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Retrato

>> martes, 21 de enero de 2014




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“EL RETABLO DE MAESE PEDRO” DE FALLA. DEL ANDALUCISMO A LA CASTELLANIZACIÓN

Manuel de Falla en París

Cuando en 1905 la Academia de Bellas Artes de Madrid decide premiar una ópera titulada “La vida breve”, sus autores reciben la noticia de forma agridulce: esta obra, aún habiendo recibido dicho galardón, no podría estrenarse. En el libreto, la reconocida pluma de Carlos Fernandez Shaw. En lo referente a la partitura, un joven y aún desconocido andaluz llamado Manuel de Falla. En su haber, la composición de alguna zarzuela alimenticia (su familia le había recomendado la composición de este tipo de obras más comerciales y en boga con las que poder subsistir). Su mentor desde 1901, Felipe Pedrell, maestro de maestros (por sus clases pasaron alumnos como Albéniz, Granados, Turina o Gerhard), le dijo al enterarse de la noticia que había tenido un pálpito de que ganaría el concurso, pero a su vez le aconsejó salir del país: “España es muy mala madre”. Así pues, Falla miró hacia París con entusiasmo y, en contra de la negativa familiar, decidió cruzar la frontera con el fín de poder ampliar sus estudios y ver reconocidos sus trabajos. Allí le esperarían futuros amigos de la talla de Paul Dukas o Debussy. Como en todos los comienzos, el gaditano pasó ciertas penurias, sobreviviendo como concertista gracias a sus habilidades pianísticas. Con el paso del tiempo, sus esfuerzos se vieron recompensados y finalmente llegaron los éxitos profesionales: Ricardo Viñes estrenó con gran éxito sus Cuatro piezas españolas” en 1909 y en 1913 finalmente su Vida Breve fue estrenada en el Casino Municipal de Niza, traducido el texto al francés. Apenas tiene tiempo de disfrutar de este triunfo, pues la amenaza de la Primera Guerra Mundial le obliga a regresar a su país de origen. Su llegada coincide también con la de Turina. De nuevo en tierras íberas, es recibido con laureles: Falla representa esa figura necesaria para la internacionalización de la música española. A finales de ese mismo año, La Vida breve ve la luz en español en el teatro de la Zarzuela. A partir de este momento, comienzan a encadenarse los estrenos de algunas de sus más magnas obras, como “El amor brujo”o “Noches en los jardines en España”. Diaghiev, tras asistir al estreno de esta última, queda fascinado y le propone a Falla realizar una versión para ballet, sin éxito. Posteriormente, tras conocer un proyecto en el que el compositor se encontraba inmerso, “El corregidor y la molinera”, vuelve a interesarse por la labor de Falla y finalmente este accede a realizar una obra por encargo. Así verá la luz en 1917 “El sombrero de tres picos”. De la experiencia con los ballets rusos, entra en relación con músicos como Stravinsky o Rubinstein, por mediación del cual compone la “Fantasía Bética” en 1919. Es en esta época cuando fija su residencia en Granada. Fue en este lugar donde decidió localizar geográficamente el argumento de “La vida breve”, a pesar de no haber estado nunca allí ni conocerla (gracias a su amigo, pudo recibir información de la ciudad, concretamente del barrio del Albaicín, en el que vivirían sus personajes).
El poeta Federico García Lorca entra en contacto con Falla y se inicia una relación que durará hasta la muerte del granadino. Juntos organizan una serie de actos que tienen como fin poner en relieve la importancia del Cante Hondo. Además, Lorca, en colaboración con Hermenegildo Lanz, pone en escena toda una serie de obras de guiñol destinadas a un público infantil. Dicho acontecimiento tendrá sin duda una gran importancia en el Falla creativo, que acudirá como mero espectador. Estaba germinando en su cabeza la posibilidad de una nueva nueva obra, quizá una de las más emblemáticas y significativas de su repertorio: “El retablo de Maese Pedro”.
Pero volvamos atrás: En Madrid, el 1 y 13 de mayo de 1905, tuvieron lugar en el Ateneo una serie de conferencias impartidas por Cecilio Roda y cuyo asunto no era otro que el del Quijote. Entre el público asistente, se encuentra el protagonista de este texto. Y es que Falla se reconoció siempre como un gran admirador de la obra cervantina y en su biblioteca llegó a atesorar un gran número de ediciones de esta novela. Sin duda, el asistir a estas conferencias influyó notablemente, junto a las funciones de títeres de cachiporra, en la composición de su ópera de cámara sobre el Retablo. La elección de este capítulo de la segunda parte del Quijote tiene clara inspiración lorquiana, ya que en él tiene lugar una representación de marionetas. Resulta también interesante por otro lado esta idea del “teatro dentro del teatro”. El melómano apasionado por Falla creerá al conocer estos datos (y sin duda condicionado psicológicamente) que el músico no podría haber elegido otro capítulo sino este.

Ilustración de Gustave Doré para el capítulo del Quijote "El Retablo de Maese Pedro"


Con esta obra quiso Falla iniciar un nuevo periodo en su carrera musical que lo alejara de lo anteriormente compuesto: una música más convencional y afincada en raíces profundamente andaluzas. Daba comienzo un periodo de música más española si cabe o, mejor dicho, verdaderamente española: música inspirada en nuestra historia musical castellana. Sin duda, influyó decisivamente en esta decisión Pedrell, que durante toda su vida se dedicó a estudiar la música española, rescatando del olvido sus raíces para ponerlas en valor. De él es la frase: “Lo poco que sabemos, lo sabemos entre todos”. Gracias a su labor, hoy en día tenemos un conocimiento más amplio de nuestra cultura en términos musicales, resultándonos familiares nombres como los de Tomás Luis de Victoria, Guerrero e incluso Scarlatti. De todos ellos extrae Falla motivos para “El retablo de Maese Pedro”, guiños que solo los más aventajados reconocerán en la partitura. Así pues, sonarán composiciones como “Prados verdes y floridos” de Francisco Guerrero, tres de las piezas del “Tratado para Guitarra” de Gaspar Sanz (obra que seguramente conoce gracias al propio Roda, que se encarga de editar cuatro de sus transcripciones). También recurre Falla a lo popular (Pedrell recopiló mucha de esta música) incluyendo en la obra un villancico catalán. Y, como ya hemos citado, se nutre además de la música de Scarlatti, un italiano que, como Bocherini, se españoliza y pasa sus últimos años en este país. Por último, resulta curioso la referencia del canto gregoriano en algunas de las partes cantadas.
La obra es fruto del encargo de la Princesa de Polignac, la cual no da su consentimiento para que se estrene en España como ópera sino como obra orquestal. Ernesto Halffter, alumno aventajado de Falla (él será quien terminará de componer “La Atlántida tras la muerte de su maestro, que la deja inconclusa) la dirige en Sevilla con la Orquesta Bética en 1928. La crítica no escatima en elogios: es la primera obra importante en el terreno musical español que se inspira en el Quijote (hasta entonces y aunque parezca increíble, ningún autor se había aventurado de forma seria a realizar una adaptación de esta obra cumbre de la literatura española). Adolfo Salazar, el gran crítico musical de “El sol” y estandarte cultural en la época republicana, o Víctor Espinós, estudioso musical y gran conocedor de la obra cervantina, escriben apasionadas críticas.
Falla respetó fielmente el texto de dicho capítulo, seguramente debido a su personalidad, poco dada a excentricidades. Célebre era su meticulosidad a la hora de trabajar, pudiendo decirse que la concepción de sus obras siempre fue sufrida y, por lo tanto, lenta.

