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"ORDET". CINE Y FE

>> sábado, 11 de enero de 2014



En “Las puertas de la noche”, Alejandro Gándara dice por boca de uno de sus personajes que escribir es hablar con Dios. Yo, la verdad, no sé si hablo o no hablo con Dios cuando escribo. Lo que sé es que me siento confortado porque sé que aquella persona a la que hablo y que supuestamente me está escuchando en algún lugar, me entiende. Le puedo contar mis más secretos secretos, hacer la declaración más confesable, a sacristía abierta. Trato de expresarme dejándome guiar por la pasión, porque es en esos instantes cuando se concibe algo que seguramente será recordado al menos por quien lo ha engendrado. Un acto de amor, en una palabra. No siempre se escribe de este modo. A veces uno teclea en el ordenador por puro entrenamiento, para ejercitar la mente y poner a prueba una serie de capacidades en continuo desarrollo: la imaginativa, la razonadora, la expresiva... Pero cuando uno escribe por necesidad, como el que precisa de comer y saborea cada trozo de alimento como si fuera el primero y último, es entonces cuando uno recuerda en un futuro aquel día, tiene en aprecio aquello que dio a luz, como una pequeña criatura, un pequeño milagro cotidiano.
El deseo de la escritura nace de un momento en el que el estado anímico es propicio a ello. Escribir sobre algo que ha removido nuestro interior, que nos ha propiciado precisamente el escribir, creando algo nuevo y bello, a esto me refiero.
Echaba de menos encontrarme de nuevo con la belleza y esto finalmente se ha producido. Este pequeño milagro, este volver a creer de nuevo en el ser humano porque este es capaz de producir algo hermoso, algo que reavive un sentimiento noble en quien recibe su creación.
Más difícil salir con el estómago lleno del cine. En muchos casos, acabamos incluso indigestados con el alimento que se nos administra y que tan mal ingerimos. La sensación de sentir que no necesitas nada más, que eso que acabas de ver compensa todo el tiempo anterior de hambruna, eso se produce en ocasiones contadas y cada vez con una menor frecuencia. Hablar de esa excepcionalidad es hablar de “Ordet” de Carl Theodor Dreyer.
El film, realizado en 1955, pertenece a una época en la que este tipo de películas eran posibles, en las que el ser humano se encontraba cargado de una serie de atributos hoy por hoy en clara decadencia. Podemos afirmar que “Ordet” es una película espiritual, con un claro mensaje religioso. La religión, una forma de espiritualidad occidental que ha acompañado al ser humano durante siglos.
Esta crítica es sin duda una crítica escrita por un individuo carente de objetividad. Una persona que ha recibido una educación específica, que ha crecido en un ambiente concreto, que ha ido conformándose con experiencias particulares...
Mis abuelos poseían unas sólidas creencias, mis padres fueron más escépticos y trataron de evitar cualquier influencia que pudiera coartarme a la hora de elegir mi propio camino. No obstante, procedo de donde procedo y, a pesar de considerarme un escéptico, una persona que tiene presente en cada momento el uso de su racionalidad, la necesidad de conocimiento, no puedo evitar poseer una gran carga que no entiende de realidades físicas y tangibles. No quiero por ello que se interprete como un lastre, sino como algo enriquecedor. Porque la necesidad de saber no solo cubre aquello que podemos conocer, sino aquello que sé que nunca llegaré a ver con mis propios ojos, pues nos está vedado en tanto en cuento somos seres humanos y, por tanto, limitados. Y esto quizá me haga más sabio y tolerante, a diferencia de los que creen todo lo contrario (es decir, que este pensamiento ciega y atonta, nos limita). Y soy también consciente de que la sociedad ha llegado precisamente a embrutecerse por tener cada vez menos ganas de saber, de conocer... y de conocerse a sí misma. Apenas hay tiempo ya para la reflexión, para el saber escuchar otras formas de pensamiento. El individualismo conlleva egocentrismo. El ser humano lleva camino de simplificarse hasta tal extremo de perder todo aquello que había conseguido con su propia evolución. Corre peligro de involucionar.


