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EL BLUES DE LA VIUDA

>> miércoles, 15 de enero de 2014


¡Qué cosas tenía doña Carlota
cuando escribía Godo con “J”!

(Canción popular)


A sus sesenta años, todavía su rostro inspiraba deseo. Aún se encontraba muy lejos de convertirse en una santa.
Don Rogelio le dijo en una ocasión: “Cuando yo no esté, no seas tonta y no renuncies a tu belleza”. Pero todo fue inútil: ella perdió las ganas de salir a la calle y, si cuidaba su imagen, lo hacía por respeto a sí misma. Ella no era de las que necesitaba acicalarse para los demás. Lo hacía para que los espejos aún la respetaran. Juan fue un canalla, pero ella le adoraba y, sin él, era como haber perdido su propia biografía. Ahora ya era tarde para empezar una nueva, aunque su vitalidad no dijera lo mismo. Por otro lado, sentía haberse liberado de una carga y ahora parecía como liberada. La líbido podía esclavizar a quien la padecía, como fue su caso durante cuarenta años.
Era todo demasiado perfecto para ser real. Sucedió que una noche, al introducirse en la cama y adoptar la posición horizontal, el sueño que había tenido el día anterior comenzó a presentarse ante ella con total claridad. Ella creía haberlo olvidado, pero allí estaba de nuevo. Era como si, por el hecho de volver a la postura adoptada veinticuatro horas antes, se pusiera en funcionamiento un mecanismo mágico. Como si la propia cama tuviese un poder sobrenatural que hiciera revivir en el individuo su experiencia onírica. Y allí estaba el sueño, que no era sino un recuerdo del pasado: Ella en una sala de baile, sentada, dispuesta a que aquel joven guapo que acababa de conocer la sacara a bailar. Se lo había prometido, pidiéndole que esperara. Pero pasaron las horas y él bailó con todas menos con ella. Cuando comprendió que era ya tarde y que debía volver a casa, se levantó para dirigirse a la salida del local. Juan Uña le reprendió desde el centro de la pista, justo cuando aquel bolero iba a dar a su fin y la morena que abrazaba le estaba diciendo cursiladas en la oreja: “¿Qué haces, Carlota? ¿No te he dicho que esperes?”
De aquella imagen pasó a otra. Aquella escena tuvo lugar una semana después. El teléfono sonaba en casa de ella. Era por la mañana. Carlota lo cogió. Era Juan Uña. Ella estaba disgustada. “Ayer me dijiste que me ibas a venir a buscar a casa. Yo me puse mi mejor vestido y me pinté como una tonta, creyendo que ibas a llegar en cualquier momento... Esperé una hora, dos, tres y finalmente me metí en la cama...” Juan Uña contestó: “Te dije que te iba a ir a buscar a tu casa, pero no dije la hora. No dije ni las diez de la noche ni la una de la tarde...”
Juan Uña pasó de ser un desconsiderado a un auténtico loco. Pero ella sentía por él algo extraño. Cuanto más extrañamente se portaba con ella, más misterioso le resultaba y, por lo tanto, más apetecible.
En la tercera escena de su sueño, él la había llevado a una cafetería para invitarla a merendar. La sorpresa llegó cuando el camarero le sirvió, por petición expresa de su novio, un helado de dimensiones colosales. Juan le dijo entonces: “Si no consigues tomártelo entero, lo pagas tú.” Y ella tuvo que declinar que él la invitara a helado (o la retara a helado). A Carlota le hacían gracia sus bromas pesadas.
En la quinta escena, ella y Juan estaban en un supermercado con otra pareja de amigos. Juan comenzó a meter sus cosas en el carrito de ellos con la intención de que no se percataran de esto y acabasen pagando esos productos como si fueran suyos. Carlota, viéndole hacer lo que hacía, intentó convencerle de que desistiera de aquello: “Juan, nuestros amigos no creo que se vayan a tomar tu broma tan bien como yo me la tomaría.” Y, antes de que los amigos se dieran cuenta de lo que estaba pasando (en la realidad si se enteraron y se lo tomaron tan a mal que rompieron la relación con ellos), Carlota despertó.
Algo había perturbado su sueño. Trató de recordar y, gracias a que se puso a reflexionar rápidamente sobre lo que había pasado, pudo dar con la clave. Ella sabía que no podía dejar pasar mucho tiempo desde el final de los sueños para poder estudiarlos, pues estos se desvanecían de la memoria rápidamente. Desde hacía semanas, algo había venido desestabilizándola. Algo procedente del mundo onírico. Y recordando este último sueño había dado con la clave. Se trataba del personaje que se encontraba despachando a los clientes del supermercado. Un hombre que había dejando una profunda huella en ella. Casualmente, cuando ella comenzó a salir con Juan, aquel hombre le declaró su amor. Ella le dijo que ya estaba comprometida y todo lo que pudo haber dejó de existir. Pero Carlota nunca pudo olvidarle o, al menos, eso le demostró aquel sueño. ¿Por qué después de tantos años volvía a acordarse de él con tanta precisión? A su rostro no le faltaba ningún detalle.
Así era cuando le conoció. Se llamaba Sebastián Juvent Del Crí.
Como poseída por el demonio, Carlota se levantó de la cama y buscó ese nombre en las páginas amarillas. Allí estaba. Marcó el teléfono y esperó. Cuando al otro lado se descolgó el teléfono, lo primero que Carlota escuchó fue una melodía de blues.

- ¿Sí?
- ¿Juvent?
- ¿Carlota?
- … ¿Cómo sabías que era yo?
- Ese timbre no se olvida tan fácilmente... ¿Qué? ¿Me echas de menos?
- Pues sí... No hago más que soñar contigo desde hace ya tiempo... Pero escucha, no tengo ganas de divertirme. Solo quería recordar contigo lo que he soñado.
- Ya lo sé. Por cierto, ¿te ha gustado lo que estaba sonando?
- Sí...
- Es mío. Me hice compositor. Se llama “El blues de la viuda”... ¡Pobre Juan Uña! Bueno, hay que reconocer que era un tipo insoportable, menos mal que ya nos ha dejado a todos en paz... Claro, ahora que él ya no está te aburres ¿no? Y has decidido molestar a un viejo amigo. ¡Desenterrar cosas feas del pasado! Muy bien, hablemos.
- Tú sabes demasiadas cosas...
- Probablemente no te llegases a levantar de la cama, quedándote dormida... ahora estarás soñando. Pues te diré una cosa: a pesar de que poseo una memoria excepcional y un cierto sexto sentido (del mismo modo que tú, por algo esto es un sueño) no me apetece nada recordar. Los recuerdos se han quedado grabados a pesar mío. No quiero hacer memoria contigo. Y ahora, si me disculpas, voy a seguir dándole al saxofón.   

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