Puede decirse que “El Retablo de Maese Pedro” representa una de las cumbres del periodo de madurez de Falla y también, curiosamente, una de sus obras menos valoradas por un público que, aún con el paso de los años, comprende dificultosamente su sentido general, del mismo modo que le sucede con otras obras posteriores como “Concierto para clave y cinco instrumentos”.

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"Extrañas asociaciones"

>> sábado, 18 de enero de 2014


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"Café"


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"Requiebros" de Gaspar Cassadó. (Violoncello: Asier Polo)

>> miércoles, 15 de enero de 2014

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SOMBRA DE LA LUNA


Ayer creí ver una negra mancha tras de ti
imaginé que el cielo era el fondo de un teatro
donde colgada, iluminabas su escenario.
Todo era cierto, todo aquello yo lo ví.

Fue aquella noche representación de otras que ya viví
y en todas se repetía un similar argumento
pero hoy la obra solo me tenía a mí
siendo monólogo en todo momento.

Reflexioné largamente sobre mi soledad,
y salieron a escena diferentes fantasmas
a los que solo yo veía danzar
siendo diferentes versiones de mi alma

A pesar de estar sereno,
de saber que aún no era el final
sino un nuevo y mejorado renacimiento
yo cada vez sentía ser más mortal.

La vida pesaba con sus recuerdos
y este Atlas era cada vez más viejo.
Era un Sísifo cada vez menos paciente
y tu luz, en el cielo, mostraba marcas en mi frente.

Cada vez me afectaban menos las ilusiones y decepciones
cada vez la experiencia nivelaba más, por tanto, a la balanza,
y cada vez pedía más a gritos retirarse este viejo soldado.
Cada vez estaba más solo... cada vez temía ser menos joven
para huir, para buscar estar de nuevo acompañado.

Yo aún estoy buscando la sombra que de sentido a mi cuerpo
y te envidio a ti porque ya la encontraste, aún siendo imposible,
luna, que miras con tus ojos de cráteres este campo de batalla.

Apiádate de este viejo soldado...

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EL BLUES DE LA VIUDA


¡Qué cosas tenía doña Carlota
cuando escribía Godo con “J”!

(Canción popular)


A sus sesenta años, todavía su rostro inspiraba deseo. Aún se encontraba muy lejos de convertirse en una santa.
Don Rogelio le dijo en una ocasión: “Cuando yo no esté, no seas tonta y no renuncies a tu belleza”. Pero todo fue inútil: ella perdió las ganas de salir a la calle y, si cuidaba su imagen, lo hacía por respeto a sí misma. Ella no era de las que necesitaba acicalarse para los demás. Lo hacía para que los espejos aún la respetaran. Juan fue un canalla, pero ella le adoraba y, sin él, era como haber perdido su propia biografía. Ahora ya era tarde para empezar una nueva, aunque su vitalidad no dijera lo mismo. Por otro lado, sentía haberse liberado de una carga y ahora parecía como liberada. La líbido podía esclavizar a quien la padecía, como fue su caso durante cuarenta años.
Era todo demasiado perfecto para ser real. Sucedió que una noche, al introducirse en la cama y adoptar la posición horizontal, el sueño que había tenido el día anterior comenzó a presentarse ante ella con total claridad. Ella creía haberlo olvidado, pero allí estaba de nuevo. Era como si, por el hecho de volver a la postura adoptada veinticuatro horas antes, se pusiera en funcionamiento un mecanismo mágico. Como si la propia cama tuviese un poder sobrenatural que hiciera revivir en el individuo su experiencia onírica. Y allí estaba el sueño, que no era sino un recuerdo del pasado: Ella en una sala de baile, sentada, dispuesta a que aquel joven guapo que acababa de conocer la sacara a bailar. Se lo había prometido, pidiéndole que esperara. Pero pasaron las horas y él bailó con todas menos con ella. Cuando comprendió que era ya tarde y que debía volver a casa, se levantó para dirigirse a la salida del local. Juan Uña le reprendió desde el centro de la pista, justo cuando aquel bolero iba a dar a su fin y la morena que abrazaba le estaba diciendo cursiladas en la oreja: “¿Qué haces, Carlota? ¿No te he dicho que esperes?”
De aquella imagen pasó a otra. Aquella escena tuvo lugar una semana después. El teléfono sonaba en casa de ella. Era por la mañana. Carlota lo cogió. Era Juan Uña. Ella estaba disgustada. “Ayer me dijiste que me ibas a venir a buscar a casa. Yo me puse mi mejor vestido y me pinté como una tonta, creyendo que ibas a llegar en cualquier momento... Esperé una hora, dos, tres y finalmente me metí en la cama...” Juan Uña contestó: “Te dije que te iba a ir a buscar a tu casa, pero no dije la hora. No dije ni las diez de la noche ni la una de la tarde...”
Juan Uña pasó de ser un desconsiderado a un auténtico loco. Pero ella sentía por él algo extraño. Cuanto más extrañamente se portaba con ella, más misterioso le resultaba y, por lo tanto, más apetecible.
En la tercera escena de su sueño, él la había llevado a una cafetería para invitarla a merendar. La sorpresa llegó cuando el camarero le sirvió, por petición expresa de su novio, un helado de dimensiones colosales. Juan le dijo entonces: “Si no consigues tomártelo entero, lo pagas tú.” Y ella tuvo que declinar que él la invitara a helado (o la retara a helado). A Carlota le hacían gracia sus bromas pesadas.
En la quinta escena, ella y Juan estaban en un supermercado con otra pareja de amigos. Juan comenzó a meter sus cosas en el carrito de ellos con la intención de que no se percataran de esto y acabasen pagando esos productos como si fueran suyos. Carlota, viéndole hacer lo que hacía, intentó convencerle de que desistiera de aquello: “Juan, nuestros amigos no creo que se vayan a tomar tu broma tan bien como yo me la tomaría.” Y, antes de que los amigos se dieran cuenta de lo que estaba pasando (en la realidad si se enteraron y se lo tomaron tan a mal que rompieron la relación con ellos), Carlota despertó.
Algo había perturbado su sueño. Trató de recordar y, gracias a que se puso a reflexionar rápidamente sobre lo que había pasado, pudo dar con la clave. Ella sabía que no podía dejar pasar mucho tiempo desde el final de los sueños para poder estudiarlos, pues estos se desvanecían de la memoria rápidamente. Desde hacía semanas, algo había venido desestabilizándola. Algo procedente del mundo onírico. Y recordando este último sueño había dado con la clave. Se trataba del personaje que se encontraba despachando a los clientes del supermercado. Un hombre que había dejando una profunda huella en ella. Casualmente, cuando ella comenzó a salir con Juan, aquel hombre le declaró su amor. Ella le dijo que ya estaba comprometida y todo lo que pudo haber dejó de existir. Pero Carlota nunca pudo olvidarle o, al menos, eso le demostró aquel sueño. ¿Por qué después de tantos años volvía a acordarse de él con tanta precisión? A su rostro no le faltaba ningún detalle.
Así era cuando le conoció. Se llamaba Sebastián Juvent Del Crí.
Como poseída por el demonio, Carlota se levantó de la cama y buscó ese nombre en las páginas amarillas. Allí estaba. Marcó el teléfono y esperó. Cuando al otro lado se descolgó el teléfono, lo primero que Carlota escuchó fue una melodía de blues.

