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ESCRITURA FANTASMA

>> miércoles, 8 de enero de 2014


Aquella noche, volvió a resonar aquella melodía en mi cabeza mientras caminaba rumbo a casa. Una música que pedía a voces ser registrada en papel.
Era un pálpito, lo sentía cada vez de forma más convincente dentro de mí: aquellas notas revolucionarían el panorama musical. El mundo esperaba escucharlas, no podían quedar condenadas a desaparecer en el olvido.
Por otro lado, me preocupaba que aquella creación pudiera ser profanada, acabando en manos de algún indeseable. Un desalmado analfabeto, un sacrílego con autorización para desempeñar su oficio. Si, lo mejor sería que aquello no llegara a conocerse, extinguiéndose felizmente con su pureza a salvo, intacta.
De todas maneras, aunque hubiese querido nunca habría podido plasmar en una partitura aquella ocurrencia. Carecía de los conocimientos musicales necesarios para dicha tarea. Poseía, eso sí, los rudimentarios, pero estos solo me servían para sentirme frustrado valorando la belleza de aquella música, no pudiendo hacerla justicia debido a aque era un imponente musical. Pero, antes de llegar a esta conclusión, realicñe una serie de actos fallidos:

Una noche, creyendo en un posible talento secreto, traté de dejarme guiar por un espíritu autodidacta y comencé a trasladar aquella música al papel: fui depositando sobre las partituras vacías una serie de símbolos gráficos que pretendían ser musicalmente coherentes. Al día siguiente, revisé el trabajo realizado y no fui capaz de descifrar mi caligrafía. Aquella música no estaba ahí, ahora estaba leyendo otra cosa bien distinta.

En otra ocasión, grabé en una cinta de radiocasette aquella melodía, silbándola. Luego, se la llevé a un compañero que había logrado terminar el conservatorio y le pedí que hicier posible el milagro de ver aquella grabación plasmada en una partitura. Me tachó de loco y aquel mismo día rompimos nuestra relación.

Pero yo me resistía a perderla, y decidí comenzar a tararearla en voz alta por la calle, para que la gente la conociera aunque fuese de este modo, con el fin de que poco a pcoo calara hasta volverse popular.

De mi experimento saqué en claro que a un loco como yo solo podrían hacerle caso los niños. Y así fue: el hijo de la portera del inmueble en el que vivía comenzó a repetir las notas que yo día tras día había emitido cada vez que entraba en el portal.


Muchos años más tarde (digamos que veinte), estando afeitándome ante el espejo del baño con la radio puesta, escuché una melodía que me resultó extrañamente familiar. Por entonces me había ido a vivir a León. El locutor la presentó como “La muerte silba un fandango” y dijo de ella que, a pesar de estar arrasando en todas las discotecas, su título apesataba por ser un burdo plagio de una película de Jess Franco. Lo que ese locutor no sabía es que no solo el título habñia sido plagiado. Mi canción sonaba ahora en boca de un jovencito con voz afeminada. Y no solo eso: la letra con la que había acompañado a la música era de juzgado de guardia. Hablaba de un cantaor que había decidido innovar introduciendo en sus canciones aires countries y que finalmente moría tiroteado a la salida de una corrida de toros por parte de una banda mafiosa de puristas flamencos. El autor de dicho esperpento se hacía llamar Ray Ninonai pero al escuchar la entrevista que concedió al locutor yo sabía que esa voz no podía ser otra que la del hijo de mi antigua portera. Y lo peor de todo es que ni siquiera pudo demandarle, porque Eleuterio Bordás (que era así como se llamaba en realidad) no era consciente de haber plagiado nada. Aquella música se había quedado alojada en su cerebro durante años y años, hasta perderse el dato cocreto de su origen. Y yo ni siquiera pude tener derecho al pataleo, puesto que desde la primera vez que la canté a los cuatro vientos había renunciado de algún modo a los derechos de copyright. Así, nadie supo jamás que yo fui en otra época un compositor célebre. Nunca pasé, por así decirlo, de pobre silbador.

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