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Cartel Concierto "Otra Cosa" en "Honkey Tonk" (1-11-14)

>> lunes, 20 de octubre de 2014


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Está escondido, como corresponde a los objetos de su categoría. Porque se escapan de lo ordinario, por eso es un objeto extraordinario. Pero... ¿Es un objeto? Quizá sea más que eso. Tal vez se trate de un compendio de cosas que conforman algo intangible. Es una caja de zapatos y también es a su vez algo contenido en esa caja de zapatos. Tampoco pertenece a mi infancia, sino que a su vez es un derivado de otra infancia anterior sin la cual yo no existiría. Aquel objeto perteneció antes a mi padre, aunque desconozco si lo atesoró como yo, si le dio ese valor. Yo he tenido siempre esa manía de rodear de un aura especial a ciertas cosas, a dotarlas de un matiz que solo está en mí y que, cuando yo muera, dejará de existir.
Hay quien todavía cree que cuando un poeta se mantiene en silencio no está creando. Lo que yo creo es que simplemente se mantiene en silencio para los demás. Tal vez sea egoísta, porque no manifiesta ese talento exteriormente, guardándoselo para sí. No obstante, la poesía no está solo en los hombres sino en las cosas. Simplemente es necesario saber ver esa poesía, no resultando necesario saber escribir en alejandrinos o endecasílabos. Un niño puede no tener conciencia de la poesía pero a veces observa las cosas desde ese punto de vista.
Ese objeto poético es una caja de zapatos que, a su vez, contiene un aparato a través del cual se observan escenarios imaginarios. Solo tiene que introducirse un pequeño disco en una ranura y observar por dos lentes que ayudan a crear esa ilusión de fantasía tridimensional. Allí está Aladino en una cueva encontrando la lámpara maravillosa, o sobrevolando las cúpulas de una ciudad oriental sobre una alfombra mágica, en compañía de una exótica mujer. Allí una aurora boreal contemplada por unos esquimales, o una niña a la que identificamos como la Alicia de Carroll, persiguiendo un conejo blanco que corre en pos del tiempo, contenido en un reloj de cadena.

El aparato es de construcción alemana, pero la caja que lo contiene tiene inscritos unos graffitis que hablan de un equipo de fútbol perteneciente al país en el que el niño nació. Los ojos de aquel niño de los años cincuenta miraron todas esas maravillas que después miró, con sus ojos, ese otro niño de los años noventa. La mirada cambia, obviamente, a pesar de que se observen idénticas imágenes en uno o en otro caso. Así como José Ortega y Gasset decía en la novela de Tiempo de silencio: Ustedes observan esta misma manzana que yo sostengo en mi mano, pero hay tantas manzanas como personas que en ese momento miran esta pieza de fruta. Así es, siendo visión filosófica o no, lo diga quien lo diga, da lo mismo. Hay tantas realidades como personas. Solo hace falta darse un paseo por una clase de dibujo. Hay un solo cuerpo desnudo posando, pero en cada caballete hay un dibujo, y cada dibujo representa un  cuerpo diferente. Mi mirada es la que aquí describo, siendo este objeto descrito mi propio objeto. Si los lectores tuviesen acceso a él, seguramente lo analizarían de otro modo. Ellos tendrán otros objetos a recordar si han de pensar en uno que marcó su infancia. Y todos son igualmente válidos.