- ¿Sí?
- ¿Juvent?
- ¿Carlota?
- … ¿Cómo sabías que era yo?
- Ese timbre no se olvida tan fácilmente... ¿Qué? ¿Me echas de menos?
- Pues sí... No hago más que soñar contigo desde hace ya tiempo... Pero escucha, no tengo ganas de divertirme. Solo quería recordar contigo lo que he soñado.
- Ya lo sé. Por cierto, ¿te ha gustado lo que estaba sonando?
- Sí...
- Es mío. Me hice compositor. Se llama “El blues de la viuda”... ¡Pobre Juan Uña! Bueno, hay que reconocer que era un tipo insoportable, menos mal que ya nos ha dejado a todos en paz... Claro, ahora que él ya no está te aburres ¿no? Y has decidido molestar a un viejo amigo. ¡Desenterrar cosas feas del pasado! Muy bien, hablemos.
- Tú sabes demasiadas cosas...
- Probablemente no te llegases a levantar de la cama, quedándote dormida... ahora estarás soñando. Pues te diré una cosa: a pesar de que poseo una memoria excepcional y un cierto sexto sentido (del mismo modo que tú, por algo esto es un sueño) no me apetece nada recordar. Los recuerdos se han quedado grabados a pesar mío. No quiero hacer memoria contigo. Y ahora, si me disculpas, voy a seguir dándole al saxofón.   

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"ORDET". CINE Y FE

>> sábado, 11 de enero de 2014



En “Las puertas de la noche”, Alejandro Gándara dice por boca de uno de sus personajes que escribir es hablar con Dios. Yo, la verdad, no sé si hablo o no hablo con Dios cuando escribo. Lo que sé es que me siento confortado porque sé que aquella persona a la que hablo y que supuestamente me está escuchando en algún lugar, me entiende. Le puedo contar mis más secretos secretos, hacer la declaración más confesable, a sacristía abierta. Trato de expresarme dejándome guiar por la pasión, porque es en esos instantes cuando se concibe algo que seguramente será recordado al menos por quien lo ha engendrado. Un acto de amor, en una palabra. No siempre se escribe de este modo. A veces uno teclea en el ordenador por puro entrenamiento, para ejercitar la mente y poner a prueba una serie de capacidades en continuo desarrollo: la imaginativa, la razonadora, la expresiva... Pero cuando uno escribe por necesidad, como el que precisa de comer y saborea cada trozo de alimento como si fuera el primero y último, es entonces cuando uno recuerda en un futuro aquel día, tiene en aprecio aquello que dio a luz, como una pequeña criatura, un pequeño milagro cotidiano.
El deseo de la escritura nace de un momento en el que el estado anímico es propicio a ello. Escribir sobre algo que ha removido nuestro interior, que nos ha propiciado precisamente el escribir, creando algo nuevo y bello, a esto me refiero.
Echaba de menos encontrarme de nuevo con la belleza y esto finalmente se ha producido. Este pequeño milagro, este volver a creer de nuevo en el ser humano porque este es capaz de producir algo hermoso, algo que reavive un sentimiento noble en quien recibe su creación.
Más difícil salir con el estómago lleno del cine. En muchos casos, acabamos incluso indigestados con el alimento que se nos administra y que tan mal ingerimos. La sensación de sentir que no necesitas nada más, que eso que acabas de ver compensa todo el tiempo anterior de hambruna, eso se produce en ocasiones contadas y cada vez con una menor frecuencia. Hablar de esa excepcionalidad es hablar de “Ordet” de Carl Theodor Dreyer.
El film, realizado en 1955, pertenece a una época en la que este tipo de películas eran posibles, en las que el ser humano se encontraba cargado de una serie de atributos hoy por hoy en clara decadencia. Podemos afirmar que “Ordet” es una película espiritual, con un claro mensaje religioso. La religión, una forma de espiritualidad occidental que ha acompañado al ser humano durante siglos.
Esta crítica es sin duda una crítica escrita por un individuo carente de objetividad. Una persona que ha recibido una educación específica, que ha crecido en un ambiente concreto, que ha ido conformándose con experiencias particulares...
Mis abuelos poseían unas sólidas creencias, mis padres fueron más escépticos y trataron de evitar cualquier influencia que pudiera coartarme a la hora de elegir mi propio camino. No obstante, procedo de donde procedo y, a pesar de considerarme un escéptico, una persona que tiene presente en cada momento el uso de su racionalidad, la necesidad de conocimiento, no puedo evitar poseer una gran carga que no entiende de realidades físicas y tangibles. No quiero por ello que se interprete como un lastre, sino como algo enriquecedor. Porque la necesidad de saber no solo cubre aquello que podemos conocer, sino aquello que sé que nunca llegaré a ver con mis propios ojos, pues nos está vedado en tanto en cuento somos seres humanos y, por tanto, limitados. Y esto quizá me haga más sabio y tolerante, a diferencia de los que creen todo lo contrario (es decir, que este pensamiento ciega y atonta, nos limita). Y soy también consciente de que la sociedad ha llegado precisamente a embrutecerse por tener cada vez menos ganas de saber, de conocer... y de conocerse a sí misma. Apenas hay tiempo ya para la reflexión, para el saber escuchar otras formas de pensamiento. El individualismo conlleva egocentrismo. El ser humano lleva camino de simplificarse hasta tal extremo de perder todo aquello que había conseguido con su propia evolución. Corre peligro de involucionar.


