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"LA GRAN PRUEBA" ("FRIENDLY PERSUASION". WILLIAM WYLER,1956)

>> martes, 4 de febrero de 2014



El otro día, el canal de cine clásico de TCM emitió el film de William Wyler titulado “La gran prueba”. Como suele suceder en muchas ocasiones, la programación de televisión no suele coincidir con la agenda de sus espectadores, lo que en muchas ocasiones genera que el televisor tenga que ser apagado a pesar del televidente, el cual tiene que hacerse cargo de una serie de obligaciones, debe marcharse de casa o, simplemente, prefiere irse a la cama a descansar cuando lo televisado tiene lugar en horario nocturno o de madrugada. Afortunadamente, el espacio para los anuncios ha sido extirpado cual cáncer en determinados canales, los cuales retransmiten su programación sin cortes o interrupciones. Los cineastas vivos agradecen que sus obras sean reproducidos de principio a fin, respetándose el formato y la integridad de las mismas (en algunos casos se eliminan los títulos finales, por ejemplo).
Como en mi caso, la emisión de “La gran prueba” coincidía con un concierto de piano, decidí grabar la película con el aparato de vídeo.
Cuando tuve oportunidad de volver a verla, ya sin ningún tipo de imprevisto que me lo impidiera, le propuse a mi madre que me acompañara en el visionado. ¿Y por qué mi madre? Digamos que porque, gracias a ella, conocí la película y disfruté de ella en mi infancia. A ella le estoy agradecido el que me diera a conocer una gran parte de los títulos del género clásico que hoy conservo en mi filmoteca mental. Mi madre poseyó siempre una gran sensibilidad a la hora de seleccionar este tipo de filmografía. Puedo decir que todos los títulos sugeridos han sido de mi agrado, llegando incluso a situarlos en el ranking de películas favoritas. En su mayoría son películas emotivas, desde Capra hasta Cukor. Mi abuela fue una romántica empedernida, gustosa lectora de los libros de las hermanas Brönte, de Daphne du Maurier, Louisa May Alcott o Jane Austen. Ella bien hubiera podido representar los personajes de aquellas mujeres cinematográficas como Deborah Kerr, Olivia de Havilland, June Allyson o Katherine Hepburn: mujeres de gran carácter y de valores arraigados e inquebrantables. El padre de mi madre, es decir, mi abuelo materno, podría haber sido perfectamente un Gary Cooper de la vida: a pesar de su moral conservadora (y no por ello negativa, al menos a mi juicio), era tendente a un espíritu bondadoso y comprensivo. Podría decirse que fue la excepción de aquellos hombres que ayudaban en las tareas del hogar, que sabía escuchar a sus hijas y que trataba de solucionar las cosas haciendo uso del diálogo con el fin de allanar el camino y menguar cualquier tipo de problema hasta volverlo insignificante. Como ese padre de “Mujercitas” del que se desea su regreso con todas las fuerzas, así era él. Aún esperamos su regreso o, al menos, reencontrarnos con él en algún momento al final de nuestras vidas.


