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EVOCACIÓN E INVOCACIÓN

>> viernes, 17 de octubre de 2014



Hoy me ha vuelto a  suceder. He tenido uno de esos déjà vu que día tras día trato de atesorar, como quien se empeña en atesorar el aire en un tarro conserva. A través del cristal, trato de adivinar aquello, pero es invisible. Como quien intenta descifrar de dónde viene aquella sensación, que enlaza con algún momento no vivido, como perteneciente a otra vida, como si otras vidas pudiesen haber sido vividas y estuviesen contenidas en uno mismo, recordándoselo.
Muchas veces, tendemos a recordar momentos en los que fuimos felices en esta vida sí vivida, en este cuerpo existente. Como aquella vez (lo recuerdo perfectamente) en la que, estando en el colegio siendo yo niño, durante una mañana, atravesé la clase desde mi pupitre hasta una de las librerías de madera marrón oscuro las cuales contenían nuestra biblioteca particular de libros de texto. Aquel día era un día aburrido y pesado. En una palabra: no deseaba estar allí en aquel momento. Entonces, vino a mi memoria un recuerdo de uno de los veraneos pasados en Pirineos. A través de la ventanilla del coche veía cómo atravesábamos un valle. Sonaba el Peer Gynt de Grieg y hacía una luz de mañana de agosto. Entonces, fue como si saliese de aquella habitación con olor a pupitre lavado con lejía y a suelo de goma y llegase a un campo abierto rodeado de bosque. Me encontraba protegido por la Naturaleza, escondido para la civilización.
No obstante, esta imagen existió, como ya dije. Era como algo sobre lo que volver como una forma de ensayo preparatoria para lo que podía venir. Lo incontenible, el déjà vu que viene sin desearlo, te ataca por el flanco derecho y se marcha, así sin más.
Hay instantes que no son míos pero que me inspiran algo, como esas escenas de la película Lucía y el sexo. Justamente aquellos que no se encuentran en la memoria de los cinéfilos: las escenas de un Madrid nocturno y casi vacío, en verano. También están esas casas de las películas españolas de hace diez, veinte e incluso treinta años. Azoteas señoriales e incluso irreales, como aquella diseñada por Pedro Almodóvar para Mujeres al borde de un ataque de nervios, a través de la cual podían verse diversos lugares emblemáticos imposibles de reunir de un solo vistazo, pero que estaban allí. Esas casas palaciegas rediseñadas con colores vivos y con pinturas de Úrculo o del Equipo Crónica. Es como si hubiese vivido La movida madrileña a pesar de haber nacido en 1988. Allí donde no existía tabú y todo parecía posible. Donde hasta yo podía haberme hecho famoso con mis excentricidades, aquellas en las que cada vez me cuesta creer más.
Cuando recorro zonas de Madrid como Usera, Alcorcón o Aluche, allí donde podría decirse que la urbe convive con los espacios verdes, donde aún perviven pequeños chalets y donde apenas transitan coches (pequeñas zonas que parecen pueblos, como si uno hubiese atravesado la puerta a otro universo) siento sensaciones extrañas que me remiten a otras épocas.
Como el olor a las sábanas de una azotea en Estella, Navarra. Y yo estoy vestido de Supermán, y me han fotografiado. ¿Por qué Estella si hablo de Madrid? Son espacios distintos en una misma evocación. Otro día, en el que vamos a visitar a una tía de mi madre a su casa, y atravesamos un Madrid que para mí es otro, como de hace cincuenta años antes. Todo parece decadente, como de los años setenta. ¿Y quién me dice que yo no he vivido esa época y la de los ochenta?

Me he visto recorrer las calles de Madrid en verano, sin ningún tipo de preocupación, olvidando este contexto político-social actual tan opresivo, me he creído un protagonista cinematográfico, atemporal, eternamente joven en los fotogramas de un rollo de celuloide...El mundo era mío y yo no era del mundo, precisamente por experimentar esa extraña sensación de pertenecer a otras vidas no vividas, o tal vez sí.

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