“Ordet” es una película lenta, donde hasta el momento más dramático se vive de forma sosegada. Es cierto que, en parte, ayuda que el guión sea la adaptación de una obra teatral. Así pues, el público parece asistir en directo a una representación. Los elementos fílmicos son los puramente necesarios. Los planos son planos secuencia y generales (olvidamos la labor de montaje de la cámara). Los actores nos hacen sentir su peso, van conformando ese poso que después quedará en nuestro interior. Un poso que, como buen poso, es de sabor intenso. Pero no podemos dejar a un lado la labor del cineasta. Dreyer vivió obsesionado con la perfección, con la necesidad de gestar obras perfectas costase lo que costase (de ahí su breve filmografía). Su cine es un cine que nos provoca todo tipo de debates interiores, que nos hace enfrentarnos a nuestros propios conflictos. Un cine en parte religioso, sí, pero también profundamente humano. Nada escapa a todo tipo de preguntas, planteadas desde todos los puntos de vista posibles. El género humano se ve reflejado en su obra cinematográfica.
“Ordet” nos habla de la fe y de sus diferentes formas de recepción dependiendo del tipo de individuo: están aquellos que profesan la fe pero defienden diferentes formas de vivirla (diferentes grupos religiosos dentro de una creencia aparentemente similar, como en este caso es el cristianismo). He aquí parte de la crítica que Dreyer venía haciendo desde su Juana de Arco: los hombres son necios precisamente porque son hombres y confunden las cosas llegando incluso a tergiversarlas en bien de sus intereses o pareceres particulares. Su ceguera no tiene límites. Por otro lado están los médicos, que hablan de “milagros”, pero “milagros científicos”. Su deber es trabajar con la realidad física y no con la de la conjetura. Esta figura ha estado siempre presente no solo en el cine sino en otros ámbitos como la literatura. La figura de médico se asocia inevitablemente a la idea de ciencia en contraposición a la de fe. Por otro lado está el personaje del demente, alguien que ha perdido el juicio debido a reflexionar demasiado acerca de cuestiones de fe. Un loco, por tanto, que está mas cuerdo de lo que pensamos, y del que debemos fiarnos más que de otros individuos. El loco puede relacionarse también con la figura de una niña, persona pura, carente de prejucicios y sincera, aún no afectada por las neuras que podemos atribuír a los adultos.


La época en la que se desarrolla, aunque resulta contemporánea a la época de la filmación, la percibimos en cambio como atemporal, como el asunto tratado en ella. En esta historia, debemos dejarnos convencer, pensar que todo es posible. Es una fábula al fin y al cabo y debemos de entrar en este juego. En ella, hasta lo más impensable puede suceder. Una historia de fe narrada a través del ojo frío de una cámara, un milagro de la ciencia que diría el médico que antes hemos descrito. Realmente, en la cinta todo acaba siendo posible porque se cree en los milagros, porque estos se producen. En la realidad, por desgracia, las cosas resultan más complicadas. Gracias a lo sobrenatural, el ser humano acaba tomando conciencia de las cosas, entrando en razón y hermanándose con el prójimo. Todos parecen comprenderse felizmente, se crea un solo pensamiento, una sola forma de ver las cosas. Lo idílico, lo utópico, hace su aparición.
Todo parece calculado al milímetro. Para el tramo final, se elige un decorado impoluto, de un color blanco casi divino. Todo, incluso la geometría, juega a favor. Nada hay que nos pueda desconcentrar de lo que allí se nos cuenta. Los actores, perfectamente colocados, como tableaux vivants.

“Ordet” es una joya del séptimo arte, un ejemplo del que aprender no solo cómo contar historias sino cómo ponerlas en escena. Cineastas tan diversos como Lars Von Trier o Michael Haneke han rendido tributo a este genio danés. Su cine posee un aura que difícilmente podrá ser superada.   

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Entrevista en el programa "Mas vale tarde" de La Sexta (10 - 1 - 13)


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BREVE HISTORIA

>> miércoles, 8 de enero de 2014


En mitad de la llanura hay un pueblo. Entre las casas que conforman el pueblo hay una que resalta por su color azul. En ella hay una ventana y a través de esta se ve una habitación. En su interior, un niño con un telescopio nos observa desde nuestra posición privilegiada. Sabe que le estamos mirando y eso le molesta. Sabía que aquel regalo de Navidad tenía que tener un fin no tan aburrido como el que le habían dicho sus padres: descubrir la ciencia observando las estrellas. Ahora sabía que alguien le había estado observando desde hacía siete líneas más arriba (es decir, desde que esta historia había dado comienzo). Como no le gusta ser el blanco de todas las miras, coloca entre él y nosotros una persiana. La historia, inevitablemente, termina.

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ESCRITURA FANTASMA


Aquella noche, volvió a resonar aquella melodía en mi cabeza mientras caminaba rumbo a casa. Una música que pedía a voces ser registrada en papel.
Era un pálpito, lo sentía cada vez de forma más convincente dentro de mí: aquellas notas revolucionarían el panorama musical. El mundo esperaba escucharlas, no podían quedar condenadas a desaparecer en el olvido.
Por otro lado, me preocupaba que aquella creación pudiera ser profanada, acabando en manos de algún indeseable. Un desalmado analfabeto, un sacrílego con autorización para desempeñar su oficio. Si, lo mejor sería que aquello no llegara a conocerse, extinguiéndose felizmente con su pureza a salvo, intacta.
De todas maneras, aunque hubiese querido nunca habría podido plasmar en una partitura aquella ocurrencia. Carecía de los conocimientos musicales necesarios para dicha tarea. Poseía, eso sí, los rudimentarios, pero estos solo me servían para sentirme frustrado valorando la belleza de aquella música, no pudiendo hacerla justicia debido a aque era un imponente musical. Pero, antes de llegar a esta conclusión, realicñe una serie de actos fallidos:

Una noche, creyendo en un posible talento secreto, traté de dejarme guiar por un espíritu autodidacta y comencé a trasladar aquella música al papel: fui depositando sobre las partituras vacías una serie de símbolos gráficos que pretendían ser musicalmente coherentes. Al día siguiente, revisé el trabajo realizado y no fui capaz de descifrar mi caligrafía. Aquella música no estaba ahí, ahora estaba leyendo otra cosa bien distinta.

En otra ocasión, grabé en una cinta de radiocasette aquella melodía, silbándola. Luego, se la llevé a un compañero que había logrado terminar el conservatorio y le pedí que hicier posible el milagro de ver aquella grabación plasmada en una partitura. Me tachó de loco y aquel mismo día rompimos nuestra relación.

Pero yo me resistía a perderla, y decidí comenzar a tararearla en voz alta por la calle, para que la gente la conociera aunque fuese de este modo, con el fin de que poco a pcoo calara hasta volverse popular.