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Principita

>> domingo, 19 de octubre de 2014


Aquí está Mari, tumbada en el sofá de su salón, y yo estoy detrás de esta imagen, mirándola y escuchándola, descubriendo que viste una camiseta donde puede leerse Princess, mientras ella lee El Principito. Este mágico hecho constituye uno más de tantos que nos han sucedido desde que nos conocemos. Otro, podría ser el de que, en un momento de esta tarde de domingo, se haya levantado, haya cogido este libro de uno de sus estantes y se haya decidido a leérmelo de cabo a rabo. Así pues, hemos decidido así, de repente, dedicar la tarde a recordar uno de esos libros que nunca se terminan de leer, a pesar de su brevedad. Un libro que contiene, como aquellos de la Antigüedad, toda la sabiduría del mundo. O, al menos, aquellas cosas más importantes. Está contado de una forma sencilla y compleja a la vez, por lo que tanto los niños como los adultos pueden leerlo, extrayendo significados distintos. Es maravilloso poder detener el mundo para dedicar este fragmento de una vida a reencontrarse con este pequeño pedazo de sabiduría. Algo que seguramente buscaba su autor: olvidar lo absurdo cotidiano que nos impide disfrutar de las cosas bellas.
Yo muchas veces me pregunté: ¿Y si Exupèry siguiera vivo? ¿Y si hubiese seguido escribiendo? Pensaba esto de una forma ilógica, pues así somos los humanos. En lugar de valorar lo que tenemos, nos preguntamos por otras cosas a las que nos es imposible encontrar respuesta. Ahora, redescubriendo las páginas que Mari vuelve a poner en valor, es como si un nuevo mundo se abriese ante mí, uno de aquellos tan difíciles de encontrar, como ese puntito de luz en el cielo en el que debe vivir el personaje de la historia, tan tierno, tan bondadoso. tan puro.

Gracias, Mari. Gracias por mostrarme de nuevo el color. Quisiera vivir para siempre en este libro, no encontrar nunca la palabra FIN.

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EVOCACIÓN E INVOCACIÓN

>> viernes, 17 de octubre de 2014



Hoy me ha vuelto a  suceder. He tenido uno de esos déjà vu que día tras día trato de atesorar, como quien se empeña en atesorar el aire en un tarro conserva. A través del cristal, trato de adivinar aquello, pero es invisible. Como quien intenta descifrar de dónde viene aquella sensación, que enlaza con algún momento no vivido, como perteneciente a otra vida, como si otras vidas pudiesen haber sido vividas y estuviesen contenidas en uno mismo, recordándoselo.
Muchas veces, tendemos a recordar momentos en los que fuimos felices en esta vida sí vivida, en este cuerpo existente. Como aquella vez (lo recuerdo perfectamente) en la que, estando en el colegio siendo yo niño, durante una mañana, atravesé la clase desde mi pupitre hasta una de las librerías de madera marrón oscuro las cuales contenían nuestra biblioteca particular de libros de texto. Aquel día era un día aburrido y pesado. En una palabra: no deseaba estar allí en aquel momento. Entonces, vino a mi memoria un recuerdo de uno de los veraneos pasados en Pirineos. A través de la ventanilla del coche veía cómo atravesábamos un valle. Sonaba el Peer Gynt de Grieg y hacía una luz de mañana de agosto. Entonces, fue como si saliese de aquella habitación con olor a pupitre lavado con lejía y a suelo de goma y llegase a un campo abierto rodeado de bosque. Me encontraba protegido por la Naturaleza, escondido para la civilización.
No obstante, esta imagen existió, como ya dije. Era como algo sobre lo que volver como una forma de ensayo preparatoria para lo que podía venir. Lo incontenible, el déjà vu que viene sin desearlo, te ataca por el flanco derecho y se marcha, así sin más.
Hay instantes que no son míos pero que me inspiran algo, como esas escenas de la película Lucía y el sexo. Justamente aquellos que no se encuentran en la memoria de los cinéfilos: las escenas de un Madrid nocturno y casi vacío, en verano. También están esas casas de las películas españolas de hace diez, veinte e incluso treinta años. Azoteas señoriales e incluso irreales, como aquella diseñada por Pedro Almodóvar para Mujeres al borde de un ataque de nervios, a través de la cual podían verse diversos lugares emblemáticos imposibles de reunir de un solo vistazo, pero que estaban allí. Esas casas palaciegas rediseñadas con colores vivos y con pinturas de Úrculo o del Equipo Crónica. Es como si hubiese vivido La movida madrileña a pesar de haber nacido en 1988. Allí donde no existía tabú y todo parecía posible. Donde hasta yo podía haberme hecho famoso con mis excentricidades, aquellas en las que cada vez me cuesta creer más.
Cuando recorro zonas de Madrid como Usera, Alcorcón o Aluche, allí donde podría decirse que la urbe convive con los espacios verdes, donde aún perviven pequeños chalets y donde apenas transitan coches (pequeñas zonas que parecen pueblos, como si uno hubiese atravesado la puerta a otro universo) siento sensaciones extrañas que me remiten a otras épocas.
Como el olor a las sábanas de una azotea en Estella, Navarra. Y yo estoy vestido de Supermán, y me han fotografiado. ¿Por qué Estella si hablo de Madrid? Son espacios distintos en una misma evocación. Otro día, en el que vamos a visitar a una tía de mi madre a su casa, y atravesamos un Madrid que para mí es otro, como de hace cincuenta años antes. Todo parece decadente, como de los años setenta. ¿Y quién me dice que yo no he vivido esa época y la de los ochenta?

