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Semblanza del amor encontrado

>> jueves, 26 de junio de 2014



Habíamos ido a visitar al maestro al número veinticinco de la calle Santo Domingo, en el Puerto de Santa María. Motivo de la visita: tachar una cuenta pendiente de esa lista que arrastramos durante toda nuestra existencia, un papel en el que vamos anotando deseos que pretendemos llevar a cabo. La concreción de unos pensamientos vivos que nacen y permanecen presentes en nuestro horizonte, aunque no siempre fijos en el mismo punto, como el sol. El orden va variando, van apareciendo y desplazándose, ocultándose pero nunca desapareciendo, si son lo sufiecientemente consistentes.
Habíamos ido a visitar al maestro de la forma más ideal: a través de sus recuerdos, de su memoria. Introduciéndonos en esa arboleda perdida a la que tantas veces a lo largo de su vida retornó, literal y poéticamente.
Durante una época concreta de mi vida, recurrí a Alberti. Lo busqué en su obra, tratando de comprender qué motivos le llevaron a emprender cada una de sus diversas empresas. Comprender su poesía tal y como la concibió: como una herramienta con la que poder abarcar todas esas inquietudes interiores para finalmente volcarlas a ese mundo externo, tantas veces sordo e intolerante. ¿Cómo poder explicar al mundo un sentimiento propio, compartiéndolo con él?
Existen diversos métodos para volver física la abstracción: la música y la pintura, junto a la poesía, son formas válidas y perfectas, pues entroncan con la sensibilidad, con lo estético (es decir, la estesis, contraria a lo que anestesia o no produce sentimiento alguno). Alberti las conoció bien. En su familia pronosticaron que se convertiría en un Murillo, pero pronto el poeta descubrió que la imagen expuesta en un lienzo resultaba insuficiente para manifestar todo lo que deseaba contar… y entonces pensó en aquella imagen, la literaria, en muchos casos mucho más sugerente. Después llegarían otros creadores que transcribirían esos textos a a sus propios idiomas: Ernesto Halffter, Bacarisse, Montsalvatge o Guastavino, entre otros, pusieron melodías a esos poemas tan musicales a su vez (muchos los denominó su autor como “Canciones”).
Su propio apellido ya resultaba poético: “Alberti”. De ascendencia italiana, rápidamente el pensamiento, con sus asociaciones, nos remitía al arquitecto del renacimiento, por ejemplo. Su biografía nos hablaba de un niño díscolo y un joven de talante libertario que renegó de las normas y las convenciones sociales para llevar a cabo un proyecto de vida libre. Un carácter que tuvo que pagar con su propio exilio.
Allí estaba el legado del maestro en aquella casa natal de ese Puerto de Santa María que vio partir a Colón en busca del nuevo mundo. En aquel lugar pude reconciliarme con una parte de mi pasado tan cercana aunque tan lejana, como diría el maestro. Una juventud efervescente, llena de deseos e ilusiones, algunos todavía vivos, otros extinguidos por el peso de la propia realidad, que ha hecho caer la venda de la ingenuidad de forma cruel. Yo quise ser Rafael Alberti siendo Javier Mateo.
Rafael Alberti fue un hombre afortunado. Consiguió que personas de la talla de Antonio Machado encontraran en sus primeros poemas la calidad que los hiciera merecedores de su publicación. Eran otros tiempos. Lo cierto es que por aquel entonces los tribunales literarios se encontraban compuestos de gente competente y justa.
Pero, por encima de esto, Rafael Alberti tuvo la suerte de encontrarse en su camino con una persona que le valoró, le animó y le acompañó durante prácticamente el resto de su vida. Tres palabras con las que se la define: Maria Teresa León. Y yo le envidié de forma sana, porque deseaba, como él, encontrar a alguien con la que poder compartir mis inquietudes. Una persona con la que sentirme equilibrado. Alguien en quien pudiese creer y a quien admirara. Tras muchos años de búsqueda, en los cuales estuve a punto de arrojar la toalla dando por perdido este gran deseo (un deseo que podía apuntarse como primero dentro de aquella lista citada), finalmente apareció. Esta persona me acompañó en este día en el que fui a visitar al maestro. También usaré tres palabras para definirla: Mari Nieves Vergara.
Ella, que durante tantos años pasó por esta calle gaditana rumbo a su instituto, durante el bachillerato. Ella, que tanto pensó también en Alberti durante sus primeros juegos poéticos.   
Algo me decía que tarde o temprano aparecería. Este presentimiento evitó que desfalleciera durante ese largo camino en que poco a poco mi marcha fue aminorándose por la desesperanza. Miraba el mundo que me rodeaba y sentía que estaba acompañado de extraños. Llegué incluso a concebir que yo mismo era ese ser extraño que no encajaba, un personaje anacrónico que no hacía sino entorpecer el funcionamiento de las cosas. Lo que más me animaba era la propia escritura. Me refugiaba en ella conversando conmigo mismo para lograr comprender lo que sucedía, evitando así perder la fe y la lógica, como ella hizo.
Ella apareció en el momento indicado, cuando los pilares de la civilización parecían venirse abajo, cuando la noche del mundo había olvidado los resplandecientes rayos del sol. Cuando apenas tenía ya fuerzas para continuar escribiendo.
Ella me ha hecho consolidar aquellos valores en los que ya nadie apostaría su grano de arena. Quienes claman al cielo como falsos profetas que el amor es una invención que el tiempo ha terminado por delatar en su falsedad, lo hacen porque no comprenden realmente su significado. Les falta esa filosofía oriental de la que ella me ha hablado tanto: para conocer algo hay que llegar a ser ese algo. Para conocer el sentimiento más poderoso del mundo (aquel que lo mueve en contra de ese otro igualmente poderoso que lucha contra él y que es el odio) hay que llegar a ser ese sentimiento. El problema reside en que muchas personas se han cerrado herméticamente a conocer y se han convertido, por ello, en auténticos ignorantes. Son precisamente aquellos que en muchas ocasiones se erigen en adalides de la perfección, de la verdad absoluta y se permiten mirar por encima del hombro a aquellos que no comulgan con su ética. Existe, no obstante, una mayoría silenciosa de humildes que no desean entrar en confrontación con este otro gran grupo porque consideran esta acción como inútil. Pero están ahí y creen en un renacimiento de aquellas creencias que pueden dignificar el mundo en el que vivimos. Y ella pertenece, como yo, a ese mundo en el que yo quiero vivir, aquel que hace posible cada cosa que realizo. Una compañera de viaje. Sin su apoyo la soledad acabaría por apartarme de este largo trayecto a recorrer. Ahora, cuando más necesaria resulta su presencia, en este duro momento de cambio en el que debemos ser nosotros los únicos timones válidos que conduzcan nuestros barcos.

Aquel día, visitando la Fundación Rafael Alberti, sentí que el círculo se cerraba en su perfección. Aquel día, sentí que debía volver a escribir. Hoy, he escrito esto.  He escrito acerca de ella.

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