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RECUENTO (Capítulo XXI de "Los últimos días del pasado")

>> domingo, 5 de enero de 2014



La palabra “pasado” no es sinónimo de la de la “lejanía”.
Los últimos recuerdos dignos de ser rescatados del inclemente olvido se encuentran a pocos kilómetros de distancia. Su periodo puede localizarse entre tres y siete años. Puedo decir con toda seguridad que son estos recuerdos los más poderosos que habitan en mi mente. Cuando los rememoro recorro sus dominios con cierta cautela, puesto que al encontrarme en ellos experimento una mezcla de ilusión, belleza, a la par que dolor y tristeza. El resultado es siempre excitante.
Fue aquel un periodo convulso en mi vida.
Sin ser del todo consciente de ello, aquel joven iba a dejar de representar aquello que había creído ser con aparente certeza a lo largo de tantos años atrás. Una serie de experiencias acabarían por removerle de arriba a abajo, descomponiéndole en mil partes que después serían reordenadas mediante diferentes combinaciones, buscando una original imposible de recuperar. Como un jarrón chino cuyas piezas encajan extrañamente de distinta forma... o como un banco del parque Güell...
Comenzar una vida adulta. Rechazar el confort de la protección familiar para aventurarse en nuevos mundos asumiendo total responsabilidad. El estudio de una carrera determinada, cuyo fin era desarrollar una vocación interior. Querer conocer, dotarse de unas nuevas herramientas con las que trabajar en pos del enriquecimiento propio. Conocer a nuevas personas, amigos, amigas... Introducirse en el interior de otro, desear querer saber más de esa otra persona. Interesarse hasta llegar a sentir algo nuevo, algo imposible ya de dominar. Algo poderoso que refresca y que quema. ¡Amor! La primera relación. Tú y ella no sabéis nada de esto, pero hacéis como que si... Os da miedo y, por otra parte, lo encontráis natural. Os dejáis llevar por ello, vivís como magnetizados por ello. Los días pasan y experimentáis de tal modo que parece que cada día nuevo es el mismo. Que nada nuevo ha sucedido, pero no es cierto. Las cosas se erosionan a medida que se viven con mayor intensidad. Os desgastáis bestialmente. En los momentos en que no existís como dos sino como individuos independientes, las clases os terminan de complementar vuestros anhelos. Sois felices y todo parece resultar hermoso, hasta aquello que parece más tedioso. Basta con pensar en lo que sucederá después. Como cuando de niño, una tarde de viernes, se pensaba en clase de gimnasia que a la salida del colegio os reuniréis los amigos para celebrar la llegada del fin de semana. O, que tal vez, invitarás a un amigo a casa para enseñarle un juego nuevo y disfrutaréis... Y todo se construye antes que suceda en la cabeza, parece más hermoso de lo que después será. Por eso se es feliz.
Por la mañana, en las clases de técnicas pictóricas, aprendes a construir una paleta de pintura, a elaborar los pigmentos, a mezclarlos en aglutinante, para después manchar con ellos los pinceles y frotar con ellos los lienzos. A través de la ventana se ve el campo y, más allá, aquellos lugares escuchados en las clases teóricas sobre arte: imaginar Italia, Alemania, Francia... Conocer por primera vez los nombres que ahora recuerdo al azar: Cellinni, Bataille, Gombrich, Beaumarchais...
Allí, en aquel pedacito de mundo, todo parecía posible. Nada quedaba prohibido, apenas existían algunas normas que solo los de mente más cuadriculada cumplían. Creíamos que íbamos a comernos el mundo y no éramos más que unos idealistas imberbes que aún no sabíamos valorar el tesoro de nuestra juventud. Inconformistas y reivindicativos por naturaleza, siempre luchando contra un abstracto capaz de adoptar diferentes rostros dependiendo de la situación.
Profesores que supieron transmitirnos ilusión con su vocación educadora, clases que continuaban en la cafetería, auténtico lugar de aprendizaje (“¿cuándo harán de aquel lugar una asignatura aparte?” ).
Reflexiones, debates, disputas y discusiones acaloradas. Cafés, platos de menú con arroces, sopas, ensaladas... Camareros casi de la familia con los que camaradear... Una guitarra sonando en el césped, un grupo que escucha, el sol que va descendiendo a medida que la tarde avanza... Un happening improvisado (una obra de arte viva) en un pasillo, cuando uno menos se lo espera.
El olor a aguarrás, el sonido del cincel sonando en el taller de escultura, polvo y música procedente de un radiocasette.
Una mujer posando desnuda en clase de dibujo al natural. Un silencio solo roto por la melodía de veinte lápices y carboncillos danzando sobre veinte papeles clavados en tablas y a su vez posadas en caballetes.
Algún viaje, visitas a museos, galerías, bibliotecas, auditorios y teatros, cines, bares, inauguraciones de exposiciones, fiestas en diferentes casas más o menos originales, muchas sucias y desordenadas (caóticas)... Una conferencia, un hombre que te enseña su taller de trabajo.
Lugares a los que acudir para pintar. Naturaleza viva y muerta. Gustos personales compartidos, otros descubiertos y añadidos a los propios.
Una personalidad que sigue configurándose.
Lecturas. Muchas lecturas. Escribir sin cesar para reconocer que lo anterior escrito no es tan bueno y dudar siempre de lo escrito presente. Compartir inquietudes, lecturas. Ojear y hojear textos inéditos de compañeros y prestar a cambio los tuyos como algo recíproco. Emitir un juicio y esperar los otros...
Momentos importantes en la vida de los demás y en la tuya puestos en común. Comprender en todo su sentido la palabra “amistad” para aprender a diferenciarla de otras experiencias más vulgares. Creer en personas que luego se van de tu lado y aprender a valorarte un poco más tú mismo. Quererte sin acabar como Narciso.
Observar fotografías antiguas para comprender lo antiguas que son. Un color que se va perdiendo hasta amenazar con convertirse en blanco y negro. Cumplir un cuarto de siglo.
Siempre una banda sonora sonando en tu cabeza. Una canción para cada momento. Imposibilidad de concebir una vida sin música. Cantar y hablar en soledad, que es la mayoría de las veces. ¡Cuánto tiempo pasamos solos con nosotros mismos!
Volver a pasar una y otra vez por los mismos sitios, cada vez más cargados de connotaciones, de recuerdos buenos y malos. Saber que solo tú los ves así porque solo tú los has vivido así y que, cuando mueras, esa concepción de esos lugares desaparecerá.
Empezar a temer a la muerte y a toda una serie de cosas que hasta entonces no se habían tenido en cuenta. Poner en duda algunos valores espirituales, mantener otros, reflexionar una y otra vez sobre cosas que nunca encontrarán solución (o, mejor dicho, una respuesta clara y tranquilizadora).
Empezar a echar en falta a personas que ya no están. Echar la vista atrás y reconocer el gran número de personas que has conocido y el gran número de personas que ya no están.
Empezar a atesorar las cosas escribiéndolas, recordándolas. Empezar a tener en cuenta ciertas cosas para unas futuras memorias que todos queremos escribir, aunque solo sea para dejar como legado a los que continúen el árbol genealógico, puesto que estos serán los únicos que se se sientan interesados por ellas.

Cuando hago recuento de todo esto, no puedo evitar sentir que he vivido mucho a pesar de mi corta edad, y esto me consuela, porque nada aborrecería más en este mundo que haber sufrido una vida insulsa y carente de interés. En una palabra, vacía.

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