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VIAJE DE TRES GUITARRISTAS

>> viernes, 21 de febrero de 2014


El anciano profesor acababa de llegar a casa de la universidad. Había olvidado quitarse la trenca antes de sentarse ante la mesa del despacho, de tantas ganas como tenía de abrir aquel sobre grande y marrón que había encontrado en su buzón del portal. Con un abrecartas cuyo mano era una cabeza de caballo plateada, rasgó uno de los bordes y extrajo de él una fotografía que casi se adaptaba al tamaño del sobre que la contenía. "Vaya, vaya, querido Jorge... Hace tres años eras un alumno aplicado de esos que se ponían todos los días en la segunda fila de pupitres (la primera siempre imponía demasiado y había que dejarla como de burladero) y, ahora, eres todo un señor doctor..." Sus pensamientos se referían a Jorge Rodríguez Mercader. Su nombre aparecía escrito en el sobre. pero Jorge Rodríguez Mercader no era solo un nombre. Él había sido antiguo alumno de musicología del viejo profesor, el cual le había invitado hacía solo unas semanas a la universidad (allí donde se habían conocido, uno como maestro y otro como aspirante a doctor) para que este impartiera una conferencia acerca de la guitarra en la obra de Manuel de Falla.  
La fotografía estaba en blanco y negro. En ella se apreciaba el interior de un polideportivo, lleno hasta arriba de gente. En el centro, un hombre calvo con ropa de sport, sentado y con una guitarra. Se trataba de Narciso Yepes. Sobre la imagen había escrita una dedicatoria: "Yo soy una de esas cabezas que escuchan al maestro". El viejo profesor no logró localizar la cabeza de Jorge. ¿Cuántos años habrían pasado de esto? Él ni siquiera había estado allí. En una de las paredes, colgaba una guitarra de diez cuerdas obsequio del músico murciano, el cual había sido a su vez su mentor. Así pues, teníamos tres generaciones de guitarristas profesores: Don Narciso, el viejo profesor (que tenía nombre y se llamaba Alfredo) y Jorge "doctor" Mercader.
Alfredo pensó en llamar a la viuda del que fue su profesor. Marysia. Solo había que encontrar el número en las páginas amarillas. Así lo hizo. Sonó uno, dos, tres tonos... y finalmente alguien descolgó el teléfono al otro lado. Una voz femenina preguntó , Alfredo respondió con otra pregunta (muy gallego esto): "¿Eres Marysia?"  Alfredo le habló de quién era él y qué había tenido que ver en la vida de su marido. Quedaron y hablaron de la fotografía. Alfredo le llevó un recorte de periódico que él había guardado de los años cincuenta. Fue la primera noticia que tuvo de Narciso, la primera piedra de un camino que conducía hasta él. ¿Quién le iba a decir que aquel hombre al que había estudiado en los libros escolares iba a acabar siendo uno de sus mejores amigos tiempo después?
Se trataba de un artículo del escritor José María Gironella acerca de un viaje que había hecho con Yepes por Japón en 1963. Contaba que, estando en Nagasaki, visitaron un hospital en el que se encontraban recluidos enfermos afectados por la bomba atómica. Yendo por una de las plantas, escucharon en una de las habitaciones un sonido que les resultó familiar: Un paciente se encontraba tocando la guitarra. Don Narciso entró y se quedó escuchándole. Después, le pidió el instrumento y comenzó a tocarlo. Cuando quiso detenerse, Gironella le dijo que era mejor que siguiera adelante con el recital, puesto que poco a poco se había ido formando un corro de curiosos en torno a ellos. Así pues, el concierto se prolongó durante dos horas.
La instantánea que Alfredo quería enseñarle a Marysia guardaba ciertas similitudes con esta otra anécdota sin documentar gráficamente. Ella reconoció rápidamente su origen. "Fue durante una manifestación estudiantil. Narciso estaba allí y les ofreció su música. Por eso solo vestido de esa forma tan informal, porque fue improvisado..."

