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EL JARDINERO QUE GANÓ EL NOBEL

>> lunes, 18 de agosto de 2014


 
El violonchelista Mstislav Rostropovich 

En la actualidad, la música española continúa siendo valorada y admirada en el extranjero. Muchos países seguramente seguirán sin comprender cómo un país tan rico en cultura es tan poco cuidado en este aspecto por quienes viven en él. Ante los ojos de gran parte de Europa, la Iberia de Albéniz continúa siendo un lugar inhóspito y extraño, cuando no exótico y folclórico, con todo lo que conlleva de contenido negativo dicha definición. Quienes se encuentran en lo alto del escalafón y pueden permitirse tomar medidas para revitalizar este páramo desértico, no son precisamente personas dotadas con la sensibilidad que dicha empresa requiere para actuar como es debido.
Existen, no obstante, concursos y certámenes que tratan de poner en alza el arte y la cultura. A pesar de que dicho criterio en algunos casos sea dudoso y se encuentre corrompido por otro tipo de intereses, perviven ejemplos de defensa cultural que hacen que hoy por hoy continúe vivo este apoyo.
La Escuela Superior de Música Reina Sofía, es quizá una de las iniciativas más representativas y valoradas en este aspecto. A lo largo de sus años de existencia, no solo ha logrado incentivar el talento dentro del país sino fuera, tendiendo puentes entre las diferentes culturas musicales de todo el mundo.
Hace no mucho tiempo tuve la suerte de escuchar una interesante anécdota de primera mano durante una cena en compañía de unos buenos amigos y de mi pareja. Quien me la contó fue testigo privilegiado de aquel momento (yo incluso llegaría a decir que posee una biografía privilegiada dentro de la cual pueden citarse personajes clave de la cultura del pasado siglo veinte). La historia relatada tuvo lugar dentro del marco de unos encuentros culturales organizados por una de estas fundaciones musicales. En ella estaba este amigo, la persona que presidía la susodicha entidad y Mstislav Rostropovich, al cual le sobran presentaciones. Al parecer, en un momento de la velada, la persona que presidía aquel centro musical comenzó a tratar de ganarse la confianza del maestro precisamente del modo menos adecuado a cómo debía de haberlo hecho: hablando de sus propias excelencias, entre las cuales podríamos destacar la de que hasta los mayordomos que trabajaban para ella tenían una carrera. Al llegar a este punto, el ruso afirmó irónico que nada tenía que hacer a su lado, puesto que él tuvo un mayordomo premiado con el Nobel. Esta afirmación, pese a resultar descabellada, puede explicarse si nos remitimos a la historia política rusa relativamente reciente: Y es que Alexandr Solzhenitsyn, autor de "Archipiélago Gulag", se refugió en la casa de Mstislav Rostropovich cuando se encontraba perseguido por el régimen soviético. El violoncelista no solo le acogió sino que se erigió en su defensor público. Cuando algún representante del gobierno comunista acudía a casa del músico para preguntar por el futuro premio Nobel, Rostropovich decía de él que era su jardinero, que vivía en su casa porque trabajaba para él.  

Alexander Solzhenitsyn y Mstislav Rostropovich

Antes que Solzhenitsyn, otro ruso ganador del Nobel, Boris Pasternak, tuvo que sufrir la persecución de su propio país resultándole imposible no recoger el premio. De él llegaron a decir las autoridades rusas de la época que el autor de "Doctor Zhivago" era peor que los cerdos, pues estos no defecaban en el mismo lugar donde se les daba de comer.
Tras la respuesta dada por el invitado Rostropovich, el anfitrión quedó "patidifuso" y, en adelante, trató de ser un poco menos rimbombante con sus declaraciones.
Porque la cultura no debe ser nunca algo meramente lucrativo, como lo es en nuestros días, en los que claramente se ha tratado de prostituir en cada momento. Nunca un bien tan preciado debe de ser utilizado para fines indignos.
¿Qué diría Beethoven si supiese que una de sus melodías ha sido empleada como melodía representativa de un partido político? ¿Y Sócrates, cómo respondería de saber que una de sus citas recordadas por Platón ha sido empleada como eslogan para una marca de electrodomésticos? Lamentablemente, se echaría las manos a la cabeza casi seguro de conocer que la mayoría del público desconocía esa frase y ni siquiera se había percatado de su uso para este caso.
¿No tuvo que ser Lutero quien defendiera que la música podía emplearse para llegar a Dios, a diferencia de lo que decían los representantes de esa otra Iglesia, que pensaba que era cuanto menos demoniaca? ¿Por qué Bach no fue aceptado en Dresde como músico y El Greco y el estilo de El Greco no fue del gusto de Felipe II? Es más ¿Por qué El Greco permaneció cogiendo polvo en los sótanos del Museo del Prado durante siglos y tuvo que ser Zuloaga quien lo rescatara del injusto olvido? ¿Por qué las Pinturas Negras de Goya fueron despreciadas por esta misma entidad y por idéntico motivo? El tiempo es el más implacable justiciero pero, en los tiempos actuales que corren, al parecer lo que ha cambiado es el criterio de quienes deben degustar ese arte y ha perdido todo criterio estético preocupado más pro su propia involución. Dentro de poco, retornaremos a las cavernas, sin querer ofender con ello a nuestros entrañables cavernícolas de las pinturas rupestres (ni siquiera estas se consideran arte sino una excusa funcional de tipo ritual con la que poder favorecer la caza o vaya usted a saber cuántas cosas más con las que poder llegar a fin de mes sin morir de inanición). La síntesis del diseño de algunas casas de esta "nueva arquitectura" bien podrían equipararse a la austeridad de unas cuevas en Altamira o Lascaux (exceptuando el precio por el que son vendidas), aunque si me dan a elegir preferiría la belleza de estas construcciones naturales con respecto a esas otras, antinaturales y antiestéticas. Y qué música puede escucharse en estas construcciones que no son sino una degeneración de las ideas de Mies van der Rohe o Le Corbusier? Quizá piezas tituladas, por ejemplo, como "Música para leer el correo electrónico". En la actualidad, son las propias máquinas quienes componen, siendo la labor de los supuestos compositores tan solo introducir una serie de coordenadas en ellas para que, mediante una serie de combinaciones, se extraigan obras frías e inhumanas.            

Ante esta postura, solo cabe elegir a John Cage, al que no le faltaba filosofía y sabía cómo encontrar música hasta en el silencio.

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