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Smetana. "El moldava"

>> martes, 22 de abril de 2014

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"Mari"

Lápices de colores sobre papel

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DISCÍPULOS DE MASCAGNI

Pietro Mascagni


Estando Pietro Mascagni en Londres, escuchó a un organillero callejero interpretar un fragmento de su obra "Cavallería rusticana". El compositor se sintió molesto al notar que el intérprete no era capaz de tocarla
correctamente. Por ello, se acercó hasta él y se lo hizo notar. Dijo que era el autor de la ópera y que nadie mejor que él sabía cómo debía de interpretarse. Finalmente, le hizo una demostración de cómo debía de ejecutarse (de forma más lenta, poniendo atención en cada uno de los matices). Al día siguiente, el maestro volvió a pasar por el mismo lugar y se encontró nuevamente con el organillero, el cual ya interpretaba correctamente la pieza. Mascagni apreció que portaba un gran cartelón que rezaba: "Discípulo de Mascagni, autor de Cavallería rusticana".
Esta anécdota siempre me ha dado que pensar respecto a la música en relación con las personas. ¿Hasta qué punto puede considerarse una persona "músico"?
Recuerdo a un profesor de teoría durante mis estudios musicales que me planteaba la siguiente cuestión: "Todos somos músicos desde el momento en el que nos interesamos por la música y queremos conocerla. Aún careciendo de la formación académica que se presupone". Siempre ha existido entre las personas una especie de complejo de inferioridad en este sentido, aún incluso entre aquellas que han aprendido los conocimientos necesarios más básicos. Es cierto que el oficio de músico es muy esclavo y exige de un trabajo diario, un estudio y esfuerzos constantes. No obstante, es lo mínimo que puede hacer quien desea con toda su alma algo y dedica su vida a ello. Lo mismo hará el escritor, escribiendo constantemente y leyendo, aprendiendo de otros escritores y maestros de la lingüística. Pero también alguien que aprecia un concierto de piano de Mozart, una Sonata de Beethoven o un vals de Chopin, es digno de entrar en el Olimpo de la música, aún sin saber que lo que antecede a las primeras notas de una partitura se llama armadura y que en ella puede haber sostenidos o bemoles configurándola. Alguien que se ha molestado en conocer la Historia de la Música desde la música popular persa, pasando por la polifonía y llegando hasta el serialismo.
Es más. podría decirse que nuestro cuerpo mismo es un instrumento. La primera percepción que tenemos previamente a nuestro nacimiento es el ritmo, el orden en el movimiento, el latido del corazón de nuestra madre estando nosotros en su interior.          
Se sabe que en la Antigüedad se comunicaba culturalmente por la vía oral, y que era preciso memorizar e incluso entonar con el tono preciso determinada información para que esta llegase correctamente a los oídos adecuados. Incluso con la llegada del lenguaje escrito, el sonido de la palabra continuó siendo muy importante, más incluso que lo textual (puesto que tan solo impreso en papel era cosa muerta que necesitaba vivir más allá en las personas). Cuenta San Agustín que, yendo a visitar a San Ambrosio de Milán, lo encontró hablando en soledad. Lo que hacía era leer en voz alta, pues era así como se leía en tiempos pasados.  
La comunicación en este sentido continúa siendo necesaria por fortuna, el conocerse hablando, intercambiando información (opinión, pareceres). Cada vez que esté contigo sabré más de ti porque te oigo hablar. Lamentablemente, se está perdiendo la capacidad de escuchar. Cada uno habla, dice lo que piensa, sin interesarle lo que el otro pueda responder. hay una imposición de pensamiento.
Hay que saber escuchar. Saber oír y apreciar. Es cada vez más necesaria una disciplina que ayude a solucionar este problema tan fundamental.

Saber música es haberla escuchado. La música es sonido  tiempo, nada más. Si la música no suena, carece de sentido. Del mismo modo debería suceder en un libro que no es leído e, incluso, leído en voz alta.