- ¿Y cómo ha conseguido esta fotografía?
- Me la envió un antiguo alumno mío que conoció a su marido a través de mí. Cuando me tenía de profesor de Musicología, le llevé a un concierto que dió en el teatro Monumental, y después fuimos a verle al camerino... ¿Quiere usted la foto?
- Está dedicada...
- No importa. A usted le pertenece más que a mí. Al fin y al cabo fue su mujer.
-  No lo haga por mí. Alguna vez tendré que depositar su legado en alguna fundación... Estará al alcance de cualquier interesado, eso es lo maravilloso...
- Por si le interesa, nosotros en la universidad nos hacemos cargo también de esas cosas... Tenemos una biblioteca bastante completa e interesante, construida gracias a donaciones de particulares con nombre y apellidos de prestigio.
- No obstante, creo que el mayor bien que puedo legar es intangible, inmaterial. Todas mis vivencias, los recuerdos almacenados a su lado...
- A mí, un compañero de Monterroso que vino a dar una conferencia hace ya algunos años, me contó el origen de su microrrelato sobre el dinosaurio. Al parecer, se habían reunido unos compañeros de tertulia en un hotel, y un hombre que debía de ser bastante longevo y que era ajeno a aquel grupo se unió a ellos y empezó a hablar y a hablar... En un momento dado, Augusto se quedó dormido debido al tedioso monólogo de aquel sujeto y, cuando despertó, todavía el anciano hablaba y hablaba. Por eso, cuando llegó a su habitación, escribió en un papel lo de "Cuando desperté, el dinosaurio todavía estaba allí". Después, lo hizo más impersonal modificando el "desperté" por "despertó".
- ¿Y eso no podría sacarse a la luz?
- ¿Y quién le dice usted que no se ha dado ya a conocer?... O que alguien está trabajando en ello. Uno de aquellos testigos del hecho.

Alfredo guardó silencio por un momento para preparar un asunto nuevo e importante para tratar con Marysia.

- Una tarde, los compañeros de clase decidimos organizarle a su marido una merienda. Él, en un momento dado, decidió contarnos algo. Nos habló de cómo llegó a interpretar "El Concierto de Aranjuez".

Marysia conocía la historia, pero no quiso interrumpir a su interlocutor. Alfredo lo contó tan bien como si hubiese estado allí. Se acordaba de todos los detalles del relato de Yepes.


"Él todavía era un joven músico. Todavía se llamaba Narciso García Yepes, porque ese era su primer apellido.  Tras un concierto en el que debutó como solista de guitarra, el Ataúlfo Argenta- que se encontraba entre el público del auditorio- decidió programarle para la nueva temporada musical. Habló con Joaquín Rodrigo, le puso en contacto con el guitarrista y, tras escucharle, se puso de acuerdo con el director de orquesta para que interpretara su obra más conocida. El "Concierto de Aranjuez" ya había sido estrenado por Regino Sainz de la Maza, el cual, a pesar de ser catedrático de guitarra tenía sus limitaciones como instrumentista, por lo que la obra de Rodrigo no brilló en su primera audición como debía de haber brillado. Sainz de la Maza se había quedado con todos los materiales de la obra, por lo que Argenta tuvo que ponerse en contacto con él para hacerse con ellos. De la Maza se negó a cederlos, por lo que Argenta le dijo: "Muy bien. Entonces tendré que decir el día del concierto que esta obra estaba programada pero que el maestro Sáinz de la Maza se había negado a prestar el material para su preparación. No obstante, Narciso García Yepes tocaría en su lugar un recital de guitarra." Sáinz de la Maza acabó cediendo ante esta advertencia y, finalmente, la obra de Rodrigo pudo escucharse en su completo esplendor. Era, sin duda, una obra bien compleja. El propio Andrés Segovia afirmó que "El concierto de Aranjuez" resultaba imposible de interpretar, aunque tras el concierto de Yepes tuvo que rectificar sus palabras". Rodrigo, que se sentía de algún modo en deuda con Narciso al no poder dedicarle su concierto (éste estaba dedicado a quien lo estrenó, esto es, a de la Maza) compuso a continuación la "Fantasía para un gentilhombre", que acabó convirtiéndose en la segunda obra más importante de su repertorio".

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