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FICCIÓN Y MUÑECAS: UN OSCURO OBJETO DE DESEO

>> domingo, 31 de agosto de 2014


Cartel publicitario de "No es bueno que el hombre esté solo"


La otra noche, en el canal de televisión 8 Madrid (emisora que solo los más filmófilos- no, no es una enfermedad, como diría un personaje de Berlanga- conocen y que  programa películas de excelente calidad) emitieron una película que injustamente ha sido relegada al olvido. El asunto del que trata hace todavía más incomprensible su condena. Se trata de "No es bueno que el hombre esté solo", título que puede resultar a partes iguales interesante o inapropiado. Interesante por su factor inquietante con connotaciones bíblicas incluidas e inapropiado porque lo mismo puede remitirnos a un drama que a una comedia de tintes "landistas" ("No desearás al vecino del quinto").
El director, Pedro Olea, quiso aprovechar el momento de apertura en el que se encontraba el cine español de mil novecientos setenta para proponer a los espectadores una historia fuera de lo común. Para ello, se valió de un actor que comenzaba a demostrar que, además de ser un gran cómico, poseía también una nada desdeñable vertiente dramática: José Luis López Vázquez. Tras interpretar a un hombre que se creía mujer ("La prima angélica"), a un desmemoriado en silla de ruedas acosado por su propia familia ("El jardín de las delicias") y a un enamorado de la magdalena de Proust que no hacía sino revivir pasajes de su infancia ("La prima Angélica"), en este caso se ponía en la piel de Martin, un hombre solitario que pasa gran parte de su tiempo encerrado en su chalet, teniendo como única distracción la compañía de una muñeca a la que trata como si fuese su pareja. Un año después, nos sorprendería con su interpretación de un asesino que se cree licántropo en "El bosque del lobo", a las órdenes del mismo Olea. El cineasta bilbaíno volvería a contar con él para películas posteriores como su más que decente adaptación de la novela histórica de Arturo Pérez reverte "El maestro de esgrima", aunque en este caso el protagonismo recayó en Omero Antonutti. Este italiano, que pasará a la historia del cine por su papel en "El sur" de Víctor Erice, tenía la virtud de aparentar ser un híbrido de hombre común condenado a convertirse en Dios, debido a su fuerte presencia ante la pantalla.

José Luis López Vázquez en un fotograma de la película

En la elaboración de la historia de "No es bueno que el hombre esté solo", encontramos el nombre de José Luis Garci, que por entonces se encontraba dando sus primeros pasos como guionista. Resulta extraño que las únicas colaboraciones entre López Vázquez y Garci tuvieran lugar excepcionalmente durante este periodo. "La cabina", dos años posterior a este film que aquí analizamos, es otro ejemplo en el que el director de "El abuelo" participa en calidad de escritor y no de cineasta. Cuando posteriormente alcanza este estatus, se dedica a rescatar grandes nombres de la escena española como Alfredo Landa, Adolfo Marsillach, Antonio Ferrandis, Jesús Puente o Fernando Fernán Gómez. Quizá este peculiar carácter nostálgico de su cine provocó que el realizador buscase grandes glorias de ese pasado que en tantas ocasiones retrató para hablar de aquella época que tanto anhelaba. López Vázquez fue descartado de ese casting, siendo condenado a figurar en el propio pasado profesional de Garci, a través de lo que le hizo decir en papel.
Resulta peculiar cómo el currículum como guionista de Garci nada tiene que ver con su currículum como director. Las historias que concibió para que fuesen dirigidas por otros son oscuras y siniestras, una especie de homenaje a las "Historias para no dormir" de Ibáñez Serrador.
En el reparto del filme de Olea figura también una Carmen Sevilla que en nada se parecía ya a los personajes encarnados en su primera etapa de andaluza guapa y salerosa (recordemos "Pan, amor y Andalucía", en el que un Vittorio De Sica convertido en viejo verde se dedica a perseguirla por las calles de Sevilla). Otras películas interesantes de esta etapa posterior de la actriz son "La loba y la paloma" o "Beatriz", ambas de Gonzalo Suárez.   

Cartel del ballet "Coppelia"

La atracción por las muñecas en la construcción de relatos viene de lejos. Ya en "El hombre de arena" de E.T.A. Hofmann encontramos la historia de la muñeca creada por el doctor Coppelius, aquella que daría lugar al ballet de Delibes titulado precisamente "Coppelia". Sigmund Freud estudió la obra literaria en su ensayo sobre lo siniestro, deteniéndose en esta historia en la que su protagonista, Nathanael, se siente atraído por su vecina, que resulta ser una autómata. Recordemos que lo siniestro representa esa extrañeza hacia aquello que nos es aparentemente familiar. Ante esa necesidad de crear algo similar al ser humano, una criatura frankensteniana, con la que poder en este caso suplir otra ausencia y fantasear con una falsa compañía, diferentes creadores han forjado sus propias historias sorprendentes.
Las vanguardias ya se fijaron en estas presencias siniestras en los escaparates de moda y no dudaron en retratarlas en relatos, pinturas, fotografías o películas. Dziga Vertov y Water Ruttman reflejaron estos maniquíes en sus respectivas Rusia y Alemania. Ante los locos años veinte del siglo pasado, no faltó quien supo sabiamente comparar a aquellas bailarinas de piernas esbeltas que danzaban desenfrenadamente (para sufrimiento de los varones) con aquellas otras máquinas que se encontraban funcionando a todo vapor amenazando constantemente con sustituir toda presencia humana.
No podemos olvidar "El gabinete del doctor Caligari" del cineasta Robert Wiene (1920), que en la línea del relato romántico de Hoffmann continuó tratando los miedos que acechaban a la sociedad alemana, los que la acabarían conduciendo sin remedio al futuro al horror nazi. Esta película narra la historia de Cesare, un sonámbulo manipulado por Caligari, quien le ordena cometer crímenes durante la noche (podemos establecer una comparación con el gobierno alemán y la sociedad que gobernó tanto en la primera como en la segunda guerra mundial). 