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BREVE HISTORIA DE LA DEDUCCIÓN

Sherlock Holmes, Watson y una señorita también curiosa
Hoy he perdido las llaves de casa. Bueno, he creído perderlas, mejor dicho. Cuando algo se pierde, puede volver a aparecer. De lo contrario, sería una pérdida irremisible. Nunca entendí los eufemismos empleados para referirse al fallecimiento de una persona. Recuerdo que, de niño, cuando falleció el actor español Antonio Ferrandis, en la televisión dijeron lo siguiente: "El desaparecido Antonio Ferrandis..." Y yo pensé: ¿Desaparecido? Quizá si está desparecido podrán encontrarlo..." Tampoco entendía lo de "malogrado", pues pensaba que si una cosa así se decía de una persona, se la connotaba de un sentido negativo, como si hubiese hecho algo reprobable.
En fin, hoy creí perder las llaves de casa, porque finalmente estaban en el lugar donde menos se me habría ocurrido mirar. De hecho, he pasado por este sitio varias veces sin verlas. Este sitio es el salón de mi casa. Allí estaban, en el suelo, junto a unos zapatos mojados por la lluvia. No eran los mismos zapatos con los que, algunas tardes atrás, subí la calle Alcalá en otro día lluvioso. En aquel tiempo estos otros dos pares de zapatos más antiguos se me antojaron una pareja de peces que trataba de sortear la riada yendo en dirección contraria, como cuando los salmones noruegos tratan de llegar arriba del río, en la cima de la montaña, para una vez allí desovar. Ahora tengo estos otros dos pares nuevos porque los anteriores se me echaron a perder. No soportaron aquel diluvio de marzo. Ahora, estos de abril van por el mismo camino. Al ser de cuero, de no cuidarse lo suficiente, tendrán una vida más efímera. Si fueran de la piel de los peces vivirían más, sin duda.
Aquel manojo de llaves parecía sonreírme con burla, echándome en cara no haber sido capaz de recordar las últimas acciones más recientes. No obstante, constantemente estamos realizando nuevas acciones y en muchos casos las llevamos a cabo sin ser conscientes de ellas, como respuestas automáticas en las que el cerebro no tiene nada que decir y, aún teniendo, no les da la suficiente importancia para memorizarlas posteriormente.
Es esta una frase muy habitual para quien da consejos en este ámbito: "Trata de pensar en las cosas que has hecho, dónde las has hecho y por qué. Ya verás como acaba apareciendo aquello que no encuentras". En este pensamiento, no se tienen en cuantas los ya referidos agujeros negros de la memoria, que pueden absorber datos que parecían poco relevantes pero que sin duda acaban siendo decisivos para el hallazgo de aquello que se encuentra en "paradero desconocido".
El ser humano se traiciona así mismo, incluso con las cosas más elementales. ¡Cuántas veces se han estado buscando unas gafas que finalmente estaban colocadas sobre las narices del propio investigador! De ahí la frase: "Si es un león, te muerde".  

En "La carta robada", una narración policiaca de Edgar Allan Poe, el objeto buscado resulta estar escondido delante de quien lo está buscando, precisamente para que el interesado no dé con ello.  Al encontrarse delante de sus narices, paradójicamente quien lo busca no da con ello. Prefiere buscar en lugares más enrevesados, porque piensa que quien ha hecho desaparecer premeditadamente el objeto ha pretendido guardarlo en el lugar más complejo. Finalmente, la solución está en lo más sencillo, en el lugar más a mano para aquel que se encuentra poniendo patas arriba la casa.
Auguste Dupin, invención del autor de "El cuervo", acaba dando con la solución de este modo. Este personaje figura en otros relatos como "Los crímenes de la calle Morgue" y está considerado el primer detective de la historia literaria, del mismo modo que Poe está considerado el iniciador de la novela policiaca. Curiosamente, el escritor americano no pareció darle mucha importancia a este nuevo género que estaba inventando. tal vez no fuera consciente. Para él, seguramente, se tratara de un juego literario. Apenas quedó desarrollado como idea marginal en tres relatos extraordinarios. No obstante, así ha quedado determinado por estos otros investigadores, en este caso de la Historia de la Literatura. La "novela negra", por así decirlo, nace en 1840 con la publicación de "Los crímenes de la calle Morgue". Después le seguirán la ya citada "La carta robada" y "Marie Roget". 

Edgar Allan Poe

En "Los crímenes..." confluyen dos corrientes: por un lado, el movimiento romántico (la búsqueda de lo oculto, la exaltación de los elementos no racionales) y la presentación de historias criminales, en las que los asesinos no son sino personajes que se rebelan contra la ley, rompiendo las normas establecidas que impiden la libertad del individuo. Este tipo de personaje rebelde encontró su culmen en el Doctor Frankenstein, el cual se erige como Dios al tratar de crear vida.
Dentro del mundo de lo sobrenatural, encontramos la aparición de fantasmas, dando lugar al terror. Este elemento fue explotado en la novela gótica. Los poetas buscaban lugares generadores de inquietud para concebir sus obras. Los cementerios, por ejemplo, adonde acudían no solo como asunto novelesco sino también literalmente. Estos lugares se convertían en sus gabinetes, en sus despachos. Allí se quedaban, esperando que la inspiración acudiese a ellos, envueltos en lúgubres brumas.     
España apenas conoció la etapa romántica. En la literatura primaba el realismo, en gran parte debido a la religión, que impedía un desarrollo creativo de la fantasía en este sentido. La novela fantástica, la ciencia ficción, nunca termina de cruzar nuestras fronteras.
Paradójicamente, el auge de la ciencia (el positivismo) acaba confluyendo y cohabitando con el romanticismo. Poe viaja por Europa y acaba realizando una producción marcada por el terror y la lógica, buscando lo que aún no se conoce, tratando de resolver determinados misterios. Todavía es pronto para encontrar asesinos sofisticados. En esta época no se concibe que un ser digamos astuto sea capaz de cometer una serie de acciones condenables por atroces.
Poe explica en "El método de la composición", su forma de crear a este tipo de investigador al que podemos denominar como "analista" y que persigue a este criminal de psicología bastante elemental. El analista desentraña enigmas (en este caso, crímenes sin resolver) haciendo uso de la razón. Su principal característica reside en que se trata de un personaje normal aunque con unas cualidades que acaban por definirle finalmente como un ser sobrenatural. En ocho palabras: "Sobrepasa la racionalidad del común de los mortales".
Surge también la figura del acompañante. se trata del compañero del protagonista, que le hará hablar, contándonos lo que hace. Este nuevo personaje representa la mente normal, por ello se sorprende de lo que hace el protagonista.   
No deja de resultar interesante el dato de que, por aquel entonces, fueran publicadas las memorias de Vidocq, un policía que en su pasado fue criminal. Más allá de lo morboso de la cuestión (lo que seguramente propiciaría el éxito de ventas del libro), no deja de resultar lógico que quien fuese fraile no tuviese antes un pasado como cocinero. Conocidos son los casos a lo largo de la Historia en los que determinados criminales han sido contratados por la policía con el fin de valerse de sus conocimientos y poder llegar así a la solución de determinados casos.
Otra característica peculiar del "analista" de Poe (aquel que se sirve de pautas racionales para la investigación) es que se trata de un aficionado. No puede formar parte de la policía, que representa la mente real y la ley (la cual coartaría la libertad del detective). Encontramos pues una representación ideológica y moral de la justicia, al presentarse a la policía como un cuerpo limitado, como ya hemos dicho, por sus propias leyes. El detective no representa a la ley ni a la justicia.
En cuanto al "lugar del crimen", en este cuento se presenta como un espacio cerrado, en el que nadie ha podido entrar ni salir, lo cual hace todavía más complejo el hallazgo de la solución.  

Más adelante, encontramos escritores que usan el patrón de Poe (se tradujo en Francia y se conocía en Inglaterra) para crear algunas novelas de género policiaco incluso parodiándolo, como es el caso de "El cazador cazado" de Wilkie Collins (1856).
Ponson du Terrail crea entre 1857 y 1758 a su personaje, "Rocambole", con el que escribió cuentos de carácter policiaco (de ahí el término "rocambolesco" para denominar a una acción audaz, apasionante, espectacular e inverosímil).  
Emile Gaboriau introduce dentro de su novela "L'Affaire Lerouge" (1866) a "Le coq", una mezcla entre Vidocq y Dupont.
El género existe por la sencilla razón de que existe un modelo a partir del cual se copia.

