Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

>> jueves, 6 de agosto de 2015


La imagen coloreada de unos montes verdes, más verdes de lo que en realidad fueron. El pigmento los idealiza. Bajo éstos, el agua de un color más denso del que la cristalina realidad los tiñó. Unas cuantas casitas dispersadas por aquel vergel, casi las mismas en número que las que hoy permanecen en este lugar. Observo esta instantánea de postal con más de un siglo de existencia. Sirve de portada para un disco del Padre Donostia, cuyo nombre es el mismo que el del lugar que aquella imagen refleja. Escucho la música de piano e imagino San Sebastián. De esto hace ya un tiempo. Ahora me encuentro allí, con Mari, saldando una cuenta pendiente de los dos. Ambos teníamos que venir aquí, pues nuestras historias vitales así nos lo demandaban.
Desde el Café Barrenetxe en la Plaza de Guipúzcoa, cuyo centro lo domina una estatua del compositor Usandizaga, escribo estas líneas.
No hemos podido ver El peine del viento de Chillida, pues se encuentra cerrado. Tampoco hemos podido ver el antiguo Kursaal (sala de curas); este último tendremos que verlo en una estampa como la que antes he descrito, irremediablemente. No me gusta Moneo, pero sí me gusta Erice, y me gusta Le mort rouge, porque esa vieja historia que ahí se cuenta podía ser la historia de mi padre, que sí que estuvo aquí hace ya mucho tiempo, como mi abuelo. Y como mi madre. Yo fui concebido aquí, en una casa de la Avenida de Madrid, ciudad donde siempre he vivido.
Dos generaciones familiares veranearon aquí. Ahora yo, veintisiete después, tenía que continuar la tradición, cerrando el círculo. Aunque el Kursaal ya no está y en su lugar hayan sido edificados un par de bloques de cristal. Allí donde ahora se celebra un festival de cine al que seguro que Erice ha asistido en calidad de cineasta fantasma. Ahora partiremos para Estella, donde tiene lugar la otra parte de mi historia. Allí nació mi abuelo y desde ese lugar, con su familia, venían a veranear aquí. Mi bisabuelo, además de tocar el bajo en un conjunto musical que iba a pie de pueblo en pueblo para tocar en sus fiestas, trabajaba como revisor en la compañía de transportes La Estellesa, y debido a este último trabajo acababa yendo al País Vasco en verano. A su hijo, es decir, a mi abuelo, le pasaba lo contrario que a mí. Cuando él era pequeño, existía el antiguo Kursaal, el bello edificio, pero El peine del viento aún no se encontraba en aquellas rocas.
Cuando Mari llegó aquí, lo primero que contempló fue la playa de la Concha, y no pudo evitar emocionarse. Su historia es una historia que tiene que ver con un relato interno muy poderoso. Interno y externo, porque la realidad le cuenta cosas. Cosas que sólo ella puede escuchar, porque ha sido la elegida.
Quizá cuando lleguemos a Estella, sea yo el que no pueda evitar desprenderme de algunas lágrimas. Unas lágrimas que llevan esperando dentro de mí diez años. La última vez que fui allí, una gran imagen de mi abuelo, con su flauta travesera en la mano, pendía en el centro de la Plaza de San Martín. La Banda Municipal le iba a dedicar un sentido homenaje, pues acababa de dejarnos. Tenía que hacer este viaje con Mari, ahora que soy una persona adulta. Ahora que he decidido libremente pasar el resto de mi vida con ella. Ese es mi más poderoso proyecto y he decidido cumplirlo firmemente, porque yo me tomo las cosas en serio, como ella.


San Sebastián, a 30 de julio de 2015     

2 comentarios:

extranjerita 6 de agosto de 2015, 13:14  

Ay, ¡cuánto me alegro de verte por aquí! Y aún más me alegro de oír las noticias vuestras del último párrafo. Os deseo mucha felicidad a los dos.

Javier Mateo Hidalgo 7 de agosto de 2015, 13:50  

¡Muchas gracias Alexandra! Nosotros estamos deseando veros. ¡Pondremos en rojo el mes de septiembre para poder veros una tarde!

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP