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IMAGEN DE TURINA

>> jueves, 14 de agosto de 2014

Manuel de Falla, María Lejárraga y Joaquín Turina

Creo recordar que Federico García Lorca dijo una vez de Manuel de Falla que representaba el misterio escondido entre los muros de Granada, mientras que la música de Joaquín Turina era la luz sevillana. Tal bella definición en términos comparativos musicales solo podía proceder de un poeta. Un poeta músico. No obstante, a mi juicio Turina también representa ese misterio al que se refería Lorca. Un misterio, eso sí, afincado absolutamente en la tradición de la música andaluza. Falla trascendió a otros espacios, más allá de sus Noches en los jardines de España o su Amor Brujo. Turina, en cambio, nunca renegó en este sentido de sus raíces y prefirió esta estabilidad inspiradora. A pesar de que, como Falla y tantos otros de su generación, se formó en Francia, supo regresar y quedarse en su país, dotándolo, eso sí, de esa fuerte carga impresionista europea que tanto le impregnó y de la que no pudo ni quiso desembarazarse. Esta mezcla tan particular de ambos estilos es lo que puede definir la música de Turina. Al misterio al que me refería no solo se le une el de la música heredada obviamente de la cultura árabe como es la clásica andaluza, sino también aquella otra tan evanescente y de múltiples sugerencias, como fue la de la escuela de Fauré, Dukas o Ravel. Muchos de estos franceses se sintieron atraídos por esta música española localizada concretamente en las melodías del sur, siempre tan folclórica y característica, con la que hasta ahora hemos tenido que cargar debido a los tópicos (la guitarra, la sevillana, el toro como símbolos de España). Debussy le pedía a Falla que le proporcionara este material musical, así como otros como Chabrier o Korsakov, que nunca pisaron España pero quisieron componer algunas obras de estilo español.
Korsakov no llegó a entrar en contacto con España, pero supo nutrirse de otro material musical con el que componer música de corte española. Fue al cancionero de José Inzenga y de allí extrajo aquel repertorio, en este caso más cercano al folclore del norte de la península, concretamente Asturias o Galicia. Albéniz también recurrió a este material para componer su famosa "Iberia". Verdi tampoco pudo resistirse y, durante una estancia en Madrid, contactó con Barbieri para que le proporcionase una serie de partituras típicamente españolas con las que elaborar fragmentos de su ópera "Don Carlo". El autor de "El barberillo de Lavapiés", que era un apasionado de la arqueología musical española (tenía en su haber una gran colección de tonadillas de todas las épocas) acabó considerando al italiano como un maleducado ya que nunca pudo da con él para entregarle en mano el fajo de canciones que le había pedido.

Con el paso de los años, la música de Turina, a pesar de haber perdido ese contexto cultural en el que fue compuesta, continúa resultando llamativa y sugerente, precisamente por ofrecer un mundo ya extinto pero rico en imágenes, colores y luces. 

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