Agatha Christie

Una de las escritoras más recordadas dentro del género policiaco es Agatha Christie, la cual se encontró bastante influida por el psicoanálisis, el cual por entonces se encontraba conformándose.
El detective apuesta por la psicología, hablar con la gente, con los sospechosos.
El personaje Christiano de "Miss Murple" propuso dentro del campo de la investigación la siguiente tesis: No todo se resuelve con la razón. A través del cómo se llegaba al quién (del crimen se llegaba al criminal).
En 1930, un grupo de escritores, entre los que se encontraba Agatha Christie, fundan "El club del detective". El propósito era jugar limpio con el lector, escribir sin hacer trampa. cada vez se será más consciente de la existencia de un público lector de género policiaco.        
No obstante, las primeras novelas fueron fracasos debido a que los escritores no eran capaces de unificar la historia del crimen con la de la investigación. Como en Poe, el detective es capaz de dar con la clave haciendo uso de la razón. Este método solo puede llevarlo a cabo él, por eso es extraordinario. A medida que la investigación avanza, se va realizando la reconstrucción del crimen.
Este "analista" no es todavía científico. Para ello habrá que esperar a la aparición del personaje de Sherlock Holmes.
Este personaje continúa siendo en cierto sentido extraordinario. Su autor, Arthur Conan Doyle (coetáneo de Christie), le reviste de una serie de características con las que marcar una diferencia con el resto. Para empezar, Holmes es un personaje que viene de fuera (del mismo modo que hizo Christie con Poirot, que era belga). Holmes es, además, extraño: se reconoce como drogadicto, toca el violín (recordemos que Dupont procede de una familia ilustre, lee libros raros). Como prima la faceta intelectual, no importa cómo sea físicamente el personaje.
La ambientación será fundamentalmente urbana. El desarrollo urbanístico como hecho histórico cambiará la relación entre el individuo y el entorno, provocando que el primero acabe por desconocer al segundo. No va a haber criminales profesionales, organizados (desde el punto de vista legal, el detective es un criminal al saltarse la propia ley para hacer justicia).
Como ya hemos dicho, Doyle hará evolucionar a su personaje de "analista" a "científico", mediante el método de deducción. El criminal no importa, es la excusa para la existencia del detective. La excepción sin duda fue James Moriarty, que el propio autor creó definiéndole como la némesis de Holmes. Doyle estaba ya cansado de su personaje y trató de darle una muerte digna, creando un enemigo a su altura capaz de acabar con él. Lo más curioso del asunto es que Sherlock Holmes nunca fue un personaje predilecto para su creador, a pesar de que fue el que le ha hecho pasar a la posteridad. Incluso en una ocasión llegó a pedir una suma elevada a su editor cuando este le pidió una nueva entrega de su personaje. Contra todo pronóstico, el editor le pagó esa cifra desorbitada y Doyle no tuvo más remedio que escribir el libro. Incluso cuando por fin Moriarty acabó deshaciéndose de Holmes en la ficción, los lectores se quejaron de tal modo que el escritor tuvo que escribir un nuevo libro en el que Holmes reaparecía justificando cómo no había muerto.

Arthur Conan Doyle

A pesar de los quebraderos de cabeza que Holmes dio a Doyle, el escocés acabó encarnando a su propia criatura al ser solicitado por la policía para resolver algunos casos importantes, dada su reputación como criminalista. El más significativo fue sin duda el de Jack el destripador, aunque, como es evidente, sus pesquisas nunca dieron resultados.
Doyle crea a Sherlock Holmes inspirándose en un profesor suyo, un médico escocés llamado Joseph Bell. El escritor le conoció siendo estudiante de medicina en Edimburgo, llamándole la atención su capacidad para razonar y deducir.
Doyle mantuvo al personaje del acompañante, convertido en un clásico del género. nos estamos refiriendo al Doctor Watson. Del mismo modo, Christie coloca al lado de Hércules Poirot (el cual se compara con Holmes) a Hustings.
Doyle, a diferencia de Christie, no hace que su personaje se relacione demasiado con las personas, sino que lo vuelve cerrado en sí mismo.
En esta época surgen otros autores que trabajan dentro del género: En Francia, concretamente, encontramos los ejemplos de Gastón Leroux y su obra "El fantasma de la ópera" (1894) o Maurice Leblanc y su personaje "Arsenio Lupín" ("Arsenio Lupín, caballero ladrón",1907).  
Ya en la primera mitad del siglo veinte encontramos a una serie de escritores nacidos de la literatura Pulp, como Christie o Doyle. Este tipo de literatura era impresa en encuadernación rústica, su precio era económico y su consumo popular. Entre estos autores de la nueva ola a los que nos referimos se encuentran Dashiel Hammett y Raymond Chandler. Con ellos se termina de perfilar el tipo de novela. A partir de aquí, sufrirá variaciones, pero en lo sustancial ya estará consolidada.
Surge la figura del detective privado. Antes, investigaban personajes ilustres. Ahora, los personajes representan a los perdedores, e investigan porque no les queda más remedio. Las historias se vuelven más dinámicas. Tiene que salirse a la calle, meterse en ambientes oscuros. La crítica política de tintes de izquierda está presente. Se presenta un mundo en el que quienes controlan el poder son los gángsters. El detective tiene que tener una moral tan incorruptible que le permita salir de ese mundo. No puede pertenecer a la justicia, puesto que está corrupta. El detective tiene que ser casi un criminal.  

