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REFLEXIÓN INSPIRADA POR JUAN JOSÉ MILLÁS

>> jueves, 21 de agosto de 2014


El servicio de atención al cliente de aquella compañía telefónica había conseguido que aborreciese "La danza de los espíritus bienaventurados" de la ópera "Orfeo y Urídice" de Gluck. Cada vez que uno de aquellos telefonistas me pedía que esperase unos "breves" e interminables minutos, sonaba de fondo el fragmento de aquella obra, repetido hasta la extenuación de una forma inaceptable.
Y yo entonces imaginaba, desde aquella librería en la que me encontraba trabajaba de forma temporal, cómo debía de ser la calle que veía desde el fondo del escaparate, antes de la llegada de Telefónica a ella. Antes de que hubiese postes telefónicos con cables que nadie sabía de dónde venían ni hacia donde se dirigían, puntos de descanso en los que ingenuas palomas se posaban sin saber que podían morir electrocutadas, esperando que algún viandante - aún más ingenuo que ellas - pasase por abajo y entonces poder liberarse de sus excreciones, conformadas de un material más terrible que aquel que da nombre a la Coca-Cola, tan verdusco y corrosivo. Portadoras paradójicamente de la paz y de algunas enfermedades, su color blanco apenas lo vieron algunos afortunados como Picasso, ya que habitualmente visten su traje gris teñido de otros pigmentos ajenos a su propia constitución.
Como digo, trataba de imaginar cómo debía de ser aquella calle cuando la civilización aún no había prostituido a la música barroca gracias a sus cintas de contestador automático. Cuando todo aquello
era campo y tan solo algunas casitas convivían con aquella naturaleza castellana. Algún camino de tierra donde ahora hay una autopista, algún colegio donde ahora hay edificios de oficinas, algún campo de trigo donde ahora se erigen terribles colmenas de cemento en las que nadie cree que pueda vivir tanta gente hacinada (al menos las antiguas corralas tenían un aire galdosiano).
Todo esto fue así alguna vez, y yo envidio a quien lo vio de aquella manera y no de esta. Admiro a aquella humanidad que todavía no había perdido del todo el juicio. Como ella me dijo después de ver una película de Godard, en la antigüedad el ser humano no estaba enfermo e iba a favor de su naturaleza y no en su contra. Y los que tenemos aún ese pensamiento anacrónico aún a pesar de pertenecer a esta época nos preguntamos qué será de nosotros, si no somos realmente los verdaderamente enfermos por ir contra corriente y luchar por estos paraísos perdidos.
Y mientras, un locutor radiofónico destrozaba un fragmento de Umbral cuando era joven y poeta (ahora los locutores olvidan lo que es expresar mediante la voz, solo transmiten como transmiten los presentadores de televisión, leyendo lo que un rótulo les dice). El periodista y escritor hablaba en su juventud de calles leonesas y de un momento del día tan mágico como lo era el atardecer, justo aquel que transcurría a través del cristal del escaparate. Y la telefonista seguía pasándome con Orfeo o con Eurídice, y nadie entraba en la librería porque ya nadie conoce a los autores que hay colocados como reclamo en la portada de la tienda. Y si entran se equivocan, preguntan si sé dónde hay un locutorio o si acepto libros. La gente viene no a comprar sino a desprenderse de libros, porque las bibliotecas no están de moda, ni siquiera para colocar en ellas las Páginas Amarillas (ya se pueden consultar en Internet). Quizá pueden adornarse con figuras de porcelana que ya ni van a buscarse a Portugal porque ya existen tiendas de chinos que las reproducen, con pésima fidelidad, aunque más baratas. Esto es lo que impera: el precio de las cosas, su economía. Así ahorramos, como pequeños judíos extraídos de novelas de Charles Dickens o de Pío Baroja. Este último hacía hablar a su personaje Andrés Hurtado de "El árbol de la ciencia", haciéndole confesar que desearía poner una metralleta delante de la Plaza de Toros de Madrid para ponerse a disparara contra todo aquel que volviera de la "sangrienta fiesta". Deseos irracionales criminales nacían de la boca de las criaturas creadas por la pluma de este escritor vasco, quien tuvo la suerte de no tener a nadie nunca que le tapara la boca con la mano, pagando también el castigo de su propio exilio interior, que fue y sigue siendo el de muchos. Desde este silencio observo este escenario que tan bien conozco desde niño, este barrio del que nunca salí salvo temporadas cortas, y que se me antoja muchas veces ficticio, como el telón pintado del escenario de alguna película, como aquel puerto de cartón piedra (o, mejor dicho, de cartón y pintura) de "Marnie la ladrona" de Hitchcock.
Finalmente contacto con quien parece que va a solventar el problema de internet que llevo padeciendo en la tienda desde hace unos días. El amable personaje que me atiende (este sí real y bien educado, por la cuenta que le trae) finalmente me informa de que no va a poder solventar el conflicto, pidiéndome la misma paciencia que he tenido esperando a que me pusieran en contacto con él pero multiplicada hasta la extenuación... Como tres o cuatro días tardarán en tratar de arreglar el problema... "Y si aún así pasado ese tiempo no le funciona internet, vuelva a ponerse en contacto con nosotros". Yo, desde mi garita de vigilancia, anuncio mi cambio y corto, como un espía de la guerra fría veraniega madrileña, porque acaba de entrar un cliente y creo que no va a preguntarme ni por la hora ni quiere dejarme libros. 

1 comentarios:

Sonia 28 de agosto de 2014, 2:41  

Javi, menos mal que estoy suscrita a tu blog y de vez en cuando abro Blogger y pico en las entradas que subes, no he podido resistirme a ésta. Trabajar de librero es uno de mis sueños además de mitos eróticos! ¿Te imaginas que dos personas se conocen y se enamoran en esa librería? ¿O que alguien compra un libro viejo que lleva inscripciones de esa persona y descubre fragmentos de su pasado?

Todo muy romántico para lo que debe de ser Madrid a finales de agosto... en todo caso, me alegro de ver que sigues escribiendo tan maravillosamente y de cosas tan interesantes e idiosincráticas (¡mira qué palabro! idiosincrático! soy una cultureta...)
Un abrazo desde Zaragoza.

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