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"LA VIDA POR DELANTE"

>> domingo, 14 de septiembre de 2014





Porque las cosas están como están, todo se nos hace una cuesta empinada en la que parece no haber cima (porque nadie quiere premiar a los que llegan, pero ellos se ejercitan y van acumulando galardones invisibles), porque todo parece complicado y hemos olvidado la sencillez de las cosas... Ahora, más que nunca, debemos de mirar aquello que día a día nos desafía y reírnos de ello. Si estamos en Lavapiés y tenemos que subir hasta Antón Martín, pues enfilamos la Calle Ave María y sí, nos detenemos en el bar Melo´s y nos metemos entre pecho y espalda una "zapatilla" de tres pisos de lacón fundidos con queso de tetilla acompañados de una buena ración de croquetas (porque somos más gallegos que nadie y el primer platazo nos sabe a poco). Luego, vamos a la taquilla del Cine Doré y sacamos dos entradas para ver "La vida por delante" de Fernando Fernán Gómez. Así nos reconocemos seguidores de ese mundo cinematográfico en el que todo parecía sencillo e ingenuo pero en el que a la vez existía un humor fino e inteligente, deudor de maestros como Jardiel Poncela. De él supo extraer Fernán Gómez buenas dosis de filosofía general, pues tuvo tiempo de conocerlo y trabajar para él, representando ese mundo en escena que era absurdo y a la vez más verdadero que ninguno. El público era capaz de reírse sabiendo que tras aquellos chistes había un poso de reflexión, una moraleja que podía volver a aquella mueca divertida en otra más grave, como si fuese una mueca de equilibrista-contorsionista, capaz de las más insospechadas hazañas. En "La vida por delante" tenemos a un Fernán Gómez todoterreno (director, actor y autor) en su máximo momento de esplendor: Había logrado un nombre, los directores le habían obsequiado con grandes papeles y ahora él había decidido ser quien condujese su propio destino, como un héroe clásico. Pero lo cierto es que él prefería ser un anti-héroe, compararse con el ciudadano de a pie mostrando sus vergüenzas, como ese bufón shakesperiano que no dudaba en tocar con su bastón en las partes más vulnerables del rey-espectador (para que se riese y si sintiese a su vez abochornado). En ese largo viaje de maduración en el que había comenzado a embarcarse por entonces, tuvo a bien rodearse de buena compañía: actores de primera fila -aunque siempre fueron secundarios- como Rafaela Aparicio, Manuel Alexandre o Agustín González le acompañaron hasta el final de sus días y con ellos logró buena parte de sus éxitos. Además de estos grandes actores que por entonces estaban por descubrir, figuran otros de la talla de José Isbert (con quien Fernán Gómez jugaba al ajedrez esperando durante los rodajes), Félix de Pomés o la señora madre del artista, doña Carola Fernán Gómez.  
"La vida por delante" fue algo fresco en el panorama cinematográfico español: una comedia llena de acertados gags, ligera en su desarrollo y llena de incentivos para ese espectador quizá acostumbrado a historias más indigestas y soñolientas. La gente del público de aquel entonces (allá por 1958) debió de reírse tanto como los espectadores de aquella noche en el Cine Doré, con esa risa contagiosa y sana de la que Mari y yo hicimos acopio desde nuestras butacas.
Nos reíamos de esa triste vida que llevaban aquellos personajes conformistas, que estudiaban desganadamente, que conseguían un piso en el que vivir pequeño y ruinoso, que se compraban coches ridículos sin siquiera preocuparse de saber conducir. Una vida artificiosa por cinematográfica, llena de exageraciones increíbles dignas de las altas comedias de Cuckor o Capra. Si acaso pudo haber algún parecido con la realidad, lo encontramos en esa necesidad de subsistencia de sus protagonistas. Nosotros también hacíamos lo que podíamos por progresar aunque pareciese que todo seguía siempre en el mismo punto. Por eso, antes que el mundo nos engullera le poníamos antes un poquito de sirope de chocolate y nos lo tragábamos nosotros, como si se tratase de un creppe. había que endulzar las cosas y todo dependía del talante. Así veíamos en cierto modo a la vida, como una gran novela en la cual lo fantasioso era lo más creíble. Allí vivíamos, en el mundo ideal de nuestros sueños, en aquel realismo mágico, material con el que se forjaban los sueños de los hombres de buena voluntad.
Para la posteridad quedarán personajes como el de Manolo, vividor incapaz de valorar su suerte envidiando aquella otra de los pobres protagonistas, el de la criada utilizada como conejillo de indias por su señora para poner en práctica nefastos experimentos hipnóticos o el del testigo tartamudo del accidente de tráfico.

Tras el éxito de aquel filme, Fernán Gómez trató de realizar una segunda parte, "La vida alrededor", cuyos resultados fueron de menor calidad. En este caso, además de contar de nuevo con el escritor Manuel Pilares, colaboró también en el guión Florentino Soria, guionista, profesor y teórico que hoy día sigue vivo para nuestra fortuna. Al parecer, la causa de que este segundo intento fuese más una frustración que un éxito se debió a lo mucho que lucharon por construir la historia, lo cual se acaba apreciando en cierto encorsetamiento de los personajes y de los hechos en los que participan.  En esta secuela también participó Analía Gadé, su musa argentina. Una señora de rompe y rasga que debió encontrar en aquel pelirrojo de nariz prominente a un Bernard Shaw contemporáneo. Algo que se echa en falta ahora, puesto que, como decía mi amigo Zoilo, en la actualidad ya no existe el sex-appeal de los intelectuales. Por fortuna aún queda quien lo valore y nosotros, pobrecitos escritores, tenemos quien nos quiera y nos comprenda. En mi caso, es una suerte tener a alguien con quien poder compartir una noche en el cine Doré con reflexión sesuda posterior bajando Lavapiés hacia Atocha, línea uno, Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal.

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