Ramón Gómez de la Serna entrevistando a su muñeca

José Gutiérrez Solana y Ramón Gómez de la Serna se autorretrataron acompañados de sendas mujeres de cartón piedra, cada uno a su estilo, comprendiéndose en uno cierta atención hacia presencias que nos remiten a otras realidades en lo carnavalesco (máscaras de personajes caricaturescos), lo escultórico (los pasos procesionales) o lo fúnebre (esqueletos), y en otro ese humor surrealista del que tanto hizo gala en su vida poniéndose a él mismo de ejemplo (disfrazándose de hombre negro, de hombre circense o de hombre-orador).     
Luis Buñuel utiliza en "Ensayo de un crimen" al maniquí como objeto de deseo, capaz de suplir incluso una presencia humana real y viva con el fin de evitar un asesinato. Archibaldo de la Cruz prefiere arrojar a las llamas a una réplica de su enamorada antes que hacerlo con la mujer real.         
Berlanga en "Tamaño natural" realiza en 1973 una fábula parecida a la de "No es bueno que el hombre es solo", eliminando todo misterio o sordidez para construir, junto con Rafael Azcona, un relato despojado de todo elemento novelesco.

Y así, la idea de la muñeca o el maniquí ha ido surgiendo aquí y allá como fuente inagotable de historias surrealistas.

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EL ARTE COMO SALVACIÓN Y CONDENA

>> sábado, 30 de agosto de 2014

Obras de "arte degenerado" halladas en el piso de Cornelius Gurlitt

El comienzo de la historia parecía inspirada por el novelista John Le Carré:
Septiembre de 2010. Durante el control rutinario de un tren que viajaba de Múnich a Zurich, unos agentes de aduana sospecharon de uno de los viajeros, de nombre Cornelius Gurlitt, el cual se encontraba en posesión de una gran suma de dinero en metálico. Tras tomarse nota del sujeto, se pensó que éste podía haber cometido algún tipo de delito fiscal, por lo que tras una serie de pesquisas se procedió, dos años más tarde, a registrar la vivienda del sujeto, que vivía en Munich. Allí encontraron 1280 obras de arte identificadas como buena parte de ese "museo degenerado" que Hitler creó a su llegada al poder   
mediante el expolio a museos, galerías y coleccionistas. Estas piezas de valor incalculable fueron expuestas al público en el Múnich de Cornelius, como ejemplo de algo indigno que debía de ser borrado de la faz de la tierra. Como la Historia siempre la escriben los vencedores (vencedores temporales, pues el poder es algo con fecha de caducidad), el nazismo quiso escribir "desescribiendo" el denominado en alemán como Entartete Kunst, tratando de acabar con esta página de la Historia del Arte. Muchos de estos ejemplos artísticos fueron destruidos mientras que otros desaparecieron, continuando en paradero desconocido en gran medida. El arte moderno olía era para los propugnadores de la raza aria a arte enemigo de la perfecta raza aria, pues se encargaba de mostrar que el ser humano era precisamente lo contrario: un dechado de defectos. Este arte tachado de inmoral se encontraba representado en nombres de la talla de Otto Dix, Franz Marc e incluso Gustav Klimt y había sido promovido por el enemigo público número uno del gobierno alemán: los judíos.

Cartel original de la exposición organizada en Múnich sobre "arte degenerado" en 1937.

Hildebrand Gurlitt, padre de Cornelius, además de tener sangre semita, fue uno de los aliados del régimen nacionalsocialista desde su posición de historiador de arte, director de museo y marchante. Él supo valorar el expresionismo alemán a pesar de acabar trabajando para su enemigo, ofreciéndose para vender parte de este arte requisado. Su hijo acabó siendo coleccionista seguramente al ser consciente de la fortuna que su padre había amasado con el negocio del arte, recibiendo también como herencia parte de este patrimonio amasado durante aquella etapa tan oscura de la Historia de Alemania.  
El cineasta John Frankenheimer dirigió en 1964 un film titulado "El tren", en el cual intervinieron nombres como el de Burt Lancaster o el de Jeanne Moreau. En él se proponía el siguiente polémico asunto: ¿Un cuadro vale más que una vida humana? La trama se ambienta durante la Segunda Guerra Mundial y su protagonista trata por todos los medios de salvar una colección de obras "degeneradas" transportándolas fuera de Alemania por ferrocarril. Pero no solo este  personaje (encarnado por Burt Lancaster) participa en esta actividad, como resulta por otra parte lógico: en ella toman parte un buen número de individuos que no dudan en arriesgar su integridad física con tal de lograr este propósito general. El plano final resulta bien representativo: En un tramo de vía en mitad del campo, el tren parado. A los dos lados del mismo, multitud de cajas en las que se pueden leer nombres como Picasso, Renoir o Degas, rodeadas por cadáveres.