Me he visto recorrer las calles de Madrid en verano, sin ningún tipo de preocupación, olvidando este contexto político-social actual tan opresivo, me he creído un protagonista cinematográfico, atemporal, eternamente joven en los fotogramas de un rollo de celuloide...El mundo era mío y yo no era del mundo, precisamente por experimentar esa extraña sensación de pertenecer a otras vidas no vividas, o tal vez sí.

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>> martes, 14 de octubre de 2014

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"CURRO VARGAS" EN EL TEATRO DE LA ZARZUELA

Un momento de la representación de Curro Vargas en el Teatro de la Zarzuela


Hace ya ocho meses que tuvo lugar aquel acontecimiento lírico único: La reposición de la zarzuela grande de Ruperto Chapí Curro Vargas. Desde aquella tarde de febrero, todavía no había tenido fuerzas para ponerme a escribir, hasta que hará cosa de una semana, una lucecita dentro de mí se encendió y me impuse comenzar de una vez por todas dicha tarea. 
Para hacernos una idea, podemos decir que la música y el argumento fue lo único que se respetó en aquella adaptación de la zarzuela. El director artístico se pasó por el forro toda la ambientación histórica, pero no contento con eso decidió incluir elementos que no hicieron sino ridiculizar la obra en un intento por llamar la atención, ya sea faltando al respeto de lo que se representaba y, cómo no, faltándoselo también a gran parte del público. Pero, podemos ir más allá incluso: hubo también elementos que podrían considerarse como crítica política, pero que en realidad atacaban de alguna forma a sentimientos que podían ir más allá de las instituciones establecidas. Me estoy refiriendo a la espiritualidad, a las creencias, algo de lo que se adolece en esta sociedad actual. Ahora, parece existir una barra libre en este sentido para atacar a todo cuanto representa a las personas, por el simple hecho de que este mundo camina hacia su clara deshumanización.
Podemos comprender, de algún modo, que en esta época ya no se lleven las escenografías de cartón piedra correspondientes al momento en que Chapí concibió su teatro musical. Ahora prima un minimalismo que incluso en algunos casos resulta efectivo y llega a aportar nuevos elementos a obras ya de por sí legendarias. Lo que no se puede comprender e incluso tolerar, es el cambio por el cambio, la denigración de una obra con el solo fin de salir en los periódicos y de ser recordado, aunque no para bien precisamente. A mi juicio, hay algo que puede estar todavía por encima de lo ya citado: Al dar mayor relevancia a esa puesta en escena polémica, al espectador puede costarle empatizar con la historia original que se está contando e incluso con la música, que es pura sensibilidad. Si la sensibilidad queda corrompida o atacada de este modo, Chapí es olvidado y en su lugar prevalece un engendro visual indigno de nuestro legado cultural.

