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FICCIÓN Y MUÑECAS: UN OSCURO OBJETO DE DESEO

>> domingo, 31 de agosto de 2014


Cartel publicitario de "No es bueno que el hombre esté solo"


La otra noche, en el canal de televisión 8 Madrid (emisora que solo los más filmófilos- no, no es una enfermedad, como diría un personaje de Berlanga- conocen y que  programa películas de excelente calidad) emitieron una película que injustamente ha sido relegada al olvido. El asunto del que trata hace todavía más incomprensible su condena. Se trata de "No es bueno que el hombre esté solo", título que puede resultar a partes iguales interesante o inapropiado. Interesante por su factor inquietante con connotaciones bíblicas incluidas e inapropiado porque lo mismo puede remitirnos a un drama que a una comedia de tintes "landistas" ("No desearás al vecino del quinto").
El director, Pedro Olea, quiso aprovechar el momento de apertura en el que se encontraba el cine español de mil novecientos setenta para proponer a los espectadores una historia fuera de lo común. Para ello, se valió de un actor que comenzaba a demostrar que, además de ser un gran cómico, poseía también una nada desdeñable vertiente dramática: José Luis López Vázquez. Tras interpretar a un hombre que se creía mujer ("La prima angélica"), a un desmemoriado en silla de ruedas acosado por su propia familia ("El jardín de las delicias") y a un enamorado de la magdalena de Proust que no hacía sino revivir pasajes de su infancia ("La prima Angélica"), en este caso se ponía en la piel de Martin, un hombre solitario que pasa gran parte de su tiempo encerrado en su chalet, teniendo como única distracción la compañía de una muñeca a la que trata como si fuese su pareja. Un año después, nos sorprendería con su interpretación de un asesino que se cree licántropo en "El bosque del lobo", a las órdenes del mismo Olea. El cineasta bilbaíno volvería a contar con él para películas posteriores como su más que decente adaptación de la novela histórica de Arturo Pérez reverte "El maestro de esgrima", aunque en este caso el protagonismo recayó en Omero Antonutti. Este italiano, que pasará a la historia del cine por su papel en "El sur" de Víctor Erice, tenía la virtud de aparentar ser un híbrido de hombre común condenado a convertirse en Dios, debido a su fuerte presencia ante la pantalla.

José Luis López Vázquez en un fotograma de la película

En la elaboración de la historia de "No es bueno que el hombre esté solo", encontramos el nombre de José Luis Garci, que por entonces se encontraba dando sus primeros pasos como guionista. Resulta extraño que las únicas colaboraciones entre López Vázquez y Garci tuvieran lugar excepcionalmente durante este periodo. "La cabina", dos años posterior a este film que aquí analizamos, es otro ejemplo en el que el director de "El abuelo" participa en calidad de escritor y no de cineasta. Cuando posteriormente alcanza este estatus, se dedica a rescatar grandes nombres de la escena española como Alfredo Landa, Adolfo Marsillach, Antonio Ferrandis, Jesús Puente o Fernando Fernán Gómez. Quizá este peculiar carácter nostálgico de su cine provocó que el realizador buscase grandes glorias de ese pasado que en tantas ocasiones retrató para hablar de aquella época que tanto anhelaba. López Vázquez fue descartado de ese casting, siendo condenado a figurar en el propio pasado profesional de Garci, a través de lo que le hizo decir en papel.
Resulta peculiar cómo el currículum como guionista de Garci nada tiene que ver con su currículum como director. Las historias que concibió para que fuesen dirigidas por otros son oscuras y siniestras, una especie de homenaje a las "Historias para no dormir" de Ibáñez Serrador.
En el reparto del filme de Olea figura también una Carmen Sevilla que en nada se parecía ya a los personajes encarnados en su primera etapa de andaluza guapa y salerosa (recordemos "Pan, amor y Andalucía", en el que un Vittorio De Sica convertido en viejo verde se dedica a perseguirla por las calles de Sevilla). Otras películas interesantes de esta etapa posterior de la actriz son "La loba y la paloma" o "Beatriz", ambas de Gonzalo Suárez.   

Cartel del ballet "Coppelia"

La atracción por las muñecas en la construcción de relatos viene de lejos. Ya en "El hombre de arena" de E.T.A. Hofmann encontramos la historia de la muñeca creada por el doctor Coppelius, aquella que daría lugar al ballet de Delibes titulado precisamente "Coppelia". Sigmund Freud estudió la obra literaria en su ensayo sobre lo siniestro, deteniéndose en esta historia en la que su protagonista, Nathanael, se siente atraído por su vecina, que resulta ser una autómata. Recordemos que lo siniestro representa esa extrañeza hacia aquello que nos es aparentemente familiar. Ante esa necesidad de crear algo similar al ser humano, una criatura frankensteniana, con la que poder en este caso suplir otra ausencia y fantasear con una falsa compañía, diferentes creadores han forjado sus propias historias sorprendentes.
Las vanguardias ya se fijaron en estas presencias siniestras en los escaparates de moda y no dudaron en retratarlas en relatos, pinturas, fotografías o películas. Dziga Vertov y Water Ruttman reflejaron estos maniquíes en sus respectivas Rusia y Alemania. Ante los locos años veinte del siglo pasado, no faltó quien supo sabiamente comparar a aquellas bailarinas de piernas esbeltas que danzaban desenfrenadamente (para sufrimiento de los varones) con aquellas otras máquinas que se encontraban funcionando a todo vapor amenazando constantemente con sustituir toda presencia humana.
No podemos olvidar "El gabinete del doctor Caligari" del cineasta Robert Wiene (1920), que en la línea del relato romántico de Hoffmann continuó tratando los miedos que acechaban a la sociedad alemana, los que la acabarían conduciendo sin remedio al futuro al horror nazi. Esta película narra la historia de Cesare, un sonámbulo manipulado por Caligari, quien le ordena cometer crímenes durante la noche (podemos establecer una comparación con el gobierno alemán y la sociedad que gobernó tanto en la primera como en la segunda guerra mundial). 

Ramón Gómez de la Serna entrevistando a su muñeca

José Gutiérrez Solana y Ramón Gómez de la Serna se autorretrataron acompañados de sendas mujeres de cartón piedra, cada uno a su estilo, comprendiéndose en uno cierta atención hacia presencias que nos remiten a otras realidades en lo carnavalesco (máscaras de personajes caricaturescos), lo escultórico (los pasos procesionales) o lo fúnebre (esqueletos), y en otro ese humor surrealista del que tanto hizo gala en su vida poniéndose a él mismo de ejemplo (disfrazándose de hombre negro, de hombre circense o de hombre-orador).     
Luis Buñuel utiliza en "Ensayo de un crimen" al maniquí como objeto de deseo, capaz de suplir incluso una presencia humana real y viva con el fin de evitar un asesinato. Archibaldo de la Cruz prefiere arrojar a las llamas a una réplica de su enamorada antes que hacerlo con la mujer real.         
Berlanga en "Tamaño natural" realiza en 1973 una fábula parecida a la de "No es bueno que el hombre es solo", eliminando todo misterio o sordidez para construir, junto con Rafael Azcona, un relato despojado de todo elemento novelesco.

Y así, la idea de la muñeca o el maniquí ha ido surgiendo aquí y allá como fuente inagotable de historias surrealistas.

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