Fotograma de "El tren" de John Frankenheimer (1964)

Podemos entender que el arte ha sido en parte víctima y provocadora de ciertos hechos nefastos de la Historia: Así, encontramos a los futuristas italianos, que fueron en gran medida amigos del fascismo de Mussolini y ayudaron a que éste acabase sentándose en su trono. Anteriormente, durante la Primera Guerra Mundial, gran parte de la vanguardia acudió entusiasmada a las trincheras, ávida de esa adrenalina... la misma de la que se valió Hemingway para acudir de voluntario también a la guerra o para otras aficiones menores como la caza (de animales) o la asistencia en calidad pasiva a los sanfermines o las corridas de toros en España. Volviendo al asunto nazi, Leni Riefenstahl colaboró con sus películas de propaganda como "El triunfo de la voluntad" u Olimpia" para presentar las virtudes del régimen de su admirado Hitler, deslumbrando con sus imágenes, presentando, como diría Susan Sontag, un "fascinante fascismo".
La reflexión, como vemos, no es baladí. El arte ha sido atrayente para gobiernos y a su vez enemigo de los mismos, por la peligrosidad de la libertad de la que gozaba.          



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Paperblog

>> viernes, 29 de agosto de 2014

 Valido la inscripción de este blog al servicio Paperblog bajo el seudónimo nosoydali

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“LES PORTES DE LA NUIT”. EL REALISMO POÉTICO DE MARCEL CARNÉ

>> jueves, 28 de agosto de 2014



Hay películas que marcan una época, más allá de que los espectadores las recuerden con el paso de los años. En ellas, surgen elementos que acaban cobrando suficiente entidad como para escapar de aquel gran padre que las engendró (en este caso los filmes gracias a los cuales pudieron existir), volando fuera del nido como productos independientes. Es el caso del film de 1946 de Marcel carné titulado “Les portes de la nuit”. En él, pudo escucharse por primera vez aquella melodía que posteriormente fue interpretada en multitud de versiones por las voces más representativas del mundo musical del siglo pasado: “Les feuilles mortes” (o, lo que es lo mismo, “Las hojas muertas” aquí en España). Un título que ya forma parte del repertorio de la canción francesa y que, sin embargo, fue compuesto en un cincuenta por ciento por húngaro llamado Joseph Kosma, quien se encargó de componer su melodía. De la letra se ocupó el poeta, dramaturgo y guionista Jacques Prévert, uno de los escritores más relevantes del panorama de vanguardia literario de la primera mitad del siglo veinte. No solo formó parte del movimiento surrealista (a él se le atribuyen inventos como el del famoso “cadáver exquisito”, consistente en la creación de una obra grupal artística en la cual ninguno de los ejecutantes sabe lo que hacen los otros) sino que además fue miembro de la escuela patafísica y, para gloria del parnaso francés, responsable de un grupo de libros poéticos y de guiones cinematográficos legendarios, como el del filme que aquí nos vamos a encargar de analizar. No obstante, la universalidad de “Les feuilles mortes” ha acabado provocando que el público, en la mayoría de los casos, solo sea capaz de tararear la melodía, olvidándose injustamente de aquella letra tan maravillosa de Prévert (y, en muchos casos, mostrando una total ignorancia acerca de los nombres de los dos creadores de dicha canción).


Marcel Carné, uno de los cineastas que mejor supo dotar de personalidad a un cine francés por aquel entonces en búsqueda de identidad, ya había sabido ganarse a la crítica con un puñado de títulos dignos de figurar en cualquier enciclopedia de cine que se precie: baste citar un par de títulos como “Hôtel du Nord” o “Les enfants du paradis” para corroborar sta afirmación. Gracias a René Clair (con el cual colaboró en sus orígenes) pudo construir unos cimientos firmes con los que llegar a ser un director independiente y apreciado por el público de la época. Además, supo rodearse de un grupo de creadores de gran calidad, como los ya citados Kosma o Prévert, o por ejemplo Alexander Trauner, uno de los directores de arte más prestigiosos (llegó a colaborar con Billy Wilder u Orson Welles). Los decorados de Trauner nos trasladan a atmósferas estéticas fácilmente reconocibles por los cinéfilos más veteranos. En ellas puede respirarse un aire de inverosímil verosimilitud o, para ser más correctos, de “realismo poético”, como así vino a definirse el estilo de los filmes de Carné. El cineasta decidió seguir la estela propuesta por Jean Vigo, aquel malogrado autor que supo consagrarse con una filmografía escasa pero contundente (la muerte le sorprendió siendo aún joven).
“Les portes de la nuit” es un film que apenas tuvo el éxito que merecía, aunque no por ello deja de sorprender a las nuevas generaciones que dan con él y lo disfrutan. Su estilo ha sido enclavado dentro del de “cine negro”, aunque a mi juicio debería de escaparse de cualquier clasificación. Su historia posee una fuerza nacida precisamente de la sencillez y de la ingenuidad, de la huida de toda posible complicación que solo conduciría al espectador a una innecesaria confusión o aturullamiento. Como todas las películas de aquella época, resulta deliciosamente naif, con unos personajes un tanto primitivos aunque cargados de razones. No necesitan de mayor definición porque de lo contrario serían incoherentes con la historia en la que participan. Todos ellos tienen su biografía y todos ellos acaban coincidiendo en un mismo lugar y en una misma época sin que la crítica pueda decir que todo encaja demasiado bien y puede resultar increíble. Es precisamente ese “destino”, personificado en la figura del mendigo, el que justifica todas estas coincidencias, construyéndose así un marco eminentemente ficticio e imaginativo dentro de unos parámetros realistas deudores del momento histórico que estaba teniendo lugar. Concretamente, la liberación de París y el final de la Segunda Guerra Mundial. Una Francia desolada que busca, con una fuerza imperiosa, su regeneración.


