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JOHN FORD: ENTRE EL IDEAL Y LA MEMORIA

>> martes, 8 de abril de 2014



Es de sobra conocida entre los cinéfilos más acérrimos la siguiente frase: "My name is John Ford. I make westerns". Su autor, el cual resulta innecesario citar "por razones obvias", ha sido amado y odiado a partes iguales dentro del mundo cinematográfico. Unos le tachan de conservador, el mejor representante de unos valores caducos y retrógrados. Otros, paradójicamente aquellos que decían encontrarse dentro de la línea más progresista, le consideraban una de las piedras fundacionales de ese cine con mayúsculas, como bien podrían decir de Griffith. Cuenta la leyenda negra que Ford figuró como actor en la escena de la persecución de negros por parte de los ku-kux clan en "El nacimiento de una nación", hecho que une a estos dos padres del séptimo arte no solo por su forma grandilocuente de hacer cine sino quizá por esas ideas que tanto detestaban los del primer grupo de espectadores "odiadores" del autor de "Fort Apache". Bromas aparte, el propio Truffaut dijo que Ford hacía obras de arte sin planteárselo, es decir, sin pretender hacerlas. Welles dijo aquello también famoso de que, de citar a tres directores, diría Ford, Ford y Ford.
No obstante, al blanco de la diana de todas estas opiniones, este mastodonte cinematográfico, poco le importaban tanto los halagos como los improperios. Su carácter duro (resultan casi míticas sus respuestas monosilábicas a la entrevista filmada que le hizo Peter Bogdanovich) le encuadraba perfectamente dentro del género que mejor cultivó y al cual se refería en su frase: el cine del Oeste. Pero no solo de indios y vaqueros vivió Ford. En su filmografía existen una serie de títulos dignos de mencionar y que lo definen como ese creador versátil más cercano al que describía Truffaut. Además, dentro de este cine tan áspero también cabía el cine del sentimiento, el de la introspección. Así por ejemplo, encontramos en su filme "Qué verde era mi valle" un autentico canto poético a una civilización en vías de extinción, contaminada por el propio egoísmo de quien la habita. Esa voz en off que describe ese pasado positivo u optimista enfadó a más de un crítico. En el filme de Ford, se hablaba de un poblado irlandés en el que sus habitantes vivían felices hasta tal punto de retornar de su trabajo cantando, como los siete enanitos del cuento filmado por Disney de "Blancanieves". El campo, las callejuelas, se inundaban de música, de una banda sonora que nos es familiar dentro del universo fordiano. Lo que estos críticos más críticos (valga la redundancia) no sabían es que esa voz no era en absoluto realista. Esa voz era la voz de ese adulto que rememoraba una infancia idealizada, como pudo rememorar la suya Ford y plasmarla en su película (hasta el punto de que el personaje de Mauren O´Hara se parecía a la madre del director). Ese niño que aparece siempre en la historia, ocupando cada una de sus escenas, siendo testigo presencial de lo que en ellas acontecía.



 Ford anhelaba ese mundo del pasado, aquel exento de problemas, definido por su propia desmemoria. Un mundo que después sería enmendado en títulos como "Las uvas de la ira", con el cuál algunos llegaron a tacharle de "comunista". La película basada en la novela de Steinbeck no era sino una dura mirada a la época de la Gran Depresión Americana, contada desde aquellos testigos mudos de las fotografías en blanco y negro de Dorothea Lange, campesinos que se vieron desplazados de sus tierras, luchando por un trabajo ingrato con el que poder sobrevivir debido a la crisis económica que se encontraba atravesando todo Estados Unidos. Siempre existe un canto de esperanza, una posible esperanza para la redención del ser humano. Ese es el mensaje de Ford, aquel que nos hace vibrar en la butaca del cine, aquel que nos emociona. Entre estos dos contrastes fílmicos, podemos poner un tercero: "El hombre que mató a Liberty Valance". En él, se nos plantea la siguiente cuestión: ¿El ser humano está preparado para conocer la verdadera historia de lo que sucedió en la Historia, o prefiere creerse las leyendas edulcoradas y falsas que se promulgan como medicina sanadora?



No puede negarse que tras esa aparente superficie que algunos pueden tachar de "frívola" en las películas de Ford, se oculta un asunto mucho más profundo. Así por ejemplo, "Centauros del desierto" no es solo una película del oeste. En realidad no es sino la historia del retorno del Ulises que no es bien recibido. Así pues, el eterno personaje encarnado por el actor fetiche de Ford, John Wayne, es el personaje de Homero por excelencia, solo que en su visión truncada. Es el héroe sacrificado, como en Liberty Valance. Un hombre que asume su papel en la historia, un papel de injusto perdedor. Este poso amargo no enturbia el mensaje general de las películas de Ford, pero sí acaba resultando una tónica general en su cine. Porque Ford no es solo un narrador de historias épicas. Es algo más que debe de mirarse con lupa si queremos ser justos a la hora de analizar la propia historia cinematográfica.                   

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