Caricatura de época de Ruperto Chapí

Si la acción se desarrolla a finales del siglo XIX y aparecen personajes embutidos en camisetas futbolísticas del Barça, por ejemplo... Si, en mitad de una procesión presidida por un arco con los colores del orgullo gay, aparece un personaje que interpreta a Jesucristo (o mejor dicho, da a entender que una talla de la procesión ha cobrado vida) y al poco es agredido por policías antidisturbios y por prostitutas que se insinúan ante él... Si la protagonista es un personaje ordinario y hortera que se tumba en chaise longue y teclea en ordenadores... ¿Podríamos decir que con toda la razón hubiera gente que se levantara en mitad de la obra y se marchase a la taquilla para pedir que se le devolviera el dinero de su entrada? No siendo partidario de este tipo de actitudes por respeto a la ceremonia en sí y al lugar donde se representa, puedo afirmar que cuando la obra acaba resultando un despropósito e insulta a quien paga su dinero esperando ver otra cosa bien distinta, quien así actúa se encuentra de algún modo justificado.
El Teatro de la Zarzuela, así como el Teatro Real y otros ámbitos bien representativos de la cultura musical en España, se encuentran dirigidos en parte por personas que, debido a su prestigio en el extranjero, parecen dignificar los lugares en los que trabajan. No obstante, no todo debe de ser imagen superficial de cara a la galería. En este caso, quien ha perpetrado tamaño dislate es alguien que desconoce nuestra cultura o, lo que es peor, la agrede de este modo gratuito.  ¿Nos conviene, por tanto, tener a este tipo de personas irresponsables en nuestras instituciones culturales? A mi juicio, nuestro legado debe transmitirse generación a generación para que éstas continúe apreciando su valor, permaneciendo intacta esta sensibilidad. Es obvio que os tiempos cambian y la sobras pueden ir adecuándose para no quedar anticuadas, pero este proceso deber realizarse con tacto y sutileza. Aún así, yo soy partidario de mantener esta imagen de otro tiempo, porque en cierto modo es también bella.

Fotograma de Curro Vargas de José Buchs (1923)

Es cierto que en la misma época en que Curro Vargas se estrenó, surgió una versión de la obra realizada por otros autores, con el fin de parodiar a la original, comenzando por el título: Churro bragas.  No obstante, la adaptación provenía de fuera y no de dentro. Así, había dos públicos bien diferenciados que decidían ir a ver la obra seria o la cómica, no como en el Curro Vargas del año pasado, donde solo había una opción y estaba viciada de aquel modo tan grotesco.
José Buchs realizó a finales de los años veinte una versión fílmica de la zarzuela, la cual sufrió una adaptación drástica en lo que se refiere a la propia historia y a los personajes. Para empezar, se incluyeron nuevos escenarios y se amplió el argumento con el fin de dar preferencia a la trama y no tanto a la música, que resultaba imposible de reproducir debido a que el cine era mudo por aquella época. Además, se trataba de un cine mímico, ya que se intentaba transmitir excesivamente con la imagen al carecer de sonido. Los intertítulos incluidos en el filme, con texto adicional informativo, resultaban a todas luces insuficientes. Esto provocaba que los actores tuviesen que exagerar sus interpretaciones, lo que acababa por resultar cómico e iba en detrimento de la obra original. Tuve oportunidad de ver esta película en el mismo teatro, proyectada sobre un telón añadido al escenario y con música interpretada en directo por Javier Pérez Azpeitia, quien se había encargado de crear la banda sonora para el filme (la partitura original que se realizó como acompañamiento se encuentra actualmente perdida).
Curro Vargas quizá posea un libreto un tanto anticuado con elementos que hoy en día nos pueden resultar políticamente incorrectos. No obstante, la música de Chapí es magnífica y merece ser recordada en un futuro, a pesar de ser una de las zarzuelas actualmente menos representadas dentro de nuestro repertorio lírico. De cómo sea llevada al público depende del respeto que le tengamos a nuestro patrimonio, que es mucho y muy rico.  
       