De mi experimento saqué en claro que a un loco como yo solo podrían hacerle caso los niños. Y así fue: el hijo de la portera del inmueble en el que vivía comenzó a repetir las notas que yo día tras día había emitido cada vez que entraba en el portal.


Muchos años más tarde (digamos que veinte), estando afeitándome ante el espejo del baño con la radio puesta, escuché una melodía que me resultó extrañamente familiar. Por entonces me había ido a vivir a León. El locutor la presentó como “La muerte silba un fandango” y dijo de ella que, a pesar de estar arrasando en todas las discotecas, su título apesataba por ser un burdo plagio de una película de Jess Franco. Lo que ese locutor no sabía es que no solo el título habñia sido plagiado. Mi canción sonaba ahora en boca de un jovencito con voz afeminada. Y no solo eso: la letra con la que había acompañado a la música era de juzgado de guardia. Hablaba de un cantaor que había decidido innovar introduciendo en sus canciones aires countries y que finalmente moría tiroteado a la salida de una corrida de toros por parte de una banda mafiosa de puristas flamencos. El autor de dicho esperpento se hacía llamar Ray Ninonai pero al escuchar la entrevista que concedió al locutor yo sabía que esa voz no podía ser otra que la del hijo de mi antigua portera. Y lo peor de todo es que ni siquiera pudo demandarle, porque Eleuterio Bordás (que era así como se llamaba en realidad) no era consciente de haber plagiado nada. Aquella música se había quedado alojada en su cerebro durante años y años, hasta perderse el dato cocreto de su origen. Y yo ni siquiera pude tener derecho al pataleo, puesto que desde la primera vez que la canté a los cuatro vientos había renunciado de algún modo a los derechos de copyright. Así, nadie supo jamás que yo fui en otra época un compositor célebre. Nunca pasé, por así decirlo, de pobre silbador.

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ANHELO


Como un ángel desposeído de sus alas
extrañas tu estancia en la Tierra
anhelas volver a volar
escapando de lo mortal
soñando el ideal de las estrellas
y al final, reflejado en un espejo de agua
comprendes que no eres sino eso
la imagen de otra realidad distinta
viva, móvil y volátil
que volverá a ese mundo añil
vuelta polvo, esencia evaporada.




Mi poema "Anhelo" en el escaparate de la librería "Melior"

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José Serrano. "Intermedio de la venta de los gatos"

>> martes, 7 de enero de 2014

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“BLUE JASMINE” O EL FALSO CÉNIT DE UN GRAN CINEASTA



El mundo del cine siempre nos depara sorpresas. ¿Sabían ustedes que el gran sir Alfred Hitchcock estuvo tentado por unas poderosas serpientes con rostro de productor para llevar a la pantalla una película de James Bond y otra del Titanic? En las dos se negó. En el primer caso porque, según él, ya había hecho lo más parecido a una película de 007 con Cary Grant en “Con la muerte en los talones”. En en el segundo, porque a su juicio una película sobre la historia de aquel barco nunca tendría interés comercial. Tendremos que decir a este respecto que, en este vaticinio, Hitchcock no estuvo muy acertado, pero en lo que se refiere al personaje de Ian fleming, ya hubiese querido la historia del cine parir unos filmes sobre el agente secreto del nivel de “North by Northwest” (ese titulo que me resisto a pronunciar, tan acostumbrado a repetir desde niño el de la versión española). Y es que el maestro del suspense siempre estuvo de uñas con aquellos que ponían dinero para hacer posible sus “peliculitas”.
Pero si hubo alguien que luchó a capa y espada contra los intereses de los grandes magnates con el fin de defender su propia obra ese fue Schoenberg. De hecho, tanto se empecinó que terminó por no trabajar con los estudios de cine. Al parecer, Irving Thaberg, dueño y señor de la MGM en los años treinta, escuchó por la radio casualmente una noche de insomnio la composición del músico Alemán “Noche transfigurada” (una de las piezas más audibles de Schoenberg para el público nada habituado al género atonal, precisamente porque pertenece a la etapa de juventud del compositor y por lo tanto es previa al descubrimiento de dicho tipo de música). En mente tenía la adaptación de un novela de Pearl S. Buck, “La Buena Tierra” y consideró que el señor Schoenberg sería la persona indicada para ambientarla musicalmente. Por aquel entonces, el músico era prácticamente un personaje anónimo en Estados Unidos, lugar al que había emigrado debido a la persecución nazi. Esto no debió sentarle nada bien a Schoenberg, puesto que en la Academia de Música de Berlín era toda una eminencia. Tan solo Gershwin supo valorar su talento, pero su muerte prematura impidió que éste lo redescubriera para el público americano.
Tras conseguir que Schoenberg se dignara a pasar por su despacho, Thalberg tuvo que soportar el retraso a la cita de su futuro posible compositor de bandas sonoras, y, cuando este se dignó a aparecer, la actitud ciertamente arrogante de éste provocó más de un problema durante la conversación. Tampoco Thalberg estuvo muy acertado en el inicio de la misma.

El domingo pasado, cuando escuché la música encantadora que había compuesto usted...
- Yo no compongo música encantadora.

Schoenberg acepta en principio, pero pone como condición ensayar con los actores para que en su declamación se ajusten a la música que sonará sobre ellos. Thalberg acepta con condiciones, pero Schoenberg añade que la suma que se le iba a asignar por su trabajo (ya de por sí considerable) ascienda al doble, lo que provoca que Thalberg deje definitivamente a Schoenberg fuera del proyecto.

