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Retratos de café. Javier Mateo Hidalgo y Mari Nieves Vergara

>> miércoles, 14 de octubre de 2015






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>> miércoles, 7 de octubre de 2015



Ayer por la tarde recogí la radiografía de mi espalda. En ella, pude ver por primera vez la desviación de mi columna. Una pequeña escoliosis. Justamente ahora, que me encuentro leyendo ese libro sobre María Blanchard que una noche, hace ya unas semanas, Mari me trajo de la biblioteca de bellas artes. Tal vez una señal de lo que iba a sucederme más adelante.
María Blanchard, la santa cubista de Montmartre, que vivió a caballo entre e infierno y la ternura. Leyendo aquellas líneas biográficas, quizá excesivamente noveladas, la imaginaba a ella, transitando las calles del Santander viejo, ese que se llevó el fuego. Jorobadita ella, con esa deformación en la espalda que le hacía esconderse de toda cruel humanidad.  
Sueño con esas calles de casas de madera. Las imagino de noche, refugio de marineros y otra gente humilde que parece que también se llevó el fuego.
Tiempos difíciles esos que le tocó vivir, tiempos difíciles estos que me han tocado vivir.
En cada sesión, puedo ver as estrellas del firmamento entero, e incluso puedo asegurar haber visto aquel eclipse de luna roja que me perdí el 28 de septiembre.
Un mundo así se me presenta ahora: negro, vacío, nuevo. Pienso en ello en la camilla de masaje. Pienso en el doctorado en educación al que acabo de renunciar, no por incompetencia propia, sino más bien por descontento hacia la facultad en la que me encontraba realizando mi Tesis. Va con este el tercer año en el que siento que mi camino se encuentra desviado en su dirección. Por momentos, uno se equivoca creyendo que no sabe elegir, y que eso que siempre había dicho de "yo siempre he tenido claro lo que quería ser en la vida" parece ser que no es tan cierto. Por fortuna, en otros momentos la cordura se impone y uno ve con claridad que, si las cosas no salen como uno espera, no es por culpa de las malas elecciones, sino más bien por la incongruencia exterior, tónica general que hoy más que nunca mueve este pequeño universo en el que vivimos, porque así lo hemos decidido. Por ello, debemos de saber dar giros de volante en los momentos más indicados con el fin de salvar lo poco que creemos que se salva debido a su luminosa lógica.
Algo así es lo que le ocurre a mi columna, que en un momento dado abandona su rectitud y se curva.
Cada vez que la observo en la radiografía es como si observase a un gamusino: no me lo creo.
El martes pasado volví, como el hijo pródigo, a los brazos del padre abandonado.
Pisé nuevamente la facultad de bellas artes sintiendo que sería allí donde concluiría mi Tesis. Como dijo Mari, fue cosa de un pálpito aquí dentro, de esos que nunca se equivocan.
Siento que vuelvo a renacer dolorosamente, pero es un reinicio más amable, cargado de experiencias y del trabajo de todo un año. En estos tiempos hay que dar muestra de una gran fortaleza, no apartarse nunca del camino... porque los márgenes simbolizan la muerte por hastío, la condena del aburrimiento y la putrefacción daliniana. Hay que vivir aún sin aire. Aunque sintamos que ya no somos los que fuimos o esperábamos ser, aunque nos creamos seres más vulgares, alejados ya de quimeras que prometían fama y gloria para nuestro talento, perdurabilidad post mortem.
Todo está escrito o sin escribir, lo mismo da.
Somos jóvenes... eternamente jóvenes...

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>> jueves, 6 de agosto de 2015


La imagen coloreada de unos montes verdes, más verdes de lo que en realidad fueron. El pigmento los idealiza. Bajo éstos, el agua de un color más denso del que la cristalina realidad los tiñó. Unas cuantas casitas dispersadas por aquel vergel, casi las mismas en número que las que hoy permanecen en este lugar. Observo esta instantánea de postal con más de un siglo de existencia. Sirve de portada para un disco del Padre Donostia, cuyo nombre es el mismo que el del lugar que aquella imagen refleja. Escucho la música de piano e imagino San Sebastián. De esto hace ya un tiempo. Ahora me encuentro allí, con Mari, saldando una cuenta pendiente de los dos. Ambos teníamos que venir aquí, pues nuestras historias vitales así nos lo demandaban.
Desde el Café Barrenetxe en la Plaza de Guipúzcoa, cuyo centro lo domina una estatua del compositor Usandizaga, escribo estas líneas.
No hemos podido ver El peine del viento de Chillida, pues se encuentra cerrado. Tampoco hemos podido ver el antiguo Kursaal (sala de curas); este último tendremos que verlo en una estampa como la que antes he descrito, irremediablemente. No me gusta Moneo, pero sí me gusta Erice, y me gusta Le mort rouge, porque esa vieja historia que ahí se cuenta podía ser la historia de mi padre, que sí que estuvo aquí hace ya mucho tiempo, como mi abuelo. Y como mi madre. Yo fui concebido aquí, en una casa de la Avenida de Madrid, ciudad donde siempre he vivido.
Dos generaciones familiares veranearon aquí. Ahora yo, veintisiete después, tenía que continuar la tradición, cerrando el círculo. Aunque el Kursaal ya no está y en su lugar hayan sido edificados un par de bloques de cristal. Allí donde ahora se celebra un festival de cine al que seguro que Erice ha asistido en calidad de cineasta fantasma. Ahora partiremos para Estella, donde tiene lugar la otra parte de mi historia. Allí nació mi abuelo y desde ese lugar, con su familia, venían a veranear aquí. Mi bisabuelo, además de tocar el bajo en un conjunto musical que iba a pie de pueblo en pueblo para tocar en sus fiestas, trabajaba como revisor en la compañía de transportes La Estellesa, y debido a este último trabajo acababa yendo al País Vasco en verano. A su hijo, es decir, a mi abuelo, le pasaba lo contrario que a mí. Cuando él era pequeño, existía el antiguo Kursaal, el bello edificio, pero El peine del viento aún no se encontraba en aquellas rocas.
Cuando Mari llegó aquí, lo primero que contempló fue la playa de la Concha, y no pudo evitar emocionarse. Su historia es una historia que tiene que ver con un relato interno muy poderoso. Interno y externo, porque la realidad le cuenta cosas. Cosas que sólo ella puede escuchar, porque ha sido la elegida.
Quizá cuando lleguemos a Estella, sea yo el que no pueda evitar desprenderme de algunas lágrimas. Unas lágrimas que llevan esperando dentro de mí diez años. La última vez que fui allí, una gran imagen de mi abuelo, con su flauta travesera en la mano, pendía en el centro de la Plaza de San Martín. La Banda Municipal le iba a dedicar un sentido homenaje, pues acababa de dejarnos. Tenía que hacer este viaje con Mari, ahora que soy una persona adulta. Ahora que he decidido libremente pasar el resto de mi vida con ella. Ese es mi más poderoso proyecto y he decidido cumplirlo firmemente, porque yo me tomo las cosas en serio, como ella.


San Sebastián, a 30 de julio de 2015     

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Collage

>> miércoles, 4 de marzo de 2015


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