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Retrato de Antonio Sanz


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RELATO A PROPÓSITO DE UNA FOTOGRAFÍA DE JOAN COLOM



Sus ojos están abiertos pero ve sin mirar. Para él la realidad no es lo que acontece a su alrededor sino lo que sucede en su interior, que no es sino reflejo de esa realidad a la que se enfrenta día a día: Toda esa urbe gris por industriosa; un mundo pequeño para un ser grande a la par que diminuto. Estos bajos fondos por los que camina en dirección al colegio diariamente son en realidad para él el mejor de los escenarios. Aunque es un niño inquieto, su talento se encuentra desaprovechado, pues vive rodeado de necios que constantemente le hacen olvidar ese diamante que atesora dentro. Su madre ya no está y su padre mejor sería que tampoco estuviera. Prefiere pasar el mayor tiempo posible fuera de casa. Se contenta con las distracciones que le ofrecen las clases en la escuela pública, a la que acude cuando puede (siempre y cuando la tienda que su progenitor regenta se lo permite, pues trabaja en ella como dependiente). Este mundo no le convence, por eso vive de las pocas fantasías que le quedan, aunque la mayoría del tiempo está pensando en sus obligaciones. A veces tiene miedo de no cumplir con lo que se le exige y perder ese plato de comida que, en la fonda que tiene por casa, se le ofrece por el trabajo bien hecho. Hasta los otros compañeros de pupitre que tiene le miran con aires de superioridad, viviendo como ellos viven también en la miseria. Hay que saber tener humildad  , esta es la frase que quizá sepa este niño, sin ser de ello consciente, cuando sus congéneres le tratan como a un apestado. Tarde o temprano, esa justicia de la que hablan en misa (o quizá eso que hace que el mundo se reequilibre cada cierto tiempo) compensa a quien hace bien las cosas, del mismo modo que quien vive en la necedad, el orgullo y el egoísmo con el paso del tiempo va siendo consciente de su error, o la sociedad se lo pone delante, como cuando San Pablo sufrió aquella conversión cayendo de su caballo. ¿Pero entonces por qué este niño, siendo cómo es de admirable, lleva esta vida tan poco acorde a su forma de ser? El mundo es puro desorden y siempre hay quien carga con ese fardo del que otros se desprenden.                 

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"COSTA DA MORTE". LOIS PATIÑO (2013)

>> lunes, 13 de octubre de 2014



De aquí a unos años atrás, he ido notando poco a poco que el salir del cine se me hacía cada vez más indigesto. Quizá el que durante tantos años haya estado habitando en la parcela de ese cine anterior, aquel que podemos considerar clásico (no así comercial, puesto que una cosa no tiene que llevar a la otra) ha podido ser un factor determinante en mi visión contemporánea del cine. Un cine que poco a poco se ha ido vaciando de contenido hasta convertirse en un paradigma de simplificación y de carencias. La modernidad así lo exige, puesto que nuestra concepción del mundo ni siquiera es ya existencialista (ha llegado a un punto en que hemos dejado de lamentarnos por esa ausencia de sentido que progresivamente va afectando a todas las cosas). La vacuidad más absoluta es la perfecta definición de este mundo actual. El cine no ha escapado tampoco de esto. Uno termina de ver una película de estreno considerada de calidad y se pregunta: "¿Qué me llevo a casa?" Antes, las películas dejaban un poso, enriquecían al espectador, que llegaba a casa un poco más humano, un poco más culto si cabe. Ahora, en el cine abundan las historias insignificantes, ya que cada vez son más reflejo de lo que la vida real nos depara. El cine ha pasado de ser una fábrica de sueños para acabar siendo un objeto tan cotidiano como una silla. Quien antes buscaba la evasión en la sala oscura ahora solo puede esperar una continuación de lo que el mundo exterior le depara. Eminencias como Truffaut o Bergman, esto es, cineastas en su momento considerados rompedores e incluso revolucionarios, han pasado a ser considerados tan clásicos como Hitchcock o John Ford. Ahora pertenecen a ese grupo de narradores cuyo estilo ha quedado anticuado para esta época. Anticuado, por fortuna. Ahora son ellos a los que recurrimos para recordar lo que en un tiempo atrás representaba el séptimo arte. Ahora, podemos encontrarnos con una buena fotografía, con unos buenos actores, pero falta ese rigor narrativo, esa promesa de relato complejo y completo.
Por eso, ante un cine que ha dejado de prometer y de sorprender, quedan géneros como el documental, que continúa siendo sincero para quien lo contempla.
Hace unas semanas, acudí con mi chica a ver un documental de Lois Patiño, un joven cineasta que está comenzando a dar que hablar en los ámbitos culturales. Su nueva pieza, Costa da Morte, proyectada en la Cinetea de Matadero, es ejemplo de un trabajo impecable en este último ámbito al que me he referido. Rodar un documental es siempre una tarea solitaria y paciente, donde a uno no le cabe más que esperar a que lo maravilloso acontezca entre lo cotidiano (aunque a veces sea eso cotidiano lo paradójicamente maravilloso). Ese rodaje de guerrilla en el que normalmente participa un equipo reducido, busca lugares que pueden ofrecer aquello que se busca y toma asiento con la cámara al lado, esperando captar una imagen digna del proyecto cinematográfico en el que se han embarcado. En este caso, el paisaje es Galicia, con su bruma misteriosa, pero también con sus habitantes diarios, que caminan por ella y conversan entre sí.