Schoenberg con chaplin, gertrud y David Raskin en Hollywood


En el caso de los cineastas que pueden considerarse maestros, aquellos que exigen tener un control absoluto sobre su obra al considerarse creadores absolutos, podemos decir que en muchos casos puede considerárseles de algún modo también “compositores”. Para quien conozca la obra de Peter Greenoway, no tendrá problemas en identificar rápidamente una música concreta para sus imágenes. Compositores como Nyman parecen reencarnarse en otros como Wim Mertens & Glenn Branca, como en el caso del film “El vientre del arquitecto”. Parece que, por encima de ellos, está Greenoway ideando el estilo de su música.
Lamentablemente, he de decir que hay otros directores que en otro tiempo fueron grandiosos y que en la actualidad, ya sea por su ritmo frenético e ininterrumpido o por su edad, se encuentran de capa caída.
El otro día tuve la idea de acudir a ver “Blue Jasmine” de Woody Allen y, la verdad, quedé primero un tanto confuso y finalmente comprendí que lo que en realidad sentía era una profunda decepción (decepción que se venía gestando desde hace ya varios años). Y lo más triste es que el cineasta lleva desde los años setenta teniendo carta blanca en sus proyectos, pues los productores se lo rifan sea cual sea su proyecto.
Tenía la sensación de que, por un lado, no tenía derecho al pataleo, pues el film era un ejemplo de película correcta en todos los sentidos. No obstante, yo quería patalear, puesto que esa película, a pesar de contener una serie de elementos que podían relacionarse con el universo alleniano, se encontraba de alguna forma desposeída de su genio. Era una película de Woody Allen pero sin Woody Allen. A pesar de que las críticas la consideran una de sus pelñiculas recientes mejores, algo pasa con este genio de Manhattan. A pesar de que “Medianoche en París” resulta una original vuelta a esa comedia que tanto se echaba de menos del maestro, “Match Point” sin duda representa su último gran trabajo, su vuelta a ese drama magnífico representado en títulos anteriores como “Interiores”, de fuerte influencia bergmaniana.
Otro elemento repetitivo en Allen es su insistencia en situar sus obras en escenarios burgueses. En sus películas, hasta la persona más humilde parece tener una casita que sería la envidia de aquellos personajes reales en los que se inspira. El asunto a tratar es también, de algún modo frívolo. Sus personajes, siempre parecen hablarnos de los mismos tópicos: personas con problemas psicológicos y sexuales. Algo que, de algún modo, debería representar la sociedad actual, una mirada crítica a su presente enfermizo, acaba resultando repetitivo y termina por indigestar.

Tardarñe mucho en ver una nueva película de Woody Allen. Y, si en algún momento vuelve a recuperar el brillo de tiempos gloriosos, estaré esperando a esa película mientras veo en el sofá de mi casa una y otra vez aquellas que le dieron el nombre y la fama que hoy tan extrañamente ostenta.

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RECUENTO (Capítulo XXI de "Los últimos días del pasado")

>> domingo, 5 de enero de 2014



La palabra “pasado” no es sinónimo de la de la “lejanía”.
Los últimos recuerdos dignos de ser rescatados del inclemente olvido se encuentran a pocos kilómetros de distancia. Su periodo puede localizarse entre tres y siete años. Puedo decir con toda seguridad que son estos recuerdos los más poderosos que habitan en mi mente. Cuando los rememoro recorro sus dominios con cierta cautela, puesto que al encontrarme en ellos experimento una mezcla de ilusión, belleza, a la par que dolor y tristeza. El resultado es siempre excitante.
Fue aquel un periodo convulso en mi vida.
Sin ser del todo consciente de ello, aquel joven iba a dejar de representar aquello que había creído ser con aparente certeza a lo largo de tantos años atrás. Una serie de experiencias acabarían por removerle de arriba a abajo, descomponiéndole en mil partes que después serían reordenadas mediante diferentes combinaciones, buscando una original imposible de recuperar. Como un jarrón chino cuyas piezas encajan extrañamente de distinta forma... o como un banco del parque Güell...
Comenzar una vida adulta. Rechazar el confort de la protección familiar para aventurarse en nuevos mundos asumiendo total responsabilidad. El estudio de una carrera determinada, cuyo fin era desarrollar una vocación interior. Querer conocer, dotarse de unas nuevas herramientas con las que trabajar en pos del enriquecimiento propio. Conocer a nuevas personas, amigos, amigas... Introducirse en el interior de otro, desear querer saber más de esa otra persona. Interesarse hasta llegar a sentir algo nuevo, algo imposible ya de dominar. Algo poderoso que refresca y que quema. ¡Amor! La primera relación. Tú y ella no sabéis nada de esto, pero hacéis como que si... Os da miedo y, por otra parte, lo encontráis natural. Os dejáis llevar por ello, vivís como magnetizados por ello. Los días pasan y experimentáis de tal modo que parece que cada día nuevo es el mismo. Que nada nuevo ha sucedido, pero no es cierto. Las cosas se erosionan a medida que se viven con mayor intensidad. Os desgastáis bestialmente. En los momentos en que no existís como dos sino como individuos independientes, las clases os terminan de complementar vuestros anhelos. Sois felices y todo parece resultar hermoso, hasta aquello que parece más tedioso. Basta con pensar en lo que sucederá después. Como cuando de niño, una tarde de viernes, se pensaba en clase de gimnasia que a la salida del colegio os reuniréis los amigos para celebrar la llegada del fin de semana. O, que tal vez, invitarás a un amigo a casa para enseñarle un juego nuevo y disfrutaréis... Y todo se construye antes que suceda en la cabeza, parece más hermoso de lo que después será. Por eso se es feliz.
Por la mañana, en las clases de técnicas pictóricas, aprendes a construir una paleta de pintura, a elaborar los pigmentos, a mezclarlos en aglutinante, para después manchar con ellos los pinceles y frotar con ellos los lienzos. A través de la ventana se ve el campo y, más allá, aquellos lugares escuchados en las clases teóricas sobre arte: imaginar Italia, Alemania, Francia... Conocer por primera vez los nombres que ahora recuerdo al azar: Cellinni, Bataille, Gombrich, Beaumarchais...
Allí, en aquel pedacito de mundo, todo parecía posible. Nada quedaba prohibido, apenas existían algunas normas que solo los de mente más cuadriculada cumplían. Creíamos que íbamos a comernos el mundo y no éramos más que unos idealistas imberbes que aún no sabíamos valorar el tesoro de nuestra juventud. Inconformistas y reivindicativos por naturaleza, siempre luchando contra un abstracto capaz de adoptar diferentes rostros dependiendo de la situación.
Profesores que supieron transmitirnos ilusión con su vocación educadora, clases que continuaban en la cafetería, auténtico lugar de aprendizaje (“¿cuándo harán de aquel lugar una asignatura aparte?” ).
Reflexiones, debates, disputas y discusiones acaloradas. Cafés, platos de menú con arroces, sopas, ensaladas... Camareros casi de la familia con los que camaradear... Una guitarra sonando en el césped, un grupo que escucha, el sol que va descendiendo a medida que la tarde avanza... Un happening improvisado (una obra de arte viva) en un pasillo, cuando uno menos se lo espera.
El olor a aguarrás, el sonido del cincel sonando en el taller de escultura, polvo y música procedente de un radiocasette.
Una mujer posando desnuda en clase de dibujo al natural. Un silencio solo roto por la melodía de veinte lápices y carboncillos danzando sobre veinte papeles clavados en tablas y a su vez posadas en caballetes.
Algún viaje, visitas a museos, galerías, bibliotecas, auditorios y teatros, cines, bares, inauguraciones de exposiciones, fiestas en diferentes casas más o menos originales, muchas sucias y desordenadas (caóticas)... Una conferencia, un hombre que te enseña su taller de trabajo.
Lugares a los que acudir para pintar. Naturaleza viva y muerta. Gustos personales compartidos, otros descubiertos y añadidos a los propios.
Una personalidad que sigue configurándose.
Lecturas. Muchas lecturas. Escribir sin cesar para reconocer que lo anterior escrito no es tan bueno y dudar siempre de lo escrito presente. Compartir inquietudes, lecturas. Ojear y hojear textos inéditos de compañeros y prestar a cambio los tuyos como algo recíproco. Emitir un juicio y esperar los otros...
Momentos importantes en la vida de los demás y en la tuya puestos en común. Comprender en todo su sentido la palabra “amistad” para aprender a diferenciarla de otras experiencias más vulgares. Creer en personas que luego se van de tu lado y aprender a valorarte un poco más tú mismo. Quererte sin acabar como Narciso.
Observar fotografías antiguas para comprender lo antiguas que son. Un color que se va perdiendo hasta amenazar con convertirse en blanco y negro. Cumplir un cuarto de siglo.
Siempre una banda sonora sonando en tu cabeza. Una canción para cada momento. Imposibilidad de concebir una vida sin música. Cantar y hablar en soledad, que es la mayoría de las veces. ¡Cuánto tiempo pasamos solos con nosotros mismos!
Volver a pasar una y otra vez por los mismos sitios, cada vez más cargados de connotaciones, de recuerdos buenos y malos. Saber que solo tú los ves así porque solo tú los has vivido así y que, cuando mueras, esa concepción de esos lugares desaparecerá.
Empezar a temer a la muerte y a toda una serie de cosas que hasta entonces no se habían tenido en cuenta. Poner en duda algunos valores espirituales, mantener otros, reflexionar una y otra vez sobre cosas que nunca encontrarán solución (o, mejor dicho, una respuesta clara y tranquilizadora).
Empezar a echar en falta a personas que ya no están. Echar la vista atrás y reconocer el gran número de personas que has conocido y el gran número de personas que ya no están.
Empezar a atesorar las cosas escribiéndolas, recordándolas. Empezar a tener en cuenta ciertas cosas para unas futuras memorias que todos queremos escribir, aunque solo sea para dejar como legado a los que continúen el árbol genealógico, puesto que estos serán los únicos que se se sientan interesados por ellas.