Raymond Chandler

Con la publicación por parte de Hammett de "La llave de cristal" en 1931, encontramos este planteamiento perfectamente perfilado: Un ambiente de políticos controlados por mafiosos en el cual el detective (en este caso Sam Spade)  debe de marcharse por coherencia. Raymond Chandler publica "El sueño eterno" en 1939, presentando a su personaje Philip Marlowe.
Las novelas de Hammett y Chandler son buenos productos dentro de un género considerado "popular", que tratan de dignificar. Sus novelas son por otro lado muy cinematográficas narrativamente hablando, lo cual provoca que acaben llevándose al cine, siendo los autores del guión los propios escritores. Una de las características más peculiares de estas novelas son los diálogos, la extraordinaria forma que estos autores tienen de hacer hablar a sus personajes.
Lo que encontraremos posteriormente irá más enfocado hacia la crónica periodística. Quien se va a encargar de iniciar esta nueva etapa será Truman capote con su novela "A sangre fría", con la cual se adelantará a los estudios de los asesinos en serie.

      

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"El amor no es terráqueo"

>> domingo, 20 de abril de 2014


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EL MISTERIO DEL CRISTO DE LOS GASCONES

>> jueves, 17 de abril de 2014





A pesar de que muchos pesimistas puedan sentirse contrariados, existen en la agenda cultural pequeños puntos de luz con los que poder disfrutar de actividades de calidad sin tener que desembolsar una sola moneda de oro de nuestra preciada bolsa de Judas. Dicha imagen religiosa resulta bastante idónea para esta Semana Santa, en la que gran parte de la población, ya secularizada, no sabe en qué invertir su tiempo.
El pasado día 14, el grupo de teatro La Nao d´Amores representó en el Centro Cultural de Moratalaz uno de sus mejores trabajos: "El misterio del Cristo de los Gascones".
La obra, que fue representada en Segovia dos semanas antes, concretamente el 4 de abril en la Iglesia de San Justo, forma parte de un catálogo en constante crecimiento que esta compañía ha ido creando a lo largo de sus trece años de existencia. Su labor no es meramente dramatúrgica, sino investigadora. Conscientes de nuestro rico patrimonio cultural, La Nao d´Amores se ha encargado de ir recopilando algunos de las muestras más primitivas del teatro español pertenecientes al periodo del prebarroco.
"El misterio del Cristo de los Gascones" fue creada en el 2007 y parte de una representación histórica con carácter religioso llevada a cabo en época medieval en la iglesia y lugar antes citadas. El escaso material conservado de dicha celebración litúrgica (del cual se tiene perfecta constancia) no impidió su reconstrucción. La obra narra la Historia de Cristo, desde su nacimiento, pasando por su vida, pasión, muerte y resurrección. El elemento fundamental es una talla de madera de estilo románico articulada en parte, la cual era empleada como marioneta por parte de los oficiantes de la ceremonia para representar ante el pueblo este pasaje del Antiguo Testamento ante el pueblo durante este periodo de celebración cristiano. Dos orificios efectuados ante el muro del altar de la Iglesia de San Justo testimonian dicho acto, pues se supone que eran empleados para sujetar la talla durante el acto. De este modo, los allí congregados asistían a la enseñanza de los hechos más relevantes del Nuevo Testamento. una especie de Biblia de Piedra empleada por la Iglesia para educar a sus feligreses. Para hacer más amena la ceremonia y revestirla de un cierto carácter teatral (lo cual hacía más ameno el acto), se escribió una pieza dramática en la cual tomaban parte actores e incluso músicos.
La Nao d´Amores se sirvió para completar su recreación de textos y música de la época relacionados con este tipo de celebraciones.



