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>> miércoles, 7 de octubre de 2015



Ayer por la tarde recogí la radiografía de mi espalda. En ella, pude ver por primera vez la desviación de mi columna. Una pequeña escoliosis. Justamente ahora, que me encuentro leyendo ese libro sobre María Blanchard que una noche, hace ya unas semanas, Mari me trajo de la biblioteca de bellas artes. Tal vez una señal de lo que iba a sucederme más adelante.
María Blanchard, la santa cubista de Montmartre, que vivió a caballo entre e infierno y la ternura. Leyendo aquellas líneas biográficas, quizá excesivamente noveladas, la imaginaba a ella, transitando las calles del Santander viejo, ese que se llevó el fuego. Jorobadita ella, con esa deformación en la espalda que le hacía esconderse de toda cruel humanidad.  
Sueño con esas calles de casas de madera. Las imagino de noche, refugio de marineros y otra gente humilde que parece que también se llevó el fuego.
Tiempos difíciles esos que le tocó vivir, tiempos difíciles estos que me han tocado vivir.
En cada sesión, puedo ver as estrellas del firmamento entero, e incluso puedo asegurar haber visto aquel eclipse de luna roja que me perdí el 28 de septiembre.
Un mundo así se me presenta ahora: negro, vacío, nuevo. Pienso en ello en la camilla de masaje. Pienso en el doctorado en educación al que acabo de renunciar, no por incompetencia propia, sino más bien por descontento hacia la facultad en la que me encontraba realizando mi Tesis. Va con este el tercer año en el que siento que mi camino se encuentra desviado en su dirección. Por momentos, uno se equivoca creyendo que no sabe elegir, y que eso que siempre había dicho de "yo siempre he tenido claro lo que quería ser en la vida" parece ser que no es tan cierto. Por fortuna, en otros momentos la cordura se impone y uno ve con claridad que, si las cosas no salen como uno espera, no es por culpa de las malas elecciones, sino más bien por la incongruencia exterior, tónica general que hoy más que nunca mueve este pequeño universo en el que vivimos, porque así lo hemos decidido. Por ello, debemos de saber dar giros de volante en los momentos más indicados con el fin de salvar lo poco que creemos que se salva debido a su luminosa lógica.
Algo así es lo que le ocurre a mi columna, que en un momento dado abandona su rectitud y se curva.
Cada vez que la observo en la radiografía es como si observase a un gamusino: no me lo creo.
El martes pasado volví, como el hijo pródigo, a los brazos del padre abandonado.
Pisé nuevamente la facultad de bellas artes sintiendo que sería allí donde concluiría mi Tesis. Como dijo Mari, fue cosa de un pálpito aquí dentro, de esos que nunca se equivocan.
Siento que vuelvo a renacer dolorosamente, pero es un reinicio más amable, cargado de experiencias y del trabajo de todo un año. En estos tiempos hay que dar muestra de una gran fortaleza, no apartarse nunca del camino... porque los márgenes simbolizan la muerte por hastío, la condena del aburrimiento y la putrefacción daliniana. Hay que vivir aún sin aire. Aunque sintamos que ya no somos los que fuimos o esperábamos ser, aunque nos creamos seres más vulgares, alejados ya de quimeras que prometían fama y gloria para nuestro talento, perdurabilidad post mortem.
Todo está escrito o sin escribir, lo mismo da.
Somos jóvenes... eternamente jóvenes...

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