“Ordet” es una película lenta, donde hasta el momento más dramático se vive de forma sosegada. Es cierto que, en parte, ayuda que el guión sea la adaptación de una obra teatral. Así pues, el público parece asistir en directo a una representación. Los elementos fílmicos son los puramente necesarios. Los planos son planos secuencia y generales (olvidamos la labor de montaje de la cámara). Los actores nos hacen sentir su peso, van conformando ese poso que después quedará en nuestro interior. Un poso que, como buen poso, es de sabor intenso. Pero no podemos dejar a un lado la labor del cineasta. Dreyer vivió obsesionado con la perfección, con la necesidad de gestar obras perfectas costase lo que costase (de ahí su breve filmografía). Su cine es un cine que nos provoca todo tipo de debates interiores, que nos hace enfrentarnos a nuestros propios conflictos. Un cine en parte religioso, sí, pero también profundamente humano. Nada escapa a todo tipo de preguntas, planteadas desde todos los puntos de vista posibles. El género humano se ve reflejado en su obra cinematográfica.
“Ordet” nos habla de la fe y de sus diferentes formas de recepción dependiendo del tipo de individuo: están aquellos que profesan la fe pero defienden diferentes formas de vivirla (diferentes grupos religiosos dentro de una creencia aparentemente similar, como en este caso es el cristianismo). He aquí parte de la crítica que Dreyer venía haciendo desde su Juana de Arco: los hombres son necios precisamente porque son hombres y confunden las cosas llegando incluso a tergiversarlas en bien de sus intereses o pareceres particulares. Su ceguera no tiene límites. Por otro lado están los médicos, que hablan de “milagros”, pero “milagros científicos”. Su deber es trabajar con la realidad física y no con la de la conjetura. Esta figura ha estado siempre presente no solo en el cine sino en otros ámbitos como la literatura. La figura de médico se asocia inevitablemente a la idea de ciencia en contraposición a la de fe. Por otro lado está el personaje del demente, alguien que ha perdido el juicio debido a reflexionar demasiado acerca de cuestiones de fe. Un loco, por tanto, que está mas cuerdo de lo que pensamos, y del que debemos fiarnos más que de otros individuos. El loco puede relacionarse también con la figura de una niña, persona pura, carente de prejucicios y sincera, aún no afectada por las neuras que podemos atribuír a los adultos.


La época en la que se desarrolla, aunque resulta contemporánea a la época de la filmación, la percibimos en cambio como atemporal, como el asunto tratado en ella. En esta historia, debemos dejarnos convencer, pensar que todo es posible. Es una fábula al fin y al cabo y debemos de entrar en este juego. En ella, hasta lo más impensable puede suceder. Una historia de fe narrada a través del ojo frío de una cámara, un milagro de la ciencia que diría el médico que antes hemos descrito. Realmente, en la cinta todo acaba siendo posible porque se cree en los milagros, porque estos se producen. En la realidad, por desgracia, las cosas resultan más complicadas. Gracias a lo sobrenatural, el ser humano acaba tomando conciencia de las cosas, entrando en razón y hermanándose con el prójimo. Todos parecen comprenderse felizmente, se crea un solo pensamiento, una sola forma de ver las cosas. Lo idílico, lo utópico, hace su aparición.
Todo parece calculado al milímetro. Para el tramo final, se elige un decorado impoluto, de un color blanco casi divino. Todo, incluso la geometría, juega a favor. Nada hay que nos pueda desconcentrar de lo que allí se nos cuenta. Los actores, perfectamente colocados, como tableaux vivants.

“Ordet” es una joya del séptimo arte, un ejemplo del que aprender no solo cómo contar historias sino cómo ponerlas en escena. Cineastas tan diversos como Lars Von Trier o Michael Haneke han rendido tributo a este genio danés. Su cine posee un aura que difícilmente podrá ser superada.   

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