Prévert, perteneciente al partido comunista pero no sujeto a él (de hecho se le asocia más a las corrientes anarquistas), trazó un argumento de tintes políticos en el cual resultaba necesaria una reivindicación de corte progresista contra los excesos totalitarios de un régimen nacional socialista que había devastado la concepción de ese viejo Occidente.
“Les portes de la nuit” realiza una radiografía, no exenta de maniqueísmo, no solo de las diferentes formas de pensar políticas, sino de las formas de actuar respecto de la ética y de la moralidad. Cabría resaltar aquí la siguiente frase de Voltaire: "La estupidez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás." En el film en Carné, hay una reivindicación del sentido común por encima de esa estupidez que puede conducir a la raza humana a su propia extinción. Y, por si no fuera bastante, por encima de cualquier idealismo siempre acaba imperando la dura realidad de la vida, que se impone a todo intento de auto engaño por parte del individuo y le hace poner los pies en la tierra, haciéndole ver que ni siquiera en el cine son posibles los “finales felices”.



Entre el grupo nutrido de intérpretes, cabe destacar a Yves Montand, para el cual ésta fue su primera película y que, a pesar de ser recordado más como cantante que como actor (de hecho, fue quien en mayor medida popularizó "Les feuilles mortes"), se desenvuelve a las mil maravillas ante la cámara cinematográfica. Él acabó aceptando el papel que originalmente iba a interpretar Jean Gabin, pero del que acabó renegando debido a lo comprometido del mismo (un comunista que consigue escaparse de la ejecución tras la ocupación de Francia y vuelve, junto con otro compañero del partido que ha corrido la misma suerte, para ajustar cuentas con aquellos que cobardemente realizaron delaciones). Otros actores que el público reconocerá será el de “Carette”, popular cómico que será recordado ante todo por los personajes de los films de Jean Renoir.
A partir de los años cincuenta, el cine francés comenzó a tomar otros derroteros con el advenimiento de la Nouvelle Vague y toda una generación de nuevos creadores. El cine realizado por Carné comenzó a perder público, hasta que poco a poco se fue extinguiendo. No obstante, la histoire du cinéma le debe mucho a quien fue uno de sus padres fundacionales. 

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Antonio "El Bailarín" interpreta las Sonatas de Antonio Soler en El Escorial (de la película "Duende y misterio del flamenco" de Edgar Neville, 1952)

>> sábado, 23 de agosto de 2014

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Tarde de acuarela

"Mari"

"Estanque de la chopera"

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REFLEXIÓN INSPIRADA POR JUAN JOSÉ MILLÁS

>> jueves, 21 de agosto de 2014


El servicio de atención al cliente de aquella compañía telefónica había conseguido que aborreciese "La danza de los espíritus bienaventurados" de la ópera "Orfeo y Urídice" de Gluck. Cada vez que uno de aquellos telefonistas me pedía que esperase unos "breves" e interminables minutos, sonaba de fondo el fragmento de aquella obra, repetido hasta la extenuación de una forma inaceptable.
Y yo entonces imaginaba, desde aquella librería en la que me encontraba trabajaba de forma temporal, cómo debía de ser la calle que veía desde el fondo del escaparate, antes de la llegada de Telefónica a ella. Antes de que hubiese postes telefónicos con cables que nadie sabía de dónde venían ni hacia donde se dirigían, puntos de descanso en los que ingenuas palomas se posaban sin saber que podían morir electrocutadas, esperando que algún viandante - aún más ingenuo que ellas - pasase por abajo y entonces poder liberarse de sus excreciones, conformadas de un material más terrible que aquel que da nombre a la Coca-Cola, tan verdusco y corrosivo. Portadoras paradójicamente de la paz y de algunas enfermedades, su color blanco apenas lo vieron algunos afortunados como Picasso, ya que habitualmente visten su traje gris teñido de otros pigmentos ajenos a su propia constitución.
Como digo, trataba de imaginar cómo debía de ser aquella calle cuando la civilización aún no había prostituido a la música barroca gracias a sus cintas de contestador automático. Cuando todo aquello
era campo y tan solo algunas casitas convivían con aquella naturaleza castellana. Algún camino de tierra donde ahora hay una autopista, algún colegio donde ahora hay edificios de oficinas, algún campo de trigo donde ahora se erigen terribles colmenas de cemento en las que nadie cree que pueda vivir tanta gente hacinada (al menos las antiguas corralas tenían un aire galdosiano).
Todo esto fue así alguna vez, y yo envidio a quien lo vio de aquella manera y no de esta. Admiro a aquella humanidad que todavía no había perdido del todo el juicio. Como ella me dijo después de ver una película de Godard, en la antigüedad el ser humano no estaba enfermo e iba a favor de su naturaleza y no en su contra. Y los que tenemos aún ese pensamiento anacrónico aún a pesar de pertenecer a esta época nos preguntamos qué será de nosotros, si no somos realmente los verdaderamente enfermos por ir contra corriente y luchar por estos paraísos perdidos.
Y mientras, un locutor radiofónico destrozaba un fragmento de Umbral cuando era joven y poeta (ahora los locutores olvidan lo que es expresar mediante la voz, solo transmiten como transmiten los presentadores de televisión, leyendo lo que un rótulo les dice). El periodista y escritor hablaba en su juventud de calles leonesas y de un momento del día tan mágico como lo era el atardecer, justo aquel que transcurría a través del cristal del escaparate. Y la telefonista seguía pasándome con Orfeo o con Eurídice, y nadie entraba en la librería porque ya nadie conoce a los autores que hay colocados como reclamo en la portada de la tienda. Y si entran se equivocan, preguntan si sé dónde hay un locutorio o si acepto libros. La gente viene no a comprar sino a desprenderse de libros, porque las bibliotecas no están de moda, ni siquiera para colocar en ellas las Páginas Amarillas (ya se pueden consultar en Internet). Quizá pueden adornarse con figuras de porcelana que ya ni van a buscarse a Portugal porque ya existen tiendas de chinos que las reproducen, con pésima fidelidad, aunque más baratas. Esto es lo que impera: el precio de las cosas, su economía. Así ahorramos, como pequeños judíos extraídos de novelas de Charles Dickens o de Pío Baroja. Este último hacía hablar a su personaje Andrés Hurtado de "El árbol de la ciencia", haciéndole confesar que desearía poner una metralleta delante de la Plaza de Toros de Madrid para ponerse a disparara contra todo aquel que volviera de la "sangrienta fiesta". Deseos irracionales criminales nacían de la boca de las criaturas creadas por la pluma de este escritor vasco, quien tuvo la suerte de no tener a nadie nunca que le tapara la boca con la mano, pagando también el castigo de su propio exilio interior, que fue y sigue siendo el de muchos. Desde este silencio observo este escenario que tan bien conozco desde niño, este barrio del que nunca salí salvo temporadas cortas, y que se me antoja muchas veces ficticio, como el telón pintado del escenario de alguna película, como aquel puerto de cartón piedra (o, mejor dicho, de cartón y pintura) de "Marnie la ladrona" de Hitchcock.
Finalmente contacto con quien parece que va a solventar el problema de internet que llevo padeciendo en la tienda desde hace unos días. El amable personaje que me atiende (este sí real y bien educado, por la cuenta que le trae) finalmente me informa de que no va a poder solventar el conflicto, pidiéndome la misma paciencia que he tenido esperando a que me pusieran en contacto con él pero multiplicada hasta la extenuación... Como tres o cuatro días tardarán en tratar de arreglar el problema... "Y si aún así pasado ese tiempo no le funciona internet, vuelva a ponerse en contacto con nosotros". Yo, desde mi garita de vigilancia, anuncio mi cambio y corto, como un espía de la guerra fría veraniega madrileña, porque acaba de entrar un cliente y creo que no va a preguntarme ni por la hora ni quiere dejarme libros. 

