Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

BREVE GUÍA SENTIMENTAL DE TOLEDO

>> domingo, 7 de septiembre de 2014


Jacinto Guerrero e Ignacio Luca de Tena, autores de "El huésped del sevillano" en Toledo

En 1926, Jacinto Guerrero compuso una de sus más notables obras zarzuelísticas: "El huésped del sevillano". El libreto, escrito por Juan Ignacio Luca de Tena, se desarrolla en el Toledo donde creció Guerrero, aunque la época en la que el argumento se sitúa sea anterior, concretamente principios del siglo XVII. Lo dramático no deja de mezclarse con lo histórico, pues se introducen datos concretos y constatables, como lo son la Posada del Sevillano, escenario concreto dentro de la ciudad manchega donde tiene lugar la narración. También se elige como uno de los personajes a Cervantes, que figura como el "huésped" (uno de los  que habitan dicho mesón), dando nombre al título de la obra. Se sabe que el autor del Quijote concibió allí "La ilustre fregona", una de sus famosas "Novelas ejemplares". Dicha anécdota es aprovechada para incluirla dentro de la zarzuela.
Como este lugar histórico, existieron en Toledo otros como "La Posada de la sangre", donde paradójicamente se creía que Cervantes había escrito la obra antes citada, pero también donde personajes como Dalí, Buñuel o Lorca se reunían durante su juventud e ideaban todo tipo de aventuras descabelladas con las que divertirse lejos de la Residencia de Estudiantes.
Volviendo al argumento de "El huésped del Sevillano", encontramos a dos personajes: un pintor de Corte, Juan Luis, que por la fecha elegida tenía que ser contemporáneo de "El Greco" y que tiene como fin realizar el retrato de una virgen por orden del rey Felipe IV, y una mujer, Raquel, de la que el pintor se enamora y en quien decide inspirarse para el retrato del lienzo.
De la obra, cabe destacar a mi juicio, además del "Canto a la espada toledana" (al estilo de "Il Trovatore" de Verdi, obra que también se desarrolla en España), la "Romanza" que Juan Luis dedica a Raquel, cuyos versos dicen así:

Mujer de los negros ojos,
la de la trenza morena.
Mujer de los labios rojos
como la flor del amor.

Mujer de perfil gitano,
que tiene sangre agarena.
Mujer de cuerpo pagano
eres llama, verso y flor

Esta música resuena en mí al acudir a Toledo, evocada por el sabor que la ciudad ha sabido conservar cuasi intacto a pesar del paso de los años y de las guerras (concretamente la guerra civil, que acabó con el Alcázar original erigido por Carlos V, que fue reconstruido a la postre bajo unos criterios históricos dudosos). Guerrero fue, como Dvořák o Bartók, un compositor comprometido con la tradición musical popular de su país, gracias a lo cual rescató buena parte de su tradición oral recorriendo los pueblos castellanos y transcribiendo estos pedazos de patrimonio directamente de la boca de aquellos que las cantaban. Esta música, utilizada en obras como "La rosa del azafrán", tiene obligada cabida en "El huésped del Sevillano" y ella forma parte de mi equipaje durante mis estancias, como ésta última que tuvo lugar a finales del pasado mes de agosto. Acompañado por Mari, imaginé que ella era Raquel, cobrando la canción todo su sentido.  
Existe una plaza llamada de San Román, escondida en el trazado laberíntico toledano en el que tanto les gustaba perderse a los surrealistas españoles (aquellos citados más arriba, quienes fundaron "La orden de Toledo") en la cual se erige la estatua del poeta soldado Garcilaso de la Vega, otro de los ilustres de la villa, y es aquí donde resuena, más que en ningún otro lugar, la Romanza de "El huésped del sevillano". En ella se encuentra la iglesia conservada que mejor representa el estilo mozárabe mudéjar toledano. Quien suba a su torre podrá disfrutar de unas vistas únicas de la ciudad. Vale la pena, a pesar de que resulta un camino un tanto tortuoso (sus techos oscilan de altura, así como los peldaños van variando de tamaño, separación y distancia). Una torre exenta de campanario, a pesar de lo cual no pude evitar rememorar la escena final de "Tristana" del cineasta de Calanda. En ella, la protagonista sueña que asciende por las escaleras de la torre de la catedral buscando una campana que finalmente tiene a la cabeza de Fernando Rey como su badajo. También vino a mi memoria el sepulcro del cardenal Tavera en el Hospital que lleva su nombre. En mi mente se conserva perfectamente la imagen de la efigie cadavérica del religioso observada por Catherine Deneuve, protagonista del filme de Buñuel.  

