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“EL RETABLO DE MAESE PEDRO” DE FALLA. DEL ANDALUCISMO A LA CASTELLANIZACIÓN

>> martes, 21 de enero de 2014

Manuel de Falla en París

Cuando en 1905 la Academia de Bellas Artes de Madrid decide premiar una ópera titulada “La vida breve”, sus autores reciben la noticia de forma agridulce: esta obra, aún habiendo recibido dicho galardón, no podría estrenarse. En el libreto, la reconocida pluma de Carlos Fernandez Shaw. En lo referente a la partitura, un joven y aún desconocido andaluz llamado Manuel de Falla. En su haber, la composición de alguna zarzuela alimenticia (su familia le había recomendado la composición de este tipo de obras más comerciales y en boga con las que poder subsistir). Su mentor desde 1901, Felipe Pedrell, maestro de maestros (por sus clases pasaron alumnos como Albéniz, Granados, Turina o Gerhard), le dijo al enterarse de la noticia que había tenido un pálpito de que ganaría el concurso, pero a su vez le aconsejó salir del país: “España es muy mala madre”. Así pues, Falla miró hacia París con entusiasmo y, en contra de la negativa familiar, decidió cruzar la frontera con el fín de poder ampliar sus estudios y ver reconocidos sus trabajos. Allí le esperarían futuros amigos de la talla de Paul Dukas o Debussy. Como en todos los comienzos, el gaditano pasó ciertas penurias, sobreviviendo como concertista gracias a sus habilidades pianísticas. Con el paso del tiempo, sus esfuerzos se vieron recompensados y finalmente llegaron los éxitos profesionales: Ricardo Viñes estrenó con gran éxito sus Cuatro piezas españolas” en 1909 y en 1913 finalmente su Vida Breve fue estrenada en el Casino Municipal de Niza, traducido el texto al francés. Apenas tiene tiempo de disfrutar de este triunfo, pues la amenaza de la Primera Guerra Mundial le obliga a regresar a su país de origen. Su llegada coincide también con la de Turina. De nuevo en tierras íberas, es recibido con laureles: Falla representa esa figura necesaria para la internacionalización de la música española. A finales de ese mismo año, La Vida breve ve la luz en español en el teatro de la Zarzuela. A partir de este momento, comienzan a encadenarse los estrenos de algunas de sus más magnas obras, como “El amor brujo”o “Noches en los jardines en España”. Diaghiev, tras asistir al estreno de esta última, queda fascinado y le propone a Falla realizar una versión para ballet, sin éxito. Posteriormente, tras conocer un proyecto en el que el compositor se encontraba inmerso, “El corregidor y la molinera”, vuelve a interesarse por la labor de Falla y finalmente este accede a realizar una obra por encargo. Así verá la luz en 1917 “El sombrero de tres picos”. De la experiencia con los ballets rusos, entra en relación con músicos como Stravinsky o Rubinstein, por mediación del cual compone la “Fantasía Bética” en 1919. Es en esta época cuando fija su residencia en Granada. Fue en este lugar donde decidió localizar geográficamente el argumento de “La vida breve”, a pesar de no haber estado nunca allí ni conocerla (gracias a su amigo, pudo recibir información de la ciudad, concretamente del barrio del Albaicín, en el que vivirían sus personajes).
El poeta Federico García Lorca entra en contacto con Falla y se inicia una relación que durará hasta la muerte del granadino. Juntos organizan una serie de actos que tienen como fin poner en relieve la importancia del Cante Hondo. Además, Lorca, en colaboración con Hermenegildo Lanz, pone en escena toda una serie de obras de guiñol destinadas a un público infantil. Dicho acontecimiento tendrá sin duda una gran importancia en el Falla creativo, que acudirá como mero espectador. Estaba germinando en su cabeza la posibilidad de una nueva nueva obra, quizá una de las más emblemáticas y significativas de su repertorio: “El retablo de Maese Pedro”.
Pero volvamos atrás: En Madrid, el 1 y 13 de mayo de 1905, tuvieron lugar en el Ateneo una serie de conferencias impartidas por Cecilio Roda y cuyo asunto no era otro que el del Quijote. Entre el público asistente, se encuentra el protagonista de este texto. Y es que Falla se reconoció siempre como un gran admirador de la obra cervantina y en su biblioteca llegó a atesorar un gran número de ediciones de esta novela. Sin duda, el asistir a estas conferencias influyó notablemente, junto a las funciones de títeres de cachiporra, en la composición de su ópera de cámara sobre el Retablo. La elección de este capítulo de la segunda parte del Quijote tiene clara inspiración lorquiana, ya que en él tiene lugar una representación de marionetas. Resulta también interesante por otro lado esta idea del “teatro dentro del teatro”. El melómano apasionado por Falla creerá al conocer estos datos (y sin duda condicionado psicológicamente) que el músico no podría haber elegido otro capítulo sino este.

Ilustración de Gustave Doré para el capítulo del Quijote "El Retablo de Maese Pedro"


Con esta obra quiso Falla iniciar un nuevo periodo en su carrera musical que lo alejara de lo anteriormente compuesto: una música más convencional y afincada en raíces profundamente andaluzas. Daba comienzo un periodo de música más española si cabe o, mejor dicho, verdaderamente española: música inspirada en nuestra historia musical castellana. Sin duda, influyó decisivamente en esta decisión Pedrell, que durante toda su vida se dedicó a estudiar la música española, rescatando del olvido sus raíces para ponerlas en valor. De él es la frase: “Lo poco que sabemos, lo sabemos entre todos”. Gracias a su labor, hoy en día tenemos un conocimiento más amplio de nuestra cultura en términos musicales, resultándonos familiares nombres como los de Tomás Luis de Victoria, Guerrero e incluso Scarlatti. De todos ellos extrae Falla motivos para “El retablo de Maese Pedro”, guiños que solo los más aventajados reconocerán en la partitura. Así pues, sonarán composiciones como “Prados verdes y floridos” de Francisco Guerrero, tres de las piezas del “Tratado para Guitarra” de Gaspar Sanz (obra que seguramente conoce gracias al propio Roda, que se encarga de editar cuatro de sus transcripciones). También recurre Falla a lo popular (Pedrell recopiló mucha de esta música) incluyendo en la obra un villancico catalán. Y, como ya hemos citado, se nutre además de la música de Scarlatti, un italiano que, como Bocherini, se españoliza y pasa sus últimos años en este país. Por último, resulta curioso la referencia del canto gregoriano en algunas de las partes cantadas.
La obra es fruto del encargo de la Princesa de Polignac, la cual no da su consentimiento para que se estrene en España como ópera sino como obra orquestal. Ernesto Halffter, alumno aventajado de Falla (él será quien terminará de componer “La Atlántida tras la muerte de su maestro, que la deja inconclusa) la dirige en Sevilla con la Orquesta Bética en 1928. La crítica no escatima en elogios: es la primera obra importante en el terreno musical español que se inspira en el Quijote (hasta entonces y aunque parezca increíble, ningún autor se había aventurado de forma seria a realizar una adaptación de esta obra cumbre de la literatura española). Adolfo Salazar, el gran crítico musical de “El sol” y estandarte cultural en la época republicana, o Víctor Espinós, estudioso musical y gran conocedor de la obra cervantina, escriben apasionadas críticas.
Falla respetó fielmente el texto de dicho capítulo, seguramente debido a su personalidad, poco dada a excentricidades. Célebre era su meticulosidad a la hora de trabajar, pudiendo decirse que la concepción de sus obras siempre fue sufrida y, por lo tanto, lenta.

Puede decirse que “El Retablo de Maese Pedro” representa una de las cumbres del periodo de madurez de Falla y también, curiosamente, una de sus obras menos valoradas por un público que, aún con el paso de los años, comprende dificultosamente su sentido general, del mismo modo que le sucede con otras obras posteriores como “Concierto para clave y cinco instrumentos”.

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