Los elementos físicos de la obra creada por esta compañía pasan por el respeto y la fidelidad al referente original: Instrumentos de dicho periodo histórico (clave, carraca, zanfona, flauta dulce y violoncello) y, cómo no, una escultura copia de la original aunque dotada con una mayor movilidad en sus miembros para una mejor utilización teatral de ella.
La Nao d´Amores recupera, por tanto, una de nuestras obras teatrales más antiguas, hasta entonces olvidada, barnizada de colores vivos y despojada del polvo de los años. Esto es, una obra nueva y contemporánea.
Conviene conocer no solo nuestra historia teatral, sino además la historia de la religión que constituye gran parte de nuestra cultura: la cultura occidental. Sin tener presente su testimonio nos sería muy difícil comprender nuestro presente, aún viviendo en esta época tan representativa de lo profano.      
Esta obra, aún habiendo perdido su contexto al ser representada en un Centro Cultural (despojada de su entorno religioso), no pierde un ápice de su magnificencia. La compañía es una compañía ante todo teatral y así debe de comprenderse a la hora de disfrutar la puesta en escena.   
La marioneta representa el eje vertebrador de la representación y acaba convirtiéndose en un actor más. A pesar de poseer las características propias de un Pantocrator (su expresión primitiva y carente de emociones) el modo en el que los actores insuflan a la marioneta de vida propicia la sensación de encontrarnos ante un ser vivo que es capaz de sonreír, asustarse, entristecerse e incluso hablar, cuando bien es cierto que lo único que es capaz de mover físicamente son los ojos, mediante un mecanismo que provoca la subida y bajada de unos párpados internos. Se trata de la mística teatral, llevada a cabo con maestría por aquellos que no hacen sino anularse cubriéndose el cuerpo de tela negra (podemos rememorar creadores contemporáneos como Ilka Schonbein, que representan una forma de hacer teatro de títeres inaudita- en este caso, más cercana al expresionismo). tan solo vemos la imagen de Cristo, olvidando a quienes la llevan por detrás. Dos intérpretes masculinos que además de encargarse de manipular la talla representan otros roles a lo largo de la obra teatral, cuya duración aproximada es de una hora. Así pues, tenemos a Pedro y a Judas, por ejemplo, y a otros personajes bíblicos anónimos encargados de transmitir las diferentes historias, como si fuesen meros testigos simbólicos de los acontecimientos, o vaticinadores de un futuro argumental. Por poner un caso concreto: El personaje de la Virgen, sosteniendo al Cristo recién nacido, es avisado por estos emisarios de su cruel destino: morir para salvar a la Humanidad.
Una serie de velas van siendo apagadas a medida que la historia que relata la Historia avanza: Jesús crece, se bautiza, concede los primeros milagros, conoce a María Magdalena, entra en Jerusalén, asiste a la Última Cena, es besado y traicionado, es crucificado y asciende a los cielos. Los colores, el rojo y negro, representativos de esa Pasión y ese Luto. El texto, plagado de expresiones y palabras arcaicas, nos retrotrae a un pasado, mientras que la moderna teatralización nos sitúa en el presente.

Merece la pena conocer parte de nuestro patrimonio inmaterial, puesto al alcance de todos de una manera tan cómoda y sencilla. Solo hace falta revisar los eventos que tienen lugar en nuestra comunidad, en nuestro país.

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JOHN FORD: ENTRE EL IDEAL Y LA MEMORIA

