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Principita

>> domingo, 19 de octubre de 2014


Aquí está Mari, tumbada en el sofá de su salón, y yo estoy detrás de esta imagen, mirándola y escuchándola, descubriendo que viste una camiseta donde puede leerse Princess, mientras ella lee El Principito. Este mágico hecho constituye uno más de tantos que nos han sucedido desde que nos conocemos. Otro, podría ser el de que, en un momento de esta tarde de domingo, se haya levantado, haya cogido este libro de uno de sus estantes y se haya decidido a leérmelo de cabo a rabo. Así pues, hemos decidido así, de repente, dedicar la tarde a recordar uno de esos libros que nunca se terminan de leer, a pesar de su brevedad. Un libro que contiene, como aquellos de la Antigüedad, toda la sabiduría del mundo. O, al menos, aquellas cosas más importantes. Está contado de una forma sencilla y compleja a la vez, por lo que tanto los niños como los adultos pueden leerlo, extrayendo significados distintos. Es maravilloso poder detener el mundo para dedicar este fragmento de una vida a reencontrarse con este pequeño pedazo de sabiduría. Algo que seguramente buscaba su autor: olvidar lo absurdo cotidiano que nos impide disfrutar de las cosas bellas.
Yo muchas veces me pregunté: ¿Y si Exupèry siguiera vivo? ¿Y si hubiese seguido escribiendo? Pensaba esto de una forma ilógica, pues así somos los humanos. En lugar de valorar lo que tenemos, nos preguntamos por otras cosas a las que nos es imposible encontrar respuesta. Ahora, redescubriendo las páginas que Mari vuelve a poner en valor, es como si un nuevo mundo se abriese ante mí, uno de aquellos tan difíciles de encontrar, como ese puntito de luz en el cielo en el que debe vivir el personaje de la historia, tan tierno, tan bondadoso. tan puro.

Gracias, Mari. Gracias por mostrarme de nuevo el color. Quisiera vivir para siempre en este libro, no encontrar nunca la palabra FIN.

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