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Caricaturas mutuas

Mari por Javi

Javi por Mari

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MARCEL SCHWOB, BIÓGRAFO PECULIAR

>> miércoles, 20 de agosto de 2014




Durante una conversación que tuvo lugar en la terraza de un café de la calle Limón, Mari me habló por primera vez de un tal Marcel Schwob. Era la segunda vez que quedaba con ella y tuvimos que conocernos mucho más, hasta convertirnos en almas gemelas, para que ella, en la noche del mejor cumpleaños que recuerdo hasta la fecha, me regalase el libro titulado "Vidas imaginarias". Muchas noches después pasadas en su compañía, vimos la película "Roma" de Aristarain, en la que finalmente se cerró el círculo en torno a este escritor. En este filme argentino ella oyó hablar por primera vez del literato, lo cual le hizo interesarse por él debido a una de sus muchas intuiciones mágicas. Ahora yo tenía en mi poder su libro culmen, pero hubo de pasar todavía un mes más para comenzar su lectura. Que para Borges fuera uno de sus libros de cabecera resultó un referente más que válido. Y es que en la actualidad resulta casi imposible encontrar eruditos de la talla del argentino. A otros compañeros de generación como Carpentier, se les notaba en el rostro la riqueza vital, eran personas que convivieron con personas de distintas clases sociales, que viajaron y conocieron todo tipo de realidades que conformaron su universo personal. Emplearon cada momento de su vida para conocer y aprender en un mundo, esto sí, menos globalizado y complejo que el actual, en el que tanto hemos aprendido a desperdiciar el tiempo con actividades fútiles que nos alejan del auténtico conocimiento. Borges, además de poseer la sabiduría necesaria como para afrontar ensayos culturales de todo tipo, se valió de ella para jugar con la ficción, confundiendo los hechos reales con otros imaginarios y aunándolos en perfecta homogeneidad. Su obra abrió nuevos caminos dentro de la literatura aunque lamentablemente , en la actualidad, su herencia no se ha valorado lo suficiente. El maestro tuvo, no obstante y como es natural, otros maestros de quienes aprendió. Podemos perdernos en la noche de los tiempos tratando de encontrar un maestro que no aprendiera de otros sino de sí mismo, llegando a la conclusión de no poder afirmar científicamente la existencia de ningún profeta o iluminado. No obstante, cada genio dejó humildemente su propio granito de arena y Borges aprendió de Schwob la posibilidad de alternar el ensayo con el arte de especular y fabular, creando auténticas leyendas mágicas que aún hoy en día deslumbran, como perlas únicas y maravillosas.               

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Visita a la casa natal de Rafael Alberti (Calle Santo Domingo, Puerto de Santa María, Cádiz)









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¿QUÉ ES LA MÚSICA?

