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La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach

>> viernes, 27 de mayo de 2016


   

La tarde y la noche del pasado lunes fue única. Sobre las cinco, salí con Mari, como no lo hacíamos desde mucho tiempo, con la sencilla y simple ilusión de caminar por caminar. Recorrer nuestras viejas calles de Madrid, en el mismo simbólico sentido como llevamos haciendo hace ya dos años, repitiendo una especie de ritual que sólo los dos conocemos. Una ciudad que sólo parece tener la edad que nuestra relación le ha dado.
Por la noche, Mari se va y aparece Antonio, un buen amigo. Trae bajo su brazo dos libros con los que me obsequia como recuerdo de mi cumpleaños. El año pasado fue "Bomarzo". Éste, "Campo de amapolas blancas" y "La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach. Le prometí que los leería pronto, y así traté de cumplirlo. El segundo fue el primero que elegí, por una cuestión sentimental. Era un libro del que mi madre me había hablado una y mil veces cuando yo era niño. Era una de aquellas pequeñas perlas de ese océano secreto que está por descubrir. Debía ser que yo era muy pequeño por entonces, y me daba miedo nadar. Ahora, todavía con cierto respeto al mar, me zambullí en sus páginas. Aún encontrándome en el tren, donde tan complicada se hace la lectura en determinadas ocasiones, no pude evitar sentir una gran emoción. Me asaltaban un cúmulo de sensaciones que me impedían continuar la lectura. Me recordaba oyendo hablar a mi madre de aquella obra, de su sencillez y belleza, del cariño con que parecía haberse escrito. El respeto por el admirado Bach, aquel que mi madre había descubierto, como tantos otros autores de música clásica. Ella había comenzado a admirar esta música ya mayor, y la disfrutaba no con pedantería ni suficiencia, sino con el respeto con el que una persona humilde y buena puede acercarse a algo así. Mi madre representa todo eso, no he conocido una pureza tal, un candor, una bondad así, todo ello unido en tal especial resultado. Pura espiritualidad, pura música, como la de los "Conciertos de Brandenburgo" o "La Pasión según San Mateo". Esa música que tantas veces escuché sonando en el despacho de mi padre, tan melómano, tan apasionado también de la belleza estética, que bien supo transmitirme por vía sensible.
Por todo esto, reconozco en esa voz cálida de la autora de este libro algo de esta época y admiro la admiración con que escribe hacia el hombre amado y hacia su música. Así quisiera escribir yo, aprendiz de literato, y así quisiera amar. Son por ello precisamente este tipo de lecturas las que me estimulan en mi tarea.

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