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MARCEL SCHWOB, BIÓGRAFO PECULIAR

>> miércoles, 20 de agosto de 2014




Durante una conversación que tuvo lugar en la terraza de un café de la calle Limón, Mari me habló por primera vez de un tal Marcel Schwob. Era la segunda vez que quedaba con ella y tuvimos que conocernos mucho más, hasta convertirnos en almas gemelas, para que ella, en la noche del mejor cumpleaños que recuerdo hasta la fecha, me regalase el libro titulado "Vidas imaginarias". Muchas noches después pasadas en su compañía, vimos la película "Roma" de Aristarain, en la que finalmente se cerró el círculo en torno a este escritor. En este filme argentino ella oyó hablar por primera vez del literato, lo cual le hizo interesarse por él debido a una de sus muchas intuiciones mágicas. Ahora yo tenía en mi poder su libro culmen, pero hubo de pasar todavía un mes más para comenzar su lectura. Que para Borges fuera uno de sus libros de cabecera resultó un referente más que válido. Y es que en la actualidad resulta casi imposible encontrar eruditos de la talla del argentino. A otros compañeros de generación como Carpentier, se les notaba en el rostro la riqueza vital, eran personas que convivieron con personas de distintas clases sociales, que viajaron y conocieron todo tipo de realidades que conformaron su universo personal. Emplearon cada momento de su vida para conocer y aprender en un mundo, esto sí, menos globalizado y complejo que el actual, en el que tanto hemos aprendido a desperdiciar el tiempo con actividades fútiles que nos alejan del auténtico conocimiento. Borges, además de poseer la sabiduría necesaria como para afrontar ensayos culturales de todo tipo, se valió de ella para jugar con la ficción, confundiendo los hechos reales con otros imaginarios y aunándolos en perfecta homogeneidad. Su obra abrió nuevos caminos dentro de la literatura aunque lamentablemente , en la actualidad, su herencia no se ha valorado lo suficiente. El maestro tuvo, no obstante y como es natural, otros maestros de quienes aprendió. Podemos perdernos en la noche de los tiempos tratando de encontrar un maestro que no aprendiera de otros sino de sí mismo, llegando a la conclusión de no poder afirmar científicamente la existencia de ningún profeta o iluminado. No obstante, cada genio dejó humildemente su propio granito de arena y Borges aprendió de Schwob la posibilidad de alternar el ensayo con el arte de especular y fabular, creando auténticas leyendas mágicas que aún hoy en día deslumbran, como perlas únicas y maravillosas.               

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