>> lunes, 18 de agosto de 2014


El niño se atrevió a preguntarle al padre, por fin, qué era la música. El padre, tan sabio como era, quiso contestarle pero no con una respuesta que contuviese una definición. Era consciente de que el niño debía de comprender deleitándose, por lo que quiso sumergirle en aquel mundo que debía de explicarle. Sabiendo que su hijo era un apasionado del dibujo (no había día que no gasta se una cuartilla, sin importarle que detrás tuviese algo escrito, importante o no) le sugirió una escena: "Piensa en un hombre que vuelve a su tierra, tras muchos años viviendo en otro lugar, buscándose un porvenir. Ahora es un hombre adinerado y desea retornar allí donde fue feliz en su juventud. Su aldea es costera, posee una playa y en ella siempre hay marineros que van y vuelven de la mar. Este lugar está ahora vacío, porque es todavía muy pronto. Está amaneciendo. El hijo pródigo, llamémosle Juan, regresa en este momento. Quizá en la arena haya redes y alguna barca anclada en la orilla. Se escuchan voces, cantos de estos trabajadores que comienzan una nueva jornada de labor". El niño pensó todo esto con los ojos cerrados. Ya tenía la imagen. Su padre no tuvo ni que decirle que lo reprodujera gráficamente, pues enseguida estaba el niño buscando lapiceros de colores y un papel blanco. Estuvo cinco minutos rayajeando a toda prisa mientras el padre le observaba desde su butacón, sonriente y curioso. Al fin, el niño le entregó el dibujo. "Muy bien. Ahora vuelve a cerrar los ojos y escucha." El padre colocó un vinilo sobre el tocadiscos y, en cuanto posó la aguja sobre el disco, sonó la introducción de "Los gavilanes" de Jacinto Guerrero. El niño confrontó las imágenes inventadas con aquel nuevo paisaje sonoro que se le presentaba como fondo de álbum de cromos sobre el que situar pegatinas ajenas. Esto era la música para el padre, ni más ni menos. Un refugio para quien nunca supo dibujar, ni escribir, para quien no tuvo facilidad para inventar pero sí para dejarse evocar por cualquier tipo de creación. La música, la más poderosa de las abstracciones, le hacía sentirse privilegiado al poder disponer de aquellos universos vedados en la oscuridad del silencio y la monotonía. Era una válvula de escape, una forma con la que inundar aquella habitación de papel pintado amarillento en el cual, paradójicamente, ya no se advertían los dibujos que lo decoraron antiguamente.

Habían pasado más de cuarenta años y todavía aquel niño era capaz de recordar aquel momento, siendo como era ya un hombre maduro. Aún raya cuartillas, pero siempre escucha previamente una canción. Esta costumbre se ha convertido tras tanto tiempo en un vicio. Una dulce manía.         

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EL JARDINERO QUE GANÓ EL NOBEL


 
El violonchelista Mstislav Rostropovich 

En la actualidad, la música española continúa siendo valorada y admirada en el extranjero. Muchos países seguramente seguirán sin comprender cómo un país tan rico en cultura es tan poco cuidado en este aspecto por quienes viven en él. Ante los ojos de gran parte de Europa, la Iberia de Albéniz continúa siendo un lugar inhóspito y extraño, cuando no exótico y folclórico, con todo lo que conlleva de contenido negativo dicha definición. Quienes se encuentran en lo alto del escalafón y pueden permitirse tomar medidas para revitalizar este páramo desértico, no son precisamente personas dotadas con la sensibilidad que dicha empresa requiere para actuar como es debido.
Existen, no obstante, concursos y certámenes que tratan de poner en alza el arte y la cultura. A pesar de que dicho criterio en algunos casos sea dudoso y se encuentre corrompido por otro tipo de intereses, perviven ejemplos de defensa cultural que hacen que hoy por hoy continúe vivo este apoyo.
La Escuela Superior de Música Reina Sofía, es quizá una de las iniciativas más representativas y valoradas en este aspecto. A lo largo de sus años de existencia, no solo ha logrado incentivar el talento dentro del país sino fuera, tendiendo puentes entre las diferentes culturas musicales de todo el mundo.
Hace no mucho tiempo tuve la suerte de escuchar una interesante anécdota de primera mano durante una cena en compañía de unos buenos amigos y de mi pareja. Quien me la contó fue testigo privilegiado de aquel momento (yo incluso llegaría a decir que posee una biografía privilegiada dentro de la cual pueden citarse personajes clave de la cultura del pasado siglo veinte). La historia relatada tuvo lugar dentro del marco de unos encuentros culturales organizados por una de estas fundaciones musicales. En ella estaba este amigo, la persona que presidía la susodicha entidad y Mstislav Rostropovich, al cual le sobran presentaciones. Al parecer, en un momento de la velada, la persona que presidía aquel centro musical comenzó a tratar de ganarse la confianza del maestro precisamente del modo menos adecuado a cómo debía de haberlo hecho: hablando de sus propias excelencias, entre las cuales podríamos destacar la de que hasta los mayordomos que trabajaban para ella tenían una carrera. Al llegar a este punto, el ruso afirmó irónico que nada tenía que hacer a su lado, puesto que él tuvo un mayordomo premiado con el Nobel. Esta afirmación, pese a resultar descabellada, puede explicarse si nos remitimos a la historia política rusa relativamente reciente: Y es que Alexandr Solzhenitsyn, autor de "Archipiélago Gulag", se refugió en la casa de Mstislav Rostropovich cuando se encontraba perseguido por el régimen soviético. El violoncelista no solo le acogió sino que se erigió en su defensor público. Cuando algún representante del gobierno comunista acudía a casa del músico para preguntar por el futuro premio Nobel, Rostropovich decía de él que era su jardinero, que vivía en su casa porque trabajaba para él.  