Cuando hago recuento de todo esto, no puedo evitar sentir que he vivido mucho a pesar de mi corta edad, y esto me consuela, porque nada aborrecería más en este mundo que haber sufrido una vida insulsa y carente de interés. En una palabra, vacía.

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Ketelbey. "In a monastery garden"

>> viernes, 3 de enero de 2014

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" PNIN", DE VLADIMIR NABOKOV

>> miércoles, 1 de enero de 2014

Edición al inglés de la novela "Pnin" De Nabokov

Desde el punto de vista de la interculturalidad literaria, numerosos han sido los casos en los que la experiencia vivida en un nuevo país ha quedado reflejado por parte de sus protagonistas de forma escrita como necesidad testimonial. Entre las diferentes causas que llevan a estas personas a abandonar sus países de orígen, podemos encontrarlas de índole político (la huída de un régimen totalitario o dictatorial), económico (la necesidad de buscar otros países que sí aseguren una subsistencia a quien acuda allí a trabajar como residente) o personal (el deseo vital de ampliar horizontes, de enriquecerse con nuevas experiencias). De lo que no cabe duda es de que, en cada uno de estos casos, este cambio de destino provoca un cambio total en quien lo vive. Su realidad anterior es modificada por otra bien distinta. Una transformación gradual que queda marcada de forma indeleble en cada una de estas vidas. A excepción del último tipo de caso citado, en el que dicho traslado es voluntario por parte de quien lo ejecuta, los otros dos suelen resultar traumáticos, puesto que sus protagonistas se mueven por el impulso de la supervivencia, accediendo a dicho cambio en muchos casos contra el propio deseo.
El siglo XX fue testigo de toda una serie de convulsos acontecimientos en el mundo, principalmente toda una serie de revoluciones y dos guerras mundiales con sus consiguientes posguerras, las cuales modificaron el plano sociológico irremisiblemente. Aquella idea idílica del viajero que conocía nuevos mundos cargados de belleza dejó paso a un planeta en el que apenas cabía la esperanza, donde el ser humano había demostrado que era capaz de destruír a gran velocidad todo aquello que anteriormente había concebido con sus buenas intenciones. Así pues, nacía una nueva visión de las cosas y una necesidad de reconstrucción obligada por esta nueva situación, que era contemplada bajo esta contemporánea mirada.
Más allá del mundo político, existían opiniones bien valiosas para esta nueva humanidad que nacía del apocalípsis. La ciencia o la cultura parecían estandartes necesarios en los que confiar. No obstante, la cultura y la ciencia también habían sido de algún modo destruídas y quedaba todavía mucho trabajo para conseguir levantarlas y devolverles su dignidad perdida.


Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov pertenece a ese gran grupo de desterrados que emigraron de Rusia cuando en ella se estableció la revolución bolchevique a principios de siglo, tras la caída de los zares. Su biografía le va situando en diferentes lugares de residencia (Alemania, Francia o EEUU). El asesinato de su padre y de su hermano por causas políticas marcaron inevitablemente su forma de ver la vida.
El escritor ruso no solo había sido expulsado de aquella tierra en la que había nacido, donde se encontraban sus raíces. Había sido obligado a viajar por el viejo continente, como causa de los cambios políticos que en él estaban teniendo lugar. No solo aquellos lugares habían perdido su antigua identidad, sino también los individuos que los habitaron y que parecían deambular sin rumbo en un mundo inestable y carente de horizonte claro.
Gran parte de los personajes nabokovianos se encuentran acuciados por aquellas preguntas que sin duda obsesionaron a su creador a lo largo de su vida. Reflexiones vitales influidas por su pasado como ruso errante, como nómada al albur de la propia Historia.
De todos ellos, quizá sea el de Pnin (que da nombre a la propia novela) el que más se ajuste a esta visión tan autobiográfica, la cual a su vez entronca con la tradición literaria rusa del “hombre superfluo” que dio lugar a personajes tan emblemáticos como el “Eugenio Oneguin” de Pushkin, el príncipe Mishkin de Dostoievsky o toda una serie de personajes Chejovianos. Dicho prototipo de personaje puede definirse como un ser que, a pesar de poseer cualidades positivas como la inteligencia o la sensibilidad, es incapaz de participar activamente en la vida, no dejando de ser más que un mero espectador de los acontecimientos que suceden en torno a él. Al pensar en ello, resulta inevitable recordar a Alonso Quijano, la inmortal y universal creación de Cervantes, quien bebe a su vez de la tradición caballeresca española.