>> martes, 8 de abril de 2014



Es de sobra conocida entre los cinéfilos más acérrimos la siguiente frase: "My name is John Ford. I make westerns". Su autor, el cual resulta innecesario citar "por razones obvias", ha sido amado y odiado a partes iguales dentro del mundo cinematográfico. Unos le tachan de conservador, el mejor representante de unos valores caducos y retrógrados. Otros, paradójicamente aquellos que decían encontrarse dentro de la línea más progresista, le consideraban una de las piedras fundacionales de ese cine con mayúsculas, como bien podrían decir de Griffith. Cuenta la leyenda negra que Ford figuró como actor en la escena de la persecución de negros por parte de los ku-kux clan en "El nacimiento de una nación", hecho que une a estos dos padres del séptimo arte no solo por su forma grandilocuente de hacer cine sino quizá por esas ideas que tanto detestaban los del primer grupo de espectadores "odiadores" del autor de "Fort Apache". Bromas aparte, el propio Truffaut dijo que Ford hacía obras de arte sin planteárselo, es decir, sin pretender hacerlas. Welles dijo aquello también famoso de que, de citar a tres directores, diría Ford, Ford y Ford.
No obstante, al blanco de la diana de todas estas opiniones, este mastodonte cinematográfico, poco le importaban tanto los halagos como los improperios. Su carácter duro (resultan casi míticas sus respuestas monosilábicas a la entrevista filmada que le hizo Peter Bogdanovich) le encuadraba perfectamente dentro del género que mejor cultivó y al cual se refería en su frase: el cine del Oeste. Pero no solo de indios y vaqueros vivió Ford. En su filmografía existen una serie de títulos dignos de mencionar y que lo definen como ese creador versátil más cercano al que describía Truffaut. Además, dentro de este cine tan áspero también cabía el cine del sentimiento, el de la introspección. Así por ejemplo, encontramos en su filme "Qué verde era mi valle" un autentico canto poético a una civilización en vías de extinción, contaminada por el propio egoísmo de quien la habita. Esa voz en off que describe ese pasado positivo u optimista enfadó a más de un crítico. En el filme de Ford, se hablaba de un poblado irlandés en el que sus habitantes vivían felices hasta tal punto de retornar de su trabajo cantando, como los siete enanitos del cuento filmado por Disney de "Blancanieves". El campo, las callejuelas, se inundaban de música, de una banda sonora que nos es familiar dentro del universo fordiano. Lo que estos críticos más críticos (valga la redundancia) no sabían es que esa voz no era en absoluto realista. Esa voz era la voz de ese adulto que rememoraba una infancia idealizada, como pudo rememorar la suya Ford y plasmarla en su película (hasta el punto de que el personaje de Mauren O´Hara se parecía a la madre del director). Ese niño que aparece siempre en la historia, ocupando cada una de sus escenas, siendo testigo presencial de lo que en ellas acontecía.



 Ford anhelaba ese mundo del pasado, aquel exento de problemas, definido por su propia desmemoria. Un mundo que después sería enmendado en títulos como "Las uvas de la ira", con el cuál algunos llegaron a tacharle de "comunista". La película basada en la novela de Steinbeck no era sino una dura mirada a la época de la Gran Depresión Americana, contada desde aquellos testigos mudos de las fotografías en blanco y negro de Dorothea Lange, campesinos que se vieron desplazados de sus tierras, luchando por un trabajo ingrato con el que poder sobrevivir debido a la crisis económica que se encontraba atravesando todo Estados Unidos. Siempre existe un canto de esperanza, una posible esperanza para la redención del ser humano. Ese es el mensaje de Ford, aquel que nos hace vibrar en la butaca del cine, aquel que nos emociona. Entre estos dos contrastes fílmicos, podemos poner un tercero: "El hombre que mató a Liberty Valance". En él, se nos plantea la siguiente cuestión: ¿El ser humano está preparado para conocer la verdadera historia de lo que sucedió en la Historia, o prefiere creerse las leyendas edulcoradas y falsas que se promulgan como medicina sanadora?



No puede negarse que tras esa aparente superficie que algunos pueden tachar de "frívola" en las películas de Ford, se oculta un asunto mucho más profundo. Así por ejemplo, "Centauros del desierto" no es solo una película del oeste. En realidad no es sino la historia del retorno del Ulises que no es bien recibido. Así pues, el eterno personaje encarnado por el actor fetiche de Ford, John Wayne, es el personaje de Homero por excelencia, solo que en su visión truncada. Es el héroe sacrificado, como en Liberty Valance. Un hombre que asume su papel en la historia, un papel de injusto perdedor. Este poso amargo no enturbia el mensaje general de las películas de Ford, pero sí acaba resultando una tónica general en su cine. Porque Ford no es solo un narrador de historias épicas. Es algo más que debe de mirarse con lupa si queremos ser justos a la hora de analizar la propia historia cinematográfica.                   

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