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"COSTA DA MORTE". LOIS PATIÑO (2013)

>> lunes, 13 de octubre de 2014



De aquí a unos años atrás, he ido notando poco a poco que el salir del cine se me hacía cada vez más indigesto. Quizá el que durante tantos años haya estado habitando en la parcela de ese cine anterior, aquel que podemos considerar clásico (no así comercial, puesto que una cosa no tiene que llevar a la otra) ha podido ser un factor determinante en mi visión contemporánea del cine. Un cine que poco a poco se ha ido vaciando de contenido hasta convertirse en un paradigma de simplificación y de carencias. La modernidad así lo exige, puesto que nuestra concepción del mundo ni siquiera es ya existencialista (ha llegado a un punto en que hemos dejado de lamentarnos por esa ausencia de sentido que progresivamente va afectando a todas las cosas). La vacuidad más absoluta es la perfecta definición de este mundo actual. El cine no ha escapado tampoco de esto. Uno termina de ver una película de estreno considerada de calidad y se pregunta: "¿Qué me llevo a casa?" Antes, las películas dejaban un poso, enriquecían al espectador, que llegaba a casa un poco más humano, un poco más culto si cabe. Ahora, en el cine abundan las historias insignificantes, ya que cada vez son más reflejo de lo que la vida real nos depara. El cine ha pasado de ser una fábrica de sueños para acabar siendo un objeto tan cotidiano como una silla. Quien antes buscaba la evasión en la sala oscura ahora solo puede esperar una continuación de lo que el mundo exterior le depara. Eminencias como Truffaut o Bergman, esto es, cineastas en su momento considerados rompedores e incluso revolucionarios, han pasado a ser considerados tan clásicos como Hitchcock o John Ford. Ahora pertenecen a ese grupo de narradores cuyo estilo ha quedado anticuado para esta época. Anticuado, por fortuna. Ahora son ellos a los que recurrimos para recordar lo que en un tiempo atrás representaba el séptimo arte. Ahora, podemos encontrarnos con una buena fotografía, con unos buenos actores, pero falta ese rigor narrativo, esa promesa de relato complejo y completo.
Por eso, ante un cine que ha dejado de prometer y de sorprender, quedan géneros como el documental, que continúa siendo sincero para quien lo contempla.
Hace unas semanas, acudí con mi chica a ver un documental de Lois Patiño, un joven cineasta que está comenzando a dar que hablar en los ámbitos culturales. Su nueva pieza, Costa da Morte, proyectada en la Cinetea de Matadero, es ejemplo de un trabajo impecable en este último ámbito al que me he referido. Rodar un documental es siempre una tarea solitaria y paciente, donde a uno no le cabe más que esperar a que lo maravilloso acontezca entre lo cotidiano (aunque a veces sea eso cotidiano lo paradójicamente maravilloso). Ese rodaje de guerrilla en el que normalmente participa un equipo reducido, busca lugares que pueden ofrecer aquello que se busca y toma asiento con la cámara al lado, esperando captar una imagen digna del proyecto cinematográfico en el que se han embarcado. En este caso, el paisaje es Galicia, con su bruma misteriosa, pero también con sus habitantes diarios, que caminan por ella y conversan entre sí.


La mirada cinematográfica se detiene en algunos de estos enclaves con aquella mirada del romántico del diecinueve, contemplando extasiado aquel paisaje, buscando en ese plano fijo esos pequeños detalles, como en un cuadro flamenco de Brueguel o de El Bosco. Una voz nos informa de que alguien se encuentra en esta imagen, se le escucha nítidamente y a un volumen considerable, como si lo tuviésemos delante, cuando en realidad puede encontrarse bien distante. Una voz o un sonido, como el de la sierra que va poco a poco talando los árboles que inundan un escenario, los cuales van poco a poco cayendo. Esto nos preocupa de algún modo, pues esa belleza pictórica que la naturaleza nos transmite ha sido atacada y va poco a poco desapareciendo, y sufrimos por ello, porque somos devotos de ese canto a lo hermoso. Nos acordamos de Friedrich y parece que la Naturaleza todo lo puede sobre nosotros, seres diminutos, pero a veces esos seres diminutos pueden acabar con aquello que en otro tiempo les imponía respeto. Esta mirada es por tanto la del hombre decimonónico y la del hombre del siglo XXI y lucha por imponerse en uno de estos dos ámbitos, de estas dos épocas. Lo sublime se enfrenta con lo práctico, con esa necesidad de acabar con un árbol para convertirlo en madera para astilleros, pues un tronco de por sí no ayuda en nada al hombre, y más si está plantado.
Dos señoras conversan en la playa mientras intentan bañarse, a pesar de lo fría que está el agua.
Los percebeiros, cuando todavía las primeras luces del nuevo día no han aparecido en el cielo, ya se encuentran faenando, y parecen luciérnagas con aquellas luces de las que se valen para mirar en el agua y buscar el alimento codiciado.
El mar, embravecido, amenaza con acabar con ellos, que se ocultan tras algunas rocas para no ser arrollado por él.
El fuego va devorando con sus lenguas parcelas de campo y uno contempla absorto este espectáculo, por muy terrible que sea, porque también puede ser bello.
Las campanas del Santuario de Muxía, los cementerios a los que acuden algunos lugareños para visitar a esos seres queridos que ya no volverán a pisar la Tierra.
Todo conjuga a la perfección para actuar como masaje visual, haciendo que el espectador se relaje con esta visión estética, sumergiéndose en el espectáculo visual.

Uno, entonces, puede salir del cine al concluir el filme y pensar que le ha podido parecer más o menos acertado... Pero el formato documental es lo que tiene, que puede ser más o menos cinematográfico, más o menos ficcional o real, pero es eso. No podemos juzgarlo del mismo modo que ese otro género que más vale que revisemos y enderecemos, pues de lo contrario y muy a mi pesar, tendré que darle la razón a mi querido José Luis Garci o a mi querido Víctor Erice, afirmando que el séptimo arte no solo ha cambiado, sino que es otra cosa, cuando no que está ya muerto. Muerto para ese espectador que, aún perteneciendo a esta época, hubiese preferido vivir en otras.             

2 comentarios:

Javramser 31 de octubre de 2014, 6:44  

No puedo estar más en desacuerdo. Tú sabes, igual que yo, que este cine no es fruto de un despojamiento de contenido del cine narrativo, sino la línea continuista de un cine que ha existido desde el nacimiento del medio cinematográfico, pero que ha sido maltratado, ocultado y alejado continuamente del público mayoritario. Dos nombres rápidos pueden plantear los antecedentes en la cadena: Vertov - Wiseman.

Javier Mateo Hidalgo 1 de noviembre de 2014, 3:51  

Yo solo digo que ahora mismo prefiero el cine documental, pues me parece más sincero que el cine llamado "de ficción" que se hace ahora. Ya sé que tanto uno como otro poseen características parecidas.

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