Catherine Deneuve, ante la efigie del cardenal Tavera, en un fotograma de "Tristana" de Luis Buñuel

Frente a este edificio, encontraremos una casa de estilo humilde donde Santa Teresa de Jesús escribió las páginas de su vida.
Bajando en busca del río Tajo, llegamos a la iglesia de Santo Tomé, donde está el lienzo de "El entierro del conde de Orgaz". Si continuamos descendiendo, llegaremos al antiguo barrio judío, marcado por algunas señales (como la lámpara menorá) que encontraremos en el pavimento y que nos anunciarán el lugar que pisamos.    
La catedral de Toledo es otro de los lugares toledanos de obligado paso. El estanque sito en la plaza llama casi del mismo modo la atención el estanque sobre el cual puede observarse reflejado el monumento, pareciendo este, más que una imagen especular, un cuadro impresionista realizado por Monet.
Si durante el día Toledo evoca su pasado histórico en su recorrido, la noche lo vuelve verdaderamente mágico. pasar por los arcos de sus puertas históricas resulta una experiencia, cuanto menos, sobrenatural. La luz que apenas ilumina el paseo y a sus monumentos no hace sino dotar de una veladura espectral todo lo que mancha con su luz. Las leyendas, que no son pocas, parecen escapar de los libros para erigirse de forma carnal en estos parajes, como aquella de "El beso" de Bécquer. Las viejas sinagogas observan con ese ladrillo marrón oscuro con el que está compuesto Toledo al viajero, que se detiene ante ellas y las contempla con respeto, recordando que hubo un día en que distintas culturas convivieron en la península.
El Museo de Santa Cruz, emplazado en un antiguo hospital renacentista diseñado por Alonso de Covarrubias, también permite evocar la vida de aquellos que originalmente lo poblaron. En el patio ajardinado del mismo estilo que el de los claustros, podemos imaginar a los enfermos que acudían a refrescarse con el aire cercano a la fuente central, o a pasear por el jardín, como bien pudieron hacer los pacientes del antiguo hospital madrileño donde hoy se afinca otro museo, el Reina Sofía. El Museo de Santa Cruz posee una importante colección de obras de El Greco que no tuvimos oportunidad de ver debido a que gran parte de ellas se encontraban formando parte de la retrospectiva dedicada a Domenico Theotocopoulos, ya que este año se cumple su IV centenario.


"Laocoonte" de El Greco

A riesgo de ser llamado excéntrico, puedo afirmar que a mí, personalmente, me habría interesado seguir otras huellas del pintor griego. Su legado pictórico ya tuve tiempo de disfrutarlo durante mis años de formación como estudiante de Bellas Artes. Ahora me interesaban otras cosas más nimias, como encontrar en el que el griego puso su caballete para realizar aquella panorámica del lugar que le acogió. Aquel excepcional punto de vista de la ciudad desde el otro lado del río, con o sin Laoconte, quedará pendiente de encontrar para posteriores visitas. En esta misma lista de tareas por realizar se encuentra también localizar la silla de piedra en la que se sentó Felipe II para contemplar las obras del monasterio de El Escorial que ordenó erigir su padre.

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP