar de arreglar el problema... "Y si aún así pasado ese tiempo no le funciona internet, vuelva a ponerse en contacto con nosotros". Yo, desde mi garita de vigilancia, anuncio mi cambio y corto, como un espía de la guerra fría veraniega madrileña, porque acaba de entrar un cliente y creo que no va a preguntarme ni por la hora ni quiere dejarme libros. 

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