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DISCÍPULOS DE MASCAGNI

>> martes, 22 de abril de 2014

Pietro Mascagni


Estando Pietro Mascagni en Londres, escuchó a un organillero callejero interpretar un fragmento de su obra "Cavallería rusticana". El compositor se sintió molesto al notar que el intérprete no era capaz de tocarla
correctamente. Por ello, se acercó hasta él y se lo hizo notar. Dijo que era el autor de la ópera y que nadie mejor que él sabía cómo debía de interpretarse. Finalmente, le hizo una demostración de cómo debía de ejecutarse (de forma más lenta, poniendo atención en cada uno de los matices). Al día siguiente, el maestro volvió a pasar por el mismo lugar y se encontró nuevamente con el organillero, el cual ya interpretaba correctamente la pieza. Mascagni apreció que portaba un gran cartelón que rezaba: "Discípulo de Mascagni, autor de Cavallería rusticana".
Esta anécdota siempre me ha dado que pensar respecto a la música en relación con las personas. ¿Hasta qué punto puede considerarse una persona "músico"?
Recuerdo a un profesor de teoría durante mis estudios musicales que me planteaba la siguiente cuestión: "Todos somos músicos desde el momento en el que nos interesamos por la música y queremos conocerla. Aún careciendo de la formación académica que se presupone". Siempre ha existido entre las personas una especie de complejo de inferioridad en este sentido, aún incluso entre aquellas que han aprendido los conocimientos necesarios más básicos. Es cierto que el oficio de músico es muy esclavo y exige de un trabajo diario, un estudio y esfuerzos constantes. No obstante, es lo mínimo que puede hacer quien desea con toda su alma algo y dedica su vida a ello. Lo mismo hará el escritor, escribiendo constantemente y leyendo, aprendiendo de otros escritores y maestros de la lingüística. Pero también alguien que aprecia un concierto de piano de Mozart, una Sonata de Beethoven o un vals de Chopin, es digno de entrar en el Olimpo de la música, aún sin saber que lo que antecede a las primeras notas de una partitura se llama armadura y que en ella puede haber sostenidos o bemoles configurándola. Alguien que se ha molestado en conocer la Historia de la Música desde la música popular persa, pasando por la polifonía y llegando hasta el serialismo.
Es más. podría decirse que nuestro cuerpo mismo es un instrumento. La primera percepción que tenemos previamente a nuestro nacimiento es el ritmo, el orden en el movimiento, el latido del corazón de nuestra madre estando nosotros en su interior.          
Se sabe que en la Antigüedad se comunicaba culturalmente por la vía oral, y que era preciso memorizar e incluso entonar con el tono preciso determinada información para que esta llegase correctamente a los oídos adecuados. Incluso con la llegada del lenguaje escrito, el sonido de la palabra continuó siendo muy importante, más incluso que lo textual (puesto que tan solo impreso en papel era cosa muerta que necesitaba vivir más allá en las personas). Cuenta San Agustín que, yendo a visitar a San Ambrosio de Milán, lo encontró hablando en soledad. Lo que hacía era leer en voz alta, pues era así como se leía en tiempos pasados.  
La comunicación en este sentido continúa siendo necesaria por fortuna, el conocerse hablando, intercambiando información (opinión, pareceres). Cada vez que esté contigo sabré más de ti porque te oigo hablar. Lamentablemente, se está perdiendo la capacidad de escuchar. Cada uno habla, dice lo que piensa, sin interesarle lo que el otro pueda responder. hay una imposición de pensamiento.
Hay que saber escuchar. Saber oír y apreciar. Es cada vez más necesaria una disciplina que ayude a solucionar este problema tan fundamental.

Saber música es haberla escuchado. La música es sonido  tiempo, nada más. Si la música no suena, carece de sentido. Del mismo modo debería suceder en un libro que no es leído e, incluso, leído en voz alta.

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