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TRÁNSITO

>> martes, 11 de febrero de 2014


Dedicado a Jorge Sáez, de su amigo viajero.

En una estación de metro, los trenes llegan cargados de viajeros que son vomitados con presteza para dejar paso a los que posteriormente serán engullidos. Son monstruos mecánicos que ayudan a aquellos a quienes trasladan (cual ballena con Jonás) a llegar más rápido a sus destinos. En una época trepidante, donde no hay lugar para el detenimiento, aún quedan espíritus deseosos por condensar el tiempo, como si esto fuera posible. Desafiando a las agujas del reloj, arrancándolas de su esfera haciendo como que se las ignora, algunos todavía desean sobrevivir a la podredumbre de la carne. Quieren una vida con momentos de despreocupación, desean ser ajenos al estrés, pues él todo lo devora, no ya el tiempo (aunque parezca este superior a todas las demás cosas).
Una pareja de amantes debe desunir sus cuerpos entrelazados, desnudos bajo la pureza de una sábana blanca, porque uno de ellos debe de partir. Debe de cumplir con sus obligaciones, que contrarían a lo que ahora él desea, que es permanecer con el otro. La vida íntima se desatiende por esta otra. Una va desapareciendo, extinguiéndose por el paso del tiempo, mientras que la otra nunca muere, siempre está presente. Hay que estar activos para sobrevivir, demostrando a los demás constantemente que estás vivo para que te atiendan y tú les atiendas a ellos, intercambiando dinero por conocimiento o viceversa.
Aún lo recuerdo. Hace un año, en este mismo lugar, punto de encuentro de cientos y cientos de viajeros a lo largo del día, eran las nueve de la mañana. Yo viajaba en uno de esos trenes camino de mi particular destino. Todavía podía oler la fragancia de ella, pegada a mi piel. Hace poco menos de veinte minutos estaba a su lado. Había ido hasta su casa una hora antes, por lo cual me había levantado a las siete de la mañana. El sueño se me había ido acumulando por querer contentar a cada uno de mis deberes. Era un hombre ejemplar.

Ahora, un año más tarde, me la he encontrado aquí mismo. Justo subiendo las escaleras mecánicas que me sacaban del andén. Ella acudía a coger el tren del que yo había salido. Íbamos en direcciones contrarias ¡qué paradoja! Ella no me vio, o hizo como que no me veía. Yo pude haberla saludado, pero había gastado un tiempo valioso en pensarlo y ya era tarde. Ella había sido arrastrada por los que venían detrás y ya casi no podía apreciarla entre la masa de caminantes medio dormidos. Seguramente iría a trabajar, o a verse con su nuevo amante, si lo tuviese. ¿Y yo? ¿Hacia dónde iba? No hay tiempo para reflexionar. Debía sacar el billete para coger el siguiente tren.          

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