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True Detective: el descenso a los infiernos en la altermodernidad

>> viernes, 21 de marzo de 2014

Por: Rosa Jiménez y Miguel Ángel Hernández



Que True Detective es la serie del 2014, aunque aún no hayamos superado el primer trimestre del año, es un hecho que muy pocos dudan. Basada en el relato arquetípico de Orfeo, los protagonistas se enfrentan a sus propios infiernos, como bien preconizan los maravillosos títulos de crédito. El diablo tienta, dispone las circunstancias y los personajes caen contumaces en ellas. El infierno, por mucho que se empeñara Sartre, no son los otros. Se encuentra latente en todos nosotros, en los normales y los anormales, como llamó Foucault a aquellos seres relegados a las heterotopías. Se encuentra explícito en el Rust depresivo, alcohólico, solitario, existencialista y penitente por el recuerdo de la muerte de su hija. Y se encuentra efervescente, muy efervescente, en el moralista, padre de familia, conservador, infiel y alcohólico – sí, también alcohólico -  Martin. La pregunta no es a quién persiguen los detectives, sino de qué parte de sí mismos huyen cuando siguen hacia delante, cuando no quieren pararse aun años después de que el caso se haya dado por cerrado. Decía Walter Benjamin que el laberinto es el símbolo de quien no quiere llegar a su destino. Estar en la carretera, como bien supo la generación beat, es vivir en un horizonte continuo que permite alejar el momento del encuentro con uno mismo. Ser un “detective de verdad” es aferrarse a la búsqueda hasta que la búsqueda termina por encontrarte a ti, por enfrentarte a lo que eres. Y, para no ser spoilers, aquí paramos la trama. 
La narrativa de la serie se fragmenta en una temporalidad múltiple donde los flashback y los flashforward van tejiendo una complicada trama laberíntica, elíptica, metáfora del caos emocional y profesional en el que parecen estar encerrados los protagonistas. Juego de uniones y desuniones, de traiciones y alianzas en los que la teleología se rompe para mostrarnos una línea temporal dialógica – la trama llega al presente narrativo a través de los interrogatorios que los personajes, por separado, sufren - que unirá de nuevo a los protagonistas. 
Las filigranas temporales en el cine y en las series de televisión no son, por supuesto, nada nuevo. Valga como ejemplo máximo y temprano en el terreno cinematográfico Danzad, danzad malditos (They shoot horses, don’t they?) de Sydney Pollack. Lost, haciendo honor a su nombre, nos mareó en el castillo kafkiano, inverosímil según avanzaba la trama, en el que parecían atrapados los personajes y, sobre todo, los guionistas. Lo que sí parece, sin embargo, novedoso es la proliferación que la narrativa fragmentativa está teniendo en las diferentes manifestaciones de la cultura visual. Y si eso sigue así – y no parece que su fin esté próximo - puede que estemos diciendo adiós a la hipercitada posmodernidad y acogiendo lo que Nicolas Bourriaud denominó como la altermodernidad, una época de formas y expresiones culturales híbridas. Y en la altermodernidad al corazón del  infierno, como bien saben Martin y Rust, se llega siempre en zigzag. 


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