Ese Gary Cooper del que mi madre estaba enamorada porque, según ella, todos sus personajes eran maravillosos, tuvo la culpa de que “Juan Nadie” o “La gran prueba” fuesen algunos títulos seleccionados por mi madre para elaborar su propia filmografía.
La película de Wyler se desarrolla en una etapa de la historia americana bien fructífera para la Historia del Cine estadounidense. Desde “Lo que el viento se llevó” hasta la ya citada “Mujercitas”, gran parte del cine de oro se encuentra señalado por esa Guerra de Secesión que dio nombres ficticios como Rhett Butler y dejó para la Historia otros como el de Abraham Lincoln. “La gran prueba” puede definirse a mi juicio como una mezcla perfecta entre “Mujercitas” y “Lo que el viento se llevó”, puesto que se trata de una película de género bélico aderezada en su mayoría por un ambiente hogareño que consigue que olvidemos los problemas que traía la dura realidad del momento. No obstante, el film nos plantea un conflicto de tipo moral bien interesante: la religión confrontada con la guerra. Es decir, la idea del creyente que renuncia a la violencia contra esa otra idea de la necesidad de “matar” para sobrevivir y para salvar al resto de compañeros a los cuales afecta el conflicto y que también luchan por salvarnos a nosotros. Y, concretamente, no una fe cristiana, sino aquella perteneciente a la de la secta religiosa de los cuáqueros. Para un profano- nunca mejor dicho- en esta materia, los personajes de esta historia pueden recordarle a los de aquella otra secta de los “Amish” representados en la película de “Único Testigo”. La diferencia más primordial en este caso es que los “Amish” continúan viviendo, aún en la época contemporánea, como los personajes retratados en la época de la guerra civil estadounidense. Los cuáqueros se encontraban del lado de aquellos que apostaban por la abolición de la esclavitud, pero permanecían ajenos a los conflictos militares debido a que ellos promovían el amor al prójimo, siendo incapaces de procurar daño alguno a cualquier tipo de persona, incluso cuando esta pudiera poner en peligro sus vidas. He ahí la expresión de que cuando te peguen, haya que poner la otra mejilla en lugar de responder al desafío. La familia de Jess Birdwell (esto es, Gary Cooper) poseen a un esclavo liberado, con lo que se destaca aún más su oposición al maltrato del hombre por su prójimo, independientemente de cuál sea esta su raza, porque ningún hombre es inferior a otro.
Esto provoca conflictos evidentes con el ejército confederado, que trata por todos los medios de hacer reaccionar a los cuáqueros para que les ayuden, advirtiéndoles de que su inmovilidad tan solo les conducirá a que sus tierras sean ultrajadas por el “enemigo”. A estos problemas hay que añadir otros dentro de la familia de Birdwell: el hijo siente cierta atracción por el arte de la guerra (desea saber qué se siente al ser herido, cómo debe de ser la vida después de la muerte) y teme ser considerado un cobarde si no se alista como voluntario en las filas el ejército. Su hermana, además, mantiene un romance con uno de los jóvenes militares, algo que para la madre de ella hace imposible la relación entre ambos. Y es que, la mujer de Birdwell, parece poseer una moral menos permeable ante casos tan especiales como este u otros que relataremos a continuación. Birdwell, sin embargo, se nos presenta más empático, siempre dispuesto a tolerar ciertos excesos que realmente no tienen nada de pecaminoso. Es el caso de su pasión por las carreras de carruajes. Él y su vecino compiten por ver cuál de los dos llega antes a la iglesia en día de misa. Otro día, encontrándose en una feria, es convencido por un vendedor para comprar un pequeño piano, algo a lo que no solo su mujer se opone, sino la orden religiosa en sí, al no concebir la música en sus vidas. Para rizar más el rizo, en una caseta de tiro se le ofrecen como trofeo unas ligas muy de modo en Francia, con las que obsequiar a su esposa en noches de pasión. Tanto él como ella finalmente acaban mostrándose más partidarios por entrar en razón y establecer pequeños avances de corte progresista dentro de su círculo conservador.


Perkins, durante un descanso en el rodaje

Podríamos decir que el film se encuentra dividido en dos partes bien diferenciadas: aquella perteneciente al género de comedia y aquella otra que relata la parte correspondiente al conflicto bélico. En esta segunda, el personaje del hijo queda mejor definido, recogiendo el testimonio del padre en lo que se refiere a protagonismo. El personaje, encarnado por Anthony Perkins, es todo un ejemplo claro de los efectos traumáticos que la guerra puede causar en los seres humanos: cómo ante una situación de tal calibre, han de cambiar su mentalidad y enfrentarse a la lucha en pos de la supervivencia. Él acaba enfrentándose a la opinión familiar de mantenerse apartados del conflicto y acude a primera fila a batallar. Una vez allí, verá realmente que aquello que había imaginado mucho más idealista y teórico acaba resultando verdaderamente crudo puesto en práctica. Perkins realiza una espléndida interpretación a pesar de que todavía quedan unos años para que Hitchcock se fije en él y juegue con esa presunta inocencia de los personajes que interpretaba para mostrarnos su lado más oscuro (aquel que le encasillará de por vida en el rol de Norman Bates). En este sentido, tanto él como su familia pasará esa “gran prueba” sin renunciar a la coherencia que les define durante toda la cinta.
Más allá de las cámaras, Gary Cooper se fijó en Perkins como posible candidato para aspirar a la mano de su hija. Le consideraba tan buen muchacho como los personajes que encarnaba. No obstante, el conocer posteriormente su homosexualidad le hizo renegar de él y tacharlo de su lista. No olvidemos que Cooper se caracterizó por una ideología conservadora que le llevó incluso a delatar a na serie de compañeros de profesión durante la famosa Caza de Brujas de Hollywood.

Sin duda, “La gran prueba” puede considerarse una película familiar. A pesar de no poder aspirar a formar parte de una de las mejores películas de Wyler, el film se encuentra impregnado de motivos positivos que solo pueden ensalzarla como film redondo y digno de ser recordado. Si algo nos enseñó es que, por encima de creencias e ideologías, el ser humano debe de ser antes que nada íntegro y tolerante para evolucionar como persona de forma digna y ejemplar.

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