Alexander Solzhenitsyn y Mstislav Rostropovich

Antes que Solzhenitsyn, otro ruso ganador del Nobel, Boris Pasternak, tuvo que sufrir la persecución de su propio país resultándole imposible no recoger el premio. De él llegaron a decir las autoridades rusas de la época que el autor de "Doctor Zhivago" era peor que los cerdos, pues estos no defecaban en el mismo lugar donde se les daba de comer.
Tras la respuesta dada por el invitado Rostropovich, el anfitrión quedó "patidifuso" y, en adelante, trató de ser un poco menos rimbombante con sus declaraciones.
Porque la cultura no debe ser nunca algo meramente lucrativo, como lo es en nuestros días, en los que claramente se ha tratado de prostituir en cada momento. Nunca un bien tan preciado debe de ser utilizado para fines indignos.
¿Qué diría Beethoven si supiese que una de sus melodías ha sido empleada como melodía representativa de un partido político? ¿Y Sócrates, cómo respondería de saber que una de sus citas recordadas por Platón ha sido empleada como eslogan para una marca de electrodomésticos? Lamentablemente, se echaría las manos a la cabeza casi seguro de conocer que la mayoría del público desconocía esa frase y ni siquiera se había percatado de su uso para este caso.
¿No tuvo que ser Lutero quien defendiera que la música podía emplearse para llegar a Dios, a diferencia de lo que decían los representantes de esa otra Iglesia, que pensaba que era cuanto menos demoniaca? ¿Por qué Bach no fue aceptado en Dresde como músico y El Greco y el estilo de El Greco no fue del gusto de Felipe II? Es más ¿Por qué El Greco permaneció cogiendo polvo en los sótanos del Museo del Prado durante siglos y tuvo que ser Zuloaga quien lo rescatara del injusto olvido? ¿Por qué las Pinturas Negras de Goya fueron despreciadas por esta misma entidad y por idéntico motivo? El tiempo es el más implacable justiciero pero, en los tiempos actuales que corren, al parecer lo que ha cambiado es el criterio de quienes deben degustar ese arte y ha perdido todo criterio estético preocupado más pro su propia involución. Dentro de poco, retornaremos a las cavernas, sin querer ofender con ello a nuestros entrañables cavernícolas de las pinturas rupestres (ni siquiera estas se consideran arte sino una excusa funcional de tipo ritual con la que poder favorecer la caza o vaya usted a saber cuántas cosas más con las que poder llegar a fin de mes sin morir de inanición). La síntesis del diseño de algunas casas de esta "nueva arquitectura" bien podrían equipararse a la austeridad de unas cuevas en Altamira o Lascaux (exceptuando el precio por el que son vendidas), aunque si me dan a elegir preferiría la belleza de estas construcciones naturales con respecto a esas otras, antinaturales y antiestéticas. Y qué música puede escucharse en estas construcciones que no son sino una degeneración de las ideas de Mies van der Rohe o Le Corbusier? Quizá piezas tituladas, por ejemplo, como "Música para leer el correo electrónico". En la actualidad, son las propias máquinas quienes componen, siendo la labor de los supuestos compositores tan solo introducir una serie de coordenadas en ellas para que, mediante una serie de combinaciones, se extraigan obras frías e inhumanas.            

Ante esta postura, solo cabe elegir a John Cage, al que no le faltaba filosofía y sabía cómo encontrar música hasta en el silencio.

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IMAGEN DE TURINA

>> jueves, 14 de agosto de 2014

Manuel de Falla, María Lejárraga y Joaquín Turina

Creo recordar que Federico García Lorca dijo una vez de Manuel de Falla que representaba el misterio escondido entre los muros de Granada, mientras que la música de Joaquín Turina era la luz sevillana. Tal bella definición en términos comparativos musicales solo podía proceder de un poeta. Un poeta músico. No obstante, a mi juicio Turina también representa ese misterio al que se refería Lorca. Un misterio, eso sí, afincado absolutamente en la tradición de la música andaluza. Falla trascendió a otros espacios, más allá de sus Noches en los jardines de España o su Amor Brujo. Turina, en cambio, nunca renegó en este sentido de sus raíces y prefirió esta estabilidad inspiradora. A pesar de que, como Falla y tantos otros de su generación, se formó en Francia, supo regresar y quedarse en su país, dotándolo, eso sí, de esa fuerte carga impresionista europea que tanto le impregnó y de la que no pudo ni quiso desembarazarse. Esta mezcla tan particular de ambos estilos es lo que puede definir la música de Turina. Al misterio al que me refería no solo se le une el de la música heredada obviamente de la cultura árabe como es la clásica andaluza, sino también aquella otra tan evanescente y de múltiples sugerencias, como fue la de la escuela de Fauré, Dukas o Ravel. Muchos de estos franceses se sintieron atraídos por esta música española localizada concretamente en las melodías del sur, siempre tan folclórica y característica, con la que hasta ahora hemos tenido que cargar debido a los tópicos (la guitarra, la sevillana, el toro como símbolos de España). Debussy le pedía a Falla que le proporcionara este material musical, así como otros como Chabrier o Korsakov, que nunca pisaron España pero quisieron componer algunas obras de estilo español.
Korsakov no llegó a entrar en contacto con España, pero supo nutrirse de otro material musical con el que componer música de corte española. Fue al cancionero de José Inzenga y de allí extrajo aquel repertorio, en este caso más cercano al folclore del norte de la península, concretamente Asturias o Galicia. Albéniz también recurrió a este material para componer su famosa "Iberia". Verdi tampoco pudo resistirse y, durante una estancia en Madrid, contactó con Barbieri para que le proporcionase una serie de partituras típicamente españolas con las que elaborar fragmentos de su ópera "Don Carlo". El autor de "El barberillo de Lavapiés", que era un apasionado de la arqueología musical española (tenía en su haber una gran colección de tonadillas de todas las épocas) acabó considerando al italiano como un maleducado ya que nunca pudo da con él para entregarle en mano el fajo de canciones que le había pedido.