Alexander Pushkin, autor de "Eugene Oneguin"

En Nabokov, podemos enclavar a este hombre superfluo en esa aristocracia inquieta del siglo XIX. En esta nueva época, el personaje debe emigrar por la revolución y acaba convirtiéndose en un personaje de unos cuarenta años mayor (más o menos la diferencia entre los personajes superfluos de Chejov y el de él), desubicado e incluso grotesco. Este Pnin es el intento de ubicar toda la problemática de la literatura rusa del final del siglo XIX en el contexto multicultural, un experimento intelectual dirigido a resolver la siguiente pregunta: “¿Cómo vivirá algo tan ruso en el contexto extranjero?”
Como Nabokov, Pnin es un ruso que ha emigrado de su país a principios de siglo, recalando en otros países como Francia o Alemania para acabar en América fijando su residencia. También Pnin padece los horrores de la política de Hitler: no solo pierde a amigos de juventud, sino que su primera novia, aquella de quien se ve obligado a separarse al marcharse de Rusia, acaba muriendo en un campo de concentración alemán.
El año de publicación de “Pnin”, 1957, es aquel en el que se contextualiza también la obra. El protagonista es por tanto coetáneo a Nabokov y sin duda posee su misma mirada presente. Él es testigo de la sociedad actual, se ve como un extraño en un medio que en cierto modo le es hostil y añora su patria rememorando siempre que puede recuerdos prácticamente borrados (aunque reconstruídos de forma magistral en su mente) o haciendo uso de su lengua materna. Sus problemas con el inglés son patentes. En este sentido, Nabokov no escatima detalles de tipo lingüístico. Él, que conocía cada una de las lenguas de los países en los que residió, trabajando incluso como traductor, le da al idioma un valor preeminente.
Pnin es un erudito en un mundo en el que cada vez impera más la analfabetización. Sus exquisitos comentarios son parodiados por sus compañeros, e incluso acaban convirtiéndose en una rémora que extirpar. Pnin es un personaje íntegro que debe de luchar en un mundo de fieras. Su pureza le convierte en un personaje vulnerable ante los demás. Podría decirse que muchas veces peca de ingenuo, que es casi como un niño que busca incesantemente puntos de apoyo a los que asirse. Paradójicamente, la persona con la que más siente afinidad Pnin es con un niño. Eso sí, un niño con unas capacidades por encima de lo normal. Al igual que Pnin, este niño, llamado Víctor, se encuentra por encima de las reglas que rigen la sociedad en la que vive, por lo cual es tratado como un “bicho raro”. Es el hijo de quien fue mujer de Pnin, Liza, la cual acabó yéndose de su lado para casarse al menos dos veces más. A diferencia de Pnin, sus frustraciones intelectuales quedaron frustradas (escribía malos poemas), por o que terminó decantándose por la psicología (en este campo, Nabokov desarrolla una crítica hacia los actuales sistemas psicoanalíticos). Liza se nos presenta como otra e las personas incapaz de comprender a Pnin. Ella es, de hecho, alguien incapaz de conocerse a sí misma al ir dando tumbos sin ser capaz de encontrar aquello que desea.
Pnin encuentra en el hijo de Liza una especie de alma gemela, alguien tan particular como él. Víctor, por otro lado, desea salir del ambiente irrespirable familiar y por ello decide pasar una temporada con quien fue el marido de su madre. En cierto modo le compadece al sentirse identificado con él (tanto Víctor como Pnin han sido víctimas de la extraña mentalidad de Liza). Víctor es como un adulto en el cuerpo de un niño, mientras que Pnin es un adulto en el cuerpo de un niño. De esta forma se complementan.
Por otro lado, podría decirse que Pnin padece o sufre también un problema de sociabilidad, lo que le vuelve en cierto modo autista. Su relación con las demás personas es en cierta forma aparatosa, del mismo modo que su relación con el medio en general. Es torpe en sus acciones (él mismo dice no comprender los electrodomésticos modernos), viste de forma excéntrica (emplea ropas pasadas de moda, pertenecientes a otras épocas y lugares que, en conjunto, le vuelven exótico externamente) y siempre desconcierta con cada una de sus respuestas.


Nabokov, encarnando en la realidad a "Pnin"


Su labor como profesor de ruso en la universidad de Waindell es apenas apreciada por un grupo de compañeros de la institución y por un grupo de camaradas emigrados con los que se reúne de vez en cuando para poner en común su pasado perdido. Su problema no es solo de tipo local, sino histórico. Parece un personaje de otra época. Hay que añadir, además, el ambiente hostil que en América se respira frente a todo lo que huele a ruso y, en general, a comunista. Pnin no es un personaje del agrado general. El lugar que ocupa en el centro docente es bien significativo: no solo es desplazado de un despacho en condiciones a un cuartucho que él mismo debe adecentar, sino que finalmente este espacio acaba siendo ocupado por otro profesor, lo cual acaba por desahuciarle como profesor con derecho a habitáculo en el que trabajar.
Finalmente, cuando parece que Pnin parece haber encontrado cierta estabilidad en su vida, todo termina por venirse abajo. Él cree haber encontrado un puesto fijo como profesor, pero en realidad sus superiores llevan conspirando contra él largo tiempo esperando el momento adecuado para eliminarle. Por otro lado, tras toda una vida pasando por diferentes hogares en situación de alquilado, consigue hacerse con una casa para él sólo que confía en poder comprar con el dinero que ha ido ahorrando. Al conocer los planes que la universidad tiene en contra de él, Pnin asume que nuevamente tendrá que abandonar esa casa (y, quizá, ese país, donde resulta tan incómodo, para buscar trabajo en otro). Al perder lo poco que posee, puede entenderse que Pnin ha perdido las últimas conexiones que le unen al mundo. Lo poco que sabemos de él nos llega a través del narrador, que se presenta como su médico y antiguo amigo suyo. De su boca nos enteramos que Pnin está cansado de ser profesor, que se ha encerrado en casa decidiendo aislarse del mundo días antes de partir en su coche rumbo a un destino incierto. Él, que apenas sabe conducir.
Pnin podría ser considerado, en el argot actual, como un “personaje” en el sentido más literario de la palabra. Él es en sí mismo una caricatura, un ser tan grotesco que parece casi irreal, pero ésto a su vez nos hace sentir una profunda compasión con él. Nos inspira ternura, es decir, una gran empatía. En cierto modo Nabokov consigue que nos sintamos identificados con él. Él puede ser un tanto extraño, pero los que se nos hacen ajenos en realidad son aquellos que le tratan hostilmente o simplemente no le comprenden. Tal vez porque podamos temer encontrarnos alguna vez en la situación de Pnin, nos curamos de espanto y nos ponemos de su lado.


El ser humano debe enfrentarse constantemente a mil y una adversidades y Pnin es el ejemplo perfecto. Su testimonio es para Nabokov como una válvula de escape, un modo de exorcizar los demonios que le han perseguido a lo largo de los años, exponiéndolos crudamente sobre la mesa empleando el recurso de la ficción. Porque, tras la historia exagerada de Pnin, se encuentra la biografía de un gran escritor.

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