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“BLUE JASMINE” O EL FALSO CÉNIT DE UN GRAN CINEASTA

>> martes, 7 de enero de 2014



El mundo del cine siempre nos depara sorpresas. ¿Sabían ustedes que el gran sir Alfred Hitchcock estuvo tentado por unas poderosas serpientes con rostro de productor para llevar a la pantalla una película de James Bond y otra del Titanic? En las dos se negó. En el primer caso porque, según él, ya había hecho lo más parecido a una película de 007 con Cary Grant en “Con la muerte en los talones”. En en el segundo, porque a su juicio una película sobre la historia de aquel barco nunca tendría interés comercial. Tendremos que decir a este respecto que, en este vaticinio, Hitchcock no estuvo muy acertado, pero en lo que se refiere al personaje de Ian fleming, ya hubiese querido la historia del cine parir unos filmes sobre el agente secreto del nivel de “North by Northwest” (ese titulo que me resisto a pronunciar, tan acostumbrado a repetir desde niño el de la versión española). Y es que el maestro del suspense siempre estuvo de uñas con aquellos que ponían dinero para hacer posible sus “peliculitas”.
Pero si hubo alguien que luchó a capa y espada contra los intereses de los grandes magnates con el fin de defender su propia obra ese fue Schoenberg. De hecho, tanto se empecinó que terminó por no trabajar con los estudios de cine. Al parecer, Irving Thaberg, dueño y señor de la MGM en los años treinta, escuchó por la radio casualmente una noche de insomnio la composición del músico Alemán “Noche transfigurada” (una de las piezas más audibles de Schoenberg para el público nada habituado al género atonal, precisamente porque pertenece a la etapa de juventud del compositor y por lo tanto es previa al descubrimiento de dicho tipo de música). En mente tenía la adaptación de un novela de Pearl S. Buck, “La Buena Tierra” y consideró que el señor Schoenberg sería la persona indicada para ambientarla musicalmente. Por aquel entonces, el músico era prácticamente un personaje anónimo en Estados Unidos, lugar al que había emigrado debido a la persecución nazi. Esto no debió sentarle nada bien a Schoenberg, puesto que en la Academia de Música de Berlín era toda una eminencia. Tan solo Gershwin supo valorar su talento, pero su muerte prematura impidió que éste lo redescubriera para el público americano.
Tras conseguir que Schoenberg se dignara a pasar por su despacho, Thalberg tuvo que soportar el retraso a la cita de su futuro posible compositor de bandas sonoras, y, cuando este se dignó a aparecer, la actitud ciertamente arrogante de éste provocó más de un problema durante la conversación. Tampoco Thalberg estuvo muy acertado en el inicio de la misma.

El domingo pasado, cuando escuché la música encantadora que había compuesto usted...
- Yo no compongo música encantadora.

Schoenberg acepta en principio, pero pone como condición ensayar con los actores para que en su declamación se ajusten a la música que sonará sobre ellos. Thalberg acepta con condiciones, pero Schoenberg añade que la suma que se le iba a asignar por su trabajo (ya de por sí considerable) ascienda al doble, lo que provoca que Thalberg deje definitivamente a Schoenberg fuera del proyecto.

Schoenberg con chaplin, gertrud y David Raskin en Hollywood


En el caso de los cineastas que pueden considerarse maestros, aquellos que exigen tener un control absoluto sobre su obra al considerarse creadores absolutos, podemos decir que en muchos casos puede considerárseles de algún modo también “compositores”. Para quien conozca la obra de Peter Greenoway, no tendrá problemas en identificar rápidamente una música concreta para sus imágenes. Compositores como Nyman parecen reencarnarse en otros como Wim Mertens & Glenn Branca, como en el caso del film “El vientre del arquitecto”. Parece que, por encima de ellos, está Greenoway ideando el estilo de su música.
Lamentablemente, he de decir que hay otros directores que en otro tiempo fueron grandiosos y que en la actualidad, ya sea por su ritmo frenético e ininterrumpido o por su edad, se encuentran de capa caída.
El otro día tuve la idea de acudir a ver “Blue Jasmine” de Woody Allen y, la verdad, quedé primero un tanto confuso y finalmente comprendí que lo que en realidad sentía era una profunda decepción (decepción que se venía gestando desde hace ya varios años). Y lo más triste es que el cineasta lleva desde los años setenta teniendo carta blanca en sus proyectos, pues los productores se lo rifan sea cual sea su proyecto.
Tenía la sensación de que, por un lado, no tenía derecho al pataleo, pues el film era un ejemplo de película correcta en todos los sentidos. No obstante, yo quería patalear, puesto que esa película, a pesar de contener una serie de elementos que podían relacionarse con el universo alleniano, se encontraba de alguna forma desposeída de su genio. Era una película de Woody Allen pero sin Woody Allen. A pesar de que las críticas la consideran una de sus pelñiculas recientes mejores, algo pasa con este genio de Manhattan. A pesar de que “Medianoche en París” resulta una original vuelta a esa comedia que tanto se echaba de menos del maestro, “Match Point” sin duda representa su último gran trabajo, su vuelta a ese drama magnífico representado en títulos anteriores como “Interiores”, de fuerte influencia bergmaniana.
Otro elemento repetitivo en Allen es su insistencia en situar sus obras en escenarios burgueses. En sus películas, hasta la persona más humilde parece tener una casita que sería la envidia de aquellos personajes reales en los que se inspira. El asunto a tratar es también, de algún modo frívolo. Sus personajes, siempre parecen hablarnos de los mismos tópicos: personas con problemas psicológicos y sexuales. Algo que, de algún modo, debería representar la sociedad actual, una mirada crítica a su presente enfermizo, acaba resultando repetitivo y termina por indigestar.

Tardarñe mucho en ver una nueva película de Woody Allen. Y, si en algún momento vuelve a recuperar el brillo de tiempos gloriosos, estaré esperando a esa película mientras veo en el sofá de mi casa una y otra vez aquellas que le dieron el nombre y la fama que hoy tan extrañamente ostenta.

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