Con el paso de los años, la música de Turina, a pesar de haber perdido ese contexto cultural en el que fue compuesta, continúa resultando llamativa y sugerente, precisamente por ofrecer un mundo ya extinto pero rico en imágenes, colores y luces. 

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"Viva Navarra". Jota para concierto de Joaquín Larregla.

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Desayuno aéreo


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Noche de cine


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La chica que me encontré en Antón Martín"


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Antonio Soler y la música española antigua

El compositor Antonio Soler


"El tiempo de Antonio Soler... Cuando les hablo en estos términos, no me refiero a la época en la que vivió este compositor español, sino literalmente al tiempo del que disponía el religioso para trabajar en su música... Es por ello que el legado que nos dejó fue bastísimo..."

En aquellos días de clases aprendí lo que no estaba en los escritos, nunca mejor dicho. Me encontraba cursando un doctorado en estudios artísticos y literarios que había querido ser una suerte de compendio de filología, teatro, música y arte. Sin saber cómo, había acabado en la rama de musicología, centrada concretamente en la música española antigua, esa gran desconocida.
Del padre Soler había oído hablar en numerosas ocasiones y conocía parte de su obra, de forma directa o indirecta. Hace unos años compré un disco antológico del maestro interpretado por Alicia de Larrocha, pero previamente había escuchado sus melodías en películas de ambientación histórica: "Sangre de Mayo" de Garci, por ejemplo. De la misma época también conocía en este sentido buena parte del repertorio, empleado como banda sonora cinematográfica para la recreación de escenas históricas tales como las de la magnífica "Goya en Burdeos" de Saura. Luigi Bocherinni, Juan Hidalgo o José de Nebra saltaban a escena desde su anonimato y los espectadores se deleitaban con ellos y comprobaban la escepcionalidad de su música sin ser conscientes de lo que escuchaban concretamente.   En el Teatro de la Zarzuela, este mismo año, tuve la suerte de asistir a un homenaje que se rindió a buena parte de estos autores en una obra titulada "De lo humano... y divino". Esta obra, llevada a cabo por el contratenor Carlos Mena, tenía como única escenografía un retablo de época reproducido a escala gigantesca y empleado con un fin arquitectónico, dentro del cual se situaban cantantes, actores y músicos.

Representación de "De lo humano... y divino" en el Teatro de la Zarzuela

Soler trabajaba dentro del Monasterio del Escorial, como organista y director del coro. Además, componía la música que después era interpretada en él. Allí acudía en ocasiones especiales la corte entera, desplazada con la consiguiente pompa desde la capital madrileña, para deleitarse con las novedades musicales que el Scarlatti español les proporcionaba.
El actual director del coro del monasterio, Gustavo Sánchez, nos impartió algunas clases acerca del maestro y nos trajo ejemplos vivos de su música, sobre los que realizamos todo tipo de ejercicios como lecturas y transcripciones de manuscritos originales inéditos.
Dejándome llevar por la curiosidad, fuera del horario lectivo me puse a investigar acerca de esta figura clave de la historia musical española. Así, llegó hasta mí una versión de su famoso "Fandango", adaptado para orquesta y con ciertos añadidos de corte contemporáneo. Esta curiosa adaptación corrió a cargo de Claudio Prieto y el resultado es más que sobresaliente. Tuve la oportunidad de disfrutar de su grandiosidad en una grabación en directo de la orquesta de RTVE dirigida por el desaparecido Odón Alonso. Además, también localicé en un libro sobre la Historia de la música española escrito por Tomás Marco una alusión a cierta orquestación previa que Pablo Sorozábal hizo a modo de intermedio para su zarzuela "Los burladores". Aunque esta versión me pareció mas que mejorable, no estoy de acuerdo con la apreciación de Marco acerca de ese mal orquestar del vasco, pues sus propias obras están caracterizadas por un uso magnífico de la orquesta en todos sus sentidos.
Otro curioso ejemplo del uso de la música del padre Antonio Soler lo encontramos en la película de Edgar Neville "Duende y misterio del flamenco"  del año 1952. Rodada a modo de documental, en uno de sus fragmentos Antonio "El bailarín" interpreta las famosas sonatas del compositor ante el monasterio de El Escorial, concretamente en la Fuente de Blasco Sancho. Un año más tarde, el propio compositor Joaquín Rodrigo compuso un ballet para lucimiento del bailador titulado "Soleriana", en el cual empleaba motivos de la música de Soler. El propio Rodrigo se valió de innumerables motivos extraídos de la tradición musical española para realizar sus obras.

Antonio "El bailarín" interpreta una de las sonatas del padre Soler en el film "Duende y misterio del flamenco" de Edgar Neville (1952)

De esta manera, fui avanzando en mis averiguaciones y acabé por estudiar de una forma más o menos breve toda la historia del teatro musical español y, por ende, de la música española, empañada sin duda por la influencia italiana de la que tanto tardamos en desembarazarnos. Puedo decir que, respecto a la música de otros lugares de Europa, la música española de entre los siglos XVI y XVIII peca de pobre y somera, muy acorde por cierto con nuestra propia cultura y nuestra sociedad, siempre tan clériga y austera. No obstante, poseemos un folclore propio bien digno, una personalidad musical que en cierta forma es envidiada en otros lugares en los que se poseía técnica y desenvoltura pero adolecían de esa naturalidad que tenían nuestras canciones (cuando no eran influídas o contaminadas por lo que en otros países estaba de moda). Por fortuna, toda esa riqueza acabó reflejándose en la música del siglo diecinueve y veinte, hasta que finalmente aquella música de teatro desapareció como tantas otras cosas de nuestra tradición para ser desplazada por nuevos gustos y formas de entender lo cultural melómanamente hablando.

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