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EL PINTOR DE LA CATEDRAL

>> domingo, 6 de julio de 2014


Cada mañana, cuando el reloj de la catedral daba las nueve de la mañana, aparecía como por arte de sortilegio aquel hombre en la plaza. Se sentaba en el taburete, desplegaba su caballete portátil y colocaba en él un nuevo lienzo de proporciones modestas. Sin saber que ya lo habían hecho los impresionistas, aquel pintor se había dedicado a retratar aquel edificio de mil maneras, tratando de captar su estado en los diferentes momentos del día, durante cada dia del mes y todos los días del año desde hacía ya veinte. Al ponerse el sol, trataba de apurar al máximo las últimas horas de luz antes de dar por concluída la obra. Después, se marchaba a su casa, que se encontraba allí mismo, depositaba el cuadro donde podía (prácticamente todo el piso se encontraba invadido por cientos de telas pintadas, algunas aún sin secar impregnando con sus colores otras sobre las que se depositaban) y esperaba a que la noche pasara para que su edificio le reclamara con su repique de campanas, anunciándole una nueva jornada de trabajo.
Algunas guías le anunciaban como “patrimonio inmaterial”, pues se le consideraba como un importante atractivo turístico.
Sucedió que, poco a poco, tratando de interiorizar su modelo, de comprenderlo en su totalidad, había provocado en él una metamorfosis. Las viejas piedras grises habían ido adoptando los colores de la paleta. El contorno del monumento se presentaba, cada día que pasaba, más inconsistente. Ya no existían las líneas rectas sino que ahora eran endebles. Parecían afectadas por cada una de las cerdas de un supuesto pincel creador gigantesco e invisible. Y el propio artista no se había percatado de esto, sintiendo que aquel edificio seguía siendo el mismo que día tras día retrataba. La realidad quedó absorbida por la tela y ésta, confusa de su propia realidad, había terminado por convencer al pintor de que aquello era real. Nunca la subjetividad había sido tan objetiva como en aquel extraño caso. Y nunca un caso tan extraño había sido a su vez tan comprensible y lógico como aquel.      

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