La mirada cinematográfica se detiene en algunos de estos enclaves con aquella mirada del romántico del diecinueve, contemplando extasiado aquel paisaje, buscando en ese plano fijo esos pequeños detalles, como en un cuadro flamenco de Brueguel o de El Bosco. Una voz nos informa de que alguien se encuentra en esta imagen, se le escucha nítidamente y a un volumen considerable, como si lo tuviésemos delante, cuando en realidad puede encontrarse bien distante. Una voz o un sonido, como el de la sierra que va poco a poco talando los árboles que inundan un escenario, los cuales van poco a poco cayendo. Esto nos preocupa de algún modo, pues esa belleza pictórica que la naturaleza nos transmite ha sido atacada y va poco a poco desapareciendo, y sufrimos por ello, porque somos devotos de ese canto a lo hermoso. Nos acordamos de Friedrich y parece que la Naturaleza todo lo puede sobre nosotros, seres diminutos, pero a veces esos seres diminutos pueden acabar con aquello que en otro tiempo les imponía respeto. Esta mirada es por tanto la del hombre decimonónico y la del hombre del siglo XXI y lucha por imponerse en uno de estos dos ámbitos, de estas dos épocas. Lo sublime se enfrenta con lo práctico, con esa necesidad de acabar con un árbol para convertirlo en madera para astilleros, pues un tronco de por sí no ayuda en nada al hombre, y más si está plantado.
Dos señoras conversan en la playa mientras intentan bañarse, a pesar de lo fría que está el agua.
Los percebeiros, cuando todavía las primeras luces del nuevo día no han aparecido en el cielo, ya se encuentran faenando, y parecen luciérnagas con aquellas luces de las que se valen para mirar en el agua y buscar el alimento codiciado.
El mar, embravecido, amenaza con acabar con ellos, que se ocultan tras algunas rocas para no ser arrollado por él.
El fuego va devorando con sus lenguas parcelas de campo y uno contempla absorto este espectáculo, por muy terrible que sea, porque también puede ser bello.
Las campanas del Santuario de Muxía, los cementerios a los que acuden algunos lugareños para visitar a esos seres queridos que ya no volverán a pisar la Tierra.
Todo conjuga a la perfección para actuar como masaje visual, haciendo que el espectador se relaje con esta visión estética, sumergiéndose en el espectáculo visual.

Uno, entonces, puede salir del cine al concluir el filme y pensar que le ha podido parecer más o menos acertado... Pero el formato documental es lo que tiene, que puede ser más o menos cinematográfico, más o menos ficcional o real, pero es eso. No podemos juzgarlo del mismo modo que ese otro género que más vale que revisemos y enderecemos, pues de lo contrario y muy a mi pesar, tendré que darle la razón a mi querido José Luis Garci o a mi querido Víctor Erice, afirmando que el séptimo arte no solo ha cambiado, sino que es otra cosa, cuando no que está ya muerto. Muerto para ese espectador que, aún perteneciendo a esta época, hubiese preferido vivir en otras.             

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Portfolio

>> domingo, 12 de octubre de 2014


 Portfolio Javier Mateo

Os presento mi nuevo Portfolio, diseñado por Mari.
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"Mari en la ventana"

>> viernes, 3 de octubre de 2014

Acrílico sobre lienzo. 81 x 60 cm

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